1. Cuán grande sea la
dignidad del casto matrimonio, principalmente puede
colegirse, Venerables Hermanos, de que habiendo Cristo, Señor nuestro e
Hijo
del Eterno Padre, tomado la carne del hombre caído, no solamente quiso
incluir
de un modo peculiar este principio y fundamento de la sociedad doméstica
y
hasta del humano consorcio en aquel su amantísimo designio de redimir,
como lo
hizo, a nuestro linaje, sino que también lo elevó a verdadero y gran [1]
sacramento de la Nueva Ley, restituyéndolo antes a la primitiva pureza
de la
divina institución y encomendando toda su disciplina y cuidado a su
Esposa la
Iglesia.
Para que de tal renovación del matrimonio se recojan los frutos anhelados, en
todos los lugares del mundo y en todos los tiempos, es necesario primeramente
iluminar las inteligencias de los hombres con la genuina doctrina de Cristo
sobre el matrimonio; es necesario, además, que los cónyuges cristianos,
robustecidas sus flacas voluntades con la gracia interior de Dios, se conduzcan
en todos sus pensamientos y en todas sus obras en consonancia con la purísima
ley de Cristo, a fin de obtener para sí y para sus familias la verdadera paz y
felicidad.