
«M. Proudhon ha escrito en sus Confesiones de un revolucionario estas notables palabras: "Es cosa que admira el ver de qué manera en todas nuestras cuestiones políticas tropezamos siempre con la teología". Nada hay aquí que pueda causar sorpresa, sino la sorpresa de M. Proudhon. La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas» (Donoso Cortés).
martes, 3 de marzo de 2009
EL ESTADO SIN DERECHO

sábado, 14 de febrero de 2009
LOS QUE ENTONCES HABLARON (V): Cardenal Tarancón

“La vida de los justos está en manos de Dios” (Sap. 3,1). Yo que como sacerdote he pronunciado tantas veces estas palabras, siento hoy una especialísima emoción al repetirlas ante el cuerpo de quien, durante casi cuarenta años, con una entrega total, rigió los destinos de nuestra patria.
En esta hora nos sentimos todos acongojados ante la desaparición de esta figura auténticamente histórica.
Nos sentimos, sobre todo, doloridos ante la muerte de alguien a quien sinceramente queríamos y admirábamos. Hay lágrimas en muchos ojos y yo quiero que mis primeras palabras de obispo sean para recordar a todos, a la luz de nuestra fe cristiana, que los muertos no mueren del todo, que la muerte no es fin, sino principio, que es la puerta de la vida verdadera, el ingreso en la casa del Padre.
Todos nos vamos, todos caemos, pero los creyentes sabemos que «hay alguien que acoge esa caída con suavidad inmensa entre sus manos». Francisco Franco, después de una larga vida, cargada de enormes, de tremendas tareas y responsabilidades, está ya en las manos de Dios, manos justas y misericordiosas, manos paternales.
Y como todos necesitamos de la misericordia de Dios, nos hemos reunido aquí para acompañarle en esta hora con nuestra oración, con el sacrificio redentor de Cristo, para que alcance esa misericordia del Padre que todos necesitamos.
Nos hemos reunido para esto, para rezar. No esperar de mis palabras ni un juicio histórico, ni tampoco un elogio fúnebre. Ni es este el momento de tales juicios, ni es función de la Iglesia el formularlos. La Iglesia es madre. Su función es amar. Y ante el cuerpo del hijo que se ha ido a la casa del Padre casi el único modo de amar es rezar.
Todos necesitamos la oración de todos. Y quizá más que nadie aquellos a quienes Dios ha encomendado la tremenda tarea de mandar o dirigir.
Los medievales habían entendido bien esta hora final cuando, en sus “danzas de la muerte”, pintaban a reyes, gobernantes, papas, cardenales, obispos, ricos y guerreros, dejando sus coronas, sus entorchados, sus mitras, sus tesoros y sus espadas, para llegar ante Dios desnudos e inermes.
Sin embargo, no llegamos desnudos ante Dios. El bautismo es nuestro vestido, las buenas obras son nuestro equipaje, el único que tiene valor en esta hora. Como decía San Juan de la Cruz, “a la caída de la tarde seremos examinados de amor”.
Y este amor de Francisco Franco es el que puedo elogiar yo en esta hora. Cada hombre tiene distintas maneras de amar. La del gobernante en la entrega total, incansable, llena a veces de errores inevitables, incomprendida casi siempre, al servicio de la comunidad nacional.
El Concilio Vaticano II no dudó en proclamar la nobleza de este oficio de servir a la patria desde el difícil puesto de la política: “la Iglesia alaba y estima –dice- la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la comunidad pública y aceptan las cargas de este oficio”. Y en otro lugar exhorta a “quienes son capaces de ejercer ese arte tan difícil y tan noble que es la política” y “ejercitarlo con olvido del propio interés”.
Creo que nadie dudará en reconocer aquí conmigo la absoluta entrega, la obsesión diría incluso, con la que Francisco Franco se entregó a trabajar por España, por el engrandecimiento espiritual y material de nuestro país, con olvido incluso de su propia vida. Este servicio a la patria –lo he dicho ya en otra ocasión- es también una virtud religiosa. No hay incompatibilidad entre el auténtico amor a la patria y la fe cristiana. Si alguna forma de incompatibilidad existiera, es porque se entiende mal el amor a la patria o porque se vive mal la fe cristiana. Porque el servicio a la comunidad degenera en falso nacionalismo o porque la fe se pone, no al servicio del Evangelio, sino al de una ideología humana.
El amor a Dios no puede oponerse al amor a los hermanos que Él ha colocado en torno nuestro. Quien ama a sus hermanos está amando a Dios. Quien sirve a la comunidad, a su desarrollo, a su bienestar, a su unidad, cumple un deber que para los cristianos es un deber sagrado, una consecuencia de su misma fe.
Quien tanto y tanto luchó hasta extinguirse por nuestra patria presentará hoy en las manos de Dios este esfuerzo que habrá sido su manera de amar, con limitaciones humanas, como la de todos, pero esforzada y generosa siempre. Yo estoy seguro de que Dios perdonará sus fallos, premiará sus aciertos y recompensará su esfuerzo. Nosotros, con nuestra oración de hoy, le acompañaremos para que ese perdón y ese reconocimiento sea completo.
Él ha muerto uniendo los nombres de Dios y de España, como acabamos de oír en el último mensaje. Gozoso porque moría en el seno de la Iglesia de la que siempre ha sido hijo fiel.
Yo me atrevería a dar a este acto otro significado más. No basta con rezar por los muertos. Siempre hay algo que aprender de ellos, todos. Me parece que en este momento a la oración por el Jefe del Estado fallecido y por la patria, hemos de unir todos una promesa firme, serena, comprometida. La muerte del Caudillo nos recuerda que la obligación de trabajar y sacrificarse por la patria no es sólo función de los que gobiernan, sino de todos.
Todos somos responsables de que todos los españoles gocen de la libertad y los medios suficientes para desarrollar su propia personalidad y para mantener su dignidad de hombres y cristianos.
Pienso que ante este cadáver debemos formular todas las promesas de borrar todo cuanto pueda separarnos y dividirnos, la de olvidar nuestros egoísmos e intereses personales, la de evitar cualquier tipo de partidismo excluyentes que puedan entorpecer esa felicidad de todos. El respeto, el diálogo, la aceptación de las diferencias lícitas debe sustituir a la lucha. La convivencia debe borrar los exclusivismos.
Todos tenemos una gran tarea ante nosotros. Tendremos que recoger cuanto de positivo se ha construido en estos años, tendremos que mejorar cuanto quedó a mitad de camino, tendremos que superar cuanto pueda dividirnos y aceptar lo que deba diferenciarnos, tendremos que trabajar todos juntos para que la justicia, la libertad, el amor y la paz creen un clima de convivencia fraternal de la que nadie se deba sentir excluido siempre que esté dispuesto a colaborar al bien de todos.
En esta hora decisiva para nuestro país y ante el cuerpo del hermano que acaba de abandonarnos, creo realizar el mayor homenaje hacia él y cumplir, al mismo tiempo, mi misión de obispo llamando a todos los españoles a la unión, a la concordia, a la convivencia fraterna. Es ésta, lo sé, “una tarea difícil”, como hemos dicho en un reciente documento los obispos españoles. Pero “es también una tarea posible y, por tanto, obligatoria”. El destino de España en esta hora importante está en las manos de Dios. Pero está también en las manos de todos nosotros: Si todos cumplimos con nuestro deber, con la entrega con que la cumplió Francisco Franco, nuestro país no debe temer por su futuro. No es esta hora de tragedias ni de pánicos. Es hora de que todos los españoles cumplamos con nuestro deber de servicio a la comunidad. Yo pido este esfuerzo, como español, a todos los españoles. Yo os lo pido a todos los cristianos como obispo. Este compromiso será, junto a nuestra oración, el mejor regalo, el mejor elogio, que podemos hacer a quien acaba de dejarnos. Que el Señor le ayude a él y a nosotros en esta hora. Que a nosotros nos dé el coraje y a él el descanso. Que a nosotros y a él nos dé su paz.”
lunes, 24 de noviembre de 2008
LOS QUE HABLAN HOY (I): Dom Anselmo Álvarez Navarrete, Abad del Valle de los Caídos

Homilía pronunciada por el abad del monasterio de Santa Cruz, Dom Anselmo Álvarez Navarrete, el 22 de noviembre de 2008, durante la Eucaristía celebrada en la Basílica del Valle de los Caídos por el eterno descanso de José Antonio Primo de Rivera, Francisco Franco y todos los caídos por España
Este acto, de tan larga tradición, coincide este año con el cincuentenario de la fundación, en que dio comienzo la vida religiosa y los restantes fines para los que fue destinado el Valle de los Caídos: el culto en la Basílica, la oración permanente por todos los caídos y por la paz y prosperidad de España, y aquel Centro de Estudios Sociales destinado a promover el conocimiento y las soluciones para los problemas sociales endémicos de la sociedad española.
Toda la obra aquí levantada, tanto la arquitectónica como la espiritual y social, está presidida por la voluntad de reconciliación que inspiró el conjunto de esos proyectos, expresada simbólicamente en la Cruz y activamente en el mausoleo que debía acoger las víctimas de la contienda, ya que éste debía ser «el Monumento a todos los Caídos, sobre cuyo sacrificio triunfen los brazos pacificadores de la Cruz», según se declara expresamente en el Decreto/Ley fundacional.
La idea de hacer de la Cruz la referencia central de la reconciliación fue indudablemente certera. Ella ha sido el lugar donde se selló la reconciliación de Dios con los hombres, y donde todos hemos sido llamados a encontrarnos para sellarla entre nosotros mismos. No se nos ha dado otro nombre que el de Jesús ni otro signo que el de la cruz en que los hombres puedan hallar la salvación y la paz.
El grito de perdón y reconciliación que se escuchó en ella resuena hoy entre los hombres con la misma fuerza con que llegó hasta el Padre. Como nos dice la Escritura, «Él -Cristo- es nuestra paz. Él reconcilió a los hombres y a los pueblos, haciéndolos uno solo mediante la Cruz» (Ef 2, 13-16), de la que brotó el ofrecimiento hecho a todos: «paz a los que estabais lejos, paz a los que estabais cerca».
La Cruz es el apremio supremo al apaciguamiento. En ella está «el signo máximo de unidad y el vínculo de amor» ante el que los hombres pueden rendir sus diferencias y sentirse hermanos, con una fraternidad que emana de quien es el Padre común de los hombres, de Aquel que «quiso reconciliar consigo todos los seres, los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su Cruz», según la fuerte expresión de San Pablo (Col 1, 20). Nadie puede sustituir esta mediación. Como tampoco nadie puede impedir que cuando los hombres dejan de mirar a Dios se den la espalda entre sí.
La Cruz ha sido uno de los símbolos más determinantes de la nación española, como lo ha sido de todos los países de Europa, algunos de los cuales lo llevan aún en su propia bandera. En él España ha encontrado la fuente de energía e inspiración que ha sustentado sus mayores empresas, y hoy es el símbolo del Poder y de la Gracia sobre los que se apoya la esperanza de un futuro de concordia para nuestra sociedad.
El Valle ha sido ideado sobre esta columna, sobre la que se quería apoyar a España entera. Como junto a la Cruz del Calvario, a los pies de ésta se ha abierto un sepulcro en el que, entre todos, deberíamos proponernos enterrar no sólo los cuerpos muertos, sino todo lo que provocó su muerte: las injusticias, los agravios y enfrentamientos, las venganzas y las espadas. Un sepulcro que, como el de Jesús y como la misma Cruz, sea un símbolo de victoria sobre el mal y la muerte, y de triunfo de la vida, del amor y de la paz verdaderos.
Desde ella nos llega un llamamiento apremiante para que comprendamos que es la hora de la reconciliación, la hora de que los espíritus se abran definitivamente a la armonía y a la concordia, y de que todos dejemos atrás los antagonismos que levantan muros de incomprensión tantas veces irreductible, y que extenúan la vitalidad de nuestra sociedad.
A su sombra, por el contrario, puede volver a encontrarse un pueblo de hermanos que tiene en común la misma tierra y la misma sangre, que se ha alimentado secularmente en la misma fe y en la misma cultura, sobre las cuales ha construido una identidad y una historia comunes. Si las ramas de este árbol se han diversificado, todas parten del mismo tronco.
Esta es la realeza que Cristo, desde la Cruz, desea ejercer entre nosotros y en el mundo, y este es su derecho a proclamarla: «Tú lo dices: Yo soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo», afirmó Jesús ante el representante del emperador romano. Hoy -festividad de Cristo Rey del Universo- se nos vuelve a presentar la afirmación de la soberanía absoluta de Cristo -«sólo Tú Señor», proclamamos en el Gloria de la Misa-, y la invitación a entrar en este reinado, que ostenta como un título y un derecho que están «escritos en su capa y en su brazo, como se proclama en el (Ap 19, 16): Rey de reyes y Señor de los que dominan», títulos que derivan de la naturaleza divina de Cristo y de su condición de creador y redentor de la humanidad.
Un reinado cuya finalidad consiste en que su voluntad se realice en la tierra como en el cielo. Es decir, que la ley divina gobierne la vida de los hombres, en conformidad con la naturaleza del ser que el creador, en su sabiduría y amor, les ha destinado. En la tierra, pero no sólo en el interior de los corazones, sino en todas las esferas de la realidad humana.
Cristo es Rey del universo, del universo cósmico y del universo humano en todas sus dimensiones, no para someterlos caprichosamente, sino para hacerlos verdaderamente humanos: para que reflejen la auténtica condición y dignidad del hombre en su aristocracia divina y en la nobleza de su persona humana. Por boca de Cristo, esta realeza dice, de manera regia: dad al César y al hombre lo que les pertenece, y a Dios lo que es de Dios, algo que, en nuestros tiempos, pocas veces obtiene la respuesta recíproca que sería obvia. Pero ese es el estilo de la soberanía de Dios.
Como es también su estilo no presumir de ella. Nos asegura la Escritura (Fil 2, 6): «Dios a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios». Hoy tampoco. Y por eso los hombres tienen la sensación de que se ha ausentado o de que le han derrotado. Pero ello no va a ser una oportunidad para que el reino de este mundo pase a sus manos. La soberanía sobre él continuará perteneciéndole, y sólo depende de la hora señalada por Él el que esa condición divina y esa soberanía se hagan manifiestos y sean ejercidos por Él como Rey pacífico pero ya indiscutido.
Hoy como ayer muchos entre los hombres de nuestra generación repiten: «No queremos que Éste reine sobre nosotros», no queremos «que su nombre se pronuncie más» (Jer 11, 19). Lo que significa que hemos puesto en litigio algo más que la realeza y soberanía de Cristo. En el centro de la vida y de la historia vuelve a plantearse, de manera radical, la cuestión de Dios, cuya negación se presenta como condición para la definitiva liberación del hombre, como anuncio del fin de todo lo trascendente y del esfuerzo por transformar las conciencias a fin de cancelar en ellas las huellas de su memoria.
Pero ello no cambia la realidad: lo decisivo en la historia humana ha sido su desembarco en la orilla de la divinidad. Dios es la palabra más alta que ha sido puesta en su boca, la más decisiva que el hombre ha pronunciado, el progreso máximo en el que ha penetrado: el que le permite entrar en Dios y, en Él, llegar a ser «como Dios». Satán en el paraíso le hizo esta misma insinuación, pero con intención bien distinta y con resultado de expulsión del paraíso y de sí mismo.
Todos los que hoy le hacen la misma invitación preparan para el hombre igual destino. Porque lo humano está moldeado por lo divino, y cuando se pretende borrar esta dimensión se anula la propia condición humana. El despojamiento de las señas divinas del hombre: espíritu, alma, gracia, le sustrae el rasgo decisivo de su humanidad; altera el rostro y la identidad del hombre.
Ahora bien, Dios es el paradigma. El hombre es palabra de Dios: es el producto de su acción, su imagen. En Él está el soporte natural del hombre, la fuente de toda realidad, Aquel en el que todo, también el hombre, subsiste. De Él dimana toda racionalidad, toda verdad y justicia, toda paz y libertad, toda belleza y amor verdaderos. Por ello, el señorío de Dios es la primera legitimidad que se impone, fuerte y suavemente, como fundamento del orden humano.
El hombre no funda por sí mismo la verdad porque no funda el ser; por eso no es autosuficiente ante Dios. Y por eso, no se puede exiliar a Dios impunemente. La voluntad de eliminarlo está conducida por la decisión de afirmar la soberanía de la voluntad humana y, como ya ocurrió en el paraíso, de dar paso a un plan alternativo al de Dios. No hemos desistido del intento.
El drama de nuestro tiempo es, precisamente, que estamos queriendo hacer un mundo nuevo con hombres sin alma, que nuestra generación está siendo inducida a desobedecer todo lo que afirma la ley divina y natural y a aceptar cualquier idea o supuesto derecho en contradicción con ella. Pero el hombre no es un ser imaginario al que se pueda atribuir el contenido o la interpretación que cada uno guste, porque su entidad moral y humana no es el resultado de nuestra voluntad, sino una creación, es decir, una decisión divina, que sin embargo sabe que puede quedar invalidada por nuestra libertad.
El orden moral de los individuos y de la sociedad tiene su fuente en el mismo autor de la humanidad, por lo que no puede ser rectificado lo que nos constituye moralmente. Tal intento no origina ningún derecho moralmente válido, ni ante Dios ni ante la conciencia de los hombres.
Esos derechos derivan de Él, se consolidan en Él, y de Él obtienen su sentido y su fuerza, sin que su alteración por los hombres inmute esa realidad. «Sólo la Palabra de Dios es el fundamento de toda realidad» acaba de afirmar Benedicto XVI (Sínodo 2008, 6 oct). De hecho, el proyecto de sacar a la sociedad humana de la esfera de Dios es tan necio como pretender desviar la tierra de la órbita del sol.
De ahí que las provocaciones contra Dios concluyen siempre en amenaza sobre el hombre, al que se le arrebata la fuente primordial de su dignidad, de su libertad, de su derecho y de su perfección. La racionalidad de una sociedad y de un tiempo está siempre en proporción directa al espacio que reserva a Dios. Sin Él queda oculta esa imagen divina del hombre, lo que permite despojarlo de todo lo que hace de él un ser noble, sagrado e inviolable. Por eso, Dios representa el primer derecho del hombre, en el plano individual y en social: un derecho constitutivo, incondicional, universal e intemporal. Y por eso, no podemos evitar que lo que se construye al margen de Dios o contra Él sea un fraude, como no podemos evitar que Dios sea Dios.
La búsqueda de Dios ha sostenido el pulso de la humanidad, pese a tantos titubeos. Es en esa búsqueda donde el hombre se ha encontrado también a sí mismo, así como los proyectos humanos que le configuran sustancialmente. Ese ha sido, durante siglos, el eje de la cultura europea. El fundador de los monjes de occidente, San Benito, establece que la tarea esencial de los que llegan para habitar en el Monasterio es la de buscar a Dios, la misma que la de quienes llegan a esta gran casa de Dios que es el mundo y la sociedad humana.
El mundo y el hombre no estarán definitivamente consumados hasta que no vuelvan a estar en sintonía plena con Dios. El progreso del hombre se mide por esta armonía creciente entre la imagen -el hombre- y el prototipo divino. Ese fue el objetivo central de la acción de Dios en la creación, en la encarnación y en la redención. Ni Dios ni su obra descansarán hasta que en ellos -en el hombre y en la sociedad- se cumpla exactamente el plan de Dios.
La obediencia de los pueblos a la fe y a Cristo es su máximo honor y fortaleza, y cuando no obedecen a la fe y a Cristo han de hacerlo a cualquier falacia. La negación de Cristo cuartea todas las construcciones humanas; eso es lo que quedó significado cuando, a la muerte de Jesús, se resquebrajaron las rocas del Gólgota y se rasgó el velo del Templo. Ese desgarro se mantendrá y se profundizará hasta que los hombres reconozcan como única Verdad y única Vida al que murió y resucitó del sepulcro. Entonces será renovada la faz de la tierra.
El nuestro ha sido siempre un pueblo que se ha negado a perder a Dios. Con él repitamos, como en el pasado: «venga a nosotros tu reino»; «a Él sea la gloria, el honor y el imperio por los siglos de los siglos».
jueves, 20 de noviembre de 2008
LOS QUE ENTONCES HABLARON (IV): PÍO XII

Imagen: Pío XII, Montini y Ruiz Jiménez
http://www.fuenterrebollo.com/Gobiernos/pio12-ruiz-jimenez.jpg
RADIOMENSAJE A ESPAÑA DE S. S. PÍO XII
16 de abril de 1939
Anhelante y confiado esperaba Nuestro Predecesor, de santa memoria, esta paz providencial, fruto sin duda de aquella fecunda bendición que en los albores mismos de la contienda enviaba «a cuantos se habían propuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión» ; y Nos no dudamos de que esta paz ha de ser la que él mismo desde entonces auguraba, «anuncio de un porvenir de tranquilidad en el orden y de honor en la prosperidad».
ESPAÑA, NACIÓN ELEGIDA
Los designios de la Providencia, amadísimos hijos, se han vuelto a manifestar una vez más sobre la heroica España. La Nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del Nuevo Mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica, acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del espíritu.
La propaganda tenaz y los esfuerzos constantes de los enemigos de Jesucristo parece que han querido hacer en España un experimento supremo de las fuerzas disolventes que tienen a su disposición repartidas por todo el mundo; y aunque es verdad que el Omnipotente no ha permitido por ahora que lograran su intento, pero ha tolerado al menos algunos de sus terribles efectos, para que el mundo viera cómo la persecución religiosa, minando las bases mismas de la justicia y de la caridad, que son el amor de Dios y el respeto a su santa ley, puede arrastrar a la sociedad moderna a los abismos no sospechados de inicua destrucción y apasionada discordia.
Persuadido de esta verdad el sano pueblo español. con las dos notas características de su nobilísimo espíritu, que son la generosidad y la franqueza, se alzó decidido en defensa de los ideales de fe y civilización cristianas, profundamente arraigados en el suelo de España; y ayudado de Dios, «que no abandona a los que esperan en El» (Iudith, XIII, 17), supo resistir al empuje de los que, engañados con o que creían un ideal humanitario de exaltación del humilde, en realidad no luchaban sino en provecho del ateísmo...
SANTA MEMORIA
Y ahora, ante el recuerdo de las ruinas acumuladas en la guerra civil más sangrienta que recuerda la historia de los tiempos modernos, Nos con piadoso impulso, inclinamos ante todo nuestra frente a la santa memoria de los Obispos, Sacerdotes, Religiosos de ambos sexos y fieles de todas edades y condiciones que en tan elevado número han sellado con sangre su fe en Jesucristo y su amor a la Religi6n Católica: «majorem hac dilectionem nemo habet»: «no hay mayor prueba de amor» (Io., XV, 13).
Reconocemos también nuestro deber de gratitud hacia todos aquellos que han sabido sacrificarse hasta el heroísmo en defensa de los derechos inalienables de Dios y de la Religión, ya sea en los campos de batalla, ya también consagrados a los sublimes oficios de caridad cristiana en cárceles y hospitales...
POLÍTICA DE PACIFICACIÓN
A vosotros toca, Venerables Hermanos en el Episcopado, aconsejar a los unos y a los otros, que en su política de pacificación todos sigan los principios inculcados por la Iglesia y proclamados con tanta nobleza por el Generalísimo: de justicia para el crimen y de benévola generosidad para con los equivocados. Nuestra solicitud, también de Padre, no puede olvidar a estos engañados, a quienes logró seducir con halagos y promesas una propaganda mentirosa y perversa.
A ellos particularmente se ha de encaminar con paciencia y mansedumbre Vuestra solicitud Pastoral: orad por ellos, buscadlos, conducidlos de nuevo al seno regenerador de la Iglesia y al tierno regazo de la Patria, y llevadlos al Padre misericordioso, que los espera con los brazos abiertos...
En prenda de las copiosas gracias, que os obtendrán la Virgen Inmaculada y el Apóstol Santiago, patronos de España, y de las que os merecieron los grandes Santos españoles, hacemos descender sobre vosotros, Nuestros queridos hijos de la católica España, sobre el Jefe del Estado y su ilustre Gobierno, sobre el celoso Episcopado y su abnegado Clero, sobre los heroicos combatientes v sobre todos los fieles, Nuestra Bendición Apostólica.
sábado, 1 de noviembre de 2008
LOS QUE ENTONCES HABLARON (III): Don Marcelo González, Arzobispo de Toledo

Imagen: http://www.generalisimofranco.com/marcelo/01.htm
Durante los funerales celebrados en la Plaza de Oriente, el cardenal primado de España, don Marcelo González Martín, pronunció la siguiente homilía:
Dejad que estas palabras crucen los cielos de la Plaza de Oriente y lleguen al corazón entristecido de los españoles. Trasmitídselas, y vosotros mismos, los que con el más vivo dolor podéis repetirlas porque creéis en Jesucristo, y por lo mismo, podéis demostrar que vuestra esperanza es al menos tan grande como vuestro dolor.
Vosotros, excelentísima señora y familiares de Francisco Franco, Reyes de España, Gobierno e instituciones de la nación. Su eco os será devuelto inmediatamente por un pueblo inmenso cuyo rumor se extiende sobre todas las tierras de España.
Estamos celebrando el Santo Sacrificio de la Misa y elevamos nuestras plegarias a Dios por el alma del que hasta ahora ha sido nuestro Jefe de Estado. He ahí sus restos, ya sin otra grandeza que la del recuerdo que aún puede ofrecernos de la persona a quien pertenecieron mientras vivió en este mundo. Frente a ellos nuestra fe nos habla, no del destino inmediato que les espera al ser depositados en un sepulcro, sino de la eternidad del misterio de Dios Salvador en que su alma será acogida, como lo será también ese mismo cuerpo en el día de la resurrección final. ¡Oh cristianos, niños y adultos, mujeres y hombres creyentes, hermanos míos en la fe de Jesucristo! Que vuestro espíritu responda en este momento a las convicciones que nacen de nuestra conciencia religiosa. Ante ese cadáver han desfilado tantos que necesariamente han tenido que ser pocos, en comparación con los muchos más que hubieran querido poder hacerlo, para dar testimonio de su amor al padre de la Patria, que con tan perseverante desvelo se entregó a su servicio.
Presentaremos a la adoración de todos ellos la Hostia Santa y pura de la Eucaristía, nos sentiremos incorporados a la oblación del Señor con la nuestra, podremos ceder, en beneficio de aquel a quien amábamos, los méritos que por nuestra participación pudiera correspondernos, y juntos rezaremos el Padrenuestro de la reconciliación y la obediencia amorosa a la voluntad de Dios, que está en los Cielos.
La espada de Franco
Ese hombre llevó una espada que le fue ofrecida en 1926 y un día entregó al cardenal Gomá, en el templo de Santa Bárbara de Madrid, para que la depositara en la catedral de Toledo, donde ahora se guarda. Desde hoy sólo tendrá sobre su tumba la compañía de la Cruz. En esos dos símbolos se encierra medio siglo de la historia de nuestra Patria, que ni es tan extraña como algunos quieren decirnos, ni tan simple como quieren señalar otros. Ojalá esa espada –él mismo lo dijo- no hubiera sido nunca necesaria; ojalá esa Cruz hubiera sido siempre dulce cobijo y estímulo apremiante para la justicia y el amor entre los españoles.
En este momento en que hablan las lágrimas y brotan incontenibles las esperanzas y los anhelos de toda España, el patriotismo como virtud religiosa, no como exaltación apasionada, pide de nosotros que levantemos nuestra mirada precisamente hacia la Cruz bendita para renovar ante ella propósitos individuales y colectivos que nos ayuden a vivir en la verdad, la justicia, el amor y la paz, exigencias del Reino de Cristo en el mundo.
Brille la luz del agradecimiento por el inmenso legado de realidades positivas que nos deja ese hombre excepcional. Gratitud que está expresando el pueblo y que le debemos todos, la sociedad civil y la Iglesia, la juventud y los adultos, la justicia social y la cultura extendida a todos los sectores. Recordar y agradecer no será nunca inmovilismo rechazable, sino fidelidad estimulante, sencillamente porque las patrias no se hacen en un día, y todo cuanto mañana pueda ser perfeccionado encontrará las raíces de su desarrollo en lo que se ha estado haciendo ayer y hoy, en medio de tantas dificultades.
La ilusión creadora de paz
Con la gratitud por lo que hizo, y siguiendo el ejemplo que nos dio, es necesaria, mirando al futuro, no sólo la esperanza, irrenunciable en cualquier hipótesis mientras que el hombre es hombre, sino algo más, la ilusión creadora de paz y de progreso, que es una actitud menos conformista y más difícil, porque obliga a conciliar a todos los esfuerzos de la imaginación bien orientada con la bondad de corazón y la buena voluntad. Ardua tarea a la que hemos de entregarnos a través de las pequeñas cosas de cada día y con las decisiones importantes de la vida pública, para que la libertad sea eficiente y ordenada, el pluralismo nos enriquezca en lugar de disgregarnos, la comprensión facilite el análisis necesario de las situaciones, y toda la nación, jamás esclava de las ideologías que por su naturaleza tienden a destruirla, avance hacia una integración más serena de sus hijos, unidos en un abrazo como el que él ha querido darnos a todos a la hora de morir, invocando en la conciencia los nombres de Dios y de España.
Mas, ¡qué fácil es proclamar principios y manifestar deseos cuando no se tienen las responsabilidades que atan o abren las manos! Por eso, en este momento, todavía lleno de aflicción, pero ya abierto hacia los nuevos rumbos que se dibujan en el horizonte, incapaz yo de dar consejos y temeroso de que también los hombres de la Iglesia podemos excedernos, con nuestra mejor voluntad, me detengo con respeto ante vosotros, hijos de España, y apelo a vuestra conciencia de ciudadanos rectos, o a vuestra fe religiosa en los que la profesan, para que no os canséis nunca de ser sembradores de paz y de concordia al servicio de un orden justo. Dentro del cual, y sin tratar de imponer a nadie convicciones que pueda no compartir, habéis de permitir, a quien habla como obispo de la Iglesia, que afirme su fe en que siempre hay una voz que puede ser escuchada; la voz de Dios, que en la vida y en la muerte nos llama sin cesar al perdón, al amor, a la justicia, y a las realizaciones prácticas con que esas actitudes tienen que manifestarse en la vida social de los pueblos. Estoy hablando de Dios porque creo muy poco en la eficacia duradera de los simples humanismos sociales. Jamás han existido tantos, y jamás han aparecido tantas incertidumbres en las conciencias de los hombres que se llaman libres.
Un pueblo que espera
Ese pueblo que sufre es también un pueblo que espera y sabe amar. Todos, desde el más alto al más bajo, en esta hora solemne en que se escriben capítulos tan importantes de nuestra historia, tenemos gravísimos deberes que cumplir; a todos se nos dice que si el grano de trigo no muere y se hunde en la tierra, queda infecundo. La civilización cristiana, a la que quiso servir Francisco Franco, y sin la cual la libertad es una quimera, nos habla de la necesidad de Dios en nuestras vidas. Sin Él y sus leyes divinas, el hombre muere, ahogado por un materialismo que envilece.
Para vos, Majestad, que al día siguiente de ser proclamado Rey os toca presidir las exequias del hombre singular que os llamó a su lado cuando erais niño, pido al Señor que os dé sabiduría para ser Rey de todos los españoles, como tan noblemente habéis afirmado, y que el combate por la justicia y la paz dentro del sentido cristiano de la vida no cese nunca. Y pido, para el que os llamó, que el mismo Dios le acoja benigno en su misericordia infinita, tal como humildemente se lo suplicó cuando le llegaba la muerte.
Y que la Patria perdone también a sus hijos, a todos cuantos lo merezcan. Será el primer fruto de un amor que comienza, y el postrero de una vida que acaba de extinguirse. “Requiem aeternam dona ei, Domine, et lux perpetua luceat ei”.
jueves, 30 de octubre de 2008
LOS QUE ENTONCES HABLARON (II): Don Juan Carlos de Borbón

Juramento de D.Juan Carlos ante las Cortes Españolas
Imagen: http://www.historiasiglo20.org/HE/images/15b1-francoprincipe.jpg
Os ruego, pues, señor vicepresidente del Gobierno y señor presidente de las Cortes, que así se lo comuniquéis respectivamente a Su Excelencia el Jefe del Estado y a las Cortes Españolas.
– En nombre de Dios y sobre los Santos Evangelios, ¿juráis lealtad a Su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y demás leyes Fundamentales del Reino?
– Sí, juro lealtad a Su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y demás Leyes Fundamentales del Reino.
El presidente de las Cortes, don Antonio Iturmendi Bañales, concluyó
A continuación S. A. R. pronunció el siguiente discurso:
Quiero expresar en primer lugar, que recibo de Su Excelencia el Jefe del Estado y Generalísimo Franco, la legitimidad política surgida el 18 de julio de 1936, en medio de tantos sacrificios, de tantos sufrimientos, tristes, pero necesarios, para que nuestra patria encauzase de nuevo su destino.
España, en estos últimos años, ha recorrido un importantísimo camino bajo la dirección de Vuestra Excelencia. La paz que hemos vivido, los grandes progresos que en todos los órdenes se han realizado, el establecimiento de los fundamentos de una política social son cimientos para nuestro futuro. El haber encontrado el camino auténtico y el marcar la clara dirección de nuestro porvenir son la obra del hombre excepcional que España ha tenido la inmensa fortuna de que haya sido, y siga siendo por muchos años, el rector de nuestra política.
Pertenezco por línea directa a la Casa Real española y, en mi familia, por designios de la Providencia, se han unido las dos ramas. Confío en ser digno continuador de quienes me precedieron.
Ha sido preocupación fundamental de la política española en estos años la promoción del bienestar en el trabajo, pues no puede haber un pueblo grande y unido sin solidaridad nacida de la Justicia Social. En este campo nunca nos sentiremos satisfechos.
Las más puras esencias de nuestra gloriosa tradición deberán ser siempre mantenidas, pero sin que el culto al pasado nos frene en la evolución de una sociedad que se transforma con ritmo vertiginoso en esta era apasionante en que vivimos. La tradición no puede ni debe ser estática: hay que mejorar cada día.
Nuestra concepción cristiana de la vida, la dignidad de la persona humana como portadora de valores eternos, son base y, a la vez, fines de la responsabilidad del gobernante en los distintos niveles del mando.
Tengo gran fe en los destinos de nuestra Patria. España será lo que todos y cada uno de los españoles queramos que sea, y estoy seguro de que alcanzará cuantas metas se proponga, por altas que éstas sean.
La Monarquía puede y debe ser un instrumento eficaz como sistema político si se sabe mantener un justo y verdadero equilibrio de poderes y se arraiga en la vida auténtica del pueblo español.
A las Cortes Españolas, representación de nuestro pueblo y herederas del mejor espíritu de participación popular en el Gobierno, les expreso mi gratitud. El juramento solemne ante vosotros de cumplir fielmente con mis deberes constitucionales es cuanto puedo hacer en esta hora de la historia de España.
Mi General: Desde que comencé mi aprendizaje de servicio a la Patria me he comprometido a hacer del cumplimiento del deber una exigencia imperativa de conciencia. A pesar de los grandes sacrificios que esta tarea pueda proporcionarme, estoy seguro que “mi pulso no temblará” para hacer cuanto fuere preciso en defensa de los Principios y Leyes que acabo de jurar.
LOS QUE ENTONCES HABLARON (I): Don Juan Carlos de Borbón

Imagen: http://www.telefonica.net/web2/fmurilla/img/juramento.jpg
Primer discurso de D.Juan Carlos I ante las Cortes Españolas
(22-noviembre-1975)
