viernes, 27 de junio de 2014

Víctimas de la Guerra Civil: La izquierda historiográfica y la necesidad de un genocidio

Con razón se ha dicho que la verdadera importancia de la Guerra Civil Española en la historia del siglo XX no es tanto geopolítica o estratégica como ideológica y cultural. Estos dos últimos conceptos resultan especialmente apropiados si los ensanchamos hasta poder considerar la guerra española de 1936 como un enfrentamiento entre dos concepciones del mundo: la occidental y cristiana y las nuevas formas del totalitarismo que, procedentes de la Unión Soviética, comenzaban por entonces a expandirse. El final de la Segunda Guerra Mundial dio paso al deterioro del gravoso acuerdo de las potencias occidentales con la Unión Soviética y, tras la reordenación de las alianzas durante la Guerra Fría, España quedó definitivamente incorporada al mundo libre consolidándose así una trayectoria que se había iniciado en julio de 1936.

Esta circunstancia no podía dejar de tener su repercusión en las propias manifestaciones del conflicto y la honda brecha que se manifestó entre los españoles en los más diversos terrenos (religioso, político, social, de identidad nacional...) hace que, a las lógicas pérdidas humanas ocasionadas por las consecuencias directas e indirectas de las operaciones militares, se unieran, y en número muy elevado, las causadas en ambas retaguardias por las represalias, asesinatos y ejecuciones que se prolongaron durante los primeros años de la posguerra.

Pero un correcto análisis no puede olvidar que las muertes debidas a la represión se sitúan en un contexto bélico y que, incluso si les sumamos las ocasionadas como consecuencia de las operaciones militares, no son las únicas con trascendencia en el terreno demográfico pues el aumento de la mortalidad (por diversas causas) va acompañado de la disminución de la natalidad.

En efecto, en tiempo de guerra se muere más pero también hay menos nacimientos. Por otra parte, la sobremortalidad no afecta exclusivamente a quienes mueren habitualmente (en aquel momento ancianos y niños) sino a hombres jóvenes, no tanto a gente inactiva e infecunda cuanto a aquellos que se encuentran en edad óptima para el trabajo y la paternidad. Además, la guerra separa a los cónyuges, retrasa los matrimonios y hace abandonar sus tareas habituales a la población activa, situaciones que suelen prolongarse en la posguerra, especialmente para los derrotados. Por último -y esta enumeración no es exhaustiva- los avatares del frente originan unos desplazamientos de población cuya expresión máxima es el exilio definitivo.

Sin embargo, un sector de la historiografía que se caracteriza por su animadversión hacia los vencedores, se ha centrado exclusivamente en la violencia desencadenada en las retaguardias y en la posguerra insistiendo en que hay que reducir de manera muy notable las las víctimas atribuidas al terror en zona republicana mientras que multiplican exponencialmente las causadas por sus oponentes, al tiempo que no otorgan valor a las cifras que se deducen a partir de las estadísticas oficiales.

Nombres de falangistas asesinados entre 1933 y 1935: antes del comienzo de la Guerra Civil
El necesario final de un largo debate historiográfico
En varias ocasiones hemos calificado de "falso" el debate acerca de las víctimas de la Guerra Civil en el estado actual de la investigación. Y no porque no puedan existir discrepancias en torno a la mayor o menor exactitud de cada uno de los conceptos en que se descompone la cifra global o, sobre todo, acerca de las raíces históricas y manifestaciones de la violencia en cada una de las retaguardias o en la posguerra. Lo que cuestionamos, ante todo, es que el baile de cifras del que hemos dado apenas una impresión en el anterior apartado, y que no es sino la consecuencia de la carencia de rigor en el manejo de los datos por la izquierda historiográfica, podría llevar a la impresión equivocada de que todavía hoy no disponemos de una valoración fiable acerca de las pérdidas de población directa o indirectamente relacionadas con el conflicto que dividió a España en la década de los años treinta y cuarenta del pasado siglo.

Nada más lejos de la realidad. Si hoy podemos afirmar que estamos muy cerca de conocer los valores reales del total de víctimas causados por la represión, no se debe a otra cosa que a un largo proceso en el que la historia ha desplazado a las afirmaciones exageradas e interesadas de la propaganda y en el que los trabajos sucesivos han permitido llegar al actual estado de la cuestión. Las referencias básicas son una temprana investigación acerca de las repercusiones demográficas de la Guerra Civil del doctor Villar Salinas [1] y la obra del general Salas Larrazábal [2], el primero en abordar la mortalidad de la Guerra Civil con una base estadística sólida y en conseguir lo que se había propuesto: rescatar el tema de un terreno beligerante y devolverlo al campo de la investigación histórica. A pesar de sus limitaciones hay que hablar de un antes y un después del libro de Salas. Así, J. Díez Nicolás, basándose en las tasas de mortalidad de las defunciones inscritas, estimaba que entre 1936-1941 habían muerto violentamente unos 300.000 varones, cifra muy similar a la obtenida por Salas Larrazábal y a la que se deduce de las oficiales por causa de muerte [3].

En la valoración de estas cifras (en las que se incluye tanto a los caídos en acción de guerra como a los que fueron objetos de represalias en ambas retaguardias y en la inmediata posguerra), compartimos la opinión que las considera esencialmente correctas aunque no por ello dispensadas de análisis y de precisión pues, tanto las cifras utilizadas como las hipótesis acerca de los que hubieran sido valores normales (y que son las que permiten hacer cálculos de sobremortalidad), encierran necesariamente márgenes de error. Una oscilación, incluso de varios miles, no tiene mayor relevancia en una proyección demográfica sobre una población de veinte millones de personas aunque, naturalmente, una sola muerte violenta tenga un gran impacto desde el punto de vista humano. No olvidemos, además, que -calculando la natalidad que se hubiera producido de continuar la tendencia de 1926-1935 y deduciéndola de la natalidad real del período 1936-1945- pueden estimarse los “no-nacidos” en torno a los 550.000 [4]. Hay una coincidencia general en que a este capítulo se debe la mayor pérdida de población achacable a la Guerra:
«El demosistema español resultó más afectado por la reducción de los nacimientos que por el aumento de las defunciones. Los instrumentos básicos del análisis demográfico, las curvas de movimiento natural (natalidad, mortalidad, crecimiento natural) y las pirámides de edades detectan con mucha más claridad las anomalías relacionadas con lo primero (desnatalidad) que con lo segundo (sobremortalidad)» [5].
Únicamente la elaboración de un muestro suficientemente representativo de estudios de ámbito regional o provincial podría acabar de decidir esta cuestión. Lamentablemente en la mayoría de los publicados hasta ahora se observa cómo el prejuicio que acabamos de describir condiciona de tal manera el empleo de las fuentes que, o bien se basan en estimaciones, misteriosos informes y las exageraciones de la opinión pública, o cuando se presentan relaciones nominales elaboradas a partir del Registro Civil se atribuyen a la represión causada por los sublevados numerosas víctimas que en realidad se deben a acción de guerra o se trata de caídos del bando nacional por lo que los balances finales de cifras no pueden aceptarse. Basta referirnos en esta línea a los trabajos elaborados por autores como Francisco Moreno, Julián Casanova y Francisco Espinosa para Córdoba, Aragón y Badajoz, respectivamente [6].

Los ejemplos que citamos a continuación ―y otros que pudieran aducirse― son lo suficientemente significativos como para demostrar que estamos ante una manipulación consciente y, por tanto, para cuestionar recuentos globales basados en dichas cifras. Por el contrario, cuando estas investigaciones se han hecho con rigor se define una tendencia a confirmar las cifras de los registros oficiales: Miguel Ors (Alicante), Rafael Quirosa (Almería), Vicente Gabarda (región valenciana) y Juan Antonio Ramos Hitos (Málaga) y José María Solé y Juan Villarroya (Cataluña), entre otros [7].

Cementerio martirial de Paracuellos del Jarama (Madrid)
Los estudios regionales y la distorsión de los datos
En el caso de Aragon, ya Carlos Engel llamaba la atención acerca del sistema empleado en el estudio promocionado por Julián Casanova para atribuir a la represión nacional víctimas debidas a otras causas:
«El sistema de Solé Sabaté y Joan Villarroya fue, y es, profusamente imitado, pero mientras algunos autores lo hicieron con éxito, en algunos casos, como en el estudio de la represión en Aragón “El pasado oculto”, de varios autores, se han llegado a contabilizar como fusilados por los nacionales los defensores de Codo y de Belchite, los heridos en acción de guerra y los muertos ¡por septicemia!» [8].
Llevando a cabo una exploración más detenida de las relaciones nominales que aparecen al final de la obra citada hemos podido comprobar cómo entre las que se presentan como víctimas de la represión nacional en la provincia de Teruel hay 65 que, con toda seguridad, perdieron la vida como consecuencia de la represión republicana o de operaciones militares y otras 105 presentan serias dudas. Esto supone reducir una relación nominal de 1030 a 860, porcentaje muy significativo (16,5%) si se tiene en cuenta que se trata de una segunda edición revisada. En el caso de Zaragoza capital, podemos comprobar lo que ocurre si aplicamos el mismo criterio a las muertes que se atribuyen al mes de julio; son un total de 113, de ellas no aparecen identificadas nominalmente 35, por lo que cabe pensar en la existencia de una contabilidad duplicada y 12 son en realidad nacionales fusilados o caídos en acción de guerra. En los meses siguientes se repiten casos semejantes y lo más curioso son 19 vecinos del Barrio de Santa Isabel que aparecen al mismo tiempo en esta presunta lista de represaliados por los nacionales y en una relación de Caídos de la provincia de Zaragoza entregado por la delegación provincial de Falange Española Tradicionalista a la Causa General [9]. Si a todo ello añadimos los republicanos que pueden aparecer en estas listas y que en realidad no fueron fusilados sino muertos en acción de guerra y que resultan difíciles de identificar a partir de otras fuentes, cabe poner un serio interrogante sobre las cifras atribuidas a la represión nacional en Aragón por el equipo dirigido por Casanova.

Para Andalucía y Extremadura, Francisco Moreno Gómez y Francisco Espinosa Maestre, no son más escrupulosos a la hora de incrementar sus balances numéricos. El primero de ellos suele basarse en cálculos, misteriosos informes, o en las exageraciones de lo que él llama la “opinión pública” para atribuir más de nueve mil muertos a la represión nacional en la provincia de Córdoba [10] mientras que Espinosa mezcla las continuas invectivas y juicios peyorativos hacia cualquiera que no comparte sus radicales puntos de vista con unas listas en las que (como hemos demostrado cumplidamente en otro lugar [11]) se mezclan con las verdaderamente causadas por la represión nacional muertos con anterioridad a la fecha en que se ocuparon las poblaciones, víctimas izquierdistas como las producidas en Azuaga y Monesterio durante los enfrentamientos sostenidos el 19 de julio entre los revolucionarios y fuerzas de orden público, bajas de bombardeos y explosiones, asesinados por los frentepopulistas, miembros del Ejército nacional muertos en acción de guerra, nombres repetidos con ligeras variantes y, por último, en localidades donde hubo combates de relieve, las muertes correspondientes al día de lucha se incluyen en su totalidad como si fueran a causa de la represión; esto nos llevaría al absurdo de tener que admitir que no fue inscrita ninguna baja ocasionada en acción de guerra... Basta citar el caso de Juan Blanco Platón, una de las víctimas de la represión que añade Espinosa Maestre para incrementar las cifras de la capital [12] aunque un Edicto del Juez de Instrucción de Badajoz permite comprobar que falleció «a consecuencia de las lesiones que se originó al caerse de un carro» y por eso se cita a sus más próximos familiares «al objeto de prestar declaración y ofrecerles el procedimiento de dicha causa». El hecho de que el carro de Juan Blanco colisionara con un camión del Ejército no es suficiente -a mi juicio- para considerarle una víctima de la represión franquista [13].

En la estela marcada por Espinosa, las instituciones públicas y privadas que promueven la llamada recuperación de la memoria histórica (entre ellas la Universidad, las Diputaciones de Badajoz y Cáceres y la propia Junta de Extremadura) hicieron públicos en diciembre de 2008 unos listados en los que se presentaba como víctimas de la represión franquista, entre otros muchos que no lo fueron, a un sacerdote fusilado por los milicianos en Badajoz, a una mujer asesinada por unos bandoleros en Monterrubio de la Serena, a un combatiente voluntario en las banderas de Falange o al citado Juan Blanco Platón.

Javier Rodrigo ha tratado de sustentar tesis muy similares a las que venimos exponiendo sobre afirmaciones de este género:
«Cuando señalaba que «la represión republicana causó menos víctimas en números absolutos pero la cifra fue, proporcionalmente, mayor que la de la represión nacional [sic]». Martín Rubio defiende esa idea señalando que paulatinamente los territorios republicanos fueron menores con las conquistas territoriales franquistas, lo que incrementaría el porcentaje de víctimas en relación con la población total. Pero no tiene en cuenta que la gran mayoría de las muertes ocurrieron en los primeros meses de conflicto, antes de las grandes conquistas territoriales. Otro argumento, por otra parte, que descalifica sus conclusiones radica en que mientras da por buenas las cifras aportadas por las investigaciones regionales (como en los casos de Huesca o Teruel), a la hora de contrastar las cifras de muertos con los totales de población utiliza las del Instituto Nacional de Estadística aportadas por Salas Larrazábal, lo que evidentemente reduce los índices de incidencia de la represión, al ser estas considerablemente menores»  [14].
Apenas vamos a perder tiempo en demostrar la afirmación que hicimos en 1997 y que Rodrigo transcribe porque basta con ver un mapa con la división de las dos zonas en los primeros momentos de la guerra para constatar que hubo una buena serie de provincias que no llegaron a ser ocupadas por los revolucionarios en 1936, que su dominio sobre otras fue transitorio y parcial geográficamente y que, por tanto, un importante porcentaje de la población española no pudo ser objeto de las prácticas violentas que los frentepopulistas habían declarado con toda franqueza que iban a aplicar sobre los disidentes como habían ensayado de manera anticipada y frustrada en la Revolución de octubre de 1934. Como, por otro lado, las victorias del llamado Ejército Popular fueron escasas, en pocos lugares pudieron ser aplicados los criterios de depuración y terror de que dicho ejército dio cumplida cuenta en las pocas ocasiones que pudo hacerlo.
mapa inicio guerra civil
Ya en un libro editado con anterioridad, Rodrigo explicita la argumentación que se esconde detrás de esta presunta objeción [15] por eso nos vamos a detener en las cifras que aduce para sostener su tesis. Esto me parece importante, sobre todo, porque me reprocha —creo que de manera injustificada— haber dado crédito excesivo a las cifras aportadas por las investigaciones regionales, citando el caso de Teruel, del que diremos algo más adelante. Estas son algunas de sus referencias numéricas
«Sobre la falsedad de la violencia sublevada como reacción a la revolucionaria cabe citar casos como los de Guipúzcoa, una provincia donde la violencia antes de la ocupación militar en septiembre de 1936 había acabado con la vida de 343 personas, y que fue después «liberada» a sangre y fuego y «purgada» por la notable presencia política del nacionalismo católico. Hasta 6.000 personas, entre ellos casi 200 sacerdotes, cayeron bajo las balas ocupantes. Y asimismo, cabe citar el caso de Huelva, donde la hidra de la revolución acabó con 145 personas y la supuesta violencia reactiva se llevó por delante a 5.455 en toda la provincia. O el de Cáceres, una provincia donde las cifras son de 130 muertos a manos revolucionarias y 1.680 a manos contrarrevolucionarias» [16].
Argumentaciones semejantes se hacen a partir de datos atribuidos a otras provincias pero basta lo dicho para comprobar la endeble base en que apoya Rodrigo sus elucubraciones. Ignoro dónde fundamenta las cifras que da para Guipúzcoa pero, desde luego superan de manera injustificada a las propuestas por el nada sospechoso Pedro Barruso, quien estima en torno a 500 las ejecuciones para la guerra y posguerra en dicha provincia [17]. Delirante la cifra de 200 sacerdotes que se atribuyen a las balas ocupantes cuando fueron 14 los ejecutados por sentencias de tribunales militares con posterioridad a la toma de Guipúzcoa y más de 60 los que cayeron en la zona de las provincias vascas controlada por el Frente Popular y los nacionalistas.Las cifras de Huelva proceden de Espinosa, alguien cuyos métodos ya hemos apuntado, y la comparación entre las cifras de Cáceres roza el humor negro: únicamente un municipio de esta provincia (Alía) permaneció en zona frentepopulista desde el verano de 1936 al de 1938 y apenas unas decenas de pueblos del extremo oriental fueron ocupados transitoriamente en los primeros momentos por columnas revolucionarias por lo que cualquier comparación entre las cifras de ambas represiones carece de sentido.
En el caso de Aragón, basta lo que ya hemos puntualizado más arriba no sin precisar que para Rodrigo fueron exactamente 1.005 los arrojados a los pozos de Caudé, en las inmediaciones de la capital turolense, cifra equivalente a los documentados por el equipo de Casanova para el total de la provincia. Su fuente nos dispensa de cualquier comentario: «cifra hoy conocida debido a que un pastor de la zona contaba los tiros de gracia que se disparaban contra los asesinados» [18].
Otros autores recurren a atribuir a represalias “franquistas” las muertes que se produjeron en circunstancias relacionadas con el enfrentamiento militar. Con ello consiguen no solo inflar los datos sino provocar reacciones viscerales. Uno de los ejemplos de esa manera de proceder lo encontramos en un cuadernillo del que es autor Damián Alberto González Madrid [19], quien reiteraba argumentos semejantes en una obra coordinada por Francisco Alía Miranda (La guerra civil en Castilla – La Mancha, setenta años después; UCLM, 2007) con el título Violencia republicana y violencia franquista en La Mancha de Ciudad Real. Primeros papeles sobre los casos de Alcázar de San Juan y Campo de Criptana (1936-1943). Trabajo, este último, que estaba disponible en julio de 2011 desde la web de Izquierda Unida en Alcázar de San Juan.

En el caso del artículo que estamos comentando, lo que aparentemente sería un recuento de las víctimas causadas por ambos bandos, tarea laboriosa pero posible de llevar a cabo gracias a las inscripciones que se hicieron en el Registro Civil, se convierte en una arbitraria atribución de responsabilidades al bando vencedor. Nada falta en la escenografía diseñada por Damián Alberto González Madrid: represalias, crueldad, ahorcamientos… ¡hasta una “víctima del franquismo” de diez años!
«Los 27 asesinados en Alcázar se concentran mayoritariamente entre marzo y abril de 1939, aunque he podido documentar hasta 7 casos más entre 1941 y 1943. Respecto a los 20 asesinados poco antes o poco después del primero de abril de 1939, 16 fueron asesinados el 27 de marzo de 1939, la mayoría, doce, muy posiblemente ahorcados en la estación de ferrocarril. Entre ellos había tres mujeres, una niña de 10 años y otro de unos 15. De algunos conocemos su procedencia y todo indica que no eran vecinos de Alcázar, había dos de Andújar, dos de Linares, uno de Cañete de las Torres (Córdoba), otro de Antas (Almería), uno de Albendea (Cuenca) y otro de Cuenca. ¿Quién los mató? ¿Por qué los mataron? Todavía ando buscando quien recuerde algo, pero no cabe duda que se trató del primer acto de represalia franquista protagonizado bien por una vanguardia militar, bien por vecinos ansiosos de venganza».
El problema es que, pasiones ideológicas al margen, falla lo más importante: la realidad. González Madrid reconoce que no ha podido encontrar ningún documento ni testimonio que le permita identificar a las víctimas del 27 de marzo de 1939 con la causa de muerte que él les atribuye pero ello no le impide endosárselas a la “represión franquista”. Para eso “no cabe duda” [20].

Aparenta ignorar González Madrid dos cosas. Que el 27 de marzo, Alcázar de San Juan todavía no había sido ocupado por las tropas nacionales, por lo que mal se les pueden atribuir estas bajas y, sobre todo, que existe un documento en el que se alude a estas muertes que fueron causadas en circunstancias muy diversas a las que su fantasía le permite aventurar. Nos referimos a un informe, fechado en Alcázar de San Juan en 1943, redactado por alguien que debió conocer bien los sucesos y conservado en el Archivo Histórico Nacional y en el que se puede corroborar que los presuntos “ahorcados” no son sino algunas víctimas por asfixia debido a la aglomeración que se produjo en algunos refugios antiaéreos. Menos asumibles aún resultan las conclusiones que el autor establece a la hora de interpretar la violencia desencadenada por ambos bandos en las poblaciones objeto de estudio.

Denunciado el fraude en un artículo publicado por el Foro Historia en Libertad, Damián Alberto González Madrid publicó una versión rectificada de su trabajo, gesto que le honra aunque hubiera sido de agradecer una cita expresa de las "nuevas informaciones" a las que el autor reconoce haber "tenido acceso".

  
La necesidad de un genocidio
El recurso a casos que provocan fácilmente el rechazo —como sería el de una niña de diez años ahorcada por los vencedores— demuestra la necesidad que tiene la izquierda de situar la violencia desencadenada en la Guerra Civil en el terreno de un genocidio, concepto meta-histórico, de carácter moralizante que hace innecesario pasar a otro debate. Un presunto holocausto, un genocidio provocado por los vencedores de la Guerra Civil serviría para descalificarlos sin paliativos, mecanismo paralelo al que pretende conectar a la España actual con la auto-proclamada legitimidad republicana.

El camino para alcanzar este objetivo pasa por reavivar artificialmente la polémica sobre el número de víctimas pretendiendo demostrar mediante la abultada disparidad de las cifras debidas a la represión en los dos bandos que el Gobierno republicano se habría visto desbordado por la actividad de grupos incontrolados mientras que en zona nacional eran las propias autoridades quienes dirigían una acción represiva que adquirió caracteres de exterminio. La conclusión, expresada por Reig Tapia para el caso de Badajoz, se impondría por sí misma: «sangre inocente, ríos de sangre ―en el sentido literal de la expresión― absurdos e inútiles, que empañan todo pretendido idealismo, que enlodan la más sagrada de las causas» [21].

Naturalmente, nunca se concreta el caudal de sangre que necesitan estos autores para sacar semejante conclusión de la derramada por el Frente Popular entre sus adversarios. Como señalaba García Escudero:
«Que yo sepa, ni uno solo de los partidarios de la causa republicana que deploraron sus excesos, por muy sinceramente que lo hicieran (y no lo pongo en duda ni por un momento), no la negaron por eso justificación. Ni se les pasó por la cabeza hacerlo ¿Es mucho pedir que sean consecuentes consigo mismos cuando consideran la posición del bando contrario?» [22].
Ahora bien, la importancia del debate acerca de las cifras de la represión es muy relativa. En primer lugar porque inflar unas listas con algunos centenares de víctimas puede demostrar la mayor o menor profesionalidad de quien lo hace, según se trate de una voluntad deliberada de manipulación o de una falta de pericia en el manejo de las fuentes pero, sobre todo, porque la cuestión cuantitativa tiene una importancia relativa y deja intacta la necesidad de llegar a una explicación de aquella tragedia. Nadie puede minimizar lo que supuso la violencia desencadenada con ocasión de la Guerra Civil española. En la zona sublevada y en la controlada por el Frente Popular, varios miles de personas fusiladas como consecuencia de la aplicación de los bandos de guerra y de los procesos judiciales que se iniciaron desde fechas muy tempranas, así como manifestaciones de una represión irregular que se mantuvo hasta fechas muy avanzadas son datos suficientemente expresivos como para plantear con toda seriedad la cuestión.

Menos lícito aún resulta minimizar lo ocurrido en la retaguardia roja porque como afirma alguien «la izquierda carecía de proyecto represivo» [23]. Esto es silenciar los elementos más básicos de las ideologías marxista y anarquista cuya teoría y práctica histórica han ido acompañadas de la eliminación de los discrepantes, aunque fueran los propios anarquistas o comunistas reacios a aceptar el predominio soviético. Con toda claridad había advertido de estos propósitos el diputado comunista Antonio Mije en un mitin que tuvo lugar en Badajoz en mayo de 1936:
«Yo supongo que el corazón de la burguesía de Badajoz no palpitará normalmente desde esta mañana al ver cómo desfilan por las calles con el puño en alto las milicias uniformadas; al ver cómo desfilaban esta mañana millares y millares de jóvenes obreros y campesinos, que son los hombres del futuro Ejército Rojo [...]. Este acto es una demostración de fuerza, es una demostración de energía, es una demostración de disciplina de las masas obreras y campesinas encuadradas en los partidos marxistas, que se preparan para muy pronto terminar con esa gente que todavía sigue en España dominando de forma cruel y explotadora»[24].
Para no tener proyecto represivo las anteriores palabras recogidas en la prensa socialista parecen bastante explícitas y adquieren un sentido trágico a la luz de lo que venía ocurriendo en España desde 1931. Naturalmente que los burgueses de Badajoz, y de tantos otros lugares, podían haberse cruzado de brazos para dejar a los encuadrados en los partidos y sindicatos de izquierda que terminaran con ellos pero, afortunadamente, no lo hicieron así. Esto es lo que tiene que explicar un historiador: que fueron las izquierdas quienes destruyeron la legalidad republicana, propiciando con ello el terror que se habría de desencadenar a partir de 1936. Proceso que trabajos como los de Pío Moa y Stanley G. Payne [25] han documentado con toda claridad.

Memoria histórica y segunda transición
Entendemos por memoria histórica una ideología que, aplicada al conocimiento del pasado, promueve su utilización al servicio de un proyecto presente de “ingeniería social”, de revolución de las mentalidades y la ética social para conseguir lo que Gramsci llamó "hegemonía cultural" [26].
Se suele decir que la imposición de la Memoria Histórica, significa la ruptura del consenso que se produjo en los años de la Transición y, en última instancia, representa una puesta en cuestión de la propia legitimidad de dicho proceso. Pero no es menos cierto que esta tendencia se inició a finales de los setenta y comienzo de los ochenta por lo que no puede hablarse de un cambio sino de la natural aceleración de un proceso degenerativo.

El paso del Estado de las Leyes Fundamentales al de la Constitución de 1978 se hizo mediante el pacto y la negociación entre los elementos procedentes del Régimen saliente y la oposición rupturista, pero —a pesar de la absoluta incapacidad de estos últimos para imponer sus planteamientos— dicho acuerdo consistió en una cesión práctica por parte de los primeros en todos aquellos terrenos que habían sido materia de conflicto en los años anteriores a cambio de la conservación de algún residuo institucional. Buena prueba de ello fue la renuncia a la confesionalidad católica, a la estructura unitaria del Estado y a las formas alternativas de representación política y sindical que se habían ensayado con anterioridad [27]. Dicho de otra manera, el consenso constitucional consistió en ceder a muchas de las pretensiones de la izquierda y del regionalismo político gravando a la naciente situación con una hipoteca cuyas últimas consecuencias estamos pagando hoy a un precio muy alto.

La “primera transición” desembocó en la restauración de las formas políticas liberales en paralelo a un proceso de desmembración de la unidad de España y de imposición de una cultura dominante de naturaleza esencialmente anticristiana. Desde 2004, cuando el terrorismo logró invertir la política interna y externa de España, se inició una “segunda transición” que tiene como objetivo consumar la ruptura que no fue posible en 1976 convirtiendo al sistema parlamentario en fase temporal hacia una nueva sociedad fácilmente reconocible en aquellos lugares donde ya se han aplicado las consignas del neo-socialismo de inspiración gramsciana.

Al servicio de este proyecto, la versión hoy dominante acerca de la España contemporánea es una auténtica falsificación historiográfica sostenida con millones de euros que sostienen a toda una casta de verdaderos “lisenkos” y respaldada por el aparato pseudo-jurídico de la llamada Ley de Memoria Histórica. Porque la historia se puede concebir como ciencia al servicio de la paz, la concordia y el diálogo o utilizarla al servicio de sus intereses, como viene haciendo en España la oligarquía política.
Quienes actúan así saben que no hay libertad posible cuando el pasado se pone bajo la tutela y la férula de jueces y legisladores que escenifican un fantasmal proceso a los protagonistas del pasado, un juicio sin defensores ni atenuantes, un juicio en el que solo habría acusadores movidos por sus propios rencores, complejos e intereses.

Conocer para explicar y explicar para comprender es la única actitud legítima frente a los hechos históricos en una sociedad madura. Porque no tenemos acceso al pasado con el ejercicio siempre subjetivo y parcial de la memoria sino por obra de la inteligencia. En cuanto disciplina con un peculiar estatuto científico, la Historia no es un simple recuerdo del pasado, es una interpretación o reconstrucción de las huellas que permanecen en el presente.

Por eso, dar respuesta a la memoria histórica se convierte en un alto deber moral porque solo cuando España logre volver a ser dueña de su presente habrá vencido también a los secuestradores de su historia y de su pasado.
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[1] Jesús VILLAR SALINAS, Repercusiones demográficas de la última guerra civil española. Problemas que plantean y soluciones posibles, Madrid: Sobrinos de la Suc.de M.Minuesa de los Ríos, 1942.
[2] Ramón SALAS LARRAZÁBAL, Pérdidas de la guerra, Barcelona: Planeta, 1977.
[3] Cfr. Juan DIEZ NICOLÁS, “La mortalidad en la guerra civil española”, Boletín de la Asociación de Demografía Histórica 1 (1985) 41-55.
[4] Recordemos las cifras propuestas por Villar Salinas (516.602) el Instituto Nacional de Estadística en el Anuario de 1943 (436.328) y Salas Larrazábal (557.182).
[5] Tomás VIDAL BENDITO - Joaquín RECAÑO, “Demografía y guerra civil”, en La Guerra Civil. 14. Sociedad y guerra, Historia 16, Madrid, s.a., 68. Sobre el reparto de las diversas causas de muertes relacionadas con el período de la Segunda República, la Guerra Civil y la posguerra cfr. Ángel David MARTÍN RUBIO, “Las pérdidas humanas en la Guerra Civil: el necesario final de un largo debate historiográfico” en Alfonso BULLÓN DE MENDOZA - Luis Eugenio TOGORES (Coords.), La República y la Guerra Civil. Setenta años después, Madrid: Actas Editorial, 2008, 133-169.
[6] Francisco MORENO GÓMEZ, La guerra civil en Córdoba, Madrid: Alpuerto, S.A., 1985; Julián CASANOVA (et all.), El pasado oculto. Fascismo y violencia en Aragón, Madrid: Siglo XXI, 1992 y Francisco ESPINOSA MAESTRE, La columna de la muerte (El avance del ejército franquista de Sevilla a Badajoz), Barcelona: Crítica, 2003. Una síntesis de estos planteamientos en: Santos JULIÁ (coord.), Víctimas de la guerra civil, Madrid: Temas de Hoy, 1999. Hay ediciones posteriores, la última: Temas de Hoy, Madrid, 2006. Además del coordinador colaboraron en esta obra Julián Casanova, José María Solé y Sabaté, Juan Villarroya y Francisco Moreno.
[7] Josep M. SOLÉ I SABATÉ, La repressió franquista a Catalunya (1938-53), Barcelona: Edicions 62, S.A., 1985; Josep M. SOLE I SABATE - Joan VILLARROYA I FONT, La repressió a la retaguarda de Catalunya 1936-1939 (2 vols.), Barcelona: Publicacions de l'Abadia de Montserrat, 1989-1990; Vicente GABARDA CEBELLÁN, Els afusellaments al País Valenciá (1938-1956), Valencia: Edicions Alfons el Magnànim, 1993; Miguel ORS MONTENEGRO, La represión de guerra y posguerra en Alicante (1936-1945), Alicante: Instituto de Cultura Juan Gil Albert, 1995; Rafael QUIROSA-CHEYROUZE, Represión en la retaguardia republicana. Almería, 1936-1939, Almería: Librería Universitaria, 1997; Vicente GABARDA CEBELLÁN, La represión en la retaguardia republicana. País Valenciano, 1936-1939, Valencia: Edicions Alfons el Magnànim, 1996; Juan A. RAMOS HITOS, Guerra civil en Málaga. 1936-1937. Revisión histórica, Editorial Algazara: Málaga, 2003.
[8] Carlos ENGEL, “Sesenta años, ríos de tinta”, Historia y Vida 373 (1999) 49.
[9] Archivo Histórico Nacional, Causa General, Leg.1023(1).
[10] Sin pretender por ello restar dramatismo a lo ocurrido en Córdoba, el investigador Patricio Hidalgo Luque ha comprobado que se encuentran en el libro de Moreno Gómez fusilados que no son tales sino víctimas de bombardeos, heridos por los frentepopulistas en los pueblos de la provincia y muertos en los hospitales de la capital y otra serie de personas, en fin, muertas por diversas causas y que figuran en los libros de registro como “judiciales”. Por otra parte, las duplicidades en las inscripciones de las víctimas dificultan el cómputo de éstas cuando se quiere hacer a un nivel superior al meramente local. Cfr. Patricio HIDALGO LUQUE, “Los bombardeos aéreos republicanos sobre la retaguardia nacional durante la Guerra Civil española: aproximación al caso de Córdoba” en Alfonso BULLÓN DE MENDOZA - Luis Eugenio TOGORES (Coords.), La República y la Guerra Civil. Setenta años después (Comunicaciones), Madrid: Actas Editorial, 2008, 1163-1179.
[11] Cfr. Ángel David MARTÍN RUBIO, “Los enredos de la memoria histórica”, Razón Española 138 (2006) 101-113.
[12] Cfr. Francisco ESPINOSA MAESTRE, La columna, ob.cit., 347.
[13] Cfr. Boletín Oficial de la Provincia de Badajoz, 3-noviembre-1936.
[14] Javier RODRIGO, "España era una Patria enferma. La violencia de la Guerra Civil y su legitimación en la extrema derecha española: entre historia, representación y revisionismo", Jerónimo Zurita 84 (2009) 210-211. Para la cita de mi afirmación cfr. Ángel David MARTÍN RUBIO, Paz, piedad, perdón... y verdad, Madridejos: Fénix, 1997, 374-377.
[15] Cfr. Javier RODRIGO, Hasta la raíz. Violencia durante la guerra civil y la dictadura franquista, Madrid: Alianza Editorial, 2008. 42-49)
[16] Javier RODRIGO, Hasta la raíz, ob. cit., 44. El dato de Cáceres y Huelva se repite en la página 71.
[17] Pedro BARRUSO, Violencia política y represión en Guipúzcoa durante la Guerra Civil y el primer franquismo (1936-1945), San Sebastian: Hiria, 2005.
[18] RODRIGO, Javier, Hasta la raíz, ob. cit., 73.
[19]  GONZÁLEZ MADRID, Damián Alberto, Violencia y Guerra Civil en la comarca de Alcázar de San Juan (1936-1943), Patronato Municipal de Cultura, Alcázar de San Juan, 2007.
[20] En las provincias de Badajoz y Cáceres hemos documentado niños y niñas asesinados por frentepopulistas en localidades como Siruela, Granja de Torrehermosa y Carrascalejo de la Jara. No conocemos ningún caso equiparable en la retaguardia nacional ni en la posguerra.
[21] Alberto REIG TAPIA, Memoria de la Guerra Civil. Los mitos de la tribu, Madrid: Alianza Editorial, 1999. 110.
[22] José María GARCÍA ESCUDERO, Historia política de las dos Españas, Madrid: Editora Nacional, 1976, 1470.
[23] Francisco ESPINOSA MAESTRE, La columna de la muerte, ob.cit., 253. Increíble afirmación que deduce de las cifras obtenidas a partir de una selección de pueblos de la provincia de Badajoz en la que se ha eliminado aquellos en los que las matanzas de los revolucionarios provocaron un número más elevado de víctimas.
[24] Claridad, Madrid, 19-mayo-1936.
[25] Pío MOA, El derrumbe de la segunda república y la guerra civil, Madrid: Ediciones Encuentro, 2001 y Los mitos de la guerra civil, Madrid: La Esfera de los libros, 2014 (última edición actualizada); Stanley G. PAYNE, El colapso de la República (Los orígenes de la guerra civil 1933-1936), Madrid: La Esfera de los libros, 2005.
[26] Cfr. Víctor Miguel PÉREZ VELASCO, Pastoreando conciencias. El adoctrinamiento político en la Transición, Málaga: Editorial Sepha, 2013. A través de sus páginas pueden comprenderse los efectos de agresividad, exclusión y confrontación con los que la izquierda, hegemónica culturalmente hoy en España, impone las consecuencias de su adoctrinamiento ideológico e ingeniería social. Entre las técnicas usadas se cita la "reconstrucción" del pasado.
[27] Dichas fórmulas habían pretendido la superación teórico-práctica del socialismo y de la democracia liberal que ahora regresaban triunfantes. Esta concepción del régimen convivió con otra que lo entendía como un expediente transitorio, nacido de unas circunstancias excepcionales (cfr. Pío MOA, Franco (Un balance histórico), Barcelona: Planeta, 2005, 90 y 169-170). Coincido en que Franco sostenía la primera mientras que la segunda no explica la trayectoria del Nuevo Estado ni su continuidad institucional a la muerte del Caudillo. En el abandono de la primera posición en beneficio de la segunda me parece decisiva la evolución de los representantes oficiales de la Iglesia que tiene su expresión en los textos del Concilio Vaticano II y en la política eclesiástica que promovió su aplicación.

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martes, 3 de junio de 2014

Cuando el barco se hunde...

Por la deslealtad que representa, una vez más, ante el legado histórico asumido en 1969 ante las Cortes  españolas y ante el Generalísimo Franco, de quien dijo recibir la legitimidad política nacida del 18 de julio.

Por la inoportunidad de tomar esta decisión en un momento de crisis institucional, moral y económica; cuando los escándalos salpican a toda la casta política, empezando por la familia del propio dimisionario.

Por éstas y otras razones que podrían aducirse, desde Tradición Digital expresamos nuestra más sincera repulsa ante la decisión de D.Juan Carlos de Borbón de abandonar la jefatura del Estado.

Desde noviembre de 1975 hemos venido asistiendo al sistemático vaciado de contenido de la institución monárquica que dejó de ser tradicional, católica, social y representativa para reconvertirse en constitucional y parlamentaria, ajena a cualquier legitimidad, sometida -como acabamos de ver- a los vaivenes de la opinión pública. La obra del ahora renunciante ha convertido a la Corona en un mero apéndice de la clase dirigente, a la que ha respaldado en todos sus desafueros contra la dignidad humana, el derecho a la vida, la unidad de España, la defensa de nuestra identidad nacional y la conservación de nuestro patrimonio económico.

Somos conscientes de la necesidad de que D.Juan Carlos de Borbón y quienes se identifican con su obra y su persona abandonen cualquier puesto de responsabilidad pero no estamos dispuestos a que eso se haga, como ya hicieron sus nefastos antepasados, a costa de la dignidad y de la identidad de nuestra Patria, y menos aún, a que los grupúsculos de ultraizquierda aprovechen para sembrar su agitación republicana frentepopulista al amparo de la impunidad que les permiten los ocupantes del Gobierno.

Aunque tenemos pocas esperanzas en la capacidad de reacción de nuestros compatriotas, en esta triste hora, elevamos nuestras oraciones para que Dios no le demande a España la obra de D.Juan Carlos de Borbón y para que éste se re-encuentre, en el silencio de su retiro, con la verdad de los valores que un día juró defender.

Y hacemos nuestra la esperanza de que el reinado de "Felipe VI" sea un breve paréntesis que deje paso al período de regeneración y restauración nacional que España necesita.

Editorial publicado en Tradición Digital

Ascensión del Señor

1. El hecho.
La vida de Jesús en la tierra no concluye con su muerte en la Cruz, sino con la Ascensión a los Cielos. Es el último misterio de la vida del Señor aquí en la tierra. La Iglesia católica confiesa como dogma de fe que Jesucristo subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre.

Cristo resucitado tiene un cuerpo real, ciertamente glorificado y transformado por el Espíritu, pero verdadero y en su sustancia última el mismo que nació de la Virgen María, fue clavado en la Cruz y depositado en el sepulcro. Y es ese cuerpo, con la señal de su Sacrificio redentor (Cfr. Ap 5, 6), el que, ante los ojos de los Apóstoles, se elevó hacia los cielos.

2. Dos aspectos del misterio.
En el misterio de la exaltación de Cristo podemos distinguir dos puntos de vista diferentes y complementarios.

El hecho histórico, ocurrido en el tiempo y en el espacio (la Ascensión visible a los cielos 40 días después de Pascua), es expresión de otro acontecimiento que tuvo lugar desde el momento de la Resurrección: una exaltación celeste, invisible pero real, por la que Cristo resucitado subió junto a su Padre, desde el día de la Resurrección: La Ascensión fue una manifestación visible que Él se dignó dar de tal exaltación y que acompañó a su última partida en el monte de los Olivos.

La fe católica afirma ambas realidades, que están íntimamente ligadas. Cristo quiso darnos el testimonio visible de su Ascensión, de forma que nos constara más claramente la historicidad de su Resurrección y exaltación.

3. La exaltación y glorificación de Cristo.
Los símbolos de fe al referirse al misterio de la Ascensión suelen usar la fórmula “subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre“.

Estar sentado -advierte el Catecismo romano- no significa aquí una situación o figura del cuerpo sino que expresa la posesión firme y estable de la regia y suprema potestad y gloria que (Cristo) recibió del Padre” (p. I, c. 7, n. 3). En otras palabras, con una metáfora, se indica “la incorporación definitiva de la naturaleza humana de Cristo a la gloria oculta de la vida divina” (Schmaus).

La Ascensión, en ese sentido, significa:
-         La conclusión del tiempo durante el cual Cristo se manifestaba de manera visible a sus discípulos, retirándose de nuestra vista hasta el día en que volverá con todo su poder y majestad (Parusía).
-         La plena glorificación de Cristo: “Dios le exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doble la rodilla todo cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los infiernos, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre” (Fil 2, 7-11).

La exaltación de Cristo en la Ascensión hay, pues, que verla a la luz de la unidad del misterio de la Redención. La Ascensión hace definitiva la victoria de Cristo sobre la muerte conseguida en la Resurrección, es la plenitud de la Resurrección. Pero tiene su comienzo en la misma Cruz. La glorificación de Cristo comienza con la muerte de cruz, ya que en ella, en la Cruz, se realiza el sacrificio supremo y definitivo y tiene lugar el triunfo absoluto sobre el pecado y la muerte. La Resurrección, la Ascensión y el envío del Espíritu Santo (que conmemoraremos el próximo Domingo) son fruto de la Cruz.

Digamos, finalmente, que si bien la Ascensión indica que Cristo ha retirado su presencia visible, no por ello se ha alejado de nosotros. La Humanidad de Cristo es causa ejemplar de nuestra salvación y, por tanto, la exaltación de la Humanidad de Cristo ha de reflejarse de alguna manera en la salvación de los hombres. Enseña Santo Tomás que la Ascensión es causa de nuestra salvación de dos modos.

a) Por parte nuestra, en cuanto que por la ascensión de Cristo nuestro espíritu se mueve hacia Él, pues por ella se da lugar a la fe, a la esperanza y a la caridad, y además se acrecienta con ello nuestra reverencia hacia Él, dado que lo consideramos como Dios celestial; según dice también el Apóstol: «Y aun a Cristo, si le conocimos según la carne, ahora no lo conocemos así» (2 Cor 5, 16).

b) Por parte suya, en cuanto a las cosas que Él hizo, ascendiendo para nuestra salvación:
- Nos preparó, efectivamente, el camino para subir al cielo, como Él mismo dice: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, os lo diría, porque voy a prepararos el lugar» (Jn 14, 2). Y en Miqueas se lee: «Subirá delante de ellos el que les abrirá el camino» (2, 13). Pues siendo Él nuestra cabeza, es necesario que los miembros sigan allí hacia donde fue la cabeza. Por eso se dice: «Para que donde yo estoy, estéis también vosotros» (Jn 14, 3). «Subiendo a las alturas, llevó cautiva la cautividad, repartió dones a los hombres» (Ef 4, 8); esto es, porque condujo consigo al cielo, como a lugar extraño a la naturaleza humana, a los que habían sido retenidos cautivos por el diablo, habiéndolos conquistado de la manera más gloriosa por la victoria que reportó sobre el enemigo.

- Porque así como el pontífice en el Antiguo Testamento entraba en el santuario para pedir a Dios por el pueblo, así también Cristo entró en el cielo para interceder por nosotros (Hebr 7, 25). Por lo mismo que Dios exaltó de ese modo la naturaleza humana en Cristo, también se compadece de aquéllos por los que el Hijo de Dios tomó la naturaleza humana.

- A fin de que, constituido como Dios y Señor sobre su trono celestial, derramase desde allí sobre los hombres los dones divinos, según aquello del Apóstol: «El mismo que bajó es el que subió a los cielos para llenarlo todo» (Ef 4, 10), Subió sobre todos los cielos, para llenar todas las cosas esto es, con sus dones. La pasión de Cristo es causa de nuestra ascensión al ciclo, propiamente hablando, por la remoción del pecado, que nos impide ir allí, y por modo de mérito; pero la ascensión de Cristo es directamente la causa de nuestra ascensión, Como incoada en nuestra cabeza, a la que es necesario que se unan los demás miembros.

4. Conclusión.
Jesús se va, pero se queda muy cerca de cada uno de nosotros. Los Apóstoles marcharon a Jerusalén en compañía de Santa María. Junto a Ella esperan la llegada del Espíritu Santo. Dispongámonos nosotros también en estos días a preparar la próxima fiesta de Pentecostés muy cerca de nuestra Señora.

- REVUELTA SOMALO, J., “Ascensión”, en GER, Madrid 1991
- Sto. Tomás de Aquino: Sum. Th., 3 q57 a6

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sábado, 10 de mayo de 2014

Los buenos pastores y la confusión doctrinal

 
En este domingo de Pascua, la Liturgia nos presenta la figura de Jesús Buen Pastor, viendo en esta imagen la expresión del amor universal de Cristo hacia su Iglesia.
 
El mismo Jesús presenta en el Evangelio el reino de su Iglesia como un rebaño cuyo pastor es Él mismo y sus relaciones con la Iglesia como las de un pastor con sus ovejas: los cristianos le pertenecen, los guarda celosamente y es para ellos fuente de vida y salvación. Cristo mismo se define como única Puerta de las ovejas y como Buen Pastor que da la vida por ellas y para darles Vida eterna (Forma Ordinaria: Jn 10, 1-10).
 
Subió Cristo a los cielos pero dejó otros pastores visibles que en nombre suyo apacentarán la grey de la Iglesia: el Papa, los obispos, los sacerdotes. Cada uno de ellos ha de ser pastor bueno como Jesucristo y vivir adornado de las mismas cualidades que Él nos enseña. El Evangelio de hoy nos recuerda a cada uno nuestra obligación: a los fieles la de ser dóciles y fieles a la voz del Buen Pastor y de los pastores; a los pastores la Iglesia nuestro deber de apacentar el rebaño que Dios nos ha confiado y de hacerlo como Dios quiere, siguiendo las recomendaciones de San Pedro  (“Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey”, 1Pe 5, 2-3).
 
Es interesante poner de relieve que las palabras de Jesús se pronuncian en un contexto polémico. El Evangelio continúa la polémica iniciada a raíz de la curación del ciego de nacimiento. Entonces se sirvió de la imagen de la Luz para condenar a los ciegos obstinados que son los fariseos. Ahora viene a descalificarlos como guías espirituales del pueblo mediante esta parábola en la que Él mismo se define como única Puerta de las ovejas y como Buen Pastor que da la vida por ellas y para darles Vida eterna. Esta era, además, una imagen mesiánica desde el Antiguo Testamento; el profeta Ezequiel había desautorizado a los “falsos pastores de Israel” que esquilmaban el rebaño y abandonaban a las ovejas y había anunciado en nombre de Dios la promesa de suscitar pastores según su Corazón. Por tanto, junto al modelo del Buen Pastor, Jesús advierte contra los pastores mercenarios
 
La distinción entre el buen pastor y el asalariado, llega hasta nuestros días. Por eso se comprende el lamento, muy extendido de los que se quejan cuando en la Iglesia se introduce la confusión doctrinal. No solo porque circulan con ligereza opiniones dispares sino porque falta la orientación de muchos pastores. Desde los más diversos ámbitos se presentan como doctrina de la Iglesia ideas y prácticas contrarias a la misma y los fieles están sometidos a la continua desautorización práctica de lo que se proclama en la doctrina o en la legislación canónica. Los criterios o normas superiores que nos dan la orientación auténtica de la jerarquía de la Iglesia, de los buenos pastores, pueden sintetizarse en estos criterios:
 
1.Todos debemos conocer las verdades de fe ya formuladas. Cuando el Magisterio de la Iglesia universal propone de forma definitiva la doctrina de la fe y la moral, sus afirmaciones son inmutables. Nosotros encontramos esas verdades en el Credo, en las profesiones de fe, en los catecismos autorizados... Nadie puede sustituir ni suprimir una sola verdad de fe no uno solo de los principios morales así definidos. “Pues sea maldito cualquiera –yo, o incluso un ángel del cielo- que os anuncie un Evangelio distinto del que yo os anuncié. Si alguno os anuncia un evangelio distinto del que habéis recibido ¡caiga sobre él la maldición!” (Gal 1, 8-9).
 
2.Las normas de disciplina y las aplicaciones prácticas es lo único que puede variar pero solo por decisión de la autoridad de la Iglesia. La obediencia a las normas vigentes es voluntad de Dios y preserva la libertad contra las arbitrariedades. En algún caso, además, (como en la Eucaristía o la Confesión) el cumplimiento de las normas condiciona la validez de los Sacramentos y ningún sacerdote ni otro fiel se atreverá a no respetarlas si conserva la fe en el misterio de salvación que es la Iglesia.
 
3. Tampoco debemos prestar oído a la confusión sembrada desde los medios de comunicación que anuncian cambios previsibles o inminentes, haciéndose eco de diversas opiniones, a veces recogidas incluso de labios de obispos y cardenales o aprovechando el tono coloquial de algunas expresiones empleadas por el Papa. Menos aún, hay que esperar cambios en prácticas basadas en la propia revelación como la que impide que los divorciados vueltos a casar civilmente se acerquen a los Sacramentos hasta que no regularicen su situación ante la Iglesia.
 
Jesucristo es el mismo ayer, hoy y para siempre. No os dejéis llevar de doctrinas diversas y extrañas” (Heb 13, 8-9). Las verdades de la fe –la doctrina católica- nos dicen lo que Cristo es y lo que Cristo hace. Por eso no puede ser buen cristiano el que no ama las verdades de la fe y no procura ajustar su vida a ellas mediante una continua conversión.
 
Una vez más, a la Virgen Sta.María le pedimos que sea columna sobre la que se sostiene la solidez de nuestra fe y de las enseñanzas que hemos recibido para vivir de tal manera en la Iglesia militante mientras estamos aquí en la tierra que podamos formar parte un día de la Iglesia triunfante en el Cielo.
 
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Presentación del libro” La Columna relámpago. Agosto de 1936”

La columna relámpago
 
Presentación del libro” La Columna relámpago. Agosto de 1936”.
Ediciones Diego Marín. Murcia, 2014
Autores : Francisco Pilo Ortiz, Moisés Domínguez Núñez y Fernando de la Iglesia Ruiz
 
Lugar: Carpa de Conferencias. Paseo de San Francisco (Badajoz)
A las 20.30 horas del Martes 20 de Mayo de 2014.
 
Pulse en este enlace para más información sobre el libro

viernes, 9 de mayo de 2014

Pan de Vida

"La Comunión de la Santísima Virgen": Parroquia de San Pedro (Buñol)
Las lecturas del Evangelio de la Misa nos presentan a lo largo de varios días de este Tiempo litúrgico de Pascua (III Semana, Forma Ordinaria) las palabras pronunciadas por Jesús en la Sinagoga de Cafarnaum después de la multiplicación de los panes y los peces. Es lo que llamamos el discurso del pan de vida, en el que se unen dos principales referencias: la Fe y la Eucaristía.

¿Qué es lo que haremos para ejercitarnos en obras del agrado de Dios?”; ante esta pregunta que escuchábamos hace unos días, Jesucristo enseña que la obra agradable a Dios es la Fe; que creamos en Él. Solo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios, enviado por el Padre para salvar al mundo, acude a Él con confianza y acepta su acción redentora. Para quien vive de esta manera, Jesucristo es Pan de Vida. El que se alimenta de este Pan en la Eucaristía, encontrará fortaleza para sostener su fe y no tendrá más hambre, no tendrá más sed.

Jesús socorrió la necesidad de los que le seguían para oír su Palabra con la multiplicación de los panes y los peces. Pero, Él mismo les advierte que aquel alimento es figura, anticipo, anuncio de otro alimento mucho más poderoso que es Él mismo, su Cuerpo y Sangre: la Santísima Eucaristía: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6, 50-51)

Desentrañando el significado de esta promesa de Jesús, enseña el Catecismo Romano que la Eucaristía posee una virtud infinita para procurarnos la gloria eterna. Es ya una señal en esa vida aquella suma paz y tranquilidad de conciencia que disfrutan las almas después de comulgar. Y en el momento de la muerte, fortalecidos por la virtud divina del sacramento, levantaremos el vuelo hacia la bienaventuranza eterna.

Con frecuencia, aplicamos el Santo Sacrificio de la Misa en Sufragio por el alma de algún difunto y de manera genérica, la Iglesia encomienda a todos ellos en cada celebración:

— Alentados por la promesa de Jesús, esperamos que el Señor conceda la eterna recompensa de estar junto a Él en el Cielo a quien, mientras vivió en este mundo se alimentó con frecuencia en el sagrado banquete de la Eucaristía.

— Pedimos al Señor que haya tenido misericordia en el momento del juicio particular de quien tantas veces se postró para pedir perdón de sus pecados en el tribunal del Sacramento de la Penitencia.

— Y si aún quedaran reliquias del pecado en su alma, pedimos la gracia de acortar el tiempo de purificación.

La Virgen Santísima, que recibiría tantas veces la Comunión de manos del Apóstol San Juan quien, según una piadosa tradición celebraba para Ella la Santa Misa, nos enseñe y ayude a recibir dignamente a Jesucristo en la Eucaristía.

Y adquiramos y conservemos la santa costumbre de rezar por los difuntos y concretemos esta práctica piadosa en la celebración por ellos de la Santa Misa. Confiando en gozar un día en el Cielo, de aquellos por quienes rogamos mientras aún peregrinamos por este mundo.

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La vida religiosa y el Concilio no-negociable

La "renovación posconciliar" de la vida religiosa vista desde España: Sor Citroen (1967)
 A veces conviene al agudo observador “cruzar” los mensajes que se emiten desde diferentes instancias radicadas en la Curia Vaticana para llegar a conclusiones que una lectura apresurada y parcial no permite extraer si se consideran de manera aislada.

Hace unos días, el prefecto de la Congregacion para la Doctrina de la Fe dijo a las religiosas de la Leadership Conference of Women Religious (LCWR) que la elección de los oradores de la conferencia anual y el material impreso que ponen a disposición de sus miembros, así como su actitud ante errores doctrinales evidentes, le lleva a cuestionar si la LCWR tiene “verdaderamente la capacidad de sentire cum Ecclesia”.

En efecto, las aludidas monjas useñas no son sino un ejemplo de los numerosos miembros de congregaciones religiosas masculinas y femeninas que defienden el aborto, el preservativo, se sienten maltratadas (maltratad@s escribirían ell@s) por el machismo eclesiástico, exigen la ordenación para las mujeres o se dedican a la acción social(-ista). En España tenemos insignes representantes de todo ello que frecuentan, además, los medios de comunicación sin recibir, que sepamos, desautorización eficaz.

Previniendo objeciones, nos adelantamos a precisar que estos señores y señoras no son representativas de todo lo que en la Iglesia supone la vida religiosa. Que hay muchos religiosos y religiosas que viven entregados al servicio de Dios y del prójimo en plena coherencia con los votos que hicieron en su día y que profesan en su integridad la fe católica.

Pero para éstos también hay palo. Según José Rodríguez Carballo, secretario de la Congregación para la Vida Consagrada, "Para los consagrados el Concilio es un punto que no se puede negociar". Y explicó que en su Dicasterio están "especialmente preocupados" por este tema: "estamos viendo verdaderas desviaciones". Sobre todo porque "no pocos institutos dan una formación no sólo pre-conciliar, sino anti-conciliar. Esto es inadmisible, es situarse fuera de la historia. Es algo que nos preocupa mucho en la Congregación".

A las terminales mediáticas del pos-conciliarismo neocónico les ha faltado tiempo para “hacerle la ola” a Fray José. Al tiempo que los representantes del más rancio progresismo se frotan las manos soñando con la puesta en escena del más puro francisquismo, aplicado ahora a los escasos institutos de vida religiosa que dan signos de una resistente vitalidad.

Desde luego que, en esta columna, no nos contamos entre los que -como denuncia el citado Secretario- buscan en las reformas del Vaticano II todos los males de la vida religiosa (los males venían de atrás, y el Concilio fue a la vez causa y efecto) y menos aún entre los que "niegan la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia" (buena prueba de ello es la supervivencia de la vida religiosa a las reformas posconciliares). Pero tampoco vamos a caer en la ingenuidad de separar las desviaciones sufridas por la vida religiosa de la puesta en práctica de las iniciativas promovidas desde que tuvo lugar la Asamblea Conciliar clausurada en 1965. Unas desviaciones que afectan a la Iglesia en general y lo hacen aún con mayor virulencia en aquellos de sus miembros que, a través de la profesión de los consejos evangélicos, han abrazado lo que antes se llamaba “estado de perfección”.

La decadencia de la vida religiosa no radica solo en la desproporcionada reducción del número de sus miembros como consecuencia de las deserciones y de la falta de relevo generacional sino que consiste, sobre todo, en la variación de los criterios que regulan la vida de los diversos institutos cuyas constituciones y reglas fueron reformadas siempre con más efectos destructivos que constructivos. Alguien tan poco sospechoso de “tradicionalismo” como el Cardenal Daniélou, dio la siguiente respuesta al preguntarle sobre la existencia de una crisis de la vida religiosa: “Pienso que hay actualmente una crisis muy grave de la vida religiosa y que no se puede hablar de renovación, sino más bien de decadencia” (Maurice DE LANGE, Dans le sillage des Apótres, París 1976, p. 223; cit. por Romano AMERIO, Iota unum, cap. XIV). Y encuentra la causa en la desnaturalización de los consejos evangélicos tomados como una prospectiva axiológica (relativa a los valores) y sociológica en vez de como un estado especial de vida estructurada sobre ellos.

Una prueba de que lo que acabamos de decir la encontramos al comprobar cómo la reforma posterior al Vaticano Segundo desafía la norma general que estos procesos han seguido en la historia de la Iglesia. Todas las reformas nacen como respuesta frente a la relajación y son expresión del deseo de una vida más espiritual, orante y austera. Así ocurrió, por ejemplo, con los franciscanos: de los Menores salieron los Observantes y aún después los Reformados y los Capuchinos, siempre con un movimiento ascendente de mayor severidad y separación del mundo.
Ahora, por el contrario y por primera vez, se ha buscado de manera consciente una relajación de la disciplina y una confusión cada vez mayor con el mundo. Esto se manifiesta, no solo en el abandono del hábito, sino, sobre todo, en la adopción de formas de vida autónoma e independiente propias de la vida secular.
“La tendencia según la cual se reforma hoy la vida religiosa es paralela a la tendencia con la que se reforma el sacerdocio. En éste es el olvido de la distancia entre sacerdocio sacramental y sacerdocio común de los fieles, en aquélla es la anulación de la distancia entre estado de perfección y estado común. Se destiñe y diluye lo específico de la vida religiosa, sea en la mentalidad o sea en la práctica” (Romano Amerio, Ibid.).
El olvido de la referencia sobrenatural y escatológica propia de la vida religiosa lleva a poner el horizonte de las acciones propias en lo puramente intramundano. Lejos de representar un camino de santificación que afecta, en primer lugar, a la persona que libremente adopta esa forma de vida, se nos ha inculcado por activa y por pasiva que el nuevo fin asignado a la vida religiosa es el servicio al hombre más que el servicio a Dios (o bien el servicio al hombre identificado con el servicio a Dios).

La vida religiosa posconciliar se ha edificado así sobre la negación expresa de la larga tradición teológica y ascética del desprecio del mundo ("contemptus mundi"). Ya San Agustín describió la historia del género humano como el desarrollo de dos ciudades que tienen por centro a Dios o al hombre: “Dos amores fundaron, pues, dos ciudades, a saber: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena, y el amor de Dios hasta el desprecio de sí propio, la celestial”. El “desprecio del mundo” para dar lugar al amor de las cosas celestiales es poner cada cosa en su sitio y darles el valor que tienen desde una perspectiva evangélica: “Si alguno de los que me siguen no aborrece a su padre y madre, y a la mujer y a los hijos, y a los hermanos y hermanas, y aun a su vida misma, no puede ser mi discípulo” (Lc 14, 26), términos duros que no se reducen a “amar menos” como a veces se dice para suavizar la frase pero sin que por ello se recomiende una actitud despiadada u ofensiva.

Y no se diga que el servicio al hombre justifica la renuncia a este horizonte porque resulta sintomático cómo el cristiano “desprecio del mundo” nunca fue obstáculo para que la religión católica produjera en este mismo mundo frutos que superan con mucho a los que se alcanzan hoy día. Manzoni enumeraba ellos desde las costumbres civiles a la conservación de la cultura en tiempos de la barbarie, de las inspiraciones de la belleza al consuelo de la esperanza. Pero advirtiendo que, si bien se alaba merecidamente al Cristianismo por todos esos efectos (ciertamente suyos), sería un grave error identificarlo con ellos (pues son mundanos y pueden nacer de otras causas), mientras se deja de lado lo que es más importante: su esencia, operación, y fin sobrenaturales.

Mal camino el que parecía apuntar Müller en sus reproches a las monjas useñas si se interpreta a la luz de las claves aportadas por Carballo. En el congreso de la Unión de Superiores generales, que tuvo lugar en mayo de 1981 con la presencia del cardenal Pironio, se proclamó que la renovación “hunde sus raíces no tanto en ciertos cambios más superficiales que sustanciales, sino en la auténtica revolución copernicana acaecida con el modo concreto con el que hoy los miembros de los Institutos se interrogan a sí mismos como religiosos” (cit. por, ibid).

No hay otra alternativa que deshacer las causas y los efectos de esta revolución copernicana para volver a reconstruir la vida religiosa sobre sus propios fundamentos entre los que se encuentra de manera irrenunciable el "contemptus mundi". Lo que no pase por este camino, llevará a la estéril disolución de la vida religiosa o a la proliferación de instituciones, todo lo radicales que se quiera y a veces hasta fecundas en lo que a número de seguidores se refiere, pero alejadas de la tradición y de la fe de la Iglesia, conservadoras en apariencia por lo que se refiere a las formas y al simple mantenimiento de las exigencias disciplinares.

Y eso (como se ha demostrado en algún caso reciente y especialmente doloroso), lejos de renovar la vida religiosa, la encenaga en su propia corrupción.

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sábado, 3 de mayo de 2014

“Cómo ardía nuestro corazón”: las apariciones del Resucitado

"Discípulos de Emaús": Abraham-Bloemaert
1.- El Evangelio de la Misa de este Domingo (III de Pascua, Forma Ordinaria: Lc 24, 13-35) nos relata cómo dos discípulos se dirigen desde Jerusalén a la cercana aldea de Emaús, perdida la virtud de la esperanza porque Cristo, en quien habían puesto todo el sentido de su vida, ha muerto. El Señor, como si también Él fuese de camino, les da alcance y se une a ellos sin ser reconocido.

Conocían estos hombres la promesa de Cristo acerca de su Resurrección al tercer día. Habían oído por la mañana el mensaje de las mujeres que han visto el sepulcro vacío y a los ángeles. Habían tenido suficiente claridad para alimentar su fe y su esperanza; sin embargo, hablan de Cristo como de algo pasado, como de una ocasión perdida. Son la imagen viva del desaliento. Su inteligencia está a oscuras y su corazón embotado. Jesucristo, que ha de constituir a los Apóstoles en testigos de su Resurrección, los saca de la incredulidad mediante sus apariciones Cristo se aparecía para sembrar las semillas de la fe (Sto.Tomás de Aquino).

2.- La primitiva fe cristiana en la resurrección corporal de Jesucristo es es un hecho incontestable que exige una explicación adecuada ¿Cómo llegaron los Apóstoles, San Pablo y los primeros cristianos a tener una fe tan profunda en la resurrección de Jesús? ¿Cómo pudieron fundar en esta fe toda su esperanza y llegar a dar la vida por confesar su fe en el Resucitado?

Los primitivos relatos cristianos presentan como fundamento de la fe en la resurrección de Jesús estos dos hechos:

2.a) En la mañana del domingo de Pascua se encontró el sepulcro de Cristo vacío. En la 1ª Lectura, San Pedro atestigua este hecho cuando aplica al Señor el salmo 15, 8-11, según el cual la carne del Señor no debía experimentar la corrupción (Hch 2, 31).

2.b) Pero el sepulcro vacío no fue la única razón, de hecho al comprobar que la tumba estaba vacía, se llenaron de consternación y perplejidad. Que Jesús había resucitado a una nueva vida con un cuerpo glorioso fue un hecho inmediatamente comprobado porque Cristo se mostró corporalmente resucitado en muchas apariciones.

En todos los relatos aparece claro que los Apóstoles piensan primero en otra cosa y sólo se convencen paulatinamente tras la solución de sus dudas por medio de la visión corporal del Señor. María Magdalena le confunde con el hortelano, Santo Tomás exige pruebas, los discípulos de Emaús no le reconocieron… En sus apariciones, Jesucristo causa la fe: Al bendecir el pan y partirlo “se les abrieron los ojos y le reconocieron”. Con ese fin se les apareció: para encender en sus entendimientos la fe en la Resurrección. Cuando se han convertido en testigos de ella, Cleofás y su compañero vuelven a Jerusalén a contar lo que les había ocurrido en el camino y como reconocieron a Jesús en la fracción del pan .

3. Dos enseñanzas útiles nos presenta el Evangelio que comentamos.

3.a) No se puede afirmar con certeza que en esa fracción del pan Jesucristo celebrara la Eucaristía, pero sí puede verse con toda claridad en la narración evangélica de este hecho una figura de este sacramento. Para fortalecer y aumentar nuestra fe tenemos el Sacramento de la Eucaristía que nos da la vida sobrenatural que se fundamenta en la fe. Por la Eucaristía no solamente creemos sino que participamos del Misterio de la fe (mysterium fidei).
“Sensible Santo Tomás de Aquino como buen teólogo a las catequesis ʺmistagógicasʺ, tan queridas en los antiguos Padres, que profundizan en el contenido de los misterios, a través de la observaciones de los gestos, análisis de las palabras, y evaluación de las fórmulas litúrgicas, por lo que pasan de lo sensible a lo inteligible, del signo a lo significado. En esta tesitura el Maestro de Aquino echa mano del principio elemental de que lo que significa el alimento corporal para el sustento del cuerpo lo significa la gracia del sacramento de la Eucaristía, para el sostenimiento de la vida espiritual. Este aspecto le permite ofrecer una apretada síntesis del fruto espiritual que reporta la Eucaristía, sacramento y sacrificio, para el mantenimiento y desarrollo de la vida espiritual, como elemento de reparación en caso de necesidad, y santa complacencia de la vida de comunión con Dios” (L.Galmés, E-aquinas, julio-2005).
3.b) Los discípulos de Emaús manifiestan un corazón caritativo y generoso para con el caminante desconocido que les acompaña. Le invitan a permanecer con ellos porque atardece: “Pero no podía ser extraños a la caridad estos que marchaban con la caridad, así que lo invitan a su hospedería.” (San Gregorio in evang. hom. 22). Es precisamente ese acto de caridad el que conmueve al Corazón de Cristo. Por eso, los discípulos ven desaparecer las vendas de sus ojos y son introducidos en la intimidad con Jesús

Trabajemos para que sean tales nuestros sentimientos, y conformes a ellos nuestras obras. Hagamos nuestra la petición de los discípulos: “Mane nobiscum Domine quoniam advesperacit”, Quédate con nosotros, Señor, porque especialmente en esta hora del mundo, el día va de caída.

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