«M. Proudhon ha escrito en sus Confesiones de un revolucionario estas notables palabras: "Es cosa que admira el ver de qué manera en todas nuestras cuestiones políticas tropezamos siempre con la teología". Nada hay aquí que pueda causar sorpresa, sino la sorpresa de M. Proudhon. La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas» (Donoso Cortés).

miércoles, 21 de agosto de 2013

La segunda transición y la manipulación de la historia

¿De quién se reían?
Vamos legalmente hacia la evolución de la sociedad. Pero si no queréis, haremos la revolución violentamente. (Gran ovación.) Esto, dirán los enemigos, es excitar a la guerra civil. Pongámonos en la realidad. Hay una guerra civil. ¿Qué es si no la lucha que se desarrolla todos los días entre patronos y obreros? Estamos en plena guerra civil. No nos ceguemos, camaradas. Lo que pasa es que esta guerra no ha tomado aún los caracteres cruentos que, por fortuna o desgracia, tendrá inexorablemente que tomar. Francisco Largo Caballero, presidente del Partido Socialista Obrero Español: discurso en Don Benito (Badajoz), 8 de noviembre de 1933.
Moisés Domínguez Núñez -generoso colaborador del Foro Historia en Libertad- ha honrado el pasado 14 de agosto las páginas de nuestro suplemento, rescatando del olvido un lejano episodio ocurrido en 1976: La “matanza” de Badajoz, caso sobreseído.

Coincidiendo con las primeras iniciativas en torno a la “reforma política”, una serie de periodistas, vinculados a posiciones rupturistas, acentuaron la tendencia a una concepción sesgada y militante de la historia utilizando a su servicio los medios de comunicación. Se empleaban así los episodios del pasado con la intención de contribuir a desacreditar y desmoralizar al adversario político, resucitando la división entre españoles y las viejas raíces de frustración e injusticia que habían desembocado en la Guerra Civil de 1936. El responsable del caso ahora comentado en el artículo de Moisés Domínguez tuvo que enfrentarse a la acción de la justicia militar bajo la acusación de vulnerar los límites legalmente impuestos a la llamada “libertad de expresión”[1].

Pocos meses después, el general Salas Larrazábal publicaría un libro en el que se ocupaba ampliamente de la violencia en ambas retaguardias durante la Guerra Civil y la posguerra. La diferencia de objetivos entre artículos como el divulgado en la Hoja del Lunes pacense y la investigación del historiador que hemos citado radica en que este último se proponía «rescatar el tema [las pérdidas humanas en la Guerra Civil Española] de ese terreno beligerante, condicionado por solicitaciones más o menos interesadas en ofrecer una determinada y preconcebida imagen de los hechos, y devolverlo al limpio campo de la investigación histórica»[2].

A pesar de que el intento era tan burdo, y los argumentos tan falaces pues se limitaban a repetir un texto ayuno de cualquier lectura crítica redactado por el historiador comunista Manuel Tuñón de Lara[3], el episodio de la Hoja del Lunes quedó en tablas y una amnistía impidió determinar si la Ley daba la razón al periodista o a sus acusadores. En poco tiempo se impuso la ley del silencio y nadie parecía interesado en aclarar lo ocurrido en Badajoz el 14 de agosto de 1936. 

Una “transición” desmemoriada
A partir de entonces, la tendencia que se impuso mayoritariamente en la izquierda optó por esconder provisionalmente el fantasma del guerracivilismo y marginar a sus más conspicuos representantes (incluso un exultante y juvenil González ocuparía el lugar que parecía reservado para Santiago Carrillo, implicado en tantos episodios oscuros). En ese contexto era mejor no aclarar las cosas, dejando que los bulos de la propaganda y el desconocimiento del pasado siguieran haciendo su labor… Y favoreciendo la difusión de los mitos izquierdistas como venía ocurriendo en los últimos años a consecuencia de la equívoca política de “reconciliación” promovida desde el propio Estado. Basta señalar que los más famosos libros de Tuñón de Lara publicados en el extranjero en 1961 y 1966, pudieron publicarse poco después en España (La España del siglo XIX y La España del siglo XX, Barcelona: Laia, 1974).

Al mismo tiempo, los representantes políticos, militares y judiciales del Régimen todavía vigente se apresuraban a garantizar su acomodo en la operación de transición diseñada, sin el menor interés por defender a las figuras históricas del pasado y, menos aún, a su justificación moral e histórica. No tanto por el temor de enfrentarse a presuntas responsabilidades (es notorio que las leyes de amnistía favorecieron fundamentalmente a los terroristas de ultraizquierda) sino por la necesidad de que la izquierda les concediera acomodo, renunciando a viejas reivindicaciones republicanas y socializantes, y sumándose al proceso de transición política consensuado.
Al final, se imponían las concepciones del Régimen que lo motejaron de “franquismo” y lo entendieron como un expediente transitorio, nacido de unas circunstancias excepcionales, improrrogable a la muerte de Franco y dando por descartadas las fórmulas que habían buscado la superación teórico-práctica del socialismo y de la democracia liberal que ahora regresaban triunfantes e impolutos, aparentemente sin ninguna responsabilidad en lo hasta entonces ocurrido[4]. Durante mucho tiempo (¿todavía hoy?) “la culpa de todo” sería de Franco y casi cuarenta años después de su muerte, se han proclamado “antifranquistas” o se puede considerar como tales a Carod Rovira, De Juana Chaos, Rubalcaba, Rajoy, Alfonso Guerra, Josu Ternera, Mas, Carrillo, Chacón, Cebrián, Arenas, Camps, Roldán, Odón Elorza, Setién, Basagoiti, Arzallus o Esperanza Aguirre... La propia enumeración y la flaqueza de los personajes apuntados en el elenco, y de otros que pudieran aducirse hasta agotar la lista, basta para descalificar a la posición adoptada sin necesidad de entrar en más polémicas.

El mismo que, en 1969, aseguraba haber recibido del Jefe del Estado «la legitimidad política surgida el 18 de julio de 1936, en medio de tantos sacrificios, de tantos sufrimientos, tristes, pero necesarios, para que nuestra patria encauzase de nuevo su destino»[5] , era aún más firme en 1975 al advertir que:
El nombre de Francisco Franco será ya un jalón del acontecer español y un hito al que será imposible dejar de referirse para entender la clave de nuestra vida política contemporánea. Con respeto y gratitud quiero recordar la figura de quien durante tantos años asumió la pesada responsabilidad de conducir la gobernación del Estado. Su recuerdo constituirá para, mí una exigencia de comportamiento y de lealtad para con las funciones que asumo al servicio de la patria. Es de pueblos grandes y nobles el saber recordar a quienes dedicaron su vida al servicio de un ideal. España nunca podrá olvidar a quien como soldado y estadista ha consagrado toda la existencia a su servicio[6].
Pero ni el que pronunció estas palabras ni los que las aplaudieron, pusieron el más mínimo interés en concretarlas en medidas eficaces, ni desde el punto de vista jurídico, ni, menos aún, en lo que a la investigación histórica y al reconocimiento público se refiere. Para Franco y los hombres que, a sus órdenes, acaban de llevar a cabo la transformación histórica de España, no hubo Ley que amparase su memoria. Y eso que políticos como el Director General de Política Interior, Enrique Sánchez de León, había avalado el proceso de transición ante las cámaras de TVE con el irrefutable argumento de que «Franco hubiera votado sí»[7].
Al negar la legitimidad de origen y de ejercicio del anterior Régimen político, se acabó configurando una sedicente Constitución cuyas raíces inmediatas nadie quería reconocer en el sistema hasta entonces vigente y se abría paso a dos posiciones.
  • El inestable salto en el vacío que pretenden los representantes del actual centro-derecha renunciando a cualquier vinculación con el pasado. El PP es un partido “sin historia”, más allá de sus sucesivas refundaciones, dirigentes quemados y cambios de estética.
  • La continuidad proclamada entre los postulados que sostienen en la actualidad socialistas, comunistas y regionalistas de izquierda y los que impusieron sus ya lejanos e idealizados antepasados. Lógicamente, silenciando las raíces familiares cuando proceden de conspicuas familias que no se caracterizaron precisamente por el “antifranquismo”. Las carencias intelectuales y la frivolidad de los escenarios políticos diseñados por Fraga, Aznar y Rajoy han favorecido la absoluta hegemonía de este revisionismo neo-republicano.
De la historiografía roja a la memoria histórica
Una vez que el rotundo fracaso de los gestores centristas dejó el poder en manos de la izquierda, las víctimas de la guerra volvieron a ser agitadas unilateralmente desde los gobiernos, autonomías y ayuntamientos que comenzaron a desmantelar el legado monumental e histórico vinculado a la España de Franco. Al tiempo, promovían una imagen en la que la Segunda República, la zona roja y la oposición “antifranquista” adquirían caracteres de paraíso, sin mezcla de mal alguno, y sus protagonistas eran presentados como seres a los que caracterizaban todas las virtudes humanas y democráticas.

Además, en las décadas de los ochenta y los noventa fraguó una historiografía neo-republicana, obra de autores vinculados a tendencias políticas de esta naturaleza, que se limitaba a repetir los tópicos de la propaganda frentepopulista (en sus diferentes versiones, comunista, socialdemócrata y hasta anarquista) aderezándola con formulaciones más o menos retóricas.

Si en un primer momento se notaba un predominio de los marcos interpretativos vinculados a formas cada vez más depauperadas del materialismo histórico, una vez que el Partido Socialista y, más tarde, el Gobierno presidido por Rodríguez Zapatero hizo suyos los planteamientos de la llamada recuperación de la memoria histórica, la mayoría de las aportaciones hechas desde el ámbito universitario se han subordinado a esta tendencia que se mueve en límites extra-históricos para alcanzar exclusivamente fines políticos e ideológicos. Una práctica de publicaciones oficiales sometida a criterios generalmente ajenos a lo científico, con aplicación de formas nada sibilinas de censura, dificulta notablemente la difusión de obras al margen de estos planteamientos.

Al igual que el artículo publicado en Badajoz en 1976, la llamada recuperación de la memoria histórica forma parte de un proyecto que desborda la simple naturaleza política y tiene necesidad de un holocausto, de un genocidio para la descalificación sin paliativos de un bando nacional enfangado en sangre[8], primer paso para la posterior reivindicación del Frente Popular. Por eso, alguno de los más caracterizados representantes de la corriente plantea tan peculiar ofensiva en términos de dialéctica militante al hablar de “lucha en torno a la interpretación del pasado” o de “lucha historiográfica en torno a la represión franquista”

No basta, podemos decir incluso que es contraproducente, la restricción de fondos públicos asignados a las iniciativas promovidas al amparo de la mal llamada Ley de memoria histórica que viene aplicando el actual Gobierno bajo la presión de las limitaciones presupuestarias. No basta con esperar de brazos cruzados a que la izquierda vuelva al poder o sean necesarios sus votos (como ya ocurre en ciertas autonomías y ayuntamientos) para que los neo-republicanos vuelvan a tomar la iniciativa y los populares se mantengan bovinamente a su retaguardia, apoyando tímidamente sus manipulaciones y sus mentiras, mendigando una legitimidad histórica y moral que parecen precisar que les otorgue la izquierda.

Una izquierda que ha demostrado cumplidamente, a lo largo de estos años, que tiene un proyecto de transformación social (del que forma parte la memoria histórica) y un instrumento político que utiliza para imponer ese proyecto: el PSOE y sus fuerzas parasitarias. Por el contrario, la organización que se ha adjudicado la arbitraria e inestable posición del centro derecha, enfeudada a su liberalismo que es primero ideológico y luego económico, carece de cualquier referencia moral e histórica que vaya más allá de la pura gestión del poder inmediato. Por eso, el importante trabajo a nivel individual de numerosos historiadores que han dinamitado los soportes intelectuales de los mitos frentepopulistas carece, hasta ahora, de la necesaria proyección social en lo que a los usos públicos y académicos de la historia se refiere. Un símbolo gráfico de lo que decimos fue la retirada de la estatua ecuestre del Generalísimo hasta entonces ubicada en los Nuevos Ministerios mientras, a escasos metros, sobreviven las dedicadas a los golpistas Prieto y Largo Caballero, responsables de numerosas prácticas violentas aplicadas por el PSOE antes y durante la Guerra Civil.



Primera y segunda transición ¿Hay alternativa?
La “primera transición” desembocó en la restauración de las formas políticas liberales en paralelo a un proceso de desmembración de la unidad de España y de imposición de una cultura dominante de naturaleza esencialmente anticristiana. Desde 2004, cuando el terrorismo logró invertir la política interna y externa, se inició una “segunda transición” que tiene como objetivo consumar la ruptura que no fue posible en 1976 convirtiendo al sistema parlamentario en fase temporal hacia una nueva sociedad fácilmente reconocible en aquellos lugares donde ya se han aplicado las consignas del neo-socialismo de inspiración gramsciana.

Al servicio de este proyecto, la versión hoy dominante acerca de la España contemporánea es una auténtica falsificación historiográfica sostenida con millones de euros que sostienen a toda una casta de verdaderos “lisenkos” (en expresión de Pío Moa) y respaldada por el aparato pseudo-jurídico de la llamada Ley de Memoria Histórica.
Ahora bien, una sociedad no se sostiene sobre la mera coexistencia ni puede ser indiscriminadamente abierta. La comunidad política descansa sobre un entramado de virtudes y valores comunitariamente aceptados y cordialmente vividos que es lo que Wilhelmsen y Kendall han llamado la ortodoxia pública y que supone la consideración de ciertas verdades como valores absolutos. Sobre estos principios deben fundamentarse los llamados “usos públicos de la Historia”, y nunca desde la ignorancia o la falsificación de este pasado, promovida por los voceros de una “recuperación de la memoria histórica” sostenida por todas las organizaciones políticas del arco parlamentario.

Porque la historia se puede concebir como ciencia al servicio de la paz, la concordia y el diálogo o utilizarla al servicio de sus intereses, como viene haciendo en España la oligarquía política, consciente de la importancia que la cultura tiene en su ofensiva para consolidarse en el poder cambiando la esencia de la sociedad española.
Ofensiva que solamente cambiará de dirección cuando esa misma sociedad comience a respaldar a las opciones políticas que están dispuestas a neutralizarla y abandone a quienes (como el Partido Popular) se limitan a figurar en su retaguardia, asumiendo las conquistas de la izquierda con veinte años de retraso y consolidando sus iniciativas legales y su totalitario proyecto social. Por eso es necesario exigir al Gobierno una respuesta positiva a las iniciativas para conseguir la derogación de la llamada “Ley de Memoria Histórica”.


[1] Ley 14/1966, de 18 de marzo, de Prensa e Imprenta; artículo 2: «La libertad de expresión y el derecho a la difusión de informaciones, reconocidas en el artículo primero, no tendrán más limitaciones que las impuestas por las leyes. Son limitaciones: el respeto a la verdad y a la moral; el acatamiento a la Ley de Principios del Movimiento Nacional y demás Leyes Fundamentales; las exigencias de la defensa Nacional, de la seguridad del Estado y del mantenimiento del orden público interior y la paz exterior; el debido respeto a la Instituciones y a las personas en la crítica de la acción política y administrativa; la independencia de los Tribunales, y la salvaguardia de la intimidad y del honor personal y familiar» (BOE, 19 de marzo de 1966).
[2] Ramón SALAS LARRAZÁBAL, Pérdidas de la guerra, Barcelona: Planeta, 1977, págs. 29-30.
[3] Tuñón, probable agente del KGB, según Jorge Semprún, había dirigido durante la guerra la Escuela de Cuadros de la estalinista Juventud Socialista Unificada. Sus cursos y seminarios en Francia funcionaron como una auténtica escuela destinada a infiltrar a sus adeptos en la universidad y en la prensa españolas y para propagar desde ellas el materialismo histórico y la visión comunista de la república y la guerra civil. En España encontró la absoluta falta de defensas ideológicas del Régimen y el apoyo de profesores conservadores ansiosos de de que les fuera otorgado aval de “progresismo”.
[4] Cfr. Pío MOA, Franco (Un balance histórico), Barcelona: Planeta, 2005, págs. 90 y 169-170. Franco sostenía esta última posición mientras que la primera y triunfante no explica la trayectoria del Nuevo Estado ni su verdadera continuidad institucional entre la muerte del Caudillo y la demolición de las Leyes Fundamentales. En la imposición de la tendencia finalmente hegemónica parece decisiva la evolución oficial de la Iglesia que tiene su expresión en los textos del Concilio Vaticano II, en la política eclesiástica que promovió su aplicación y en las personas y organizaciones que gestionaron las posiciones dominantes a partir de 1959.
[5] Cit.en: Palabras de su Alteza Real el Príncipe de España Don Juan Carlos de Borbón y Borbón, Madrid: 1974, pág. 21.
[6] Cit.por Antonio FERNÁNDEZ GARCÍA (et all.), Documentos de Historia Contemporánea de España, Madrid: Actas, 1996, pág. 640.
[7] ABC, Madrid, 9-diciembre-1976, pág. 95.
[8] «Sobre Badajoz ha pervivido y aún pervive la memoria del miedo, la memoria de la sangre y su inextinguible leyenda, porque debajo de esa memoria y de esa leyenda hay una brutal e insoslayable realidad: sangre inocente, ríos de sangre ―en el sentido literal de la expresión― absurdos e inútiles, que empañan todo pretendido idealismo, que enlodan la más sagrada de las causas», Alberto REIG TAPIA, Memoria de la Guerra Civil. Los mitos de la tribu, Madrid: Alianza Editorial, 1999, pág. 110. Nunca se precisan las dimensiones del caudal de sangre que necesitan Reig Tapia y los seguidores del revisionismo neo-republicano para sacar semejante conclusión de la derramada por el Frente Popular entre sus adversarios, incluyendo a los situados en la propia izquierda.



Cuando las palabras no significan nada (I)

Son numerosos los autores que, desde diversas perspectivas, se han ocupado de la relación entre lenguaje y pensamiento. Todos ellos subrayan que, si bien es cierto que los cambios en el terreno de las ideas se manifiestan necesariamente en un nuevo lenguaje, no lo es menos que el lenguaje sirve como instrumento privilegiado a la hora de promover la mutación en las mentalidades y en las actitudes ante la realidad. Además, por la carga emocional que conllevan, las palabras adquieren, en cada contexto, un sentido que no tienen aisladamente o en otro escenario cultural. Con razón se ha dicho que “cambiar de lenguaje es cambiar de alma” porque, además de la relación objetiva de las palabras con las ideas y las realidades concretas, aquéllas están matizadas de una carga emocional que provoca reacciones más allá de lo estrictamente racional.

Pero situando el problema en su fundamento, la consideración que merece la relación entre palabra y concepto se deriva de una posición filosófica previa. Para el nominalismo, que se encuentra en la base de todas las ideologías modernas, no existe otra realidad que lo singular y el entendimiento no conoce más que lo individual, por tanto las disciplinas que se ocupan de los universales carecen de consistencia y apenas son otra cosa que juegos de palabras.

Por el contrario, es una conquista de la filosofía clásica, sostenida después como proposición fundamental por la filosofía cristiana que el verbo vocal se adecua al concepto y éste guarda relación directa con la cosa pensada pues la abstracción encuentra su fundamento en la estructura misma del ser y no es simple especulación del sujeto cognoscente (más o menos respaldada en la realidad de acuerdo con la teoría que la explica). No hay ruptura, pues, entre el ser, el concepto y la palabra, aunque, evidentemente el hombre pueda interferir en el proceso con el error o la mentira (que en última instancia, no son sino falta de adecuación entre estas tres instancias).

La cuestión filosófia tiene repercusiones sustanciales para la teología. Entre los nominalistas no queda lugar para la metafísica ni para la teodicea. El Dios de los metafísicos, decía Ockham, no es sino el más universal de los universales y, por tanto, nada. Si, además, se sostiene que las fórmulas verbales recogen solamente la aprehensión subjetiva en vez del contenido del ser, la teología se disuelve en pura psicología religiosa y la dogmática en historia del dogma. El historicismo llega a formulaciones extremas en  la pretensión, como la del entonces teólogo Ratzinger, de confinar determinados pronunciamientos magisteriales al momento en que fueron emitidos careciendo de cualquier efectividad posterior:
[Instrucción  Donum Veritatis] afirma – tal vez por primera vez tan claramente – que hay decisiones del Magisterio que no pueden ser la última palabra sobre una materia como tal, sino un anclaje importante para el problema, y sobre todo una expresión de prudencia pastoral, una especie de disposición provisional. Su contenido sigue siendo válido, pero los detalles en los que las circunstancias de tiempo pueden haber influido necesitan correcciones más tarde. En referencia a esto, se puede pensar así tanto de las declaraciones de los papas del siglo pasado sobre la libertad religiosa como de las decisiones antimodernistas de principios de siglo (L’Osservatore Romano. Edición semanal, 27 de junio de 1990, p. 9) [1]
La condena del historicismo dogmático no prescinde de las dificultades que supone la relación entre las verdades objeto de la fe y su expresión en fórmulas dogmáticas. En ese sentido, Pablo VI estuvo sorprendentemente acertado cuando caracterizó a la Iglesia como "tenaz" y "conservadora" del "patrimonio identico, esencial, constitucional de la misma doctrina de Cristo y profesada por la tradición auténtica y autorizada de la única y verdadera Iglesia", recalcando que este patrimonio lo conserva la Iglesia en fórmulas conceptuales y verbales "que nos obliga a mantener textualmente" (Homilía en Kampala, Uganda, 31 de julio de 1969). En cambio, con ocasión del discurso inaugural del Concilio (Juan XXIII, Gaudet Ecclesiae, 11 de octubre de 1962) se había difundido una peligrosa distinción entre el “depósito de la fe” y “las formulaciones de su revestimiento y el modo de enunciarlo”, sin que apareciera en la mayoría de las traducciones que desde entonces circularon la expresión, presente en el texto oficial latino, “eodem tamen sensu eademque sententia” (“manteniendo sin embargo el mismo sentido y el mismo contenido”). Palabras que citan implícitamente un texto clásico de San Vicente de Lehrins, y a las cuales está ligado el concepto de la relación entre la verdad que hay que creer y la fórmula con la que se expresa [2].

Es difícil subrayar excesivamente la distancia entre el contenido del dogma y su “revestimiento” (la expresión ya remite a un añadido extrínseco) sin caer en presupuestos similares a los enunciados por Lutero. Para el heresiarca alemán la razón no es capaz de penetrar en el ámbito de la trascendencia y las verdades de fe son únicamente accesibles por medio de la Escritura, de modo que cada ser humano debe acceder directamente a ellas: ningún magisterio es capaz de enriquecerlas o explicarlas. Llevado el sistema a sus últimas consecuencias por obra de los sucesivos idealismos, están así puestas las bases para el relativismo y el historicismo dogmáticos que rebate Pío XII (Humani Generis, 12-agosto-1950).
De ahí que no tienen por absurdo, sino por absolutamente necesario, que la teología, al hilo de las varias filosofías de que en el decurso de los tiempos se vale como de instrumento, vaya sustituyendo las antiguas nociones por otras nuevas, de suerte que por modos diversos y hasta en algún modo opuestos, pero, según ellos, equivalentes, traduzca a estilo humano las mismas verdades divinas. Añaden en fin que la historia de los dogmas consiste en exponer las varias formas sucesivas que la verdad revelada ha ido tomando, conforme a las varias doctrinas e ideas que han aparecido en el decurso de los siglos (Dz 2.310 ).
En efecto, los términos empleados por las escuelas teológicas y por el magisterio de la Iglesia para expresar los conceptos doctrinales han sido a lo largo de la historia perfeccionados y aquilatados y se han producido innovaciones. Tampoco es posible hipotecarse con un determinado y efímero sistema filosófico como vehículo para la expresión de estas verdades. Pero, dicho esto, no puede ignorarse que los conceptos y términos acuñados a lo largo de los siglos “con unánime consentimiento por los doctores católicos” tienen su fundamento “en los principios y conceptos deducidos del verdadero conocimiento de las cosas creadas, deducción realizada a la luz de la verdad revelada que, por medio de la Iglesia iluminaba, como una estrella, la mente humana” (Ibid. cfr. Dz 2.311-12).
Abandonar dichas nociones y expresiones conduce al relativismo dogmático y es ya expresión del mismo. Un ejemplo clásico al respecto es el de la transubstanciación como formulación de la fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. La propuesta de palabras alternativas (transfinalización, transignificación...) destruye el dogma de fe, pasando de un sentido a otro, de una verdad a su negación.

Veremos en sucesivos artículos como la crisis sin precedentes en que vive inmersa la Iglesia Católica ha ido acompañada de sustanciales modificaciones en el terreno del lenguaje: supresión de la lengua latina acompañada de su reemplazo por traducciones de dudosa fidelidad; rechazo de la terminología escolástica, abandono de palabras (y, de los conceptos a ellos asociados) y transmutación semántica, hasta desembocar en un discurso ayuno de cualquier significado donde las palabras pronunciadas por los eclesiásticos contribuyen a la configuración de un universo sin finalidad ni sentido.

No en vano, como nos recuerda el episodio de la Torre de Babel, “la misteriosa eficacia del lenguaje para la confusión de las almas y para la dispersión de los pueblos aparece en los orígenes no menos claramente que, como reverso, su necesidad para explicar la formación del pensamiento y de la comunicación humana” (Rafael GAMBRA, El lenguaje y los mitos, Madrid: Speiro, 1983, pag. 10)


[1] Aunque sea una cuestión marginal a la principal que estamos tratando, conviene apreciar que la posición de Ratzinger salva los reproches que desde las ideologías progresistas se hacen a las posturas tomadas por los papas frente al liberalismo o al modernismo ya que, al menos, les concede que fueron expresiones de prudencia pastoral pero reduce a cuestión de tiempo la superación del magisterio de cada momento. La propuesta es sugerente para obviar, por ejemplo, las dificultades que plantea el magisterio conciliar y posconciliar -que tampoco está exento de dificultades ni podrá considerarse desde esta perspectiva un punto de llegada definitivo- pero nos parece una falsa solución que no va al fondo del problema.

[2] Con el tiempo se ha demostrado que las prevenciones de Romano Amerio eran acertadas (Cfr Romano AMERIO, Iota Unum, 34.8: El dogma y sus expresiones). En efecto, la reconstrucción de la redacción de aquel texto (presentada ya en 1984 por los historiadores Alberigo y Melloni), demuestra que en el texto original italiano, revisado personalmente por el Papa, no estaba el inciso. Fue añadido cuando se realizó la traducción al latín y en L'Osservatore Romano se publicó el texto original, sin los retoques aportados en el momento de la traducción, probablemente -como apostilla Amerio- por alguien con mentalidad tradicional que quiso limar el desliz de Juan XXIII. Todavía hoy el texto se usa en una u otra versión según se quiera subrayar la novedad o la continuidad de la enseñanza conciliar. Así, la pagina web del Vaticano opta por lo primero y omite el inciso: "Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del "depositum fidei", y otra la manera de formular su expresión; y de ello ha de tenerse gran cuenta —con paciencia, si necesario fuese— ateniéndose a las normas y exigencias de un magisterio de carácter predominantemente pastoral".


Diez preguntas, sin respuesta, a la Conferencia Episcopal Española


En marzo de 2010 hicimos públicas diez preguntas a la Conferencia Episcopal Española acerca de la legislación abortista inspiradas en el magisterio de Mons. Guerra Campos. Hasta ahora no han recibido respuesta

Al cumplirse el pasado 5 de julio un aniversario más de la inicua ley de 1985 las reiteramos, no sin recordar que, gracias a los votantes del Partido Popular, sigue en vigor la segunda ley aprobada por el Partido Socialista en 2010

1.      El comportamiento del Jefe del Estado al sancionar y firmar la Ley Orgánica 2/2010, de 3 de marzo, de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo ¿está de acuerdo con la moral católica en los términos en que vaticinó el portavoz de la Conferencia Episcopal Española, Mons.Martínez Camino: “seguro que sabrá, como católico, adecuarse en sus actuaciones a la moral católica, que es una para todos los católicos”?

2.      Cuando se pretende eludir las responsabilidades más altas como si la intervención de los Poderes públicos se limitara a dar fe de la voluntad popular ¿No es cierto que el Jefe del Estado, al promulgar la ley dice expresamente: “Mando a todos los españoles, particulares y autoridades, que guarden y hagan guardar esta ley orgánica”?

3.      Al estar en juego la vida de cientos de miles de seres humanos, ¿no se debería haber instado a segur el criterio de los juristas que sostienen la capacidad legal del Jefe del Estado en el ordenamiento vigente para negar la sanción a una Ley?

4.      El 6 de julio de 1985 el periodista Abel Hernández afirmó en Diario 16 que “la obligación constitucional del Rey es firmar las leyes aprobadas en el Parlamento. ‘No tenía otra disyuntiva que firmar o irse’, según una destacada personalidad. Evidentemente al Papa [NOTA: Se refiere a Juan Pablo II] le parece muy bien que el Rey Juan Carlos siga en su puesto. La misma actitud mantiene el Episcopado español según he podido comprobar directamente en la dirección de la Iglesia española” ¿Era esto cierto? ¿Si no lo es, por qué no se ha desmentido? ¿Se ha repetido la historia 25 años después con protagonistas diferentes como afirmó Alfonso Ussía en el programa de Intereconomía TV Lágrimas en la lluvia?

5.      Los que han implantado la ley del aborto son autores conscientes y contumaces de una gravísima violación del orden moral ¿Se les está aplicando el canon 915, que excluye de la Comunión eucarística a los que “obstinadamente persisten en un manifiesto pecado grave”.

6.      Los católicos que con leyes o actos de gobierno, promueven, facilitan y protegen jurídicamente la práctica del aborto merecen la calificación moral de pecadores públicos ¿Cómo se ha concretado el trato que se les dispensa en la administración de los Sacramentos mientras no reparen según su potestad el gravísimo daño y escándalo producidos?

7.      ¿En qué situación moral quedan los católicos que dan su voto a los partidos que han  promovido y aprobado esta ley o han apoyado a la vigente hasta ahora? ¿Y los católicos que forman parte del Gobierno que no ha promovido su inmediata derogación o lo apoyan?

8.      ¿No es cierto que resulta contradictorio dar por bueno un sistema que lleva jurídicamente a efectos moralmente inadmisibles y que no es posible en conciencia instalarse tranquilamente en él, sin hacer lo necesario por enderezarlo y por desligarse de responsabilidades que no se pueden compartir?

9.      ¿Acaso no es verdad que no se puede aceptar un orden constitucional por el que la suprema Magistratura se vea obligada a sancionar leyes absolutamente inmorales y que esto se aplica también al caso de la Monarquía parlamentaria o constitucional?

10. Si la Constitución, en su concreta aplicación jurídica, permite dar muerte a algunos, resulta evidente que la misma ley fundamental deja sin protección a los más débiles e inocentes, hecho que hay que añadir a la nefasta gestión de  los gobernantes ¿Qué consecuencias concretas se derivan a la hora de valorar moralmente el sistema político implantado en España en 1978?


jueves, 18 de julio de 2013

18 de Julio


1.- Consideramos la fecha del 18 de Julio como representativa del Alzamiento Nacional que en 1936 puso fin al estado de anarquía y de vulneración de la ley que llevaron a España a una situación pre-revolucionaria.

Durante la Segunda República no se hicieron las transformaciones que eran, a todas luces, necesarias y se desarticularon las las posibilidades de una convivencia en paz. Por eso apreciamos el Movimiento Nacional, ante todo, por su contenido positivo que buscaba una radical superación de la desastrosa situación a que nos había conducido un siglo de liberalismo y de la falsa alternativa propuesta por las organizaciones políticas y sindicales que configuraron la zona roja.

2.- El Alzamiento de 1936 y la Guerra Civil, no fueron una simple conmoción, una sacudida superficial para devolver después las cosas al estado en que se encontraban sino que neutralizaron unas ideas equivocadas y sus nefastas consecuencias al tiempo que se alumbraron otras y se abrieron nuevos cauces que inspiraron y condicionaron la vida española durante muchos años.

El actual Jefe del Estado, habló con toda propiedad en 1969 de “la legitimidad política surgida el 18 de julio de 1936, en medio de tantos sacrificios, de tantos sufrimientos, tristes, pero necesarios, para que nuestra patria encauzase de nuevo su destino“. La falta de fidelidad al legado no impide reconocer lo acertado de la expresión y nos permite hacer profesión de fe en unos principios atropellados, nunca legítimamente derogados ni, menos áun, superados. Hacemos nuestra la formulación de estos principios expresada en la respectiva Ley Fundamental de 1958 y el ideario ético subyacente al orden político proyectado en ella. En especial, cuando se formula que “La Nación española considera como timbre de honor el acatamiento a la Ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional, que inspirará su legislación“. La penosa situación a que los sucesivos gobiernos “democráticos” han conducido a España contrasta con la exaltación del ideal cristiano de la justicia social que se hace en esta Ley mediante la proclamación de los derechos y deberes que lleva implícitos. El Estado nacido del 18 de Julio y configurado posteriormente en las Leyes Fundamentales fue agente activo de un cambio sustancial, sin duda con deficiencias y desequilibrios, pero en el que una legislación laboral avanzada sirvió de fundamento para la pacificación social.

Aunque las incoherencias, tibiezas e infidelidades se gestaron en los años anteriores, la verdadera traición al 18 de Julio se produjo cuando elementos procedentes de la legalidad hasta entonces vigente pactaron con la izquierda y los nacionalistas la Constitución de 1978, un texto al que se pueden hacer serias objeciones de orden moral y político y que es, en buena medida, responsable de la situación actual en la que está en peligro la propia supervivencia de España como algo más que una entidad jurídica, es decir con una personalidad propia forjada a lo largo de su historia.

3.- Visto desde la perspectiva actual, el 18 de Julio pertenece a la Historia de España. La sociedad no se sostiene sobre la mera coexistencia ni puede ser indiscriminadamente abierta. La comunidad política descansa sobre un entramado de virtudes y valores comunitariamente aceptados y cordialmente vividos que es lo que Wilhelmsen y Kendall han llamado la ortodoxia pública y que supone la consideración de ciertas verdades como valores absolutos. Sobre estos principios deben fundamentarse los llamados “usos públicos de la Historia”, y nunca desde la ignorancia o la falsificación de este pasado, promovida por los voceros de una “recuperación de la memoria histórica” sostenida por todas las organizaciones políticas del arco parlamentario (desde la extrema izquierda al Partido Popular).

Hasta que esta fundamentación en la ortodoxia pública resulte posible, en Tradición Digital proponemos que no sea el Estado en sus diversas versiones (socialista, liberal o separatista) sino los historiadores quienes expliquen el verdadero significado de esta fecha, al tiempo que asumimos el legado que se desprende de aquellos episodios y del ejemplo de nuestros mayores.

7 Respuestas a 18 de Julio

  1. hillers de luque
    Mi más sincera felicitación por vuestro artículo sobre el 18 de Julio. Enhorabuena (una buena réplica a la acción cobarde y canallesca de Aznar y J.Ignacio del Burgo … hijo de héroe carlista, combatiente del Ejército Nacional en 1936, según tengo entendido… organizando la condena (sic) del Alzamiento Nacional… en las Cortes en 2004…)
    Indicarme a qué e-mail puedo enviaros algunos artículos míos en esta misma línea.
    S. Hillers (falangista, delFES fundacional)
  2. Estoy completamente de acuerdo con estos mensajes. Sólo hace falta recordar la forma en que se vivía en este país en los años 60 y 70 para cerciorarnos que la sociedad se asentaba sobre sólidos cimientos basados en la profunda religiosidad nacida gracias a la fe surgida en el 18 de julio. España se transformó durante los años de gobernación de nuestro Caudillo que hizo posible un paréntesis de progreso social y económico que no tiene parangan en la historia de los pueblos civilizados de Occidente.
  3. El Alzamiento del 18 de julio fue justo, legítimo, necesario y heroico. Deberíamos orar para que España fuera capaz de alzarse nuevamente contra la criminal tiranía política que nos invade, plasmada en esta pútrida “democracia” impuesta de forma traidora y fraudulenta a través de la Constitución de 1978,
  4. Fernando Nicolás
    ¡VIVA CRISTO REY!
  5. En el día de hoy, 77° aniversario del Glorioso Alzamiento Nacional, manifiesto mi más respetuoso y emocionado recuerdo a todos los españoles ejemplares que dieron un paso al frente en aquel glorioso día para salvar a España de la anti España. Para defender nuestros más preciados tesoros, que son nuestra Fe Católica y nuestro destino como nación, de los enemigos de Dios y de la Civilización, y que hoy, desgraciadamente y para vergüenza de nuestra generación, vuelven a amenazar a nuestra patria desde un nuevo Frente Popular, algo diferente del de entonces, pues en el actual también milita el PP, esa manada de renegados, cobardes y traidores que algunos incautos llaman “derecha”, y el sucesor del Caudillo a título de rey, que le juró lealtad a él y fidelidad a los Principios del Movimiento y demás Leyes Fundamentales del Reino, para traicionar todo en su primer acto como nuevo Jefe del Estado.
    También quiero expresar mi máxima consideración, admiración y lealtad hacia la inigualable figura de Francisco Franco Bahamonde, Generalísimo de los Ejércitos y Caudillo de España por la Gracia de Dios, por haber conducido la Cruzada de Liberación Nacional hasta la Victoria del 1° de abril de 1939, salvando del exterminio a una Iglesia Católica hoy desmemoriada y desagradecida y a la España Tradicional, Genuina y Eterna, nación fundamental en la configuración del mundo entero.
    Mi absoluta admiración y respeto a la figura de José Antonio Primo de Rivera, referente ideológico para todo español bien nacido, modelo de compromiso, valor y entereza, que superó con su discurso de unidad los antagonismos artificiales entre españoles, desbaratando la entelequia que supone la democracia parlamentaria y el juego inmoral de los partidos políticos, en el que siempre ganan ellos y perdemos los españoles. ¿Cómo es posible que aún haya tanto ciego que no lo advierta con absoluta claridad?
    Asimismo quiero felicitaros, con un profundo sentimiento de camaradería y lealtad, a todos los patriotas de España, en especial a todos los que aportáis en estas páginas, en las noticias y en los comentarios, unas gotas de esperanza diaria a quienes no estamos dispuestos a que “por cobardes se nos muera España”, manteniendo izada la bandera nacional, firme la esperanza y fuerte el ánimo para mantener nuestra fe ciega en la victoria final.
    No me olvido de todos los que también acudís a estas páginas y a otras para ofender la memoria de todos nuestros héroes, caídos y mártires de la Cruzada, para denigrar y ensuciar el buen nombre de tanto español ejemplar. Me dais profunda lástima, porque lejos de odiaros por vuestras invectivas y ofensas, os veo con la compasión de quien observa a ovejas sin pastor, o mejor, ovejas con mal pastor. Vuestro seguidismo inmoral e irracional a los dictados de los manipuladores de la historia y a los saqueadores del presente os convierte en abyectos instrumentos de lo peor del país, que son nuestros enemigos acérrimos, pero también los vuestros, aunque no sepáis o no queráis verlo ni entenderlo.
    En cualquier caso, llegado el momento, si llega, de volver a dar un paso al frente para acabar con toda esta ignominia, no dudaré en unirme a mis camaradas como uno más y asumir, con todos vosotros, el papel que nuestra patria nos exija.
    Ruego a Dios que sepamos estar a la altura de quienes nos precedieron en el sacrificio y nos conceda la protección de María Santísima.
    ¡ARRIBA ESPAÑA!
    (Enviado también a http://www.alertadigital.com)
  6. A Nuestra Querida Madre Patria, la España Católica y Eterna,
    Un Saludo desde Méjico con todo el Amor de nuesta ánima hispana:
    VIVA ESPAÑA!! SANTIAGO Y CIERRA!!
  7. marcos perez andalucia
    Desde Argentina, con el alma hecha yunque,ascua,fuego ,llama
    ARRIBA ESPAÑA ¡¡¡¡¡
    ARRIBA ESPAÑA ¡¡¡¡¡
    ARRIBA ESPAÑA ¡¡¡¡¡

lunes, 15 de julio de 2013

¿Caídos de un bando o mártires por Dios y por España?

Monumento al Sgdo.Corazón en el Cerro de los Ángeles: profanado y dinamitado
De verdadera intoxicación cabe calificar la campaña que se está implementando desde determinadas instancias eclesiásticas para distorsionar el significado objetivo de las beatificaciones de los asesinados en la persecución religiosa española de 1931-1939. El método empleado consiste en desvirtuar el contexto histórico del período, para así presentar una imagen de los mártires adecuada a lo políticamente correcto y que resulte asumible para el confuso modernismo posconciliar pues vendrían a ser una especie de víctimas de la "libertad de conciencia".

Durante muchos años, los mártires fueron silenciados. Era cuando, en el pontificado de Pablo VI, se paralizaron los procesos de beatificación, circunstancia que dio paso a su reapertura a partir de la década de los ochenta del pasado siglo, pero al coste de prescindir de las más íntimas raíces de la persecución religiosa y la Cruzada. En el silencio de los años sesenta y setenta hubo mucho de olvido y desamor: ¿Cómo iban a hablar de los mártires de España tantos que se estaban dejando seducir por el señuelo del liberalismo, el socialismo y el comunismo, los derrotados en 1939? ¿O aquéllos que querían abatir el régimen político entonces vigente en España silenciando una de las más hondas y sinceras justificaciones del estado de cosas a que habían llegado las relaciones Iglesia-Estado en la España de Franco?

En nuestros días, a la herencia de todo lo anterior, se añade que estorba el recuerdo de los mártires a una mentalidad pseudo-religiosa y civil que ha hecho suyas las máximas del democratismo y que, con violencia y distorsión de la historia, ha identificado al bando ahora llamado republicano con los adalides de la libertad y la democracia.

Pero son los propios hechos históricos, los que impiden sostener esta interpretación interesada. Recordemos uno de ellos.

Una tarde de agosto de 1936 un avión había logrado situarse a escasa altura sobre el patio central del Alcázar de Toledo y dejado caer con éxito un saco de víveres y un mensaje alentador. En la fortaleza resistían desde el 19 de julio unos centenares de hombres acompañados por sus familiares. En cambio, un intento de la aviación enviada por los sitiadores para bombardear el Alcázar tuvo fatales resultados para los propios atacantes que sufrieron numerosas bajas al caer las bombas extramuros del objetivo. Aquella misma noche era asaltada la cárcel y sacaron a fusilar unos setenta u ochenta presos, entre ellos el joven Luis Moscardó, hijo del defensor del Alcázar y el prestigioso Deán de la catedral primada, don José Polo Benito. Este último fue uno de los 498 beatificados en Roma el 28 de octubre de 2007, más de setenta años después.

Polo Benito es todo un símbolo del clero español que sufrió la persecución religiosa desencadenada por la Segunda República y el Frente Popular. Nació en Salamanca en 1879. Se formó en el seminario de la ciudad y allí se ordenó en 1904. A partir de 1911 trabajó activamente por la comarca extremeña de Las Hurdes, donde desempeñó una importante labor previa a la célebre visita de Alfonso XIII a la zona. En su propio hogar estableció unas cocinas de caridad, con las que socorría a cientos de familias necesitadas. En 1923 fue nombrado Deán de la catedral de Toledo. Hombre al mismo tiempo de letras y de piedad intensa, el martirio no fue sino la coronación de toda una vida.

Al Coronel Moscardó le habían amenazado con fusilar a su hijo si no entregaba el Alcázar. Su respuesta no pudo ser más elocuente. En España se volvía a luchar con acentos de Cruzada y, como en tiempos de la Reconquista seguía vivo el espíritu de Guzmán el Bueno. Junto a Polo Benito, Luis Moscardó cayó bajo el plomo en la Puerta de Cambrón.

Decir que aquellos mártires no tienen nada que ver con la Guerra Civil, ni con los Caídos de un bando ni con la España de Franco, a mí me suena a cobardía o a “lavado de cara”.

Por eso hay que evocar la historia tal y como fue. Porque, al mismo tiempo que Moscardó cumplía el último deseo de su padre: morir encomendando su alma a Dios y a los gritos de “¡Viva Cristo Rey!” y “¡Viva España!”; al tiempo que Polo Benito y sus compañeros de martirio subían al cielo, en el Alcázar un puñado de hombres, sostenidos por el mismo ideal, recibían la consigna que tantas veces les repitió Antonio Rivera Ramírez, el Angel del Alcázar, secretario diocesano de los jóvenes de Acción Católica, muerto como consecuencia de las heridas recibidas en el asedio y también en proceso de beatificación: “Tirad, pero tirad sin odio”.

El pueblo español dio sentido de Cruzada a la guerra, sobre todo, a medida que llegaban las noticias de lo que estaba ocurriendo en zona roja y que era continuidad de lo que se venía sufriendo desde 1931: ardían las iglesias, y ahora se asesinaba por miles a los sacerdotes y a los católicos practicantes. Además, lo religioso no se limitó en la Guerra de España al terreno de lo puramente personal e individual, sino que se asumió como orientación católica de la vida en todos sus aspectos, también el social y político.

Y, por eso, la Jerarquía eclesiástica empezó a manifestarse en apoyo de los sublevados con documentos como la Carta pastoral de los obispos de Vitoria y de Pamplona (6-agosto-1936) y Las dos Ciudades (30-septiembre-1936) del Obispo de Salamanca Pla y Deniel… hasta desembocar en la Carta Colectiva del Episcopado español, fruto granado de la capacidad de iniciativa del cardenal Gomá. Y todo ello a pesar de la influencia ejercida sobre el Vaticano para que se desautorizara a los alzados y el conflicto desembocara en un final más acorde con las tesis maritenianas que con el ideal de la vieja Cristiandad.

Como en tantas otras ocasiones, la paz vino después de la guerra. El fin de la persecución religiosa tenía lugar a medida que cada rincón de España era liberado por los Ejércitos de Franco y no acabó definitivamente hasta la Victoria del 1 de abril de 1939. Silenciarlo es un nuevo secuestro de la memoria de los mártires ya que se pretende ocultar que otros muchos dieron su vida en las trincheras para poner fin a aquella situación y que también en los frentes se luchaba y se moría por Dios y por España.

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jueves, 4 de julio de 2013

¿Pero hubo alguna vez lefebvrianos?



El término “lefebvriano” o “lefebvrista” carece de cualquier rigor conceptual y solamente desde una polémica de bajo nivel desencadenada por los adversarios de la Tradición puede entenderse. A pesar de que los medios de comunicación —fieles a determinados intereses— e incluso algunos eclesiásticos reiteran el epíteto, no existe ni ha existido jamás un “lefebvrista” ni un "lefebvrismo".

Más intolerable aún resulta que se utilice el epíteto con intenciones peyorativas, para descalificar unas instancias y rehabilitar a otras. Se pueden deplorar las medidas extremas tomadas por Monseñor Lefebvre pero no cabe silenciar el contexto histórico en que dichas soluciones se adoptaron: una crisis sin precedentes en las vocaciones, en la práctica religiosa, en la doctrina, en la liturgia y los sacramentos… Tampoco es legítimo olvidar que cuando ya era un anciano, después de largos años de entrega, consumidos en el servicio a la Iglesia en la vida religiosa y en las misiones, hizo del combate por la Misa Católica y la sana doctrina, la razón de ser de su existencia y la causa a la que inmolaría los últimos años de su vida.

No existe una “doctrina” de Lefebvre pues la suya no fue otra que la doctrina de la Iglesia. Y el Arzobispo Marcel Lefebvre no fundó una organización vinculada a hombre alguno sino una Hermandad destinada a promover la vida sacerdotal según las sabias normas y costumbres de la Iglesia para entonces arrinconadas desde las instancias oficiales.
Basta reproducir sus palabras:
Ante todo debo disipar un malentendido, para no tener luego que volver a él: no soy un jefe de movimiento y aún menos el jefe de una iglesia en particular. No soy, como no dejan de escribir, “el jefe de los tradicionalistas”. Hasta se ha llegado a decir que ciertas personas son “lefebvristas”, como si se tratara de un partido o de una escuela. Aquí hay un equívoco verbal.
No tengo doctrina personal en materia religiosa. Toda mi vida me atuve a lo que me enseñaron en el seminario francés de Roma, es decir, la doctrina católica según la transmisión que de ella hizo el magisterio de siglo en siglo desde la muerte del último apóstol, que marca el fin de la Revelación.
En esto no debería haber un alimento apropiado para satisfacer el apetito de lo sensacional que sienten los periodistas y a través de ellos la actual opinión pública.
Sin embargo, toda Francia se conmovió el 29 de agosto de 1976 al enterarse de que yo iba a decir misa en Lille. ¿Qué había de extraordinario en el hecho de que un obispo celebrara el Santo Sacrificio? Tuve que predicar ante una gran cantidad de micrófonos y cada una de mis palabras era saludada con estrépito. Pero, ¿decía yo algo que no hubiera podido decir cualquier otro obispo?.
¡Ah! Aquí está la clave del enigma: desde hace varios años los otros obispos ya no dicen las mismas cosas.
¿Se los ha oído hablar acaso a menudo del reino social de Nuestro Señor Jesucristo, por ejemplo?.
Mi aventura personal no cesa de asombrarme: esos obispos, en su mayor parte, fueron mis condiscípulos en Roma, se formaron de la misma manera. Y de pronto yo me encontraba completamente solo. Ellos habían cambiado, ellos renunciaban a lo que habían aprendido. Yo no había inventado nada nuevo, continuaba en la línea de siempre.
Marcel Lefebvre, Carta abierta a los católicos perplejos, cap. II.

domingo, 30 de junio de 2013

30 de junio: reflexión en el XXV aniversario de unas ordenaciones episcopales

Mons.Lefebvre en África, escenario de su obra misionera y apostólica
La Hermandad Sacerdotal de San Pío X ha publicado una Declaración con motivo del XXV aniversario de las ordenaciones de los obispos Fellay, de Galarreta, Tissier de Mallerais y Williamson, llevadas a cabo, sin mandato pontificio, por monseñor Marcel Lefebvre el 30 de junio de 1988. Ha bastado esta efeméride para que los medios de información religiosa vuelvan a ocuparse de un asunto que tenían un poco olvidado, probablemente solicitados por noticias de actualidad más inmediata como las que han sacudido a la Iglesia desde el pasado 11 de febrero.

No deja de ser sintomático que en medio de esta primavera posconciliar de parabienes y acogida universal, cuando todas las “sensibilidades religiosas” encuentran eco fraterno entre aquellos que se encuentran en “plena comunión” se abra la caja de los truenos y se recurra a los tópicos de la exclusión y el cisma únicamente para referirse a quienes –a medio camino entre el infantilismo y el cinismo– son calificados como lefebvristas o lefebvrianos. Es más, en alguno de estos medios se ha acuñado la categoría del filo-lefbvrista aplicable a un género mucho más peligroso incluso que los miembros de la institución fundada por el Obispo francés.

Como ya se dijo en otra ocasión desde el mismo medio que acoge estas reflexiones:

En España, probablemente sea Tradición Digital el único medio de comunicación especializado en temas religiosos que informa a sus lectores de las noticias relacionadas con la Hermandad Sacerdotal San Pío X con la naturalidad que el caso merece. […] Y todo ello sin necesidad de aspavientos, desprecios ni dramatizadas profesiones de fe en el primado pontificio y en la indefectibilidad de la Iglesia como los que prodigan otros comentaristas. Son éstas, realidades que en TD profesamos con la suficiente hondura como para no convertirlas en galladerte encubridor de posiciones, en el fondo, complacientes con la autodemolición denunciada por Pablo VI.
Queremos por lo tanto, llegados a este aniversario, pedir serenidad en los análisis y aprovechamos para recordar algunos aspectos ineludibles para el que quiera ocuparse de esta cuestión.

"Inculturación"
1988: antes y después
1.- No entramos ahora a valorar la intención o posibles deficiencias de las recientes concesiones romanas, como el motu proprio Summorum Pontificum o el levantamiento de las excomuniones declaradas a los obispos ordenados por monseñor Lefebvre. Pero a nadie se le oculta que el escenario ha cambiado radicalmente con posterioridad a lo se llamó “Operación salvamento de la Tradición”, es decir, desde las ordenaciones del 30 de junio de 1988.

En efecto, con anterioridad a esa fecha, Roma nunca otorgó reconocimiento canónico a comunidades en las que se celebrara la Liturgia Tradicional y actualmente son numerosas las aprobadas o en vías de serlo. Es más, nunca se autorizó la celebración de la Misa Tradicional desde 1969 hasta el tristemente célebre "indulto" otorgado por Juan Pablo II en 1984, y entonces en condiciones leoninas. Basta recordar que en el Decreto Quattuor abhinc annos se exigía entregar el nombre de los sacerdotes y fieles que deseaban asistir a las Misas "indultadas" y se concedía el permiso exclusivamente a ellos, medida policíaca sin precedentes en el ámbito de la Liturgia católica.
[...] Perdurando el problema (*), el Santo Padre con el deseo de salir al encuentro de estos grupos, ofrece a los Obispos diocesanos la posibilidad de conceder un indulto por el que se otorgará a los sacerdotes y los fieles -que se indicarán en la carta de solicitud que se presentará al propio obispo- poder celebrar la S. Misa usando el Misal Romano según la edición de 1962 y ateniéndose a las siguientes indicaciones [...]
(*) NOTA DEL AUTOR la terminología empleada en el documento no puede ser más significativa: "el problema" son los sacerdotes y fieles que permanecen ligados al "rito tridentino"

Como respuesta a las ordenaciones, se otorgaron tímidas concesiones apuntadas en la Carta Apostólica Ecclesia Dei (1988) que, ya en el pontificado de Benedicto XVI, dieron paso al Motu Proprio Summorum Pontificum (2007: ¡No hay versión en español en la web oficial del Vaticano!) acompañado de una significativa Carta a los obispos y complementado con una posterior Instrucción Universae Ecclesiae (2011). Actualmente la situación es de una liberalización teórica, siempre obstaculizada en la práctica por la mayor parte de los obispos y sometida a una problemática afirmación de la identidad de fondo entre la Liturgia Tradicional y la reformada.

Aunque, a grandes rasgos, los efectos de las ordenaciones de 1988 han sido positivos para la consolidación de la Liturgia Tradicional, nos adelantamos a las posibles objeciones recordando que «non sunt facienda mala, ut eveniant bona», es decir que un fruto bueno no convalida moralmente una acción mala. Ahora bien, la ordenación de obispos sin mandato pontificio, no deja de ser un acto que deviene ilícito por puro derecho positivo, algo que ni siquiera estaba previsto en el Código de Derecho Canónico de 1917 y fue penalizado en una ley posterior por lo que no cabe atribuirle una maldad objetiva e intrínseca. Menos aún cabe otorgar a dicha acción una naturaleza cismática por sí misma; de hecho se ha practicado en muy diversas circunstancias a lo largo de la historia de la Iglesia e incluso después de su prohibición no siempre se declara la pena canónica de excomunión latae sententiae que lleva aneja.

Pero no queremos hacer aquí apología de la decisión tomada en su día por monseñor Lefebvre. Se podrá discrepar de la medida pero estimamos necesario recordar dos cosas para no incurrir en una valoración apriorística de la misma.
  • Primero, que el Misal Romano promulgado por Juan XXIII en 1962 «no se ha abrogado nunca como forma extraordinaria», como ha reconocido explícitamente Benedicto XVI en Summorum Pontificum. Esta afirmación obliga a admitir que la prohibición en la práctica de la Liturgia romana tradicional se hizo a partir de 1969 contra todo derecho, por puro abuso de poder y que durante muchos años no quedaba a los sacerdotes y fieles que deseaban permanecer adheridos a ella otra alternativa que alguna forma de vinculación con la Hermandad de San Pío X. Y no olvidemos que lo que era visto como un "problema" en el "indulto" de 1984 solamente empieza a ser reconocido como un "derecho", al menos teóricamente, en 2007.
  • En segundo lugar, para quien pretenda aducir que las circunstancias han cambiado radicalmente con las medidas ahora adoptadas, conviene recordar que la resistencia promovida por la obra de la Tradición no lo fue primariamente contra los abusos litúrgicos que se prodigaron y se siguen prodigando sin encontrar respuesta eficaz. La prueba de lo que decimos es que los cardenales Ottaviani y Bacci no tuvieron que esperar a ver las arbitrariedades en la celebración del Novus Ordo Missae promulgado en 1969 para avalar su Breve examen crítico del mismo. 
Ratzinger y Biali escuchan a Karl Rahner, uno de los principales inspiradores del Vaticano II
Monseñor Lefebvre: "yo acuso al Concilio"
2.- En efecto, el cuestionamiento de la reforma litúrgica se hizo desde perspectivas teológicas previas a cualquier distorsión protagonizada por quienes llevaban los principios inspiradores de la misma hasta las últimas consecuencias. Es decir, que la conservación de la Liturgia Tradicional es inseparable de la custodia de la fe que aquélla expresa de acuerdo al principio Lex orandi, lex credendi (La ley de la oración es la ley de la fe) (o: legem credendi lex statuat supplicandi [La ley de la oración determine la ley de la fe], según Próspero de Aquitania, siglo V, ep. 217).

Esta última afirmación nos lleva a vincular la vida y la obra de monseñor Lefebvre con un proceso de crisis de la Iglesia difícilmente equiparable al de cualquier otro período de su historia y, especialmente, con las causas teológicas que determinaron una situación que llevó a Pablo VI a tener la sensación de que «por alguna fisura, el humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios» (29 de junio de 1972).

Y es aquí donde nos vemos obligados a enfrentarnos con el Concilio Vaticano II. Y, al hacerlo, no ignoramos que el conflicto de fondo entre la Hermandad San Pío X y la Santa Sede ha tenido recientemente un momento de expresión privilegiada. Nos referimos a la nota manuscrita de Benedicto XVI entregada a monseñor Fellay en junio de 2012, con posterioridad a las conversaciones teológicas mantenidas por la Hermandad con representantes de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Allí se imponía la aceptación del Vaticano II y del magisterio posconciliar como única opción posible para un reconocimiento de la obra de la Tradición que se mueve en el entorno diseñado por Marcel Lefebvre.

No deja de ser paradójico que las profesiones de fe conciliar prodigadas desde instancias conservadoras al tiempo que profieren sus diatribas contra monseñor Lefebvre coincidan con el momento en que se alzan más voces discordantes del consenso impuesto hasta ahora y se hace inaplazable una revisión teológica del Vaticano II. Junto a análisis elaborados desde la propia Hermandad como los de Dominique Bourmaud (Cien años de modernismo: genealogía del Concilio Vaticano II, Buenos Aires: Fundación San Pío X, 2006) y Álvaro Calderón (Prometeo. La religión del hombre. Ensayo de una hermenéutica del Concilio Vaticano II, Buenos Aires: Río Reconquista, 2010) se puede recurrir con fruto a los estudios del fallecido Romano Amerio, que desarrolló su labor docente en la Universidad de Milán (Iota Unum. Estudio sobre las transformaciones de la Iglesia Católica en el siglo XX, Salamanca: 1994); Roberto de Mattei, profesor de la Universidad Europea de Roma (Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta, Torino: Lindau, 2010) o Brunero Gherardini, que ha sido profesor de la Pontificia Universidad Lateranense (Concilio Vaticano II: una explicación pendiente, Pamplona: Gaudete, 2011). En junio de 2009, monseñor Mario Oliveri, Obispo titular de Albenga escribió en Studi Cattolici que no se dan únicamente errores en el espíritu o la interpretación que presentan del Concilio algunos teólogos, sino que la propia letra de éste se halla objetivamente en contradicción con los concilios dogmáticos de la Iglesia.

Muchos no se dejan llevar de un optimismo voluntarista y reconocen la dramática situación de la Iglesia y del mundo apóstata expresada dramáticamente por Pablo VI: «Se creía que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia. Y ha venido, en cambio, un día de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre» (29-junio-1972, loc.cit.). Pero, al mismo tiempo, se acostumbra a negar que el Concilio y de los documentos de él emanados tengan cualquier responsabilidad en lo ocurrido. Bastaría con volver a la letra y al auténtico espíritu de los textos conciliares para salir de la crisis. Y se llega a interpretar los últimos pontificados desde esta línea argumentativa.

Recientemente, se ha subrayado también la existencia de una hermenéutica de la reforma con la que Benedicto XVI trató de limar alguna de las disonancias más exasperantes. Ahora bien las entrevistas de monseñor Lefebvre con el entonces cardenal Ratzinger antes de las consagraciones de 1988 prueban ampliamente cómo se entiende dicha continuidad: «No hay sino una sola Iglesia, es la Iglesia del Concilio Vaticano II. El Vaticano II representa la tradición» (Son las palabras de Ratzinger, citadas por Lefebvre en la conferencia de prensa del 15 de junio de 1988).

El argumento tiene su importancia porque a él se pueden reducir bajo sus diversas formas todos los dicterios que los apologistas conservadores del Concilio lanzan contra los católicos fieles a la Tradición. Es decir que, para ellos, basta constatar los términos en los que se expresa el "magisterio" conciliar y posconciliar para concluir que esa nueva enseñanza es la tradición aquí y ahora. "La tradición soy yo" vendría a decir el neo-magisterio emulando al absolutismo del Rey Sol. Se difumina así la convicción de que el propio Magisterio (incluso supremo) tiene barreras infranqueables y se vacía al depósito de la Revelación de cualquier contenido objetivo, dejándolo sometido a una continua actualización. Pretender que a la hora de interpretar la enseñanza de la Iglesia sobre la libertad religiosa, sobre el ecumenismo, sobre la colegialidad episcopal o la Liturgia se recurra al propio Concilio y al magisterio que le ha seguido, y no a un elemento objetivo de confrontación externo al Concilio y al magisterio posconciliar pero no ajeno a la Iglesia (es decir, la Revelación y la Tradición) equivale a encerrar el problema en un círculo vicioso donde el elemento que ha de ser interpretado se convierte, a su vez, en el criterio de interpretación. Llegamos así desde la hermenéutica de la reforma a la hermenéutica del absurdo.

«Pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación trasmitida por los Apóstoles, es decir el depósito de la fe» (Pastor aeternus. Dz 1836). Sí,  la Iglesia tiene que revisar su enseñanza a la luz de unos contenidos objetivos que son las verdades que Dios ha revelado y que se contienen en la Sagrada Escritura y en la Tradición, «palabra de Dios no escrita, sino comunicada de viva voz por Jesucristo y por los Apóstoles, transmitida sin alteración de siglo en siglo por medio de la Iglesia hasta nosotros» (Catecismo de San Pío X, 890). Lo contrario equivale a sostener una concepción nominalista de la autoridad y de la obediencia en la que la verdad sería lo propuesto por aquella en cada momento desembocando en un relativismo historicista. Falsa concepción de la obediencia que deja al catolicismo en manos de los grupos de presión que, a la hora de decidir, inclinan siempre a su favor la balanza de una Jerarquía débil y complaciente. Una autoridad que, en nombre de la obediencia, impone a los obedientes que hagan lo que quieren los grupos de presión. Ejemplo señero: la Comunión en la mano, aprobada por Pablo VI dando así su respaldo a una práctica que había comenzado contra la ley litúrgica y que contaba con la oposición de la mayoría del episcopado consultado expresamente sobre la cuestión.

Dicho esto, tampoco se puede olvidar la peculiaridad de un Concilio cuya enseñanza fue intencionadamente presentada de forma débil (es decir, sin definiciones ni condenas, a diferencia de los anteriores concilios), confusa (sin terminología propiamente teológica y, menos aún, escolástica) y sesgada (con la voluntad de poner sordina a las diferencias en aras de un ecumenismo indiferenciado y de una reconciliación con el mundo). Además, las ambigüedades dieron un amplio juego a la interpretación más revolucionaria en el momento en que la autoridad procedió a aplicar las reformas apenas apuntadas en los textos conciliares. Tienen razón algunos al decir que no bastaría constatar el carácter meramente pastoral del Vaticano II y la ausencia de cualquier definición dogmática en el mismo para cuestionar sus enseñanzas problemáticas. En realidad, lo que se deduce de las vicisitudes conciliares y del tenor de sus documentos no es solo que no se trató de un concilio dogmático sino que difícilmente le cuadra la nota de pastoral al faltarle, precisamente la prudencia, que debe regir la aplicación recta del principio doctrinal al caso concreto y práctico.

El propio Ratzinger ha presentado en numerosas ocasiones el Vaticano II como la síntesis (en sentido hegeliano, agregamos) del secular conflicto del Catolicismo contra la Ilustración y el Liberalismo. Y esto hasta tal punto que su pontificado se puede interpretar como el proyecto de una síntesis equidistante de la Tradición Católica y de los excesos revolucionarios, reconciliando a la Iglesia con la Modernidad y cerrando en falso la ruptura introducida por el nominalismo, la reforma protestante y sus secuelas. Bastan unas citas entre las que podrían aducirse:
Si se desea presentar un diagnóstico del texto (Gaudium et Spes) en su totalidad, podríamos decir que (en unión con los textos sobre la libertad religiosa y las religiones del mundo) se trata de una revisión del Syllabus de Pío IX, una especie de Anti-Syllabus [...] Limitémonos a decir aquí que el texto se presenta como Anti-Syllabus y, como tal, representa una tentativa de reconciliación oficial con la nueva era inaugurada en 1789 (Joseph RATZINGER, Les Principes de la théologie catholique, París: Téqui, 1985, pp. 426-427). 
El problema en los años 60 era el de asumir los mejores valores expresados en dos siglos de cultura "liberal". Hay valores, en efecto, que, si bien nacidos fuera de la Iglesia, pueden encontrar su lugar -una vez deparados y corregidos- en su visión del mundo. Esto ha sido hecho ya Pero ahora el clima es diverso: ha emperorado mucho por referencia a lo que justificaba un optimismo, acaso ingenuo. Es necesario, pues, buscar un nuevo equilibrio (Joseph RATZINGER, entrevista en la revista Gesú, noviembre-1984, cit.por José Mª ROVIRA BELLOSO "Significación histórica del Vaticano II" en Casiano FLORISTÁN - Juan José TAMAYO, El Vaticano II, veinte años después, Madrid: Ediciones Cristiandad, p. 36).
Las siguientes citas son igualmente elocuentes porque proceden de uno de los grandes apologistas del Concilio elevado al cardenalato por Juan Pablo II. «La Iglesia ha hecho pacíficamente su revolución de octubre»(Yves CONGAR, Le Concile au jour le jour, 2ª session, París: Cerf, 1964, p. 115). Y a propósito de la Iglesia escribía: «Lumen Gentium abandonó la tesis que la Iglesia Católica sería Iglesia de modo exclusivo» (Yves CONGAR, Essais Ecuméniques, París: Le Centurion, 1984, p. 216). En relación con el ecumenismo: «Es claro, sería vano de esconderlo, que el decreto conciliar ‘Unitatis redintegratio’ dice sobre varios puntos otra cosa que el ‘fuera de la Iglesia no hay salvación’, en el sentido en que se entendió, durante siglos, este axioma» (Ibid., p. 85). Admitió también Congar que la Declaración sobre la libertad religiosa del Vaticano II es contraria al Syllabus del papa Pío IX: «Es innegable que la declaración del Vaticano II sobre la libertad religiosa expresa algo netamente distinto de aquello que afirmó el Syllabus de 1864, y logra ser justamente lo contrario de las proposiciones 16, 17 y 19 de ese documento». Más explícitamente aún, para el Cardenal Suenens, «Podríamos hacer una lista impresionante de las tesis enseñadas en Roma antes del Concilio como las únicas válidas, y que fueron eliminadas por los Padres conciliares» (I.C.I., 15 de mayo de 1969).

Los elogios se vuelven en todos estos casos contra quienes los profieren. Y es que, interpretaciones de los textos aparte, hay una serie de enseñanzas conciliares que se siguen revelando difícilmente asimilables con la enseñanza tradicional y la fe de la Iglesia. Pensemos en la libertad religiosa, el ecumenismo o la colegialidad tal y como son presentados en los documentos conciliares. Basta decir que en Lumen Gentium se habla de la colegialidad en unos términos que hizo necesaria una Nota explicativa previa de Pablo VI, que explica poco pero al menos salva la clara heterodoxia de los conceptos vertidos en el texto. Y recordemos, por poner otro ejemplo, que a la hora de buscar precedentes doctrinales a la colegialidad, unos conocidos comentarios al vigente Código de Derecho Canónico, se ven obligados a recurrir al conciliarismo, tantas veces condenado.


Los obispos Lefebvre y Castro Mayer el 30 de junio de 1988 en Econe
¿Hay una aportación de la Hermandad San Pío X al catolicismo?
Nadie piense que caemos aquí en el simplismo de idealizar a la Hermandad de San Pío X o de presentarla como la panacea universal para las lacras del catolicismo contemporáneo. Somos conscientes de que la institución fundada por Lefebvre atraviesa uno de los momentos más difíciles de su historia y apenas es necesario apuntar a las tensiones que han aflorado con motivo de las conversaciones doctrinales mantenidas en Roma durante los últimos años. El hecho de que falte la firma de monseñor Williamson entre los firmantes de la Declaración no puede ser más significativo. Además, estimamos que la gran obra de la Tradición en su conjunto debe afrontar un serio debate y una reflexión teológicamente fundada que lleve a superar por absolutamente irreal el discurso de la esperanza restauracionista poniendo el afán en la batalla de resistencia y el propio testimonio personal e institucional.

A pesar de todo, no podemos pasar por alto una referencia a todo lo que la obra alentada por monseñor Lefebvre ha aportado a la Iglesia en los años que nos separan del Concilio Vaticano II y lo haremos a partir de una comparación entre España y Francia que nos sirve para constatar las deficiencias notorias del catolicismo en aquellos lugares en que el combate por la Tradición ha encontrado un eco escaso.

En contraste con el caso francés donde estamos viendo en los últimos meses a los católicos batirse contra la legalidad revolucionaria y sufrir el acoso, al mismo tiempo, del jacobinismo estatal y de la chusma neoizquierdista, en España se ha impuesto una legislación semejante sin apenas reacción constatable de los católicos. Es más, hemos llegado a extremos tan risibles como el respaldo dado por boca del Secretario Portavoz de la Conferencia Episcopal, a la ratificación por parte del Jefe del Estado de la completa despenalización del aborto. Por no hablar de la distinción, tan extendida en medios conservadores, entre “aborto malo” (el promovido por el PSOE) y “aborto bueno” (el sostenido desde el PP). O el voto masivo otorgado por los católicos a Mariano Rajoy, después de declarar ante las cámaras de TVE que «si mi hijo fuera homosexual, asistiría a su boda, pero le aconsejaría una unión de hecho». El catolicismo francés es, ciertamente una minoría, pero no es irrelevante como el catolicismo español.

La constatación de que en España padecemos un catolicismo enfeudado en el sistema, dependiente económicamente del Estado y alegremente enfrascado en su propia autodefinición nos lleva a recordar lo que dijimos en el acto de presentación en Madrid de la biografía escrita por Tissier de Mallerais. Allí lamentábamos la ausencia del nombre de algún representante del episcopado español que pudiera parangonarse con el de monseñor Lefebvre. Ahora, añadimos, que esa falta se hace aún más notoria al comparar el catolicismo francés con el español y al comprobar la existencia en el primero de eficaces núcleos de resistencia, buena parte de ellos, organizados en el entorno de la Hermandad San Pío X. Que la oposición en Francia se ha gestado en ambientes ajenos al catolicismo oficial lo demuestra la revista del episcopado francés, La Croix —que ha tomado la habitual posición ambigua y condescendiente— alarmada por la polarización creada y explicando que para la izquierda, «retroceder es imposible, sería renegar de sí misma»; y como los católicos conforman la «mayoría hostil al proyecto», el vigor de su resistencia hace que se hable incluso de «amenaza de una “guerra civil”».

Terminamos recordando una de las afirmaciones de la Declaración publicada con motivo de este aniversario en la que se recuerda que monseñor Lefebvre, después de tantos años de servicio a la Iglesia y al Romano Pontífice, no dudó en sufrir la injusta acusación de desobediencia para salvaguardar la fe y el sacerdocio católicos.

Porque, en efecto, la verdad no se impone por sí misma como si le bastara la fuerza de la propia verdad. La que se impone de hecho es la mentira y la verdad, si llega a abrirse paso, lo es a fuerza de ríos de sangre de mártires y de incontables esfuerzos de misioneros y apóstoles. Ahí está el ejemplo de los primeros siglos cristianos: ¿Por qué triunfó la Fe? Porque antes se cansaron los verdugos de matar que los cristianos de morir. ¿Qué pasó después con el cristianismo en el norte de África? Que la verdad cristiana, establecida por el testimonio de tantísimos mártires, enseñada y defendida por figuras tan excepcionales como San Cipriano y San Agustín, fue arrasada por la mentira. Los ejemplos podrían multiplicarse.
Estudiando el tema sobre otras bases, un periodista de excepcional competencia y de pensamiento laico como es Jean François Revel, llega a esta conclusión: «La fuerza más poderosa entre las que dominan el mundo es la mentira». Y pocas mentiras tan aptas para desactivar la resistencia a la autodemolición como el slogan que acabamos de citar. Por eso es tan urgente refutarlo.

La verdad, como tantos otros bienes, necesita ser protegida... Porque la verdad no se impone por sí misma, sino que se abre paso en medio de enormes dificultades y suele dejar mártires entre los que se esfuerzan por defenderla y transmitirla, como siempre hizo monseñor Marcel Lefebvre.

viernes, 21 de junio de 2013

“Declaramos la licitud del Movimiento y su carácter de Cruzada” (obispo Pla y Deniel)

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La historia de España y los manifiestos de la izquierda

En el telón del fondo: nombres de falangistas asesinados por la izquierda hasta noviembre de 1935 (antes de la Guerra Civil)
Un grupo de historiógrafos ha hecho público un manifiesto fiel a la consigna, hábilmente practicada por la izquierda, de interferir y condicionar las decisiones judiciales mediante campañas de agit-prop orquestadas desde los medios afines.

Ya conocimos un procedimiento semejante en el caso de las medidas decretadas por Garzón y ahora se pretende repetir la estrategia coaccionando al juez ante el que va a comparecer un periodista imputado por FE de las JONS. Al redactor en cuestión le parece que Falange cometió crímenes contra la humanidad. Y, con toda lógica, se enfrenta a una querella por «menoscabar públicamente la fama y el honor de dicha organización».

La palabrería, es la de siempre y los defensores de la censura histórica judicializada se amparan bajo el señuelo de la verdad histórica y la libertad de expresión. Los “prestigiosos” de turno consideran que la implicación de Falange en los crímenes del franquismo es una «verdad científica cimentada en decenas de investigaciones que no admite discusión». Ciertamente que es en este terreno, en el dogmatismo de las verdades oficiales que no admiten discusión, el único en el que los propagandistas de la izquierda totalitaria se encuentran a gusto aunque no haya posición más ajena a la consideración de la historia como fundamento de una convivencia equilibrada. Y es que, para ello, es necesario establecerla en los términos que ya señalaron los clásicos, es decir, procediendo con buena fe, sin encono sectario y tras someter a crítica la información aportada por las más diversas fuentes.

Tratar de cerrar la boca de los historiadores independientes mediante sentencias judiciales es un proyecto largamente acariciado por la izquierda española y forma parte de la “segunda Transición” en la que nos embarcó Rodríguez Zapatero y que, todavía, no ha concluido. En dicho proceso tiene lugar el cuestionamiento de la “primera Transición” llevada a cabo a partir de la «legitimidad política surgida el 18 de julio de 1936» (en expresión del actual Jefe del Estado). Presentar la realidad histórica de España entre 1936 y 1978 como si hubiera sido la mera continuidad de una situación de fuerza sostenida por el poder de las armas responsables de un genocidio, es una falsedad que no corresponde a los legisladores establecer, sino a los historiadores refutar. Y ni a unos ni a otros les debería estar permitido un fantasmal proceso a los protagonistas del pasado, un juicio sin defensores ni atenuantes, un juicio en el que solo habría acusadores movidos por sus propios rencores, complejos e intereses. Conocer para explicar y explicar para comprender es la única actitud legítima frente a los hechos históricos en una sociedad madura.

Pero aún hay más, no creo que Falange Española de las JONS hubiera tenido nada que reprochar al periodista en cuestión si, en lugar de hablar de la intervención de la Falange en un presunto genocidio, hubiera hecho referencia a su protagonismo en la violencia ejercida y sufrida por unos y por otros en diversos momentos de la España contemporánea; por ejemplo, la Segunda República, la Guerra Civil, la España de Franco y la propia Transición. Pero es que la propaganda izquierdista, y los historiógrafos que la apoyan con sus complacientes palmaditas en la espalda, es eso precisamente lo que tratan de hurtar a la opinión pública. Silenciar elementos como los señalados hasta aquí significa prescindir de la complejidad de los procesos históricos, del papel real que desempeñaron los protagonistas, de las luchas por la hegemonía en un determinado momento… En suma, se priva a los ciudadanos que se preguntan sobre problemas que a veces les afectaron directamente, a ellos o a su familia, de las posibilidades que la historia y el método de investigación histórica aportan como única herramienta para un conocimiento racional del pasado. Porque no tenemos acceso al pasado con el ejercicio siempre subjetivo y parcial de la memoria sino por obra de la inteligencia y, en cuanto disciplina con un peculiar estatuto científico, la historia no es un simple recuerdo del pasado, es una interpretación o reconstrucción de las huellas que permanecen en el presente.

Vuelvan los historiadores a sus quehaceres y dejen a los jueces cumplir con los suyos. Y al menos recuerden la participación directa de las organizaciones que ellos respaldan en la creación y mantenimiento de una situación de violencia como la que ha sufrido España a lo largo de su historia más reciente. Participó, sí, la Falange en la violencia y el propio José Antonio se refería a esta circunstancia en su testamento: “Si la Falange se consolida en cosa duradera, espero que todos perciban el dolor de que se haya vertido tanta sangre por no habérsenos abierto una brecha de serena atención entre la saña de un lado y la antipatía de otro”. Pero no se puede hablar de todo esto sacándolo de su contexto histórico y, sobre todo, silenciando el impresionante reguero de víctimas causadas por la izquierda en las filas falangistas. Hecho en el que, como reconocen todos los historiadores, tuvieron cumplida iniciativa las propias izquierdas que durante meses causaron unilateralmente bajas entre sus contrarios. Y eso por hablar únicamente de los años de la Segunda República, período que los voceros de la memoria deformada prefieren eludir, pero sin dejar de apuntar al menos la compleja trayectoria sufrida por la organización falangista desde su origen y a lo largo de la Guerra Civil y de la España de Franco. Lo que convierte, al menos, en problemática cualquier referencia a su protagonismo en un período histórico que se definió por su carácter de síntesis pragmática y en el que el aparente predominio formal y simbólico de la Falange durante algunos años esconde un cierto equilibrio entre diversas tendencias politicas en lo que a la aportación de las ideas y las personas se refiere.

Se cuenta del emperador Carlos V que cuando era azuzado ante la tumba de Lutero a buscar los restos del heresiarca para entregarlos a la hoguera, respondió: «Ha encontrado a su juez. Yo hago la guerra contra los vivos, no contra los muertos». Sea o no cierta la leyenda, sigue habiendo frustrados que prefieren hacer su particular guerra contra los muertos. Aunque lleven su misma sangre como se comprueba leyendo alguna de las firmas de este manifiesto. Pero no olviden que hay batallas, como las del Cid, que también se ganan después de muerto.

“La vida sigue igual…” Y los pseudo-tradis encantados

"Un bello cuerpo de mujer que acaba en cola de pescado"
Diversos medios conservadores han reproducido en los términos más elogiosos posibles las noticias relacionadas con el respaldo que Francisco I habría dado al motu proprio Summorum Pontificum en respuesta a las peticiones de un grupo de obispos italianos para suprimirlo o, al menos, limitarlo drásticamente. Ningún pronunciamiento oficial al respecto, pero han bastado los comentarios de los obispos aludidos, para que las campanas se alcen al vuelo festejando la sintonía de Francisco I con su predecesor hasta el punto de que ya están preparando las maletas para una segunda peregrinación en acción de gracias a Roma.

Que en esta, y en otras cuestiones, la continuidad de Francisco I en relación con Benedicto XVI está asegurada es algo que se impone con toda evidencia. De hecho, frente a visiones superficiales, basta echar mano de las hemerotecas para confirmar que el perfil doctrinal, del entonces Cardenal Bergoglio en muchos aspectos, es muy semejante al de Joseph Ratzinger. Así se afirmaba, por ejemplo, en un artículo de Giorgio Bernardelli publicado en Vatican Insider en febrero de 2013, es decir antes de que Bergoglio se convirtiera en “Francisco I”. No es necesario, pues recurrir, a las fantasías y a las conspiranoias para detectar que, por debajo de las enormes diferencias de origen, carácter y formación entre Ratzinger y Bergoglio, late una profunda continuidad en la “operación sucesión” llevada a cabo entre febrero y marzo de 2013.

Dicha continuidad, en lo que se refiere al aspecto que nos ocupa, pasaría por la consolidación de la reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II anulando la “peligrosidad teológica” de la Misa tradicional. Más que de una rectificación, lo que se trata es de consolidar la reforma posconciliar, llegando a una síntesis dialéctica equidistante del rito romano tradicional y de los que hoy son reconocidos como excesos. Dicho equilibrio nos devolvería a un Misal de Pablo VI químicamente puro, neutralizando al mismo tiempo tanto los abusos como la portentosa resistencia que ha permitido conservar en vigor el Misal Romano Tradicional.

Hoy ya se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que el Pontificado de Benedicto XVI ha transcurrido sin que se haya implementado ninguna medida eficaz que vaya más allá de la proliferación de crucifijos, candeleros, antipendios, carpetas de corporales... a la hora de promover lo que algunos vinieron a llamar “reforma de la reforma”. Aunque a veces se ha hablado de documentos en gestación y se han desatado rumores, dudas, inquietudes, comentarios… los resultados obtenidos hasta ahora no pueden ser más magros.

Basta, por poner un ejemplo, con recordar como desde Roma no se ha conseguido que la totalidad de las conferencias episcopales (entre ellas la española) rectifiquen la mala traducción de las palabras de la Consagración de la Misa (“pro multis” - “ por muchos). Y podemos también recordar cómo ha eludido el nuevo obispo de Roma las polémicas acerca de si el Papa daba la comunión en la boca, en la mano o de rodillas. A partir de ahora Francisco I no distribuirá la Comunión… para evitar sacrilegios: risum teneatis amici?

Viendo los resultados obtenidos, de la “reforma de la reforma”, si es que alguna vez empezó bien, cabría decir, como de la sirena, Desinit in piscem… A no ser que su único y verdadero objetivo fuera neutralizar la gran obra de la Tradición.