«M. Proudhon ha escrito en sus Confesiones de un revolucionario estas notables palabras: "Es cosa que admira el ver de qué manera en todas nuestras cuestiones políticas tropezamos siempre con la teología". Nada hay aquí que pueda causar sorpresa, sino la sorpresa de M. Proudhon. La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas» (Donoso Cortés).

viernes, 21 de junio de 2013

Devoción al Sagrado Corazón y pensamiento contrarrevolucionario


Hablando de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús dijo el papa Pío XI que es «la suma de toda religión y con ella la norma de vida más perfecta, la que mejor conduce a las almas a conocer íntimamente [a Cristo] e impulsa los corazones a amarle más vehementemente y a imitarle con más exactitud» (Miserentissimus Redemptor). La razón estriba en que, cuando no se limita a actos concretos, proporciona mayor facilidad en el conocimiento total de Cristo; mayor eficacia en el amor a Él y mayor eficacia en la imitación.

Una bandera discutida

Aunque las realidades más tarde significadas en esta devoción eran reconocidas y practicadas por todos desde los primeros siglos de vida de la Iglesia, hay que esperar a un momento histórico concreto para reconocer la formulación específica de dicha norma de vida.

La aparición de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús tal y como ha llegado hasta nuestros días ocurre en el momento en que se produce el enfriamiento de la caridad cristiana con el indiferentismo religioso promovido por las filosofías ateas y el naturalismo, al tiempo que la herejía jansenista alejaba del amor a Dios y de las prácticas sacramentales a los propios católicos que eran arrojados en brazos del laxismo moral por obra de un rigorismo impracticable.

Esta devoción adquiere sus modalidades típicas de consagración y reparación a través de las revelaciones comunicadas en Paray-le-Monial (Francia) a Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), religiosa de la Visitación, que contó con el apoyo infatigable de San Claudio de La Colombière y de otros padres de la Compañía de Jesús. En España, los orígenes de la devoción están ligados a las revelaciones de que fue objeto el Beato Bernardo de Hoyos (1711- 1735) y a la actividad del grupo formado, junto a él, por los también jesuitas Loyola, Cardaveraz y Calatayud. En una carta del 28 de Octubre de 1733, el padre Hoyos decía que en la acción de gracias después de haber comulgado:
«pedí la extensión del Reino del mismo Corazón sagrado en España, y entendí que se me otorgaba. Y con el gozo dulcísimo que me causó esta noticia quedó el alma como sepultada en el Corazón divino, en aquel paso que llaman sepultura. Muchas y repetidas veces he sentido estos asaltos de amor en estos días, dilatándose tanto en deseos mi pobre corazón que piensa extender en el Nuevo Mundo el amor de su amado Corazón de Jesús, y todo el universo se le hace poco».
El 14 de mayo de 1733, fiesta de la Ascensión, escribe el padre Hoyos: «Dióseme a entender que no se me daban a gustar las riquezas de este Corazón para mí solo, sino que, por mí, las gustasen otros... Y pidiendo [yo] esta fiesta en especial para España, en que ni aun memoria hay de ella, me dijo Jesús: Reinaré en España, y con más veneración que en otras partes». Después de celebrar él mismo la primera fiesta en honor del Sagrado Corazón, comenzó a difundir la imagen, algunas preces, la comunión de los primeros viernes y, en junio de 1735, tuvo lugar la primera novena y fiesta pública en la capilla contigua al actual Santuario Nacional de la Gran Promesa (Valladolid).

Tanto en Francia y España como en los demás países, la naciente devoción encontró la acerba oposición de jansenistas, galicanos o regalistas, así como del pujante pensamiento ilustrado. Los jansenistas desnaturalizaban la idea de esta devoción, falseaban su origen y calumniaban a quienes propagan este culto, llamados con desprecio cordícolas y alacoquistas. Expresión de estos ataques era una hoja-panfleto semanal, titulada Les Nouvelles Eclésiastiques y publicada desde 1730 a 1789 que llenaba de injurias y calumnias, sobre todo, a los jesuitas. Con razón hablaba el padre Loyola de «la desecha furia de tantas y tan terribles persecuciones» (Tesoro escondido, 1 ed. Valladolid, 1734). Y refiriéndose a la época en que fue suprimida en España la Compañía la define así el padre Ugarte: «mas reinaba en un tiempo en que, disponiéndolo Dios así, iban a hacer causa común para los impíos el amor o el odio al Corazón y a la Compañía de Jesús; en un tiempo de autores tan ignorantes y trabucados, que no hacían escrúpulo de colocar y combatir en una misma línea la devoción al Corazón de Jesús, el probabilismo y el regicidio, con otras sandeces por el estilo» (Principios del Reinado del Corazón de Jesús en España, Madrid, 1880).

Con la extinción de la Compañía y los aciagos días de la Revolución Francesa, también la devoción al Sagrado Corazón tuvo su período de catacumbas hasta que en el siglo XIX cobró un impulso que no habría ya de extinguirse hasta el posconcilio.

Devoción al Sagrado Corazón y pensamiento contrarrevolucionario

La Cristiandad —desaparecida definitivamente en su calidad de orden universal a partir de la Paz de Westfalia, y eclipsada de la estructura política de las naciones desde la Revolución Francesa y las respectivas revoluciones liberales— se mantiene durante siglos con fuerza en el horizonte del pensamiento y la actividad contrarrevolucionaria. Y uno de los estandartes, signo y emblema de esa Cristiandad superviviente, empeñada en la nueva Cruzada de instaurar todas las cosas en Cristo, será el Sagrado Corazón de Jesús.

Ya el origen de la devoción en los siglos XVII y XVIII coincide con el momento previo al asalto de la ofensiva revolucionaria contra los últimos baluartes de la Cristiandad. La agresión, incoada en esta etapa por la Ilustración y la Revolución Francesa, y continuada por liberales y socialistas acabará desembocando en la ideología hoy dominante: una mezcla de relativismo moral, liberalismo económico y dirigismo estatal, llena de eficacia demoledora.

En el siglo XVIII, regalistas y jansenistas; después jacobinos, liberales, masones y socialistas; en nuestros días modernistas y liberacionistas de diverso pelaje… La devoción al Sagrado Corazón tuvo siempre grandes enemigos, sobre todo entre aquéllos que pretendían representar las más originales esencias del cristianismo e incluso ocupaban altos cargos eclesiásticos. Por el contrario, el verdadero pueblo católico la abrazó con fervoroso entusiasmo. Mártires y cruzados del Sagrado Corazón fueron, entre otros, los miles de católicos masacrados en la Vandea por los revolucionarios franceses, los carlistas españoles que combatieron en varias guerras sucesivas, el presidente de Ecuador García Moreno, los cristeros mejicanos, los mártires de nuestra última persecución religiosa y los Caídos de la Guerra española del 36.

Incluso quienes analizan el fenómeno desde una perspectiva crítica reconocen que en la devoción al Corazón de Jesús, tal y como se ha plasmado históricamente, se han unido de manera inseparable la religiosidad interior y la restauración cristiana de la sociedad (cfr. Antonio María Moral Roncal, La cuestión religiosa en la Segunda República Española. Madrid: Biblioteca Nueva, 2009, pág. 188-214). El magisterio episcopal que se ocupaba de la cuestión solía al mismo tiempo advertir a los católicos que no debían conformarse con una re-cristianización oficial, ya que resultaba necesario esforzarse para que Cristo reinara efectivamente en todos los corazones y que ese reinado se exteriorizara en los diversos ámbitos de la vida. Así, en la fiesta de Cristo Rey de 1932, se defendía en las páginas de un diario legitimista que la Gran Promesa habría de llegar por medio de la oración y de la plegaria pero también:
«con la viril decisión, con la intensidad, con la energía y los procedimientos acordes con el ataque recibido. El pueblo católico español de este primer tercio del siglo XX debe pensar que no es provocador, sino agredido, porque se busca la extinción de su fe envenenando el alma de sus hijos, pudriendo la generación venidera a favor de un laicismo sin entrañas ¿Cuándo mejor que ahora para ofrendar a Cristo-Rey nuestra adhesión y nuestro amor?» (cit.por Antonio María Moral Roncal, ob.cit., pág. 196).
Todas estas manifestaciones —diversas en el tiempo, en el espacio y en la identidad de sus protagonistas— tienen en común haber reivindicado de manera efectiva la obligación que tenemos de sustentar también el orden temporal sobre la Revelación. Todas son herencia inseparable de la devoción al Corazón que prometió al Beato Hoyos reinar en España y había pedido a Santa Margarita María de Alacoque ser enarbolado en las banderas del rey de Francia Luis XIV:
«Haz saber al hijo mayor de mi Sagrado Corazón, que así como se obtuvo su nacimiento temporal por la devoción a los méritos de mi Sagrada Infancia, así alcanzará su nacimiento a la gracia y a la gloria eterna, por la consagración que haga de su persona a mi Corazón adorable, que quiere alcanzar victoria sobre el suyo, por su medio sobre los de los grandes de la tierra. Quiere reinar en su palacio, y estar pintado en sus estandartes y grabado en sus armas para que queden triunfantes de todos sus enemigos, abatiendo a sus pies a esas cabezas orgullosas y soberbias, a fin de que quede victorioso de todos los enemigos de la Iglesia».
En una carta a la Madre Saumaise decía Santa Margarita: «El Padre eterno, queriendo reparar las amarguras y angustias que el adorable Corazón de su Divino Hijo sintió en las casas de los príncipes de la tierra, en medio de las humillaciones y ultrajes de su Pasión, quiere establecer su imperio en la corte de nuestro gran monarca, de quien desea servirse para la ejecución de este designio...». Luis XIV no hizo esta consagración, aunque años después un descendiente suyo, Luis XVI, estando ya en prisión, hizo un Voto por el que consagraba al Divino Corazón su persona, su familia y todo su pueblo.

De todo lo dicho podemos deducir que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, nació y se extendió vinculada a una corriente de pensamiento puramente católico. En dicha tendencia se descubre una continuidad que va desde su oposición al jansenismo en el siglo XVIII, al liberalismo y al socialismo-comunismo en los siglos XIX y XX, sosteniendo al mismo tiempo una doctrina social en la que es unánime la convicción de que la única alternativa posible a la revolución es la re-cristianización.

Hablamos de pensamiento contrarrevolucionario, aunque el término expresa demasiado frontalmente la dimensión de rechazo que no es exclusiva ni debería ser predominante, para referirnos a una corriente que puede definirse —como hacen Sandoval y Ayuso— a partir de un concepto análogo que se construye sobre tres nociones: reacción, catolicidad y tradición (cfr.Luis María Sandoval, “Consideraciones sobre la contrarrevolución”, Verbo, 281-282 (1990) 211-290; Miguel Ayuso, La cabeza de la gorgona. De la “hybris” del poder al totalitarismo moderno. Buenos Aires: Ediciones Nueva Hispanidad, 2001, pág. 121).

Una profunda crisis de identidad

A la luz de esta identificación se entiende que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, inseparable de formulaciones como la del Reinado Social, entrara en una profunda crisis cuando ideas inspiradas en el neo-modernismo condenado por la Humani Generis de Pío XII se hicieron predominantes en el discurso oficial sostenido a partir del Concilio Vaticano II.

Al tiempo que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús sobrevivía como elemento de identidad de quienes se resistían a aceptar el devenir posconciliar, otros trataban de renovar (aggiornare en terminología de la época) dicha teología adaptándola a un nuevo marco en el que nociones como ecumenismo y libertad religiosa han reemplazado a los viejos conceptos tan vinculados a la doctrina católica y al sentido histórico de esta devoción. Un ejemplo, por anecdótico, no escasamente significativo es la publicación que en 1918 daba sus primeros pasos con el título Revista Ilustrada del Reinado Social del Sagrado Corazón, pasaba más tarde a ser Reinado Social y, hoy, es conocida por La Revista 21. También sus contenidos sufrían una degeneración semejante.

Ya la Humani generis de Pío XII condenó anticipadamente a los representantes de la Nueva Teología del Corazón de Jesús al censurar el sentimentalismo (Dz 2324) que es una degeneración del sentimiento cuando no se lo contempla en la totalidad del hombre. En el fondo del hombre hay una relación esencial con su razón, y en el fondo de la razón hay una esencia que, aunque es creada, participa de lo absoluto. Se pone así de relieve la relación de consecuencia entre el escepticismo, existencialismo, perpetuo devenir y sentimentalismo, deriva lógica cuando se niega la dependencia de todo lo antropológico respecto a lo divino para acabar subrayando lo que, posteriormente, se llamará autonomía de las realidades temporales. El giro antropológico de la teología atribuido por los apologetas de la Nouvelle Théologie al jesuita Rahner tendrá una de sus más trágicas expresiones en el discurso de clausura del Concilio Vaticano II pronunciado por Pablo VI (7-diciembre-1965)

Si San Pío X, citando a San Pablo (II Tes. 2, 4), veía en la Supremi pontificatus, al hombre moderno hacerse dios y pretender ser adorado, Pablo VI dice expresamente que «la religión del Dios que se ha hecho hombre, se ha encontrado con la religión (porque tal es) del hombre que se hace Dios» (n. 8). Pero acaba concluyendo que el Concilio no ha producido un choque, ni una lucha, ni un anatema, sino una simpatía inmensa: una atención nueva de la Iglesia a las necesidades del hombre. Donde el Papa Sarto había señalado claramente el antagonismo entre el principio católico que lo dirige todo de Dios hacia Dios, Montini opta por el movimiento del hombre hacia el hombre (Cfr. Romano Amerio, Iota Unum, caps. II, 28 y IV, 46)

Una pretendida devoción al Sagrado Corazón de Jesús integrada en estas perspectivas deformará necesariamente las señas de identidad con las que fue diseñada en las apariciones de los siglos XVII y XVIII que hemos reseñado y prescindirá de las connotaciones contrarrevolucionarias que se hicieron tan palpables a partir del siglo XVIII.

A los representantes de esta tendencia, no se les puede hablar de esperanza histórica ni de confesionalidad, desconocen su dimensión social y pública y, anclados en las melosas formas de expresión propias de las terapias de autoayuda, manifiestan con airado desparpajo lo perturbador que le resulta el recuerdo de añejas vinculaciones entre lo religioso y lo patriótico. Al mismo tiempo, se sienten cómodos en un mundo edificado sobre la previa demolición del orden social de inspiración cristiana y sobre la renuncia, incluso teórica, a su restauración.

En cambio el pensamiento contrarrevolucionario, al que aparece esencialmente ligada la devoción al Sagrado Corazón, sostiene la necesidad del establecimiento de una ortodoxia pública, es decir, que el régimen político reconozca «un contenido de principios, verdades o valores de carácter superior e inmutable como base de su convivencia moral y de sus leyes» (Rafael Gambra, Tradición o Mimetismo. Madrid: Instituto de Estudios Políticos, 1976, pág. 94; cfr. Frederick D. Wilhelmsen, La Ortodoxia pública y los poderes de la irracionalidad, Madrid: Rialp, 1965). Sin olvidar otra de las tesis más caras de este pensamiento: la estrecha relación entre ortodoxia política y religiosa y la imposibilidad práctica de perseverar en la segunda cuando no se es consecuente con la primera. Conviene advertir que entendemos por heterodoxia política la de todos aquellos que de hecho han negado la dimensión teológica en el plano político, y la de aquellos que practicando políticamente un criterio puramente mecanicista se niegan a reconocer las exigencias éticas del obrar político, consideran la religión como asunto válido para los actos de significación personal e inválido para los de dimensión social.

Por el contrario, la interpretación aggiornata de la devoción al Corazón de Jesús incurre en una negación, cuanto menos implícita, de la divinidad de Cristo por negarse a aceptar sus consecuencias. Si Nuestro Señor Jesucristo es Dios, también es el dueño de todas las cosas, de los elementos, de los individuos, de las familias y de la sociedad pero si se desvanece esta convicción, entonces no hay fuerza para mantener la propia fe ante la invasión de las opiniones ajenas. De la inevitable diversidad se pasa al pluralismo como un valor en sí mismo y en virtud de una libertad religiosa mal entendida se coloca a todas las religiones en pie de igualdad y se otorgan los mismos derechos a la verdad y al error.

Se cae así en la contradicción inherente a la reivindicación del laicismo que radica en afirmar un criterio moral ante los resultados concretos (por ejemplo, determinadas leyes) mientras que ese mismo criterio se difumina a la hora de valorar los principios sobre los que descansa el sistema político democrático. Y es que la predicación de la Iglesia en relación con cualquier comunidad política debe exigir que estén eficazmente subordinados al orden moral no sólo los actos y comportamientos individuales de los ciudadanos, sino la misma estructura constitucional (Cfr. José Guerra Campos, “Las incoherencias de la predicación actual descubren la necesidad de reedificar la doctrina de la Iglesia”, Iglesia-Mundo 384 (1989) 51ss).

El Reinado Social, única respuesta católica al laicismo

En contraste con los desvaríos contemporáneos, las entronizaciones y consagraciones públicas han sido una de las formas privilegiadas de la devoción al Sagrado Corazón enraizada al mismo tiempo en las expresiones del pensamiento revolucionario.

En el caso español, esta modalidad aparece entre nosotros en los años difíciles de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Su apóstol, peruano de sangre española, el padre Mateo Crawley SSCC, encontró las mejores disposiciones y auxiliares para su grandioso designio. Fue ingente la tarea desarrollada y los frutos conseguidos en aquellos años hasta culminar en el acto de 1919 en el Cerro de los Ángeles.

En dicho lugar, centro geográfico de la Península Ibérica, junto a un Monasterio de Madres Carmelitas que había de ser lámpara permanente de oración por España, se elevó un monumento al Sagrado Corazón cargado de simbolismo, ante el cual el rey Alfonso XIII realizaba la consagración de nuestra Patria el 30 de mayo de 1919. Aquel acto solemne en el que participaron los reyes, el gobierno entero, las jerarquías de la Iglesia y una inmensa multitud era la culminación de un secular deseo de los católicos de que España fuese toda de Jesucristo y para siempre y, de hecho, siguieron una multitud de consagraciones de familias, pueblos y ciudades ante estatuas del Corazón de Jesús erigidas en colinas, torres y pedestales.

Sin embargo, el acto protagonizado por Alfonso XIII no pudo desprenderse del radical equívoco sobre el que se sostenía el sistema inaugurado en la restauración canovista. Aunque la consagración se hizo, no experimentó ninguna modificación el orden político en el que una nominal declaración de confesionalidad se hacía compatible con la proliferación de sectas y la libertad de propaganda para el más corrosivo laicismo. Así, el secularismo español, agresivo y triunfante desde los orígenes del liberalismo, había conseguido alcanzar un modus vivendi con la Iglesia Católica que, para los sectores revolucionarios, era visto como un compromiso que debía sucumbir entre las ruinas del Estado y la sociedad. Por eso la escena de 1919 es inseparable de aquella otra de los milicianos fusilando y dinamitando la imagen del Sagrado Corazón, trágica expresión de la persecución religiosa en España.

Las circunstancias que concurrieron en el acto celebrado el 21 de junio de 2009 en el Cerro de los Ángeles (Madrid) con motivo de la renovación de la consagración de España al Sagrado Corazón, demostraron la tensión existente entre estas dos teologías contradictorias y excluyentes por su propia naturaleza: la renovada de acuerdo con los criterios del neo-modernismo y la que se conserva fiel a su esencia varias veces secular. Al tiempo que por parte de la Organización se había dispuesto la retirada de todas las banderas de España, muchas de las cuales aparecían ornadas con el Sagrado Corazón de Jesús, el acto se convirtió en la expresión de aquellos grupos que —como dijo el cardenal Rouco Varela— tratan de «recuperar y renovar, en clave del nuevo marco teológico y espiritual abierto por el Concilio Vaticano II, la teología del Sagrado Corazón de Jesús». La frase con la que se abría la fórmula pronunciada de manera colectiva por todos los asistentes no podía ser más expresiva: «Hijo eterno de Dios y Redentor del mundo, Jesús bueno, tú que al hacerte hombre te has unido en cierto modo a todo hombre…». Expresión confusa, inspirada en Gaudium et Spes, 22, que con la vaporosa fórmula en cierto modo no logra disipar la abolición de toda distinción entre el orden natural y el sobrenatural, una de las tesis más queridas y de consecuencias más nefastas de la Nouvelle Théologie.

Por último, pocas cosas hay más extrañas a la teología tradicional del Sagrado Corazón que la reivindicación del laicismo allí pronunciada: «Lo hacemos, naturalmente, en un contexto de relaciones Iglesia-Estado distinto que en 1919. Estamos en un Estado aconfesional, en un Estado laico, en el sentido positivo de la expresión, que no es confesional, pero está abierto, por la vía del reconocimiento de la libertad religiosa, a este tipo de expresiones».

Y es que la consagración verdadera no se reduce al simple recitado de una fórmula sino que es la entera donación que demanda Jesucristo de sus más fieles amigos. Y esto no sólo tiene aplicación a los individuos sino también a las comunidades.  La consagración de las sociedades al Sagrado Corazón es un acto plenamente político cuya finalidad radica en el cumplimiento de un deber social de religión y además, su efecto secundario (el bien común temporal) es de naturaleza también netamente política. Recordemos, además, detrás de cada cuestión política hay una cuestión religiosa:
«M. Proudhon ha escrito en su Confesiones de un revolucionario estas notables palabras: ‘Es cosa que admira el ver de qué manera en todas nuestras cuestiones políticas tropezamos siempre con la teología’. Nada hay aquí que pueda causar sorpresa, sino la sorpresa de M. Proudhon. La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que abarca y contiene todas las cosas» (Juan Donoso Cortés, comienzo del Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo).
Es por ello que terminamos evocando unas ideas expuestas por Víctor Pradera, poco antes de morir él mismo mártir de Cristo Rey, acerca del cumplimiento de la promesa del Sagrado Corazón de reinar en nuestra Patria. Reafirmamos así la íntima unión que existe entre la devoción al Corazón de Jesús y el pensamiento contrarrevolucionario en general y el tradicional hispánico en particular:
«Reinar en España es cosa nacional, no privada; reinar con más veneración que en otras partes es declarada predilecta entre todas las Naciones; tanto si se toma la frase en el sentido activo como en el pasivo, que supone en los ciudadanos españoles una gracia otorgada y correspondida. España, así, hará “suyo” a Dios.
Esto nos obliga a mucho. Las promesas del Señor no son fatalismos de tramoya que han de suceder, ocurra lo que ocurra, y procedan como procedan los favorecidos con ellas. La omnisciencia Divina es prenda de que lo prometido se convertirá en realidad; pero el hecho lleva consigo la condición cumplida de la correspondencia por el hombre. Cada español debe pensar que a él se le pide ese cumplimiento; y debe proceder como si de su actuación dependiese la salvación de su Patria mediante el reinado social de Jesucristo.
¿Obliga ello a mucho? ¿Obliga a poco? No creo que sea ésta materia que nos detenga en el camino. Al término del mismo, aparece rutilante y bella, espléndida y envuelta en un halo de felicidad, la Madre, la que nos engendró espiritual y civilmente, la que nos dio su idioma para que nos comunicásemos nuestros pensamientos, la que nos entregó los tesoros de su ciencia, alimento de nuestras inteligencias; la que nos envolvió en la gloria de su Tradición; la que por sus teólogos y filósofos nos señaló los caminos infalibles para llegar a Dios y a la Verdad; la que educó nuestra sensibilidad; la que nos dio un sentido de la vida; España, en fin, que alza los estandartes benditos en que campea el Sagrado Corazón de Jesús» (Víctor Pradera, “Término del camino”, El Siglo Futuro, Madrid, 8 de junio de 1934)

jueves, 6 de junio de 2013

Toledo: la tumba de un mártir extremeño

Los restos mortales de D.Fausto Cantero Roncero, Beneficiado de la Santa Iglesia Catedral Primada, reposan en el Cementerio de Canónigos de Toledo, ubicado junto a la Basílica de Santa Leocadia y al Monumento al Sagrado Corazón de Jesús elevado por iniciativa del Cardenal Segura (Cfr. Julio MARTÍN SÁNCHEZ, "La arquitectura religiosa en Toledo durante los siglos XIX y XX: desamortización, restauración monumental y nuevas consagraciones", en J.Carlos VIZUETE MENDOZA - Julio MARTÍN SÁNCHEZ, Sacra Loca Toletana. Los espacios sagrados en Toledo, Cuenca: Universidad de Castilla la Mancha, 2008, págs. 426ss). D. Fausto Cantero murió víctima de la persecución religiosa el 23 de agosto de 1936 en la misma matanza que costó la vida a Luis, el hijo del general Moscardó y al ya beatificado deán Polo Benito.

El canónigo extremeño había nacido en Villasbuenas de Gata (provincia de Cáceres y diócesis de Coria-Cáceres) en 1894. Fue ordenado sacerdote en 1918 por don Ramón Perís Mencheta. En 1919 fue nombrado coadjutor de Cilleros y poco más tarde de Brozas. En 1920 el obispo don Pedro Segura le destinó a la capellanía del colegio de religiosas Carmelitas de Cáceres y al año siguiente le nombró su capellán caudatario. Al lado del Obispo colaboraría en sus actividades apostólicas por toda la diócesis de Coria. Desde 1921 fue designado profesor del Seminario y desempeñó diversos cargos en la Curia diocesana. Con ocasión del traslado de don Pedro Segura a las Archidiócesis de Burgos y Toledo, don Fausto Cantero le acompañó y en 1930 fue nombrado beneficiado de la Catedral de Toledo y capellán del Real Monasterio de Santa Clara.

El 23 de julio de 1936 fue detenido y permaneció en prisión donde edificaba a todos por su temple, por su serenidad y su impavidez. En la noche del 23 de agosto fue fusilado junto a otros setenta seglares y sacerdotes. Un avión nacional había logrado situarse a escasa altura sobre el patio central del Alcázar y dejado caer con éxito un saco de víveres y un mensaje alentador. En cambio, un intento de la aviación roja para bombardear la fortaleza tuvo fatales resultados para los sitiadores al caer las bombas extramuros de la fortaleza. La reacción no tardó en estallar. Aquella misma noche era asaltada la cárcel por turbas de milicianos que se hicieron cargo de las listas y fueron nombrando a los presos:

Atados de dos en dos, la fila se iba alargando; una vez terminada la operación preliminar, se descorrieron los cerrojos carcelarios, y entre las sombras de la noche, en procesión dantesca que rezaba el rosario y cantaba himnos religiosos, fueron llevados los detenidos por el paseo del Tránsito y San Juan de los Reyes hasta la puerta del Cambrón. Aquí se dividió el grupo. Unos quedaban en la parte exterior de la puerta, los otros son apostados en la Fuente del Salobre. Frente a los grupos hay unas ametralladoras preparadas y varios automóviles, con cuya luz se ilumina macabramente aquella escena...(Juan Francisco Rivera, La persecución religiosa en la Diócesis de Toledo (1936-1939), Toledo, 1995, pág. 365).
En la Parroquia de su pueblo natal se le dedicó una lápida con la siguiente inscripción:
A la memoria del mártir don Fausto Cantero Roncero, hijo predilecto de esta localidad y Beneficiado de la S.I. Catedral Primada. Murió por Dios y por la Patria en Toledo, el día 23 de agosto de 1936. Homenaje de este su pueblo
Para conocer más datos y circunstancias de su vida, puede consultarse la detallada biografía de este sacerdote redactada por D. Diego Marcelo Merino y publicada con el título: Sangre de Mártires, Vida y martirio de un extremeño en la ciudad de los concilios (Fausto Cantero Roncero); Publicaciones del Movimiento, Cáceres, 1954; así como las referencias aparecidas en la página web dedicada a los mártires de la diócesis de Toledo en proceso de beatificación.

miércoles, 5 de junio de 2013

La COPE da por liquidado el sistema laboral franquista

"Solo los ricos pueden permitirse el lujo de no tener Patria" (Ramiro Ledesma Ramos)

Noche del 5 de marzo. Cadena COPE. Entrevistador y entrevistado (Juan Pablo Colmenarejo y César Molinas) comentan en términos complacientes que las reformas del PP han liquidado el sistema laboral franquista (minuto 10,30 del audio). El arbitrista nos diseña así un mundo ideal donde el trabajo se gestiona en un “mercado” regulado autonómamente y las universidades libres forman a líderes empresariales de esos que no necesitan sentarse a negociar con ningún sindicato.

No sabemos si había que liquidarlo por injusto o por franquista pero lo cierto es que han desaparecido los últimos restos del complejo edificio de derechos laborales y sociales que apenas se mantenían en pie aquí y allá como mudos testigos de lo que fue una de las legislaciones laborales más avanzada de su momento.

En realidad, salvo la pura supervivencia de buena parte de los mecanismos de protección social, poco tenía que ver el marco socioeconómico esbozado a partir de la transición y en los sucesivos gobiernos con la doctrina económico-social propia del Estado nacido del 18 de Julio y contenida en los Principios del Movimiento Nacional que asumían la inspiración cristiana, nacionalsindicalista y tradicionalista. Pero los comentaristas de asuntos económicos de la Cadena COPE aprovechan cualquier ocasión para hacer profesión de su fe en un peculiar antifranquismo: el antifranquismo de los privilegiados. Y es que algunos parece que todavía no le han perdonado a Girón la subida de salarios de 1956 y no están dispuestos a que nadie repita una política social semejante.

Historicus

miércoles, 29 de mayo de 2013

Los “presos políticos” de la democracia española

¿De quién se reían?
El llamado “parlamento vasco” acaba de aprobar que se pueda caracterizar de presos políticos a quienes cumplen condena por delitos de terrorismo en las cárceles españolas.

Esto de que aquí los parlamentos puedan legislar sobre todo lo divino y lo humano y disponer impunemente de vidas y haciendas ya viene siendo costumbre inveterada en un régimen político que dió sus primeros pasos otorgando a esos mismos presos una descabellada amnistía y repartiendo abundantes subvenciones a los excombatientes del ejército rojo.

Luego, cuando el PSOE llegó al poder, se convirtió en víctimas del franquismo a delincuentes ejecutados por vulgares crímenes. O se empezó a considerar entre los que lucharon por la defensa de los valores democráticos a los brigadistas internacionales y a los bandoleros de la posguerra; demostrando así que dichos valores democráticos se entiendan a la manera de Stalin, principal inspirador de ambas iniciativas.

Cuando los diputados se creen con capacidad para articular leyes como la de la memoria histórica –que sigue vigente, no lo olviden los complacientes votantes del Partido Popular– se crea el clima en el que un parlamento puede aplicar el calificativo de “político” a los crímenes cometidos por la banda terrorista de ultraizquierda ETA.

Pero no piensen nuestros lectores que vamos a dedicar un minuto a rebatir las opiniones de los miembros de la cámara establecida en las Vascongadas. A nosotros lo que nos indigna no es lo que diga un presunto “Parlamento vasco” sino que exista un tal parlamento. Como nos indigna que exista un “Parlamento extremeño”, “madrileño” o “cántabro”. Y en Tradición Digital no consideramos un mal menor, sino un enemigo declarado, a las fuerzas políticas que no lleven en su programa la extirpación inmediata del sistema autonómico implantado en España por la Constitución de 1978.

Y es que la “democracia” española tiene los presos políticos que se merece cuando estableció como principio que lo que califica a un delito de terrorismo o no, es la fecha en que se cometió.

¿Un mismo Dios? El Dios Trinitario… y otros monoteísmos

La Iglesia honra a la Santísima Trinidad todos los días del año, y principalmente los Domingos; pero le dedica una Fiesta particular el Primer Domingo después de Pentecostés. De esta manera nos da a entender que el fin de los Misterios de Jesucristo y de la venida del Espíritu Santo ha sido llevarnos al conocimiento de la Santísima Trinidad y a su adoración en espíritu y verdad.

Quien escriba o hable sobre la Trinidad, debe poner en práctica la sensata amonestación de Santo Tomás que hacemos nuestra: «Cuando se habla de la Trinidad, conviene hacerlo con prudencia y humildad, pues —como dice Agustín— en ninguna otra materia intelectual es mayor o el trabajo o el peligro de equivocarse, o el fruto una vez logrado».

Un misterio, en general, es una verdad que es imposible comprender y demostrar naturalmente. Más en concreto, un misterio de la religión Católica es una verdad revelada por Dios, que debemos creer, aunque no podamos ni comprenderla ni demostrarla. Y son tres los principales misterios de nuestra santa religión revelados por Dios: la Santísima Trinidad, la Encarnación y la Redención. Con ser importantes los dos segundos, lo es más el primero porque constituye la vida divina en sí misma, que los dos otros presuponen.

Es más, sin aceptar el misterio de la Trinidad es imposible acoger el de la Encarnación y el de la Redención. Este es el escollo en el que tropiezan ineludiblemente otras religiones por muy cercanas que puedan parecer al cristianismo. El peligro procede de confundir entre sí, en la fe o en la piedad, a las divinas Personas, o de multiplicar su única Naturaleza, al distinguir las Personas; pues la fe católica nos enseña a venerar un solo Dios en la Trinidad y la Trinidad en un solo Dios.

Por eso, la fe en la Santísima Trinidad, lejos de ser una verdad pacíficamente poseída por la Iglesia, ha sido expresada en formulas dogmáticas sucesivamente más depuradas, y ha dejado un reguero de mártires que dieron su vida por confesarla. Basta pensar en las sucesivas crisis provocadas por los seguidores de Arrio que arrancaron la conocida expresión de San Jerónimo: «El mundo entero gimió de asombro al verse arriano». Puesto que la revelación del misterio de la Santísima Trinidad se ha llevado a cabo, sobre todo y principalmente, en Jesucristo Dios‑hombre y mediante Él mismo, no tiene nada de extraño que las primeras herejías trinitarias sean al mismo tiempo herejías cristológicas, y que las principales controversias versen acerca del Verbo, la segunda Persona.
 
Trinidad y monoteísmos
El primer atributo divino que se debe tratar teológicamente es la unicidad, ya que la religión cristiana tiene como dogma fundamental el monoteísmo. Es tan firme la conciencia cristiana acerca de la unicidad de Dios desde un principio que las herejías trinitarias desde el siglo II al siglo V no se inclinaban tanto al triteísmo[1] cuanto a un modalismo o al subordinacionismo[2].

Sostienen el monoteísmo más o menos perfecto, aparte de la religión cristiana, el judaísmo y el islamismo; y, si bien no un monoteísmo perfecto, lo defienden los más insignes filósofos griegos, Sócrates, Platón y Aristóteles. Es sencillamente un error el creer que el llamado “Dios de los filósofos” es distinto de Aquel que se ha revelado en la historia. No hay más que un solo Dios. Por ello se ha dado a conocer a su pueblo primeramente como «Aquel que es», y enseguida se ha dado a conocer como «el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob»[3].

En ese sentido, se podría decir que los cristianos adoramos al mismo Dios a quien el hombre puede descubrir con la sola luz de la razón natural, o a quien adoraron los judíos en el pasado, o incluso al mismo al que adoran formas derivadas y degradadas del monoteísmo bíblico como lo es el Islam[4]. Ahora bien, sería un grave error pensar que la Revelación pública íntegra es intrascendente; todo lo contrario, pues añade a nuestro conocimiento de Dios misterios inalcanzables para la razón, inabarcables para las falsas religiones y apenas esbozados en la Revelación del Antiguo Testamento.
Más absurdo aún sería pensar en concordar unos contenidos revelados divergentes pensando que habrían sido propuestos a hombres de distintas épocas o lugares. Algo así como si Dios se hubiese revelado también a Mahoma, diciendo todo lo contrario de lo que ha sido revelado por Jesucristo. Solamente encontramos un progresivo despliegue entre el Antiguo Testamento y Jesucristo, en la medida que la religión mosaica se ordena a Cristo y Éste cierra definitivamente el ciclo.
«De hecho fue así, que Dios reveló la religión a Adán y a los primeros Patriarcas, los cuales sucediéndose unos a otros y viviendo juntos muchísimo tiempo„ podían transmitírsela fácilmente, hasta que Dios nuestro Señor se formó un pueblo que la guardase hasta la venida de Jesucristo, nuestro Salvador, Verbo de Dios encarnado, quien no la abolió, sino que la cumplió, perfeccionó y confió como en custodia a la Iglesia por todos los siglos» (Catecismo Mayor de San Pío X).
En efecto, en el momento de la muerte de Cristo, el velo del Templo de Jerusalén se desgarró «de arriba abajo en dos partes» (Mt 27, 51), y desde aquel momento el rito hebreo cesó de constituir el culto que se tributaba en honor del Dios verdadero, a cuyo Hijo las autoridades judías habían hecho que los romanos lo condenaran a muerte.

Cristianismo, islamismo y judaísmo
Las distinciones apenas son necesarias recordarlas en relación con el Islam, pero resultan más sutiles en cuanto al actual judaísmo.

Basta un conocimiento mínimo de la teología, de la moral y de la historia de las dos religiones para relegar al terreno de los mitos la existencia de «numerosos puntos de contacto» (expresión utilizada por el Cardenal Bea) entre nuestra fe y la profesada por los musulmanes. La declaración conciliar Nostra Aetate,  afirma que la Iglesia estima a los musulmanes porque adoran al único Dios; aunque no reconocen a Jesús, lo veneran como profeta y honran a la Virgen María. Ignorar estas diferencias equivale a relegar al terreno de la irrelevancia la divinidad de Jesucristo (que no es un profeta precursor de Mahoma) o la condición de Madre de Dios de Santa María (que es ontológicamente mucho más que la madre de un simple hombre-profeta). Incluso, en el mejor de los casos, la frase en cuestión induciría a pensar que es apreciable un concepto de Jesucristo y del propio Dios que deforma notablemente su propia esencia en cuanto nos ha sido revelada (Uno y Trino).

En cuanto a los judíos, no podemos olvidar que no solamente niegan la Santísima Trinidad sino que consideran una blasfemia que Jesucristo se proclamara Hijo de Dios y en el Talmud se le moteja abiertamente de mago, blasfemo y pseudo profeta. Los judíos creían, es verdad, en el “Dios único, creador del cielo y la tierra”, pero antes de Cristo. Al repudiar a Éste la mayoría de ellos, seducida por sus jefes, se excluyeron del cumplimiento final y fundamental de la Revelación, que se cerró con la muerte del último Apóstol[5].
En este sentido, apenas parece necesario recordar que los cristianos tenemos la misma fe que los Patriarcas y los Profetas del Antiguo Testamento, pero no tenemos la misma fe que los judíos de hoy en día. Rechazando su realización, los judíos conservan en vano las promesas y las figuras contenidas en la Revelación preparatoria al Mesías y ni siquiera leen y comprenden el Antiguo Testamento como nosotros lo leemos y comprendemos.
 
¿Adoramos al mismo Dios?
Lo dicho hasta aquí, aparentemente podría contrastar con afirmaciones como ésta que se han prodigado en los últimos años «Judaísmo, cristianismo e islam creen en el Dios único, creador del cielo y la tierra»[6].
Para clarificar definitivamente la cuestión debemos añadir que la divina Majestad de Dios puede ser considerada bajo el aspecto de Ser supremo, espíritu purísimo, infinito y eterno, creador y señor del universo y bajo el aspecto de su naturaleza trinitaria, como nos ha sido revelada por Jesucristo.

Si se considera solamente el primer aspecto, efectivamente el Dios de los cristianos sería el mismo que el de los hebreos, los musulmanes y todos aquellos que, con el recto uso de la razón natural, descubren y creen en el único Dios[7]. Ahora bien, la cuestión cambia radicalmente a la luz del dogma de la Santísima Trinidad, pues quien afirmara que el Dios de los cristianos es el mismo que el de los hebreos y los musulmanes prescindiendo de la Santísima Trinidad y de la encarnación del Verbo, verdadero y único Dios con el Padre y el Espíritu Santo, estaría negando en la práctica ambos dogmas.
En conclusión, frente a la idea –por divulgada no menos falsa– de que el Dios de los cristianos es el mismo que el de los judíos y los musulmanes, basta recordar que éstos no creen en Jesucristo ni lo veneran como Dios

La raíz de la contraposición entre cristianismo, judaísmo e islamismo es de naturaleza teológica pues el Dios de los cristianos no es solamente el Dios único, sino el Dios Uno y Trino. Uno en la Naturaleza, Trino en las Personas. El judaísmo pos-cristiano sigue repudiando a Jesucristo como Mesías y negando su divinidad y para el islam, el Hijo de Dios es un “profeta” y la Santísima Trinidad una blasfemia. Y ambas religiones, a lo largo de los siglos, han promovido persecuciones contra los cristianos. Señalar aparentes coincidencias sin resaltar las más que notables discrepancias sería como decir que apreciamos un medicamento que hace crecer el pelo aunque no ignoramos sus propiedades cancerígenas.


[1] Se niega o se destruye, bien de modo manifiesto, bien de forma indirecta, la unidad de la naturaleza divina.
[2] Se niega la verdadera Trinidad de personas en Dios, pero esto puede llevarse a cabo de un doble modo: o bien por negarse la distinción real personal entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, manteniendo solamente una cierta distinción menor, modal o mera distinción de razón (afirma esto el monarquianismo y el modalismo); o bien por negarse explícita o implícitamente, la verdadera divinidad de la segunda y de la tercera persona, las cuales, quedan subordinadas a la primera que es el verdadero Dios (así se expresa el subordinacionismo).
[3] Para lo dicho hasta aquí cfr. DALMAU, José M., Acerca de Dios Uno y Trino, in: Sacrae Theologiae Summa, vol.2, Madrid: BAC, 1952
[4] Los primeros informadores de Mahoma en relación con el monoteísmo fueron, casi con toda certeza, cristianos vinculados a grupos de comerciantes que se desplazaban por Arabia, no muy versados en la propia religión, deformada por el influjo de las herejías existentes entre ellas las de sentido judaizante.
[5] Una síntesis de las diferencias entre judaísmo, islam y Cristianismo en: “¿Musulmanes y judíos creen en el “Dios único” de los cristianos? Si lo dice hasta el Papa... Pero el sensus fidei no puede aceptarlo”, in: Sí Sí No No (30-abril-2006) [en línea] <http://sisinono.blogia.com/2007/051101--musulmanes-y-judios-creen-en-el-dios-unico-de-los-cristianos-.php> [consultado, 25 de mayo de 2013].
[6] Alocución de Benedicto XVI a una delegación del comité judío americano (16 de marzo de 2006) [en línea] <http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2006/march/documents/hf_ben-xvi_spe_20060316_jewish-committee_sp.html> [consultado, 25 de mayo de 2013].
[7] Concilio Vaticano I: «Si alguno dijere que Dios vivo y verdadero, creador y señor nuestro, no puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana por medio de las cosas que han sido hechas, sea anatema»(DS 3026). Pero la Iglesia también sostiene que el conocimiento natural de Dios no es la fe; que lo que se puede conocer de Dios por la razón natural es absolutamente insuficiente para salvarse y que en el estado actual del género humano las verdades religiosas naturales pueden ser conocidas por todos fácilmente, con firme certeza y sin ninguna mezcla de error únicamente por medio de la Revelación divina ((Pío XII, enc. Humani generis: DS 3876; cf. Concilio Vaticano I: DS 3005)

 

martes, 14 de mayo de 2013

Audios de la Jornada de Estudios "La Persecución religiosa en España: 75 Aniversario"

Iglesia incendiada por los frentepopulistas: Las Arenas (Bilbao)
Jornada de Estudios "La Persecución religiosa en España: 75 Aniversario 1936 – 2O11", organizada por el Foro Historia en Libertad y el Instituto CEU de Estudios Históricos. Madrid, 25 de noviembre de 2011.

Pulse sobre los enlaces para escuchar las conferencias de Francisco José Fernández de la Cigoña (Raíces históricas de la persecución religiosa: los desconocidos mártires del siglo XIX), Ángel David Martín Rubio (La persecución religiosa en España (1931-1939): una aportación desde las cifras) y María Luisa Rodríguez Aisa (Por Dios y por España. El sentido religioso de la Guerra de España)

Conferencia: "El fraude de la memoria histórica: crítica y alternativas"

sábado, 27 de abril de 2013

En la fiesta de San Luis Mª Grignion de Monfort

Paul Belouin (1888) "La muerte de San Luis María": Basilica de San Lorenzo sur Sèvre (Vendée)
Oh Dios, sabiduría eterna, que hiciste al presbítero San Luis María insigne testigo y maestro de la total consagración a Cristo, tu Hijo, por mano de su Madre, la bienaventurada Virgen María; concédenos que, siguiendo su mismo camino espiritual, podamos extender tu reino en el mundo. Por nuestro Señor Jesucristo... (oración colecta)
Celebramos el 28 de abril la fiesta de San Luis María Grignion de Montfort, santo francés que vivió en los siglos XVII y XVIII y que al ser ordenado sacerdote escogió como lema de su vida sacerdotal «ser esclavo de María»: «Totus Tuus» (soy todo tuyo).

San Luis María fue poco comprendido por los demás. Su tiempo en el seminario estuvo lleno de grandes pruebas. Sus superiores no sabían si considerarlo un santo o como un fanático. Enseguida empezaron a surgir cruces mas grandes en su vida, sus superiores le negaron varias veces ejercer sus funciones de sacerdote, no podía confesar ni predicar. Fue rechazado por sus amigos mas íntimos, hasta su propio obispo empieza a dudar seriamente de el. San Luis María comprende que la razón de los ataques es la doctrina mariana que enseñaba. Recurre al Santo Padre y le visita en Roma; quería saber si de verdad estaba equivocado como todos decían o si cumplía la voluntad de Dios, que era su único deseo. En Roma, San Luis María recibe del Papa la bendición y el titulo de Misionero Apostólico.
Siento vivos anhelos de hacer amar al Señor y a su Santísima Madre, de ir en forma pobre y sencilla a enseñar el catecismo a los pobres de los campos y excitar a los pecadores a la devoción a la Santísima Virgen.
Ante todo, San Luis María es un misionero. Recorre los caminos de Francia con un un bastón, coronado por un crucifijo o una estatuilla de la Virgen; a la espalda una mochila en la que lleva su Biblia, su breviario, su cuaderno de notas. Lleva a la cintura un rosario muy grande que atrae las miradas de todos. Pero no por eso cesaron las incomprensiones y la persecución y San Luis tiene que buscar diócesis cuyos obispos eran notoriamente contrarios al jansenismo, la herejía tan del gusto de aquella Francia del siglo de la ilustración y del racionalismo. Como ocurre en nuestros días, entre los seguidores de las ideologías “modernas” se reclutaban los más radicales enemigos del cristianismo.
De ahí su predicación en la región de la Vandea, que después, en 1793, se levantaría contra la sangrienta y atea Revolución Francesa. Fue allí donde trabajó durante los últimos cinco años de su vida, implantando en aquellas poblaciones una sólida formación católica. Ésta fue, décadas más tarde, un decisivo hecho para la gloriosa Guerra de la Vandea, contra los impíos revolucionarios de 1789.

¿Qué nos enseña Grignon de Montfort? No nos dice nada nuevo. ¿Queremos ir a Jesucristo? ¡Vayamos por María!

Hay que ir a Jesucristo, y por Jesucristo a Dios en el Espíritu Santo. Pero escogemos un camino fácil, encantador, podríamos decir, como es María. Porque María nos llevará necesariamente a Jesucristo. María se convierte en el atajo más rápido para llegar a Dios.
  • Hacer todo CON María, en su compañía, sin perderla nunca de vista, pues, haciéndolo todo con Ella, venimos a hacerlo todo como María, con su misma finura, y salimos imitadores suyos perfectos.
  • Hacer todo EN María, es decir, meterse en María, en sus sentimientos, en su corazón, de modo que sea María el motor de toda nuestra actividad.
  • Hacer todo POR María, o sea, dirigirse a Jesucristo y a Dios por medio de la Virgen María, por ser una intercesora y una Medianera poderosa de la Gracia.
  • Hacer todo PARA María, porque nos rendimos a Ella como unos esclavos, que no tienen más ilusión que servir gozosos a su Reina y Señora.
Para nosotros cuando se trata del amor y devoción a la Virgen, parece que sobran todas las recomendaciones. El amor a la Virgen María lo llevamos entrañado en el alma. Y ahora, al escuchar a San Luis María nosotros nos llenamos de ilusión por formar parte en esa legión de hijos amantes de María, para que Ella nos lleve a Jesús.

Y para que nos lleve —aunque esto ya nos resulta más fuerte— precisamente por el camino real de la Cruz. Con la Virgen, y llevando con gallardía cada uno nuestra cruz, el seguir a Jesucristo se hace más fácil como lo predicaba siempre Luis María Grignion de Montfort.

Su mensaje final dirigido hoy a nosotros, lo resume en estas palabras, que son el compendio de toda su vida de santo y de apóstol: ¡Amad ardientemente a Jesucristo, amadle por María!

El doble lenguaje de los “pro-vida”


Ante la indiferencia de los miles de católicos que reparten su voto entre el PSOE, el PP y los nacionalistas, D.Antonio Rouco Varela ha vuelto a repetir una de las formularias reclamaciones pro-vida a las que nos tienen acostumbrados periódicamente diversos representantes del Episcopado español. Por los mismos días, el Arzobispo de Oviedo se mostraba "enormemente sorprendido" al constatar cómo "después de casi un año y medio de gobierno conservador aún no se han puesto en marcha los trámites necesarios para modificar la Ley del Aborto" impulsada y aprobada por el anterior ejecutivo socialista de José Luis Rodríguez Zapatero con el voto en contra de los 'populares'. "Lo mismo ocurre con la eutanasia, el 'matrimonio' homosexual y políticas educativas".

Poco después, el portavoz del PP en el Congreso, Alfonso Alonso, recordaba a los Prelados españoles (por si éstos no se habían dado cuenta) que no son ellos los que elaboran las leyes, sino el Parlamento y que la reforma de la ley del aborto que prepara el Gobierno quizá "no guste mucho" a los obispos pero es un compromiso electoral del PP. Según Alonso, la reforma "se aviene a la doctrina del Constitucional y a nuestros compromisos". El ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, avanzó también que la reforma de la ley del aborto "llegará muy pronto" y supondrá un cambio en el sistema de plazos por otro de indicaciones legalmente previstas.

A pesar de su apoyo al aborto legalizado, Gallardón es objeto de durísimos ataques por parte de la izquierda que lo presenta como fiel seguidor de las consignas eclesiásticas en esta materia. Ahora bien, no solamente la postura de Gallardón está alejada de la Doctrina de la Iglesia al respecto sino que, al igual que ocurría en los gobiernos de Aznar, la actuación de ministros vinculados a poderosas organizaciones religiosas no ha ido acompañada de una específica referencia moral en ninguna de las cuestiones abordadas desde Moncloa. También sorprende el tono arrogante de afirmaciones como las de Alonso, consciente de su fuerza porque el voto y la opinión católicas en España seguirán cautivos del PP mientras se mantenga la línea dominante en la Conferencia Episcopal.

1985, un triste precedente de 2010
Sin olvidar que tanto bajo gobiernos del PSOE como del PP, venía existiendo una situación cercana al aborto libre sólo limitada por los plazos para su práctica, el año 2010 vino a representar la aprobación de una ley en la que los analistas coinciden en señalar que, además de prescindir de cualquier apariencia de restricción para los abortistas, se pretende que éstos ejercen un derecho.
En 2010 los obispos españoles repitieron lo que se hizo en 1985 con ocasión de la primera ley despenalizadora del aborto. Se limitaron, en el mejor de los casos, a recordar la doctrina de manera teórica pero evitando la polémica y paralizando la movilización clara e inequívoca de los católicos.

Tampoco hubo ninguna alusión a la posición en que quedaban las autoridades y las instituciones de un Estado, todas ellas manchadas y cuestionadas con esta ley, como ya lo estaban con la hasta entonces vigente. Incluso se llegó más allá del lamentable precedente de 1985 cuando, en su condición de Portavoz de la Conferencia Episcopal, D.Juan Antonio Martínez Camino avaló la moralidad de la actuación del Jefe del Estado, responsable de la sanción de los textos legales de acuerdo con los mecanismos previstos en la Constitución.

Tampoco nos consta que los llamados “católicos socialistas” fueran objeto de ninguna descalificación pública. Es más, en el mes de abril del mismo año tenía lugar en la madrileña parroquia de Santo Tomás de Villanueva (jurisdicción de Rouco Varela) un acto en cuya convocatoria se subrayaba que «es imprescindible la convocatoria de los cristianos y cristianas de base que en España trabajan y luchan cada día por transformar esta sociedad (desde lo que unos llamamos Reino de Dios y otras y otros, sociedad socialista y autogestionaria o socialismo del siglo XXI)». A nadie se le escapa que el aborto libre forma parte de esa sociedad socialista hoy en avanzada construcción en España y que estos blasfemos, amparados en las estructuras eclesiásticas, se atrevían a identificar con el Reino de Dios.

Todo lo ocurrido nos permite demostrar que, en contra de lo que sostienen algunos con mejores deseos que análisis de la realidad, en los últimos años no se ha registrado un cambio a mejor del episcopado español y nos encontramos ante la enésima re-edición de la auto-demolición en su más ibérica versión pos-taranconiana.

Tan complejas o más resultaron reacciones como las promovidas por los gobiernos autónomos de Murcia y Navarra. Sus dirigentes afirmaron, que suspenderían la aplicación de la ley hasta que se pronuncie el Tribunal Constitucional. No se produjeron movimientos similares en otras comunidades gobernadas por el PP como Madrid o Valencia.

El presidente regional de Murcia, Ramón Luis Valcárcel, aseguró que «de momento no hay razones» para acatar la Ley de Salud Sexual e Interrupción Voluntaria del Embarazo porque aún no se ha resuelto «todo» y no hay sentencia en firme. Por otro lado, el consejero portavoz del Ejecutivo navarro, Alberto Catalán, afirmó que la práctica de abortos en Navarra «va a seguir siendo el mismo», es decir, se garantizarán las interrupciones voluntarias del embarazo a las mujeres en los supuestos legales, pero las intervenciones se harán fuera de la Comunidad foral, tal y como explicó la consejera de Salud, María Kutz.

Iniciativas como éstas son de agradecer en la medida que a su amparo, durante un breve espacio de tiempo, pueden significar el que se salve alguna vida humana inocente pero ahondando en sus motivaciones el juicio que merecen ha de ser mucho más riguroso, sobre todo si van dirigidas a contentar a ciertos sectores del electorado conservador.

Aborto “bueno” y aborto “malo”
En el fondo, intervenciones del género de la que estamos comentando revelan una mentalidad perversa que contribuye a difundir una idea hoy dominante entre los electores que respaldan estas posiciones. Es decir, que hay una ley del aborto “buena” (la que puso en marcha el Gobierno de Felipe González en 1985 y no modificó el de Aznar) y otra “mala”: la que ahora acaba de entrar en vigor, a la espera de que el Tribunal Constitucional la convalide.

En tal caso, dicha disposición será asumida y llevada a efecto necesariamente por los dirigentes populares que no pueden evitar su responsabilidad por aceptar unos principios tratando de evadirse de algunas de sus consecuencias. El coste humano de la antigua ley del aborto en estos años ha sido de más de un millón trescientas mil vidas y la eliminación de buena parte de ellas ha sido gestionada por comunidades autónomas como las citadas. Como dijo Pablo Molina: «tampoco es que Ramón Luis Valcárcel haya puesto en cuestión el sagrado dogma del "derecho al aborto" promulgado por Zapatero, porque la región de Murcia está entre las primeras en la clasificación porcentual de abortos y aquí se va a seguir abortando sin impedimentos en función de lo establecido por la anterior ley».

Pero en el contexto de las palabras de Rouco hay algo aún más  escandaloso que es el elogio a la Constitución, es decir al marco jurídico que ha permitido llegar a la situación de deploramos. Según el sentir del Prelado gallego: “En particular, hemos de estar atentos a que no padezcan detrimento los bienes de la reconciliación, la unidad y la primacía del derecho, que se han podido tutelar en estos años de un modo suficiente, al amparo de las instituciones y mecanismos previstos en la Constitución de 1978, y con notable beneficio para el bien común”.

La afirmación, que no nos sorprende por reiterada suena a verdadero sarcasmo porque quienes no movieron un dedo en defensa del sólido edificio de las Leyes Fundamentales, atacado por los enemigos de España y de la civilización cristiana, se movilizan ahora en apoyo de un texto legislativo que no solamente se encuentra en crisis irreversible sino que, utilizado desde el poder, ha servido para hacer retroceder a España en todos los aspectos: político, económico, social, moral y nacional.
Por referirnos solo a aquellos aspectos que dicen mayor relación con lo tratado en este artículo basta recordar que la Constitución de 1978 (una ley sin Dios) convierte al Estado en el principal agente de una ofensiva para el cambio de las mentalidades y además permite una tupida red de intereses y corrupción que genera un amplio entorno orientado en la misma dirección.

Al contrario de lo que piensa Rouco, y amparados en el irrebatible argumento de los frutos ocasionados por la Constitución, estimamos que los católicos tenemos la obligación de promover su reemplazo por otras leyes fundamentales, utilizando todos los medios legítimos para ello. Y esta debería ser la enseñanza moral que, inspirada en el Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia, hicieran llegar los Obispos al pueblo español.

Marco legal y responsabilidad moral
Por último, recordando lo ocurrido con ocasión de la reciente promulgación de la ley del aborto y el respaldo otorgado por la conferencia episcopal a la actuación del Jefe del Estado, conviene recordar lo contradictorio que resulta dar por bueno un sistema que lleva jurídicamente a efectos inadmisibles moralmente.

No se pueden eludir las responsabilidades más altas como si la intervención de los Poderes públicos se limitara a dar fe de la “voluntad popular” ni es posible en conciencia instalarse tranquilamente en un marco jurídico, sin hacer lo necesario por enderezarlo y por desligarse de responsabilidades que no se pueden compartir. Tampoco se puede dar por bueno ningún orden constitucional por el que la suprema Magistratura se vea obligada a sancionar leyes absolutamente inmorales. De todo esto, necesariamente, se derivan consecuencias que no se exponen a la hora de valorar moralmente el sistema político implantado en España en 1978 y, sobre todo, a la hora de orientar la actuación de los católicos en este marco.

Esa tolerancia de hecho ante ésta y tantas otras realidades legislativas que van transformando la esencia de nuestra sociedad es, probablemente, la responsabilidad más grave de los jerarcas y de los católicos españoles que, salvo honrosas y minoritarias excepciones, han renunciado a cualquier consecuencia cultural y social de su fe. Solamente así se explica que, millones de ellos, se identifiquen con posiciones como las enunciadas desde el Partido Popular, fiel a la más estricta defensa de los supuestos planteados por los socialistas en la Ley del aborto de 1985.

Porque resulta contradictorio dar por bueno un sistema que lleva jurídicamente a efectos inadmisibles y no es posible en conciencia instalarse tranquilamente en él, sin hacer lo necesario por enderezarlo y por desligarse de responsabilidades que no se pueden compartir.

Cuando no se hace así, cuando se actúa al estilo de Rouco y de otros representantes oficiales de la Iglesia, se acaba a medio camino del desprecio y de la persecución de ese mundo con el que intentan congraciarse.

Ciclo de conferencias Francisco de Vitoria

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lunes, 15 de abril de 2013

Neorrepublicanos y nostalgia soviética

¿Madrid 2013?
¿Madrid 1936?

Se podría creer que el escenario político internacional ha cambiado sustancialmente desde los años ochenta del pasado siglo con la caída del Muro de Berlín y la apertura del Este.

En medio de dificultades semejantes a las nuestras, numerosos países cuentan con estructuras formalmente homologables con las del occidente europeo (pensemos en la ampliación comunitaria impensable hace apenas unos años). El sistema económico del comunismo ha sido sustituido por modelos orientados a la economía de mercado, no por ello sin desequilibros e injusticias. Parecía que el sistema totalitario implantado en la Unión Soviética durante la mayor parte del pasado siglo no era más que un negro recuerdo, una auténtica pesadilla. Pero ante la falta total de discurso alternativo, la izquierda echa mano de la nostalgia y saca a la calle las banderas rojas y el trapo tricolor.

Viendo lo ocurrido el domingo 14 de abril en Madrid y en numerosas ciudades españolas nos viene a la memoria la traducción de un artículo que fue reproducido en numerosas webs y blogs el año pasado. Bajo el significativo título de “En la URSS todos teníamos suficiente sol y pan” se hacía una fantástica evocación de la Rusia de los soviets para acabar concluyendo: “Tarde o temprano, la Unión Soviética volverá de nuevo. La historia a veces regresa nuevamente. En Francia, después de la victoria de la revolución burguesa fue la restauración de los Borbones. Pero fue sólo temporal. El actual régimen depredador en Rusia no durará mucho tiempo, caerá de todas las maneras. Un sistema justo debe regresar”. Se habla pues de regresar a un sistema del pasado que es calificado de "justo" y está claro que no se refieren a la Rusia de los zares.

Algunos de los difusores en España de tan infumable doctrina están, como no, vinculados al neorrepublicanismo y a la llamada recuperación de la memoria histórica. Al parecer, no tienen cosa mejor que hacer que insultar a la humanidad o pretender que ésta olvide lo que ha sido su propia historia. Nunca se ha hablado tanto de memoria y nunca se ha vivido instalado más cerca de la amnesia. Como si no hubiera ocurrido nada (aquí solo cuentan los muertos de un lado), olvidando el elevadísimo deterioro moral de las personas que han vivido y viven aún sometidos a los dictados del socialismo real, del comunismo y de los pseudo-populismos en ellos inspirados. Pisoteando, en una palabra, a los millones de víctimas de los asesinatos masivos, del sistema de campos de concentración y exterminio, de las hambrunas deliberadamente mantenidas, de las deportaciones, del terrorismo…

Los manifestantes del domingo saben que también España entre 1936 y 1939 sirvió de escenario a miles de crímenes llevados a cabo con técnica y participación soviética: checas, sacas, torturas… Hasta el presidente del gobierno, el socialista Juan Negrín, llegó a autorizar al Comisariado político establecido en el Ejército para suprimir físicamente “a aquellos que no estuviesen de nuestra parte y fueran enemigos declarados del régimen” en una orden que lleva fecha de 18 de marzo de 1938, siendo Prieto ministro de Defensa y que originó un número muy elevado de ejecuciones. Según el también socialista Julián Zugazagoitia, Negrín había dicho que “El terror también es un medio legítimo cuando se trata de salvar al país”.

Por algo el puño cerrado fue convertido por la República española en el saludo oficial del Ejército Popular, renunciando al tradicionalmente empleado en medios castrenses. “Hoy se publicará el Diario Oficial de Guerra una disposición cambiando el saludo militar, que será en lo sucesivo de esta forma: con armas, levantando el brazo en ángulo con el puño cerrado, o sea el saludo antifascista; y sin armas, levantando el brazo con el puño cerrado a la altura de la visera” (Fragua Social, Valencia, 7-octubre-1936). De esta guisa, políticos social-comunistas, soldados y oficiales componían una grotesca estampa cada vez que venían a poner su mano izquierda en una posición que algunos definían con agudo humor hispano apenas compatible con los dictados de Moscú a cuyo servicio estaba dicho Ejército.


Rojo, Modesto, Negrín y Líster

Hoy los neorrepublicanos españoles añoran a la Unión Soviética: al final el círculo se cierra. Una vez más, el pendón tricolor flamea a la sombra de la bandera roja.

Como recuerda el historiador Pierre Chanu hablando del comunismo: “Desde el principio del mundo ningún régimen, ninguna dinastía, ningún monarca había conseguido nada parecido. Ni siquiera el nazismo”. La comparación, por más que resulte muy socorrida, apenas resulta válida: porque el comunismo ha actuado durante más tiempo que él y antes que él. Y no es que la cuestión de las cifras sea primordial en este asunto es que, a pesar de ello, pretende conservar toda su legitimidad política e intelectual; sigue en el poder en varios países y recluta adeptos en el mundo entero dentro de sus más variadas formas.

El comunismo bolchevique se derrumbó, sobre todo porque el régimen edificado no respondía a la infantil evocación del redactor del periódico Sovietskaia Rossia, un periódico que puede extender sus mentiras por todo el mundo al amparo de las libertades que tanto le repugnan. Que los neorrepublicanos españoles lo añoren, me produce una sensación a medio camino entre el asco y la indignación. Más de lo primero que de lo segundo.

Porque verdaderamente indignado me siento al recordar a los millones de españoles que sin compartir el proyecto radical de cambio de régimen y de sociedad inspirado, sostenido y llevado adelante de manera sistemática en España por el Partido Socialista desde 1982, viven paralizados por la ideología liberal y admiten con naturalidad vivir en el ambiente jurídico y moral que la izquierda va imponiendo. Y peor aún “vampirizados” (la expresión no es mía) por otras organizaciones políticas y religiosas se prestan a colaborar en la deriva del proceso revolucionario contentándose mansurronamente con el papel de representar al sector moderado y teórico defensor retórico de unas libertades que hace mucho dejaron de existir.

Conferencia: "Fátima, el mensaje de la Virgen y la familia"


sábado, 13 de abril de 2013

Aniversario de la II República: nada que celebrar



Como consecuencia de su turbulenta historia durante el siglo XIX, España entra en el siglo XX en una situación muy deficiente. Su estructura económica no está a la altura de las necesidades. Su estructura social es particularmente propicia al choque revolucionario: grupos proletarios grandes y con pocas posibilidades de mejora, campesinos sin tierra, clase dirigente egoísta e ineficiente, intelectuales resentidos… todo ello es en buena medida consecuencia de las deficiencias políticas.

En poco más de un siglo hubo muchas situaciones políticas, cada una con su Constitución que era un programa; pero ninguno de estos regímenes se consolidó ni puso en marcha instituciones aceptadas, respetadas y cumplidas. Ríos Rosas, Presidente de la Cámara del Congreso de los Diputados durante varias Legislaturas durante el siglo XIX, lo confesó en el Parlamento: “Es preciso decir la verdad al país; es preciso decirle que todos, vosotros y nosotros, hemos sido dictadores; que todo ha sido mentira y farsa”.

Fracasado el intento del general Primo de Rivera de poner orden administrativo y económico sin nuevas ideas políticas, la oligarquía desplazada se pone de acuerdo para deshacer lo existente sin mucho que ofrecer a cambio. En medio de la crisis económica de los años 1930 y 1931, no se puede ni volver al turno pacífico de los partidos, ni encontrar figuras para un Gobierno Nacional, ni volver a ensayar un Dictador. La Monarquía, casi sin defensores, fue desechada primero y eliminada después por una coalición de viejos políticos, intelectuales, masas socializantes, separatistas y sectarios.

Caída de la Monarquia e implantación de la República
La República se estableció como resultado de la actuación de una minoría audaz que se adueñó del Estado con el pretexto de unas elecciones municipales que no ganó y que, por sí mismas, no permitían ese fin.

Decisiva resultó la presión del Comité revolucionario que venía actuando desde meses atrás y que el 13 de abril dirigía un manifiesto al país acompañado de manifestaciones y alborotos en la calle.
En la entrevista del Conde de Romanones con el presidente de dicho Comité, Alcalá Zamora, éste se negó a aceptar ningún acuerdo y solo se avino a conceder un plazo para que el rey saliera de Madrid, transcurrido el cual no respondía de lo que ocurriera. Alfonso XIII se dio por enterado de la amenaza, renunció a defender el Estado de que era cabeza y abandonó España. La monarquía liberal implantada en España por la fuerzas de las armas un siglo atrás caía ahora víctima de sus propias contradicciones.

Más tarde, José Antonio Primo de Rivera describe, en sus discursos y escritos, que muchos creyeron ver en la fecha inaugural de la República una ocasión jubilosa para la devolución de un espíritu nacional colectivo y la implantación de una base material humana de convivencia entre los españoles. A mi juicio, estuvo más avisado Ramiro Ledesma al detectar que toda la propaganda del movimiento antimonárquico se hizo sobre la oferta de un régimen burgués-parlamentario, sin apelación ninguna a un sentido nacional ambicioso y patriótico, y sin perspectiva alguna tampoco de trasmutación económica, de modificaciones esenciales que respondieran al deseo de una economía española más eficaz y más justa. En realidad, la parte mayoritaria y más sana del pueblo español se alejó paulatinamente del nuevo Régimen al comprobar cómo la Constitución y la práctica política de los años siguientes daban paso a una política sectaria, arbitraria y ajena a sus más profundas convicciones.

La Constitución de 1931
Decir que la Segunda República fue un fracaso es casi una tautología pero, desde luego, dicho fracaso no se debió a ninguna negra conspiración de presuntas fuerzas reaccionarias opuestas al progreso que el nuevo régimen habría propiciado sino al planteamiento que éste siguió desde el principio.
En efecto, la República de 1931 no se concibió simplemente como una forma de Gobierno en la que el Presidente era designado por sufragio universal porque quienes la implantaron la dotaron de un contenido político que nació lastrado por la hipoteca que suponía el pacto previo con el Partido Socialista y los separatistas.

Como eran conocedores del verdadero estado de la opinión pública, sorprendida por el audaz éxito de los golpistas, ninguno de los que trajeron la República estaba dispuesto a admitir unas elecciones democráticas. Desde luego, no se puede dar la consideración de democrático al plebiscito que sirvió para formar las Cortes Constituyentes pues el proceso estuvo controlado en todos sus pasos por el auto-proclamado Gobierno Provisional. No existía oposición porque la coalición republicano-socialista era la única de las fuerzas en presencia que tenía una organización interna ya previamente establecida mientras que las derechas venían siendo aterrorizadas con episodios como los incendios y saqueos de conventos, iglesias, bibliotecas… llevados a cabo en numerosos lugares de España poco antes de las elecciones y carecieron de tiempo y de unas circunstancias que permitieran articular los nuevos partidos. Además, las izquierdas —según el más viejo estilo caciquil— contaron con todo el apoyo del Ministerio de la Gobernación.

Años más tarde el propio el propio Alcalá Zamora reconocerá que aquellas Cortes “adolecían de un grave defecto, el mayor sin duda para una Asamblea representativa: que no lo eran, como cabal ni aproximada coincidencia de la estable, verdadera y permanente opinión española”. En consecuencia: “La Constitución se dictó, efectivamente, o se planeó, sin mirar a esa realidad nacional [...] Se procuró legislar obedeciendo a teorías, sentimientos e intereses de partido, sin pensar en esa realidad de convivencia patria, sin cuidarse apenas de que se legislaba para España”. Y con toda la trascendencia que da a sus palabras su condición de Presidente del Gobierno Provisional formula esta acusación sobre el nuevo estatuto jurídico: “se hizo una Constitución que invitaba a la guerra civil”.

El balance del primer bienio, llamado republicano-socialista por el color político del Gobierno presidido por Azaña no puede ser más deplorable: numerosos incendios de iglesias además de los ya citados; la permanente situación de anormalidad constitucional por el mantenimiento en vigor de leyes como la citada o la llamada de Vagos y Maleantes que preveía la creación de campos de trabajo; eliminación de la educación de iniciativa religiosa con grave perjuicio directo para cientos de miles de estudiantes; concesión del derecho de autonomía a Cataluña que empezó a ser utilizado inmediatamente para socavar la legalidad y, más tarde, sublevarse contra ella; frustración de las expectativas de una reforma agraria, deterioro de las condiciones de vida reflejada en el aumento de las muertes por hambre, que volvieron a cifras de principios de siglo; brutalidad policial de la que los sucesos de Casas Viejas son únicamente un ejemplo; aumento espectacular de la delincuencia y deterioro del orden público con huelgas, incendios, saqueos, atentados, explosiones, intentonas revolucionarias… en dos años la República provocó un número mucho mayor de muertes de obreros que las que habían tenido lugar durante todo el período histórico anterior.

La sublevación de 1934
Pero fue el Partido Socialista quien finalmente destruyó aquella República de la que estaba llamado a gestionar su agonía sometido a los dictados de Moscú.

El predominio del Partido fundado por Pablo Iglesias se debió a la falta de una base social en la que sustentar el régimen naciente. A la vista del resultado electoral, Azaña descartó a los republicanos radicales de Lerroux y dio entrada en su Gobierno a un partido marxista cada vez mas escorado hacia la ruptura revolucionaria con las instituciones democráticas. Ya en 1931, el socialista Largo Caballero, Ministro de Trabajo, advirtió con toda claridad del papel que aguardaba a los republicanos al amenazar con la guerra civil si las Cortes Constituyentes eran disueltas cuando terminaron de cumplir su misión:
“ese intento sólo sería la señal para que el Partido Socialista y la Unión General de Trabajadores lo considerase como una nueva provocación y se lanzasen incluso a un nuevo movimiento revolucionario. No puedo aceptar tal posibilidad que sería un reto al partido y nos obligaría a ir a una guerra civil” (Informaciones, Madrid, 23-noviembre-1931).
Y en 1933 se decía:
“Vamos legalmente hacia la evolución de la sociedad. Pero si no queréis, haremos la revolución violentamente. Esto, dirán los enemigos, es excitar a la guerra civil. Pongámonos en la realidad. Hay una guerra civil. ¿Qué es si no la lucha que se desarrolla todos los días entre patronos y obreros? Estamos en plena guerra civil. No nos ceguemos, camaradas. Lo que pasa es que esta guerra no ha tomado aún los caracteres cruentos que, por fortuna o desgracia, tendrá inexorablemente que tomar” (El Socialista, Madrid, 9-noviembre-1933).
Las amenazas se convirtieron en realidad en Octubre de 1934 y a partir de la ocupación del poder por el Frente Popular en febrero de 1936.

La reacción del país determinó el acceso al Parlamento, en noviembre de 1933, de una mayoría de derechas y centro. Pero la respuesta a esta decisión democrática la dio el Partido Socialista, de definido carácter marxista y subversivo, preparando y llevando a cabo una sublevación armada.
La revolución se desencadena en octubre del mismo año 1934 con el pretexto de que un partido político la CEDA, triunfante en las recientes elecciones, obtuviera en el Gobierno una parti­cipación no desproporcionada ni abusiva, sino modesta e incluso inferior a su importancia numérica en el Parlamento.

La llamada Revolución de Octubre fue, en realidad, un fracasado golpe de estado protagonizado por una amplia coalición de izquierdas y separatistas. Sólo en Asturias, las bajas causadas por la revolución fueron 4.336, de las cuales 1.375 muertos y 2.945 heridos; fueron incendia­dos o deteriorados 63 edificios particulares, 58 Iglesias, 26 fá­bricas, 58 puentes y 730 edificios públicos.
Salvador de Mada­riaga ha reconocido que “con la revolución de 1934, la izquierda española perdió hasta la sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de 1936”. Y es que estos sucesos son la prueba de que, para Azaña y los socialistas, no se admitía que la República fuese una forma de Estado en la que cupiesen tendencias políticas diferentes sino que en la práctica se la consideraba un régimen que negaba el derecho a la existencia a quienes no comulgasen con sus postulados.
Sofocada la revuelta con las armas quedó de manifiesto la incapacidad de los más altos poderes para responder al atentado sufrido y, mientras la propaganda izquierdista convertía a los delincuentes en mártires y al Gobierno en verdugo, los mismos organizadores de la Revolución se preparaban para un segundo y definitivo asalto al poder que tendría lugar después de las elecciones del 16 de febrero de 1936.

En un artículo vetado por la censura, José Antonio habló de “victoria sin alas” para referirse a la del 19 de noviembre de 1933, cuando las elecciones dieron paso a una sucesión de gobiernos en los que la CEDA apoyaría en el parlamento al Partido Radical. Más tarde, con una timorata presencia en el banco azul, Gil Robles eligió un camino que significaba el suicidio y la definitiva bancarrota de su partido: estrechar vínculos con los desprestigiados radicales de Lerroux arrastrando en su fracaso las banderas que no había sabido defender. El “bienio estúpido” —como lo calificó el propio José Antonio en varias ocasiones— se liquidaba como fruto de una maniobra calculada por Alcalá Zamora sin que la CEDA hubiera cumplido su programa electoral y sin haber aprovechado la ocasión que se abría después de haber neutralizado la ofensiva socialista y separatista de Octubre de 1934:
“Ni reforma agraria, ni transformación económica, ni remedio al paro obrero, ni aliento nacional en la política. Chapuzas para remediar algún estrago del bienio anterior y pereza. Pereza mortal para dejar que los problemas se corrompan a fuerza de días, hasta que llegue otro problema y los quite de delante” (“España estancada”, Arriba, 21-marzo-1935).
De las elecciones de 1936 al Frente Popular
La inmensa mayoría de políticos izquierdistas que integraron el Frente Popular con vistas a dichas elecciones preconizaba la acción directa y enarbolaban la misma bandera de la revolución de Asturias; por ello, nada tiene de extraño el hecho de que, con ocasión de la convocatoria, se concertaran para utilizar los cauces democrá­ticos del sufragio universal y al propio tiempo actuar con métodos radicales que habían de provocar un ambiente de violencia que retrajera de las urnas a numerosas personas.

En definitiva, lo que se trataba era de asaltar el Poder utilizando todos los medios para lograr con el fraude, la violencia y el amaño, la mayoría que, como era previsible, el cuerpo electoral había de negarles.

El proceso que llevó al Frente Popular desde un ajustado resultado electoral a redondear una mayoría en las Cámaras tuvo su culminación con la ilegal destitución del Presidente de la República y su sustitución por Manuel Azaña. Durante los meses que transcurren entre febrero y julio de 1936 se asiste al desmantelamiento del Estado de Derecho con manifestaciones como la amnistía otorgada por decreto-ley, la obligación de readmitir a los despedidos por su participación en actos de violencia político-social, el restablecimiento al frente de la Generalidad de Cataluña de los que habían protagonizado el golpe de 1934, las expropiaciones anticonstitucionales, el retorno a las arbitrariedades de los jurados mixtos, las coacciones al poder judicial... Al tiempo, actuaban con toda impunidad los activistas del Frente Popular protagonizando hechos que, una y otra vez, fueron denunciados en el Parlamento sin recibir otra respuesta que amenazas como las proferidas contra Calvo Sotelo, sacado de su domicilio asesinado poco después por un piquete compuesto por miembros de las fuerzas de orden público y elementos civiles vinculados al Partido Socialista.
Ángel Ossorio y Gallardo, un colaborador ilustre del Frente Popular definía en el estado de cosas vigente en los siguientes términos:
“A estas horas ―hablemos claro, aunque nos duela―, ni el Gobierno, ni el Parlamento, ni el Frente Popular significan en España nada. No mandan ellos. Mandan los inspiradores de las huelgas inconcebibles; los asesinos a sueldo y los que pagan el sueldo a los asesinos; los mozallones que saquean los automóviles en las carreteras; los que tienen la pistola como razonamiento… ¿hay alguien contento, o siquiera conforme, con tal estado de cosas? Nadie. Ninguno sabe lo que va a pasar aquí, ni presume quién sacará el fruto de la anárquica siembra” (La Vanguardia, Barcelona, 19-junio-1936).
Y los socialistas pedían desde Claridad:
“Si el estado de alarma no puede someter a las derechas, venga, cuanto antes, la dictadura del Frente Popular. Es la consecuencia lógica e histórica del discurso de Gil Robles. Dictadura por dictadura, la de las izquierdas ¿No quiere el Gobierno? Pues sustitúyale un Gobierno dictatorial de izquierdas [...] ¿No quiere la paz civil? Pues sea la guerra civil a fondo [...] Todo menos el retorno de las derechas. Octubre fue su última carta y no la volveremos a jugar más”.
La dictadura del Frente Popular y la Guerra Civil. Faltaban apenas unos meses para que los españoles pudieran comprobar que las amenazas del Partido Socialista Obrero Español no eran en vano.
En conclusión, lejos de entender lo ocurrido desde el 16 de febrero de 1936 como la consecuencia de una victoria electoral de las izquierdas, hay que hablar de un proceso de ocupación del poder por parte del Frente Popular. A partir del Alzamiento Nacional de julio de 1936, la “completa implosión política de un sistema” significó la liquidación de los restos de legalidad que sobrevivían a la ofensiva revolucionaria iniciada en febrero.

En realidad, lo ocurrido en la retaguardia frentepopulista a partir del comienzo de la guerra se había incoado en los meses anteriores, la diferencia radica en que, desde el 18 de julio, se entra en un momento distinto del proceso al sacudirse las organizaciones revolucionarias la relativa tutela que el Gobierno republicano venía ejerciendo.

La táctica utilizada hasta entonces pretendía desembocar en la nueva situación a partir de un deterioro progresivo de las condiciones socio-políticas que se estaba logrando mediante la actividad violenta; ahora los revolucionarios pueden actuar sin traba alguna, es decir sin las escasas limitaciones que les imponía su colaboración con un Gobierno que dependía de ellos para sostenerse en el poder.

viernes, 5 de abril de 2013

Regalismo y antirregalismo en las Cortes de Cádiz

Resumen de la comunicación presentada en las Jornadas anuales de la Confederación Nacional de Cabildos Catedrales y Colegiales de España con el tema "La Iglesia y la Constitución de 1812". Cádiz, 3 de abril de 2013


En cuanto manifestación española del jurisdiccionalismo europeo, el regalismo de los siglos XVIII y XIX comparte con otras formulaciones semejantes (como el galicanismo o el febronianismo) la celosa autonomía respecto a la Santa Sede y la sumisión a la monarquía, considerada como válidamente cualificada para representar a la Iglesia en su disciplina interna. Al tiempo, el regalismo convive con los representantes del llamado ultramontanismo, término aplicado despectivamente para designar los adictos a las directrices de la Iglesia romana en cuestiones teológicas, jurisdiccionales y, a veces, incluso políticas.

Durante esta época puede hablarse en España de la existencia de dos grandes formulaciones. Una de ellas, sería el regalismo, vinculado al Despotismo ilustrado y el jurisdiccionalismo europeo, que hunde sus raíces en la crisis filosófica nominalista y en la reforma protestante y se prolonga en el Estado liberal. Otra, más difícil de definir, heredera del pensamiento político medieval y del Siglo de Oro, se prolonga a lo largo del período estudiado en el llamado pensamiento tradicional o contrarrevolucionario.

Durante la Guerra de la Independencia y en los períodos liberales subsiguientes se van a llevar a sus últimas consecuencias las doctrinas regalistas. La tendencia a someter de hecho a la Iglesia a la autoridad política tiene base teórica en que apoyarse cuando se niega a la Iglesia su carácter de sociedad sobrenatural y suprema y se afirma la absoluta independencia del poder civil frente a la autoridad religiosa.

Tampoco puede olvidarse el entorno especialmente amargo y desgarrado que se inicia en 1808 y que se va a prolongar durante varios decenios de la centuria decimonónica. El vacío de poder provocado por la invasión napoleónica y la guerra de la Independencia dio paso a un peculiar proceso constituyente. En líneas generales, se puede hablar de tres actitudes políticas o tendencias fluidas que se encontraban en la sociedad española y, a su vez, van a manifestarse en el seno de las Cortes de Cádiz: conservadores, renovadores e innovadores. Las decisiones adoptadas tienen en su mayor parte un talante liberal-innovador y responden a un programa homogéneo. Parece claro que los innovadores, sin constituir mayoría, supieron llevar en todo momento la iniciativa, presentaron planes completos y predominaron sobre los que no pensaban como ellos.

Los innovadores y los renovadores tratan de dar respuesta a la crisis que reconocen en la situación del tránsito de siglo pero por vías diferentes. Los innovadores comparten buena parte del esquema anterior (como ocurre con el regalismo) pero acentúan la ruptura con la Tradición española, las posiciones anti-eclesiásticas y se inclinan hacia las formas representativas ensayadas en la Revolución Francesa. Son los que pronto se empezarán a llamar liberales y actuarán como tales a partir de las Cortes de Cádiz, no pudiendo —como es evidente a todas luces— haber surgido de la nada e imponer sus criterios de manera determinante en el proceso constituyente. El texto legislativo emanado de las Cortes gaditanas será, durante mucho tiempo, su principal referente ideológico y teórico.

Por último, los renovadores son fácilmente reconocibles entre los continuadores de la tendencia antirregalista que hasta ahora hemos definido: leales a la monarquía (no en vano se les apodará como realistas antes de convertirse en su mayoría en carlistas) no esconden sus críticas al despotismo ministerial de Floridablanca, Aranda o Godoy. Fieles a las instituciones tradicionales y a las libertades locales, representan el sector mayoritario de la población aunque en las demandas de renovación los matices sean infinitos según la mayor o menor conciencia y vigor de sus representantes. Pronto encontraremos una formulación teórica de sus postulados en el llamado Manifiesto de los Persas (1814) y veremos al realismo movilizado militarmente en 1820 contra el Trienio Liberal, para pasar a la oposición en la Década absolutista fernandina y terminar en el carlismo propiamente dicho en 1833.

Los representantes de esta corriente son generalmente poco conocidos y, en ocasiones, verdaderamente marginados. La historiografía dominante ha preferido exagerar la influencia de un minoritario sector de eclesiásticos ilustrados, de pensamiento regalista y jansenistizante, al tiempo que acumula todo tipo de dicterios contra los catalogados como reaccionarios. De esta manera, se llega caer en el contrasentido de que quienes se presentan como defensores de la libertad ensalzan a los partidarios del absolutismo borbónico y quienes postulan la modernidad ensalzan a los que querían volver a la antigua disciplina canónica o al rigorismo moral.

En realidad, lo que se olvida al proceder así es que durante aquella segunda mitad del siglo XVIII, el regalismo, ejercido por los políticos ilustrados, y apoyado en doctrinas eclesiologías de extrema radicalidad en su hostilidad a la autoridad pontificia, no era ya una exageración de la misión religiosa de los reyes, sino un instrumento de opresión de la vida religiosa desde actitudes políticas orientadas a destruir la sociedad heredada de la Cristiandad.

Es importante resaltar que entre quienes se distinguieron por las censuras al regalismo y al jansenismo en las postrimerías del XVIII figuran los que en el siglo siguiente serán notorios antiliberales. En cambio seguirán siendo regalistas y ahora liberales (doceañistas) Villanueva, Muñoz Torrero, Posada Rubín de Celis, el cardenal Borbón… Todos ellos tendrán la oposición a Roma como signo de identidad con los nuevos liberales que van a surgir en Cádiz, los futuros veinteañistas o exaltados, aún más hostiles a la religión que sus predecesores.


En la apreciación de la obra realizada por las Cortes en el aspecto religioso-político se observa una polémica ya desde el principio. En aquellos mismos años, algunos hicieron constar la absoluta compatibilidad que a su juicio existía entre sus decisiones y los principios de la religión mientras que los impugnadores de las Cortes le negaron su legalidad, su originalidad frente al modelo revolucionario francés y su espíritu religioso. La historiografía posterior repetirá estos planteamientos. Es necesaria, por lo tanto, una visión de conjunto que abarque el ambiente que se vivió en torno a la asamblea gaditana, el propio texto constitucional y las reformas emanadas de las Cortes.

La afirmación más importante de la Constitución en este terreno se contiene en el artículo 12. Además de ser una concesión y una conquista del sector tradicional de la asamblea, los regalistas consagraban en este artículo el principio de la Iglesia sometida al Estado aunque fuera bajo el señuelo de la protección. En el terreno religioso los liberales se muestran continuadores de la corriente jansenista-regalista y favorecen un contexto en el que la libertad de imprenta sirvió para que los periodistas y escritores crearan un entorno favorable al desprestigio de los clérigos y la religión, aludiendo a ellos con lenguaje irrespetuoso y chistoso. Además, las Cortes comienzan a aplicar a partir de 1812 una serie de reformas que determinarán el enfrentamiento: expulsión del Obispo de Orense, supresión unilateral de la Inquisición, reforma de conventos, leyes desamortizadoras, extrañamiento del Nuncio....

Esta injerencia del Estado tenía una raíz muy propia del Antiguo Régimen, el regalismo que los liberales no solo no se esforzaron en superar sino que lo heredaron y aumentaron. Incluso habrá un proyecto de ley (en torno al episodio del llamado cisma de Alonso durante la regencia de Espartero) que pretendía la creación de una especie de iglesia nacional de inspiración protestante. El liberalismo histórico no busca la separación de la Iglesia y el Estado, sino el sometimiento de la primera al segundo.

Aquí radica la clave de explicación. El Estado contemporáneo busca la realización de su concepción absoluta —en el sentido hegeliano del término— mediante la supresión de toda potestad paralela. Pero los liberales sabían que no podían consolidar su dominio sobre una sociedad que en buena medida les rechazaba si no suprimía o encauzaba en una dirección favorable el influjo moral que la Iglesia ejercía sobre esa misma sociedad y en la que promovía una serie de principios y comportamientos incompatibles con el liberalismo. De conseguirlo, habría sido neutralizada la única potestad radicalmente independiente del Estado.

Leyendo algunos de los escritos, discursos y sermones en los que se expresa el pensamiento regalista o el de sus oponentes, podemos llegar a la conclusión de que este nuestro objeto de estudio no se pierde en la nebulosa de los siglos. En la polémica regalismo-antirregalismo entran en juego dos importantes conceptos canónicos. El de potestad de régimen o de gobierno y el de la potestad que corresponde al oficio del Romano Pontífice y sus características. Además asistiremos a la discusión en el pasado de cuestiones que siguen siendo de actualidad. Así ocurre con la subordinación de la economía a la moral que reclamaba Fray Diego José de Cádiz o con el debate sobre la naturaleza de los bienes eclesiásticos que protegían los defensores de las inmunidades y vulneraban los desamortizadores. Laten también como trasfondo las dificultades de los poderes políticos para aceptar la existencia de una instancia de legitimidad externa a ellos mismos al tiempo que las tentaciones y dificultades que, en todo tiempo, encuentran los miembros de la Iglesia cuando quieren ser fieles a su misión.