sábado, 19 de abril de 2014

Sermón de la Soledad


En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Este Viernes Santo, y de manera especial en la solemne Celebración Litúrgica de esta tarde, hemos conmemorado la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, su sepultura, y ahora acompañamos a la Virgen María en el misterio de su Soledad en la esperanza de la Resurrección.

Hacemos memoria de una muerte, que da Vida a quienes cambian de vida. Y no es un simple juego de palabras, como veremos a continuación.

1. Una muerte
Una muerte, la de Jesucristo, en la que aparentemente no habría nada que recordar. La muerte en cruz era espantosa por los sufrimientos físicos que conllevaba. En el caso de Jesús, se añadía la circunstancia de haber sido condenado a muerte por la autoridad religiosa y la autoridad política. Su muerte en la cruz parecía poner el mayor desmentido posible a su pretensión de ser el Hijo de Dios y a su condición de Rey de los judíos, pregonada desde el título que colgaba en el madero.

Si los seguidores de Cristo hubieran podido dar a su vida otro final lo hubieran hecho sin duda. Porque una de las mayores dificultades que tuvo el cristianismo naciente para ser aceptado fue precisamente esta: la muerte pública, horrible y afrentosa de su Fundador. Jesús es el único caso de Fundador de una religión, que actualmente sigue viva (y es la más numerosa) y que sufrió una muerte tan prematura y atroz. A diferencia de Buda, Confucio o Mahoma, Jesús murió joven, como un fracasado, abandonado por sus discípulos y sin ver los frutos de su obra.

2. Una muerte que da Vida
Si le pudiéramos preguntar a un niño recién nacido para qué ha venido a este mundo, solamente nos podría dar una respuesta de infalible cumplimiento: para morir. Más allá de las posibles alternativas en su vida (Salud\enfermedad, Alegría\tristeza, Amistad\soledad…), una certeza se impone: he nacido para morir.

También Jesucristo nació para morir, se encarnó en las entrañas purísimas de la Virgen para morir. Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del Cielo… confesamos en el Credo. Ahora bien, para la redención del género humano, hubiera bastado una gota de su sangre; el menor de sus padecimientos hubiera sido suficiente, siendo cualquiera acción suya de valor infinito. Sin embargo derramó toda su sangre abundantemente, hasta la última gota hasta expirar sobre la cruz. Quiso Jesús padecer tanto para satisfacer más copiosamente a la divina justicia, para mostrarnos más su amor y para inspirarnos sumo horror al pecado.

Aquella no era una muerte como otra cualquiera. Era una muerte que da Vida. Y lo demuestra el hecho de que estemos aquí esta noche, como lo están millones de católicos en todo el mundo desafiando a la ley universal del olvido.

La experiencia nos demuestra que un dolor intenso provocado, por ejemplo, por la muerte de un ser querido va insensible y lentamente debilitándose y desapareciendo. Y es lógico que sea así porque de lo contrario, a medida que pasan los años, el amontonamiento de recuerdos dolorosos resultaría abrumador. Enseñan los psicólogos que este olvido es un mecanismo de defensa de la salud mental que es el olvido.

Y esto ocurre a nivel familiar y a nivel social. ¡Cuántos hombres ilustres de los que apenas queda el recuerdo del nombre de una calle que solamente algunos eruditos saben a quién evoca!

Por eso la muerte de Cristo no fue una muerte cualquiera. En el momento mismo de morir, fue un grupo reducido de personas el que sintió su muerte. Su madre, algunos discípulos... Y, sin embargo, a medida que el tiempo va pasando el sentimiento por la muerte de Cristo ha ido no desapareciendo, como sucede en todos los demás casos, sino extendiéndose por todos los pueblos de la tierra. Y no es una simple conmemoración, como la del V Centenario del Descubrimiento de América o el Bicentenario de las Cortes de Cádiz, sino que durante dos mil años, miles, millones, de hombres y mujeres de toda edad y condición han derramado su sangre para confesar que Cristo está vivo: ¡los mártires!

3.- Una muerte que da Vida si cambiamos de vida
Junto a la cruz de Jesús estaba su Madre… Ella le encuentra en el camino del Calvario, asiste a su muerte en la cruz, acoge en sus brazos el cuerpo de su hijo y lo deposita en el sepulcro junto a unos pocos fieles. En sus dolores, María ejercita las virtudes más sublimes:

- Una fe intrépida y admirable, a pesar de los tormentos, de las humillaciones y de la muerte ignominiosa y cruel de Jesús…
- Su resignación y su sumisión a la santa voluntad de Dios. Lleva a las últimas consecuencias su respuesta al Arcángel: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.
- Su generosidad, su constancia, su fortaleza de alma en las más diversas circunstancias de su vida.
- Su caridad, su amor por Jesucristo mostrado hasta el extremo al unirse, en calidad de Corredentora, al sacrificio de Cristo.

La muerte de Cristo nos da a nosotros la Vida. Jesucristo, con su muerte, nos libró del pecado y nos reconcilió con Dios, y por su Resurrección nos abrió la entrada a la Vida eterna.

Por eso hemos de cambiar de vida, hemos de resucitar espiritualmente. Hemos de comenzar una nueva vida, según el espíritu, renunciando totalmente y para siempre al pecado y a todo lo que nos lleva al pecado, amando sólo a Dios y todo lo que nos lleva a Dios. Al igual que la Virgen: viviendo con y desde la Fe, aceptando con resignación y abandono la voluntad divina, derrochando con generosidad y espíritu sacrificio cada uno de los días de nuestra existencia en el servicio a Dios y al prójimo, movidos por la caridad: el amor de Dios que habita en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

Elevemos nuestra acción de gracias a la Santísima Virgen por todo lo que Ella sufrió por causa nuestra. Y nos acogemos a sus méritos e intercesión para vivir de tal manera durante nuestro paso por este mundo que podamos gozar de la Vida eterna que hoy pedimos para nosotros, nuestros familiares, amigos y bienhechores, vivos y difuntos.

Ave María purísima.

miércoles, 16 de abril de 2014

Pasión de la Iglesia, pasión de España

Los católicos españoles nos disponemos a celebrar la Semana Santa de un año que ha transcurrido bajo el signo de las más graves agresiones laicistas ocurridas desde el ciclo de 1931-1939. Además, a lo largo de estos últimos meses ha continuado la obra descristianizadora promovida desde el Gobierno y seguimos viviendo bajo los efectos de una crisis económica agravada por la falta de serias reformas que eviten la reiteración de efectos similares en el futuro y por la definitiva demolición del Estado social de derecho que habíamos heredado.

1.- Las reiteradas blasfemias en público, las profanaciones y los ataques a la religión católica desde medios de comunicación y otras instancias, han ido acompañadas en los últimos meses de ataques violentos. Probablemente la más simbólica de todas ellas fue la bomba activada en la Basílica de Nuestra Señora del Pilar por un grupo terrorista. Agresiones como la sufrida por el cardenal Rouco Varela o los asistentes a diversos actos religiosos, profanaciones de imágenes y cementerios, insultos, pintadas… hasta el intento de quemar una iglesia en Sevilla, van formando parte de la crónica cotidiana sin que estos hechos hayan merecido apenas atención por parte del Gobierno. Es más, se tiende a repartir las responsabilidades por la violencia entre la extrema izquierda y… la extrema derecha. Sin explicarnos, eso sí, qué acciones justifican el paralelismo.

2.- La nefasta gestión del zapaterismo ha sido reemplazada por la falta absoluta de voluntad por parte del Partido Popular para rectificar la obra de los sucesivos gobiernos que se han sucedido desde 1978. Fue entones, con la Constitución de 1978 y sus consecuencias, cuando se implantó un modelo político carente de cualquier referencia moral objetiva y que, en la práctica ha degenerado en verdadero laicismo. La presencia de dirigentes peperos en las reivindicaciones abortistas o la nueva ley proyectada al respecto, y momentáneamente paralizada por intereses electorales, nos dispensan de mayores precisiones al respecto.

Los católicos españoles siguen optando masivamente por los llamados “partidos mayoritarios”, fieles a las consignas que desde instancias eclesiásticas oficiales se les han hecho llegar desde 1977 y a la demoledora táctica de apoyo al mal menor (que el pensamiento tradicional español ya en el siglo XIX definió, en realidad, como el mayor de los males). De esta manera, sedicentes católicos respaldan desde las urnas a sucesivos gobiernos que implantan y consolidan desde el poder el laicismo más agresivo. Porque en la progresiva deriva del sistema hacia la izquierda, lo que hoy se considera mal menor, era el mal mayor hace pocos años. Y lo que inicialmente se consideraba “mal menor” se acaba asumiendo como algo válido frente a algo aún peor. Valga como ejemplo la aludida legislación despenalizadora del aborto y las sucesivas posturas ante el mismo del Partido Popular.

3.- La crisis económica que padecemos ya desde hace demasiados años no es sino una más de las que se vienen sucediendo sistemáticamente desde el cambio de modelo socio-económico iniciado en la Transición. Desde entonces se están difuminando progresivamente las clases medias, el más firme puntal de una sociedad moderna, al ser imposible o tener un costo inaccesible para la mayoría el ahorro, el acceso a la vivienda, la gestión de las pequeñas empresas, la estabilidad en el puesto de trabajo, la formación de una familia en los primeros años de la madurez… Las elevadísimas cifras de paro vienen a consolidar un modelo en el que se cierran definitivamente las puertas a las generaciones más jóvenes.

Con razón se ha dicho que durante esta crisis, las familias han actuado como elemento de cohesión social. También se ha puesto de relieve la fortaleza del núcleo familiar en España, a diferencia de otros países de nuestro entorno, y a pesar de las desfavorables intervenciones legislativas de los sucesivos Gobiernos “democráticos” y del notable deterioro de los valores morales propios de la familia. Pero, al hacerlo, conviene recordar que dichas familias han pivotado, sobre todo, en torno a las generaciones de mayor edad, esos magníficos abuelos, que fueron los niños de nuestra posguerra, y que ahora revalidan esfuerzos y sacrificios para sacar adelante a sus nietos sin contar, en muchas ocasiones, con el respaldo de la generación intermedia, irreversiblemente afectada ya por la sistemática demolición de la familia emprendida desde los grupos de poder.

El panorama se completa con una Iglesia sometida a una verdadera auto-demolición de su identidad y en estado de cuestionamiento de sus fundamentos doctrinales más profundos. La jaleada revisión de la difícil situación provocada por las rupturas matrimoniales y las uniones irregulares se está utilizando no solamente para modificar prácticas disciplinares sino para cuestionar los principios teológicos y morales que las sustentan. Además, en el caso de España, la cómoda instalación de las instancias oficiales de la Iglesia, apenas deja espacio más que para la denuncia formal y verbal de algunos excesos.

Ante Caifás, Cristo proclama la verdad religiosa (“Te ordeno en el nombre del Dios viviente que nos digas si eres el Cristo, el Hijo de Dios. Tú lo has dicho, respondió Jesús”: Mt 26, 63-64) y ante Pilato sostuvo la verdad política (“Le preguntó entonces Pilato: ¿Así que tú eres rey? Jesús le contestó: Tú lo has dicho: soy rey”: Jn 18, 37). Las dos verdades le llevaran a la Cruz. “No tenemos más rey que al César” (Jn 19, 15). Las autoridades judías en la ceguera de su incredulidad acaban reconociendo al emperador romano un poder político exclusivo con tal de rechazar la realeza de Jesús y de acabar con Él. Al igual que ellos, la mayoría de los católicos han renunciado a la verdad religiosa y han perdido, así, también la verdad política.

Los católicos españoles (como ocurre en otros ámbitos de nuestro entorno socio-cultural) han acabado por aceptar los antivalores impuestos por la Revolución Francesa (y su antecedente norteamericano) que conllevan una consideración sumisa y acrítica respecto a la civilización moderna en la que se integran, generalmente, bajo el amparo de las formas del conservadurismo liberal. De esta manera se da la paradoja de que únicamente se escucha un cuestionamiento a las falacias del sistema democrático desde las voces (no menos falaces) de la extrema izquierda, cuando han sido autores católicos quienes han pronunciado alguna de las más brillantes requisitorias contra este sistema tan falso en sus presupuestos teóricos como a la hora de llevar a la práctica lo que ofrece. Al tiempo que se llama “derecha” a un liberalismo neocapitalista y al materialismo de la afirmación de lo económico como valor supremo, se arrastra a la juventud hacia una “izquierda” que saca las últimas consecuencias de aquellos principios y se lanza contra un cristianismo que desconoce pero que encuentra enfeudado en realidades que detesta.

En esta situación, vivimos tiempos para una espiritualidad de “Viernes Santo”, que se aferra a lo que tiene mientras que aún lo conserva (“itaque fratres state et tenete traditiones quas didicistis sive per sermonem sive per epistulam nostram” – “Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta”, 2 Tes 2, 15). Pero nuestra esperanza no se funda en nostalgias ni en imaginadas restauraciones perpetuamente aplazadas, sino en una intervención metahistórica de la que tenemos certeza por la fe y que la caridad nos lleva a desear ardientemente.

La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino después de seguir a su Señor, en la muerte y en la Resurrección. El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal que hará descender desde el cielo a su Esposa. El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio Final después de la última sacudida cósmica de este mundo. Formidable descripción ésta que se encuentra en el Catecismo de la Iglesia Católica (cfr. 675-677) y a la que muchos ponen sordina porque está en trágica contradicción con el progresismo ingenuo y ramplón que aflora en otros lugares del mismo texto redactados tras la estela señalada por el último Concilio.
Nos recuerda San Luis María Grignion de Monfort que Jesucristo vino al mundo por medio de la Santísima Virgen y por medio de Ella debe también reinar en el mundo.
La salvación del mundo comenzó por medio de María y por medio de Ella debe consumarse. María casi no se manifestó en la primera venida de Jesucristo […] Pero, en la segunda venida de Jesucristo, María tiene que ser conocida y puesta de manifiesto por el Espíritu Santo, a fin de que por Ella Jesucristo sea conocido, amado y servido. […] Porque María debe ser terrible al diablo y a sus secuaces como un ejército en orden de batalla sobre todo en estos últimos tiempos porque el diablo sabiendo que le queda poco tiempo, y menos que nunca, para perder a las gentes, redoblará cada día sus esfuerzos y ataques. De hecho, suscitará en breve crueles persecuciones y tenderá terribles emboscadas a los fieles servidores y verdaderos hijos de María, a quienes le cuesta vencer mucho más que a los demás (TVD I, 3).
A la Virgen, desde esta tierra mariana por excelencia, imploramos para que acorte el tiempo de la prueba, el tiempo de la pasión de la Iglesia y de la pasión de España.
¡Venga a nosotros tu Reino! ¡Venga en nuestros días! ¡Venga por María!

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Rosmini: Francisco y los neocones

«El Magisterio de la Iglesia, que tiene el deber de promover y custodiar la doctrina de la fe y preservarla de las recurrentes asechanzas procedentes de algunas corrientes de pensamiento y de determinadas praxis, en repetidas ocasiones se interesó durante el siglo XIX por los resultados del trabajo intelectual del sacerdote Antonio Rosmini Serbati (1797-1855), poniendo en el Índice dos de sus obras en 1849, absolviendo ("dimettendo") después del examen, con decreto doctrinal de la Sagrada Congregación del Índice, las opera omnia en 1854 y, sucesivamente, condenando en 1887 cuarenta proposiciones, tomadas principalmente de obras póstumas y de otras obras editadas en vida, con el decreto doctrinal, denominado Post obitum, de la Sagrada Congregación del Santo Oficio (Denz 3201-3241)».
Con estas ajustadas palabras, que luego serán re-interpretadas en el propio documento, se inicia la Nota sobre el valor de los decretos doctrinales con respecto al pensamiento y a las obras del sacerdote Antonio Rosmini Serbati firmada por el entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Joseph Ratzinger, el 1 de julio de 2001. En dicho texto, se hace aplicación de una de las tesis más características del propio Ratzinger: el historicismo de las condenas doctrinales y, más aún, del propio Magisterio.
«Hay decisiones del Magisterio que no pueden ser la última palabra sobre una materia como tal, sino un anclaje importante para el problema, y sobre todo una expresión de prudencia pastoral, una especie de disposición provisional. Su contenido sigue siendo válido, pero los detalles en los que las circunstancias de tiempo pueden haber influido necesitan correcciones más tarde. En referencia a esto, se puede pensar así tanto de las declaraciones de los papas del siglo pasado sobre la libertad religiosa como de las decisiones antimodernistas de principios de siglo» (L’Osservatore Romano. Edición semanal, 27 de junio de 1990, p. 9).
Con motivo de la beatificación de Rosmini que tuvo lugar el 18 de noviembre de 2007, el Cardenal Saraiva Martins había confirmado en una entrevista la gran estima que sentían hacia él los papas posconciliares y que se manifestaba en hechos como las palabras pronunciadas por Pablo VI en varios discursos y las citas de Juan Pablo II en la encíclica Fides et ratio. Fue singular además la relación con Juan Pablo I, pues a pesar de que éste se doctoró con una tesis muy crítica con él, «hay testimonios dignos de fe que cuentan que el papa Luciani expresó su deseo de rehabilitar personalmente la figura de Rosmini». Sin duda soplaban aires teológicos muy distintos a los que predominaban cuando, en 1941, comenzó su Tesis Doctoral.
 
Todos, pues, se apresuraron a justificar la beatificación y a limpiar de cualquier sospecha a la figura de Rosmini, antaño condenado por sus más que discutibles juicios en el terreno moral, eclesiológico, litúrgico e incluso socio-político (con su postura contraria a la soberanía del Papa sobre los Estados Pontificios) y hoy elevado a la condición de precursor del Concilio Vaticano II, a pesar de que algunas de las lacras lamentadas por él en sus Cinco Llagas, incluso se han agravado.
 
En conclusión, nada habría que oponer a la beatificación de Rosmini pues la condena de su obra era consecuencia, ante todo, de factores determinados por la contingencia histórico-cultural y eclesial del tiempo, sin que respondieran a una consideración objetiva de su figura y de su obra. Hasta los jesuitas, se decía, antaño tan combativos contra Rosmini habían cambiado de opinión…
 
Pero llega el 4 de abril de 2014 y, en uno de sus discursos matutinos, Francisco se refiere a Rosmini, sin nombrarle expresamente aunque señalando una serie de rasgos suficientemente representativos; en especial, su libro Las cinco llagas de la Iglesia, en el que «reprochaba a la Iglesia de alejarse del camino del Señor» y, así, ha sido reconocido por los medios. Francisco pone patas arriba las sutiles argumentaciones que venimos exponiendo y ahora resulta que Rosmini fue considerado hereje en su tiempo y ha sido la Iglesia la que ha cambiado su juicio en relación con él porque «sabe arrepentirse». Puede ser apenas un matiz, pero conviene subrayar cómo Bergoglio caracteriza a Rosmini como heterodoxo mientras que Ratzinger, en su documento citado, reservaba tan duro calificativo para el sentido de la interpretación que el Magisterio de la Iglesia había hecho del pensamiento rosminiano».
«También tantos pensadores de la Iglesia fueron perseguidos. Pienso en uno, ahora, en este momento, no lejos de nosotros, un hombre de buena voluntad, un profeta de verdad, que con sus libros reprochaba a la Iglesia de alejarse del camino del Señor. Pronto fue llamado al orden, sus libros puestos en el índice, le quitaron la cátedra y así para este hombre terminó su vida: no hace mucho de esto. ¡Pasó el tiempo y hoy es beato! ¿Pero cómo es que ayer era un hereje y hoy es beato? Porque 'ayer los que tenían el poder querían silenciarlo, ya que no les gustaba lo que decía. Hoy la Iglesia, que gracias a Dios sabe arrepentirse, dice: 'No, este hombre es bueno!'. Es más, está en el camino de la santidad: es un beato"».
No entramos en la simplificación que se hace de la figura de Rosmini y de la problemática de sus condenas, silenciando las dificultades filosófico-teológicas de su obra escrita, más allá de su condición de sacerdote piadoso, reconocida por autores como Romano Amerio, que pone a la par en él «la profundidad de la especulación teológica y la profundidad de la inspiración religiosa» (Iota Unum, cap. XIV). Pero no podemos sino lamentar aquí esta nueva apología del relativismo más absoluto que tiende a difuminar la certeza de cualquier afirmación doctrinal, siempre susceptible de ser emplazada a la espera de una rectificación ulterior. Las palabras de Francisco llevan hasta sus últimas consecuencias los principios citados en la Nota de Ratzinger, principios que restan a las fórmulas doctrinales su propio valor y las reducen a la condición de producto socio-cultural de una determinada época. Así se destruye el concepto mismo del Magisterio eclesiástico e incluso de la Revelación divina.
 
Ahora bien, tal vez sin pretenderlo, Francisco viene a justificar las posiciones de resistencia que resultan tan desagradables para quienes se apresuraron a explicar la rehabilitación de Rosmini argumentando sobre la ortodoxia del sujeto. Posiciones de resistencia que resultan tan desagradables para quienes han reaccionado ante la doctrina y la praxis posconciliar negando explícitamente la existencia de una contradicción, la realidad de una ruptura. Y es que no vemos razón para no poder pronunciar la frase en presente y sostener que también en la Iglesia de hoy “los que tienen el poder” quieren silenciar a otros porque no le gusta lo que dicen.
 
Benedicto XVI y Francisco sitúan así a los “neocones” ante la disyuntiva: o historicismo absoluto (y por lo tanto relativismo) o reinterpretación del pasado vía peticiones de perdón. O lo que es peor; tener que asumir ambas cosas al tiempo que reclaman y practican una concepción errónea de la obediencia trufada de nominalismo. Del historicismo y de las peticiones de perdón, hemos conocido manifestaciones muy tristes e igualmente auto-demoledoras. Que es de lo que se trata.
 
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La “dignidad” y la alcaldesa de Cáceres

Cáceres, 1937: al fondo, sacos terreros para proteger a la población de los ataques de la aviación roja
Con ocasión del 75 aniversario de la Victoria de 1939, los herederos de los derrotados vuelven a agitar su peculiar memoria hemipléjica y a utilizar a algunas de las víctimas de la Guerra Civil para sus habituales maniobras contra la libertad y el Estado de derecho.
 
Caracterizados representantes de la casta política se han sumado a la ofensiva con intervenciones como la de la alcaldesa de Cáceres, Dª Elena Nevado, en la inauguración de un autodenominado "memorial" en el cementerio de dicha ciudad. Para la dirigente "popular" «este monumento hace que la ciudad de Cáceres haya recuperado la dignidad»...
 
No sabemos cuándo perdió la ciudad de Cáceres su dignidad, y convendría que la señora Nevado lo explicara, a los cacereños y a sus votantes. Sobre todo si defiende un concepto de "dignidad" tan parcial en el que no hay lugar -por ejemplo- para las víctimas del bombardeo aéreo de la aviación roja que causó decenas de muertos y heridos el 23 de julio de 1937.
 
Si ya las iniciativas promovidas por el Ayuntamiento socialista de Cáceres provocaron la burla y la indignación en toda España por medidas que iban desde suprimir el nombre de la calle Héroes de Baler a retirar un escudo de los Reyes Católicos, sus sucesores parecen decididos a no quedarse atrás.
 
Una vez más, la interesada memoria histórica que unifica a comunistas, socialistas y peperos "lleva al extremo más grotesco su falsedad cuando equipara como "víctimas" a criminales e inocentes, rebajando a estos al nivel de aquellos y exaltando así a los primeros" (Pío Moa). Suponemos, que los huesos de los cacereños asesinados por los frentepopulistas en los escasos lugares de la provincia que pudieron someter al terror revolucionario se habrán removido en sus tumbas ante el homenaje rendido a los responsables de sus muertes sin discriminarlos de los que cayeran, tal vez siendo inocentes, como consecuencia de las pasiones desatadas en una guerra.
 
Eso sí. Todo un detalle, el del Partido Popular desde el Ayuntamiento de Cáceres al haberse adelantado en dos días a la efémeride y, al menos, no haber hecho coincidir su peculiar homenaje con el 75 Aniversario del 1 de abril.
 
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sábado, 5 de abril de 2014

"Desatadlo y dejadle andar"

Juan de Flandes: Resurrección de Lázaro
1. El milagro de la resurrección de Lázaro que nos presenta el Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma (Forma ordinaria: Jn 11, 1-45) completa la presentación de la vida sobrenatural que Jesucristo ha venido a traernos y que se ha venido haciendo a lo largo de los últimos domingos. Él nos ofrece el agua de la gracia como veíamos en su diálogo con la samaritana, Él es la luz del mundo como le contemplábamos el domingo pasado al leer el milagro de la curación del ciego de nacimiento, y hoy, Cristo se nos presenta como la Resurrección y la Vida.
 
La vuelta de Lázaro a la vida significa mucho más que el recuperar unos años de existencia que definitivamente se iban a volver a cortar porque Lázaro volvió a morir. Al devolverle la vida, Jesucristo nos está demostrando que, como Dios que es, tiene poder sobre la muerte, y sobre todo nos puede hacer pasar de la muerte (que es el pecado) a la vida de la Gracia. La Gracia, que nos hace participantes de la divina naturaleza, hijos de Dios que han de vivir como lo que son.
 
2. Ese paso de la muerte del pecado a la vida de la Gracia se realiza en el Sacramento del Bautismo que nos perdona el pecado original y nos hace hijos de Dios. Pero la Gracia se puede perder como consecuencia del pecado mortal; todavía en ese caso la podemos recuperar gracias al Sacramento de la Confesión.
 
La proximidad de la Semana Santa nos invita a recordar la obligación de la Confesión anual, es decir, de acercarse personalmente y de manera sincera al Sacramento de la Penitencia, acusando los propios pecados con arrepentimiento y con propósito de cambiar de vida. Es éste uno de los mandamientos más graves de la Iglesia. Confesar los pecados mortales al menos una vez al año, en peligro de muerte o si se ha de comulgar obliga a todos los cristianos que han alcanzado el uso de razón, hombres y mujeres, de cualquier edad. No hacerlo significa permanecer aferrado a una situación estable de pecado mortal y ponerse en peligro cierto de eterna condenación si la muerte nos sorprendiera ese desgraciado estado.
 
3. Confesarse y confesarse bien. Este Sacramento fue instituido por la suma bondad y misericordia de Cristo Señor nuestro por causa de nuestra salvación. Al dar el Espíritu Santo a su apóstoles, Cristo resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar los pecados: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23).
«Esto mismo parece significó el Señor al encomendar a los Apóstoles que quitaran de Lázaro, así que resucitó, las ataduras con que estaba ligado. Porque San Agustín explica así este lugar: ―Los Sacerdotes pueden ya aprovechar más y perdonar más a los que se confiesan, porque Dios perdona a, los que ellos perdonan, pues habiendo él resucitado a Lázaro del sepulcro, le encomendó a, los discípulos para que le soltasen, mostrando en eso la potestad de desatar que se comunicó a los Sacerdotes”. Lo mismo dio también a entender cuando a los que curó de la lepra en el camino, mandó se presentasen a los Sacerdotes y se sujetasen a su juicio» (Catecismo Romano)
En cada confesión, el efecto de ese Sacramento está en proporción con las disposiciones de quien lo recibe. Como el sol, que siendo el mismo para todos, puede dejar de calentar si se le pone un obstáculo en medio (p. ej. Una nube). Los obstáculos más serios para recibir la gracia de la confesión son dos y muchas veces pueden ir unidos, siendo uno causa del otro: la falta de sinceridad en la acusación de los pecados y la falta de arrepentimiento.
 
Para tener dolor de nuestros pecados hemos de pedirlo a Dios de corazón y excitarlo en nosotros con la consideración del mal inmenso que hemos hecho pecando. Para moverme a detestar los pecados consideraré:
1°, el rigor de la infinita justicia de Dios y la deformidad del pecado que ha afeado mi alma y me ha hecho merecedor de las penas eternas del infierno, 2.°, que he perdido la gracia, amistad y filiación de Dios y la herencia del paraíso; 3 °, que he ofendido a mi Redentor que murió por mí y por causa de mis pecados; 4.°, que he menospreciado a mi Creador y a mi Dios; que he vuelto las espaldas a mi sumo Bien digno de ser amado sobre todas las cosas y servido fielmente.
Cuando vamos a confesarnos hemos de poner mucha diligencia en tener verdadero dolor de los pecados, porque es lo que más importa, y si el dolor falta la confesión no vale.
 
Es muy bueno y provechosísimo hacer a menudo el acto de contrición, mayormente antes de
acostarse y cuando uno advierte o duda haber caldo en pecado mortal, a fin de recobrar cuanto antes la gracia de Dios, lo cual ayuda sobre todo para obtener más fácilmente de Dios la gracia de hacer un acto semejante en la mayor necesidad, que es el trance de la muerte (Cfr. Catecismo romano, 725-731).
 
4. Amar la confesión y acercarse a ella con frecuencia y con las debidas disposiciones, es síntoma claro de amor a Dios. Por el contrario, despreciarla o sentir indiferencia hacia ella sugiere endurecimiento para las cosas de Dios, frialdad e ingratitud de un hijo hacia su padre, afecto al pecado incompatible con lo que Dios espera de nosotros.
 
Que Santa María mueva nuestras almas para recuperar la vida de la Gracia en el Sacramento de la Confesión.
 
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viernes, 4 de abril de 2014

Examen de conciencia

 
El cuarto Domingo de Cuaresma, por coincidir en la mitad de este tiempo, se propone renovar en los fieles la alegría y la esperanza que les aliente para perseverar en el espíritu de penitencia como preparación para celebrar el triunfo pascual. Hoy se nos invita a apreciar los grandes dones que, con el Bautismo, hemos recibido los cristianos y se nos estimula a vivir de acuerdo con nuestra condición de hijos de Dios. Ese tambien es el significado de la renovación de las solemnes promesas bautismales que haremos en la Vigilia Pascual.
 
A ese fin, la Liturgia permite en el templo las flores, y ornamentos de color rosáceo que reemplazan a la austeridad penitencial del morado, y elige textos muy hermosos y muy adecuados para infundir alientos, como la antífona de entrada: ¡Laetare! - «Alégrate, Jerusalén, convocad la asamblea los que la amáis, llenaos de alegría los que estáis tristes; para que os alimentéis de sus pechos y os saciéis de sus consuelos». La Iglesia se alegra hoy intensamente, pero con moderación todavía, como quien está dispuesta a reanudar enseguida el tono propio de la Cuaresma en la que pedimos llegar por los méritos de la Pasión y muerte en cruz de Jesucristo a la Gloria de su Resurrección.
 
El Evangelio de este Domingo (Forma Ordinaria: Jn 9, 1-41) pone en el centro de nuestra consideración a Jesucristo como luz del mundo y, como consecuencia, se nos recuerda que los cristianos tenemos que vivir como hijos de la luz. «Yo soy la luz del mundo quien me sigue no anda en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). El pecado es la oscuridad y las tinieblas, la gracia de Dios -el don de Dios del que hablaba Jesús a la samaritana en el Evangelio del pasado Domingo- y las obras de la gracia en nuestras almas son la luz.
 
En el prólogo a su Evangelio, San Juan nos presenta a Jesucristo como el Verbo encarnado, la luz de los hombres. Pero "la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron" (Jn 1, 5). Los hombres con sus pecados se cierran a la luz. “Este es el juicio: que la luz ha venido al mundo y los hombres han amado más las tinieblas, porque sus obras eran malas” (Jn 3, 19).
 
En el Bautismo, los cristianos hemos pasado de las tinieblas a la luz, por eso tenemos que «caminar como hijos de la luz, buscando lo que agrada al Señor» (2 Lect. Ef 5, 8-14). Nuestra conducta tiene que dar testimonio del Bautismo recibido, de nuestra dignidad de hijos de Dios y necesitamos una continua purificación de toda sombra de pecado a fin de abrirse cada vez más a la luz de Cristo. Por eso, el episodio de la curación del ciego de nacimiento no solamente nos muestra que Jesucristo pone la luz donde antes había oscuridad, sino las disposiciones que son necesarias por nuestra parte para acoger la luz de Cristo.
 
Entre esas disposiciones, podemos referirnos al examen de conciencia (cfr. Catecismo Mayor, 697-707) que nos ayuda a conocernos mejor y que debemos practicar con frecuencia, incluso diariamente, y de manera más profunda antes de acercarnos al Sacramento de la Penitencia.
 
Examen de conciencia es una diligente averiguación de los pecados que se han cometido desde la última confesión bien hecha. Se hace trayendo cuidadosamente a la memoria todos los pecados cometidos y no confesados, de pensamiento, palabra, obra y omisión, contra los mandamientos de Dios y de la Iglesia y las obligaciones del  propio estado. También hemos de examinarnos acerca de los malos hábitos y ocasiones de pecar.
 
Especial atención debemos poner a la hora de reconocer los pecados mortales
 
Para que un pecado sea mortal se requieren tres cosas: materia grave, plena advertencia y perfecto consentimiento de la voluntad.
 
1.- Hay materia grave cuando se trata de una cosa notablemente contraria a la ley de Dios o de la Iglesia.
2.- Hay plena advertencia o conocimiento en el pecar cuando se conoce perfectamente que se hace un mal grave.
3.- Hay perfecto consentimiento de la voluntad cuando se quiere deliberadamente hacer una cosa, aunque se vea que es pecaminosa.
 
El Evangelio nos presenta también a los que no cambiaron, no se convirtieron al Salvador a pesar de tenerle tan cerca, de ser espectadores de sus milagros… Por su falta de disposiciones, su orgullo no les dejó ver.
 
Por el contrario, la Virgen María es modelo de la actitud de disponibilidad y correspondencia que hay que tener ante la luz de Cristo. Ella nos alcance que Dios ilumine nuestras almas con la claridad de su gracia.
 
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sábado, 22 de marzo de 2014

"Señor: dame esa agua"

 
Con este tercer Domingo, el tiempo litúrgico de Cuaresma entra en una etapa centrada en la preparación para la administración de los Sacramentos, especialmente del Bautismo y la Eucaristía en la noche de la Vigilia Pascual.
 
«Danos agua para beber», decía a Moisés el pueblo de Israel torturado por la sed en el desierto, como escuchamos en la 1ª Lectura de la Misa (Forma Ordinaria: Ex 17, 3-7). Siguiendo órdenes de Dios, Moisés golpeó la peña y de ella salió agua en abundancia. Explicando el sentido más profundo de este episodio, el Apóstol San Pablo concluye: «Y la roca era Cristo» (1Cor 10,4). Es decir, aquella roca era un símbolo de Jesucristo, el Mesías, del cual mana agua no material sino espiritual, agua viva ofrecida para que todos puedan apagar su sed.
 
Hubo un agua que saciaba la sed en el desierto y evitó la muerte temporal. Hay un agua que da la vida eterna. De ella habla Jesús a la mujer samaritana en el Evangelio  (Jn 4, 5-42): «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva» (Jn 4,14). Quien reciba esta agua poseerá en sí un principio permanente de vida eterna: la gracia santificante.
 
La gracia es un don interno, sobrenatural, que se nos da, sin ningún merecimiento nuestro, por los méritos de Jesucristo, en orden a la vida eterna. Dios la distribuye en abundancia principalmente por medio de los santos sacramentos. «El amor de Dios ha sido derramado en nosotros con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (2ª Lectura: Rom 5, 1-2. 5-8).
 
Todo cristiano debe hacer el firme propósito de vivir en estado de gracia de Dios, que quiere decir, tener la conciencia pura y limpia de todo pecado mortal.
«Hay que tomar la resolución absoluta de conservar la gracia santificante a cualquier precio: a costa de no frecuentar más ciertos espectáculos, de evitar ciertas lecturas, de abandonar ciertas compañías, de romper ciertas amistades, de frenar con frecuencia la lengua, de soportar las burlas y las amenazas, de inmolar, si fuera necesario la misma vida» (Pío XII).
Si alguna vez hemos tenido la desgracia de perder la vida de la gracia en nuestra alma, el mismo Jesucristo ha establecido el remedio en el Sacramento de la Confesión.
El Evangelio de este domingo nos presenta a una mujer samaritana que es transformada interiormente después de su conversación con Jesucristo:
«No debe pasarse en silencio que aquella mujer se marchó dejando su cántaro. Porque el cántaro representa el afecto de cosas mundanas, esto es, la concupiscencia, por medio de la cual los hombres sacan su voluptuosidad de la profundidad oscura, representada por el pozo. Convenía, por lo tanto, que aquella mujer, cuando creyó en Jesucristo, renunciase al mundo. Y así, abandonando el cántaro, demostró que abandonaba las pasiones de la vida» (San Agustín, Lib 83 quaest. qu. 64).
El ejemplo de la Samaritana nos invita a poner nuestra atención hoy en el Sacramento de la Penitencia. Más aun teniendo en cuenta que estamos en un tiempo litúrgico en que la Iglesia nos impone los preceptos de la confesión y comunión pascual y nos acercamos a la celebración de los grandes misterios de nuestra fe en los días de Semana Santa.
«Imitemos a esta mujer y no nos avergoncemos ante los hombres para confesar nuestros pecados; sino temamos a Dios como es lo conveniente y justo, puesto que Él ahora ve nuestras faltas y después castigará a quienes en el tiempo presente no hagan penitencia […] Os ruego, por lo mismo, que, aun cuando nadie presencie nuestras obras, cada cual entre en su conciencia y ponga delante de sí como juez a su propia razón y traiga al medio sus pecados; y si no quiere que en aquel día tremendo sean públicamente promulgados, ponga el remedio de la penitencia y sane así sus llagas» (S.Juan Crisóstomo, Homilía XXXIV).
Después de habernos dispuesto a la confesión con el examen de conciencia, dolor  de los pecados y propósito de la enmienda es necesario acudir al confesor y acusarse sinceramente de los pecados personales para obtener la absolución. Hemos de confesar por obligación todos los pecados mortales; aunque es muy bueno confesar también los veniales.
 
La confesión ha de ser entera, quiere decir que no basta con una acusación genérica o reconocer en abstracto nuestra condición de pecadores sino que hemos de manifestar con sus circunstancias y número todos los pecados mortales cometidos desde la última confesión bien hecha, y de los cuales tenemos conciencia.
 
Aunque el confesar a otro los propios pecados sea gravoso, hay que hacerlo, porque es precepto divino y no se puede alcanzar el perdón de otra manera, y, además, porque la dificultad de confesarse se compensa con los muchos bienes y consuelos grandes que hay en ello (Cfr, Catecismo Mayor, nº  743-770).
 
Examinemos nuestra conciencia y acudamos con arrepentimiento sincero al Sacramento de la Confesión, donde el Señor nos devuelve lo que culpablemente perdimos por el pecado: la gracia y la dignidad de hijos de Dios. ¡Qué triste sería si pasase en vano este santo tiempo y sin dejar en nosotros huella, sin producir en nuestras almas algún fruto de vida eterna! «Llegado es ahora el tiempo favorable, llegado es ahora el día de la salvación». (2Cor 6, 2). Aprovechemos hoy para hacer propósitos firmes.
 
A la Virgen María, a su intercesión y a sus méritos, nos acogemos: que preparare nuestras almas para viviendo así, recibir al Señor cuando llegue en el encuentro definitivo, el día que cerremos nuestros ojos a este mundo con la esperanza de contemplar a Dios por toda la eternidad.
 
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viernes, 21 de marzo de 2014

Importante novedad editorial: "La columna relámpago, agosto de 1936"

La columna relámpago

Autores:
FRANCISCO PILO ORTIZ
MOISES DOMINGUEZ NUÑEZ
FERNANDO DE LA IGLESIA RUIZ

Editorial: DIEGO MARIN LIBRERO EDITOR

Pulse sobre este enlace para tener acceso a la versión en e-Book
Es la segunda parte de la Matanza de Badajoz ante los Muros de la Propaganda( Libros Libres 2010)  y consiste en el estudio pormenorizado, minuto a minuto, del avance de la Columna Madrid para tierras de Extremadura
Nos hemos propuesto dar a conocer información que aclarará lo que representó la Guerra Civil en la provincia de Badajoz en su fase inicial, intentando llegar donde otros por desconocimiento, ignorancia, mala o buena fe no han llegado y desprendiéndonos de cualquier ideología que enturbie sesgadamente el resultado final de este libro que tiene usted entre sus manos. Esa es nuestra intención. 
El ámbito temporal y espacial de la presente obra se circunscribe a los acontecimientos que tuvieron lugar desde la salida de las tropas Legionarias y de Regulares de Sevilla, hasta su marcha de Badajoz, haciendo especial reseña en la Batalla de los Santos de Maimona, ataque y contraataque de Mérida y toma de Badajoz el 14 de agosto de 1936. 
Para ello manejaremos cientos de hojas de servicios, diario de operaciones de las distintas unidades que intervinieron, partes, órdenes e incidencias de los tabores de Regulares y Banderas de la legión, infantería, ingenieros, aviación, testimonios orales y escritos, etc. 
Para este trabajo hemos consultado los más diversos archivos militares y civiles, registros, fundaciones, etc. de España y el extranjero. No podíamos dejar ningún cabo sin atar y así el lector encontrará datos inéditos que aportan información hasta ahora desconocida sobre la operaciones militares en Badajoz. Con ello queremos dar una visión más cercana y humana al lector de los acontecimientos, uniendo las piezas de ese gran puzzle que supone la documentación con la que hemos trabajado.

lunes, 17 de marzo de 2014

Franco no humilla a Rojo, pero le venció militarmente

 
La aparición del Diccionario Biográfico Español editado por la Real Academia de la Historia ha venido seguida por una furiosa campaña de la ultraizquierda historiográfica, política y mediática. Al hacerlo, sus representantes demuestran que son conscientes del retroceso que supone para sus campañas de agit-prop no haber controlado, con sus métodos habituales, la redacción de esta obra. La irritación llevó a extremos tan pintorescos como el de adjetivar apresuradamente de Contradiccionario a un vademécum publicado en 2012 y que recopilaba los lugares comunes de la propaganda emanada desde este sector en torno a la Segunda República, la Guerra Civil y la España de Franco.
 
Aunque mi aportación ha sido más que modesta, poco son cinco biografías en un conjunto de más de 50 volúmenes, ya he dicho en otro lugar que me siento orgulloso de haber colaborado en este proyecto junto a historiadores de la categoría de Gonzalo Anes, Vicente Palacio Atard, Carlos Seco Serrano o Luis Suárez Fernández, por citar solamente a algunos. Y es que los dicterios contra el Diccionario Biográfico se vuelven contra quienes los lanzan porque revelan su voluntad de imponer una interpretación unilateral y manipuladora de la historia, sin admitir la existencia de instituciones académicas y científicas independientes.
 
Que los herederos del Frente Popular se ocupen de apenas unas columnas en el contexto de más de 40.000 páginas es un honor inmerecido, que hay que apreciar en lo que supone a la hora de señalar objetivos y que solamente merece, mutatis mutandi, la respuesta de Calvo Sotelo cuando el presidente del Gobierno pronunció su sentencia de muerte ante las Cortes republicanas: «La vida podéis quitarme pero más no podéis…».
 
Nos referimos, en concreto, a una de las biografías que aparecen el citado Diccionario: la de Vicente Rojo, el militar que ocupó durante la Guerra Civil la jefatura del Estado Mayor Central del Ministerio de Defensa.
 
Son numerosos los aspectos interesantes de la trayectoria del militar valenciano y recogidos en dicha reseña biográfica, como son sus campañas en las zonas de Ceuta y Tetuán, sus aptitudes para la formación teórica en la Academia de Toledo, su participación en las acciones psicológicas planeadas para desmoronar la resistencia del Alcázar, o su muerte en Madrid, a donde volvió desde el exilio. Sin embargo, alguna reseña periodística ha preferido centrarse en una imposible confrontación entre las figuras de Francisco Franco y Vicente Rojo.
 
Imposible confrontación, en primer lugar, porque Franco asumió durante la guerra la doble responsabilidad de Jefe del Estado y Generalísimo de los Ejércitos mientras que en la retaguardia roja nunca se llegó a culminar la unificación del poder político y militar a pesar de los intentos del Partido Comunista por imponerla a sangre y fuego. Fe de ello dan los centenares de izquierdistas masacrados en la propia retaguardia frentepopulista (cfr. Manuel AGUILERA POVEDANO, Compañeros y camaradas. Las luchas entre antifascistas en la Guerra Civil Española, Madrid: Actas, 2012). En cuanto a la posición de Rojo en el organigrama de las autoridades frentepopulistas, es cierto que favorecido por su aproximación a los comunistas, fue nombrado jefe del Estado Mayor Central del Ministerio de Defensa Nacional tras la caída de Largo Caballero (Gaceta de la República, 21-mayo-1937). Pero no es menos cierto que, desde tal posición, apenas pudo hacer más que diseñar brillantes operaciones sobre el papel que, sistemáticamente, eran bloqueadas por los asesores soviéticos o fracasaban al intentar ponerlas en práctica.
 
Y, en segundo lugar, la confrontación es imposible porque, a partir del verano de 1937,  resulta posible escribir la historia militar de la Guerra Civil como el relato del reiterado fracaso de los planteamientos teóricos de Vicente Rojo siempre limitados por las estrategias políticas de un Partido Comunista a cuyas milicias elogió muchas veces y que, únicamente, recibió valoraciones positivas para su capacidad militar de aquellos jefes surgidos en la órbita del Quinto Regimiento como Líster, Modesto y Tagüeña.
 
Pero antes de tratar más a fondo de esta cuestión, conviene hacer dos precisiones.
 
Una guarda relación con la propia actividad de Rojo al servicio del Gobierno frentepopulista, tan incoherente con sus previas convicciones políticas y religiosas. Es cierto que Michael Alpert (nada sospechoso de afinidad con los sublevados) encuadra a Rojo entre los que llama leales geográficos, es decir, aquéllos que permanecieron al servicio del Frente Popular únicamente porque las circunstancias los situaron en zona republicana. Pero no es menos cierto que en la última entrevista que Rojo concede en su vida, de vuelta ya en Madrid, responde a la pregunta de George Hills sobre el personaje que más admira de la guerra en estos términos: «Al Teniente Coronel Noreña» (ABC, Madrid, 9-enero-1973, pág. 26). Basta constatar que éste era un oficial de Estado Mayor que había preferido ser fusilado a servir a la República en el puesto seguro que le ofrecían a cambio de su fidelidad al régimen. En septiembre de 1936, uno de los asediados del Alcázar toledano le indicó a Rojo que por qué no se quedaba con ellos, contestando éste que tenía su mujer e hijos en Madrid y que si no volvía se los matarían… Una controversia acerca de la lealtad o deslealtad de Vicente Rojo carece de sentido, a no ser que las adscripciones políticas en la España de julio de 1936 se sitúen en un terreno dogmático del que no cabe discrepar.
 
Otra precisión debe hacerse acerca de las tropas que combatieron a sus órdenes. Nada más lejos de la realidad que la imagen de un Ejército Nacional profesionalizado y respaldado por las potencias europeas que le daban superioridad ante sus oponentes frente a unas simpáticas bandas de milicianos armados con más buena voluntad que medios. En realidad las tropas a las órdenes del Gobierno frentepopulista, que no tenían de Popular más que el apelativo, se convirtieron muy pronto en un Ejército bien mandado y bien encuadrado en más de doscientas brigadas mixtas de las que cinco totalmente, y dos tardía y parcialmente, fueron brigadas internacionales.
 
Basta citar, por ejemplo, el caso de la defensa de Madrid en la que Vicente Rojo interviene como jefe de Estado Mayor. Frente a los 15.000 hombres de Varela, los frentepopulistas disponían desde el primer momento, aunque en diferente grado de encuadramiento y organización, de unos 40.000 hombres con armamento y cobertura artillera aérea y blindada superior a la del enemigo. Por cierto que es en dicho contexto cuando el corresponsal de Pravda, Koltsov, contribuye decisivamente a difundir el nombre de Rojo en sus artículos. En adelante, la clave de la carrera del militar no serán sus éxitos en el campo de batalla sino el apoyo del Partido Comunista. Así será en el verano de 1938, cuando la ayuda soviética permitía al Gobierno republicano una cierta superioridad en un momento en que estaba en peligro la paz de Europa, cuando Rojo plantea la ofensiva del Ebro con la idea de agotar las últimas posibilidades para cambiar el curso de la contienda, o por lo menos de prolongarla hasta la intervención directa de las potencias amigas.
 
Es verdad que, durante mucho tiempo, Rojo acarició la posibilidad de una ofensiva en Extremadura y Andalucía cuyo máximo objetivo soñado era la conquista de Sevilla (el llamado Plan P) pero, sistemáticamente, los asesores soviéticos impidieron la materialización de una iniciativa que, contaba con argumentos favorables sobre el papel, pero que no coincidía con los intereses políticos del Partido Comunista. de mayor interés práctico. Quienes conceden excesiva importancia al proyecto no explican  cómo las fuerzas atacantes podrían haber llegado a la frontera portuguesa, con la rapidez  necesaria, avanzando en territorio enemigo más de ochenta kilómetros desde el frente inicial  cuando todos los paralelismos inducen a pensar en que el Ejército Popular habría sido incapaz de lograrlo:
«Las comparaciones no son absolutamente determinantes, pero se podría recordar cómo en la ofensiva de Brunete las fuerzas atacantes no lograron avanzar más de quince a veinte kilómetros de sus bases de partida, en la de Belchite una distancia análoga; en el Ebro su avance alcanzó una profundidad de veinticinco kilómetros antes de ser detenido ante Gandesa y, por último, cuando se llevó a cabo una importante ofensiva en Extremadura en enero de 1939, en la que el Ejército Popular logró el avance territorial más extenso de la guerra, no sobrepasaron los cuarenta kilómetros de las posiciones iniciales» (José SEMPRÚN, El genio militar de Franco (Precisiones a la obra del coronel Blanco Escolá "La incompetencia militar de Franco"), Actas Editorial, Madrid, 2000, pág. 130).
Aquí radica el talón de Aquiles de Vicente Rojo a lo largo de toda la contienda. Desde su puesto, plantea un procedimiento de oposición indirecto a las maniobras ofensivas del contrario que denomina contragolpe estratégico. Consistía en lanzar una acción ofensiva potente con un objetivo claramente señalado sobre una zona importante del dispositivo enemigo de defensa con la idea de obligar a éste a abandonar la acción ofensiva emprendida en otro frente para llevar a la zona atacada las fuerzas empeñadas en aquel avance. Rojo intentará repetir la maniobra en varias ocasiones (Brunete y Belchite) sin conseguir, en ningún caso, que Franco trasladase un número de fuerzas tan relevante como para impedirle sus victorias decisivas en otros frentes (Santander y Asturias). Y cuando, finalmente, el Generalísimo acude a la confrontación en el Ebro, el resultado será un verdadero desastre para el Ejército Popular (julio-noviembre de 1938).
 
Párrafo aparte merece lo ocurrido con anterioridad a la Batalla del Ebro en el escenario aragonés, lugar predilecto para las estrategias favorecidas por el Partido Comunista. Paradójicamente, sera aquí donde Franco obtenga la más absoluta superioridad sobre los planteamientos de Rojo, al pasar inmediatamente a la contraofensiva. Mientras Rojo creía definitivamente cancelada la batalla con la conquista de los reductos turolenses en enero de 1938, Franco decidió aprovechar la superioridad real de que gozaba para hundir las pretensiones de la propaganda enemiga en el propio escenario de Teruel. Y el general Rojo, que había sido el indudable artífice de la parcial victoria en la primera fase de la batalla (con la ocupación de la capital) se convertía muy poco después en el responsable de la estrepitosa derrota final, por mantener sus planes al margen de la realidad de la guerra que Franco mantenía en torno a Teruel. Al parecer, tan “agudo estratega” no había previsto que si se empeñaba en que Franco concentrara su masa de maniobra en Aragón, éste aprovechase para organizar una gran ofensiva en el valle del Ebro después de la reconquista de Teruel.
 
El eclipse final de Rojo no se debe únicamente a su temprano exilio en Francia. Tras la derrota del Ebro su figura comenzó a declinar y algunos sectores pusieron en duda su capacidad profesional y lealtad a la República.
«Cuando el 23 de diciembre de 1938 se inició la ruptura del frente de Cataluña, Franco se adelantaba a la maniobra de Vicente Rojo consistente en un desembarco en Motril y en una ofensiva del General Escobar desde Extremadura. En Cataluña se inició una rápida desbandada y cuando el Ejército Popular atacó en el Sur, el Generalísimo pudo disponer de las reservas suficientes para neutralizar el ataque. El 26 de enero de 1939, Azaña y el jefe de Gobierno, Negrín, se entrevistan con Rojo en el castillo de Perelada. El informe que da el jefe de Estado Mayor no puede ser más objetivo: la guerra se ha perdido irremediablemente. Aunque la zona Centro se conserva, no existen posibilidades de defensa al faltar industria pesada, alimentos, material bélico, hombres, ilusiones... Rojo sugiere a Negrín la rendición para ahorrar vidas. Negrín se niega. Sin embargo, cuando el General visita a Azaña en la embajada de España en París, afirma todo lo contrario: la guerra debe continuar, puesto que en el Centro existen posibilidades todavía. Azaña dimite. Rojo se indigna y parece dispuesto a incorporarse en su puesto en Madrid. Pero finalmente decide quedarse en Francia, posiblemente hasta esperar al desenlace de la sublevación anticomunista que preparaba Casado».
En las anteriores líneas de la recensión biográfica que estamos comentando, quedan bien reflejados los contactos entre Rojo y Negrín y su posición ante la iniciativa de Casado. Pero no parece lícito distorsionar la actividad de Rojo desde su exilio francés, cuando buscaba inútilmente a Negrín esperando pedirle protección para los miles de combatientes internados por el Gobierno galo en campos de concentración o pretendía ponerse en contacto con Miaja y Matallana sin que le hicieran el menor caso (Cfr. Vicente ROJO, Alerta los pueblos, Barcelona, Ariel, 1974; pág. 179).
 
El hecho, irrebatible, es que Rojo no aceleró precisamente su regreso a la zona roja desde Francia aunque, efectivamente, el golpe de Casado y el final del conflicto, no permitan dar mayor verosimilitud a cualquier elucubración sobre cuáles eran sus verdaderas intenciones. Lo que no es hipótesis es la postura de Rojo ante las negociaciones con Franco para poner fin a la guerra: en su carta a Negrín de febrero de 1939 le pide su apoyo para las previstas negociaciones que van a emprender los generales Miaja y Matallana y en la enviada a estos dos últimos, aconseja que «caso de no ceder los políticos a lo que se les pedía, sin ningún escrúpulo y por el bien de España se les fusilara». Todo un "moderado"… que, eso sí, decide quedarse en Francia consciente como resguardo ante la inconsistente postura de Negrín (cfr. Ricardo de la CIERVA, La victoria y el caos. Madridejos: Editorial Fénix, 1999, págs, 290-291 y 669).
 
En sus posteriores reflexiones sobre el conflicto, el propio Vicente Rojo reconoció que, en el terreno militar, Franco triunfó porque lo exigía la ciencia militar y el arte de la guerra; y que sus enemigos se vieron privados de los medios materiales indispensables para el sostenimiento de la lucha no por carecer de ellos, sino debido a interferencias políticas, incompetencia e imprevisión y porque la dirección técnica de la guerra en el ejército republicano era defectuosa en todo el escalonamiento del mando. En el terreno político, Franco venció porque la República no se había fijado un fin político, propio de un pueblo dueño de sus destinos o que aspiraba a serlo; porque el gobierno republicano fue impotente por las influencias sobre él ejercidas para desarrollar una acción verdaderamente rectora de las actividades del país; porque los errores diplomáticos de la República le dieron el triunfo al adversario mucho antes que pudiera producirse la derrota militar. En el orden social y humano Franco habría triunfado (siempre según el propio Rojo) porque logró la superioridad moral en el exterior y en el interior y porque supo asegurar una cooperación internacional permanente y pródiga (Cfr. Vicente ROJO, ob. cit., págs.185-194).
 
El 16 de junio de 1966, ABC, el diario monárquico antaño incautado por el Frente Popular a cuyo servicio puso su carrera militar Vicente Rojo publicaba una esquela insertada por sus familiares en la que se daba cuenta de su fallecimiento el día anterior (pág. 142). Aquella tarde, Vicente Rojo era enterrado en Madrid: «había como doscientas o trescientas personas esperando. Se veían algunos coches oficiales, dos de ellos del Ejército. Había una mayoría de hombres maduros... Estábamos también... algunos falangistas que rendían su último tributo a un hombre que se equivocó, pero que lo hizo a la española... salió, llevado a hombros de familiares y amigos, posiblemente también de viejos subordinados, un ataúd. Dentro iba... el comandante Vicente Rojo, general jefe del Estado Mayor del Ejército popular en los años de nuestra guerra» (Rafael GARCÍA SERRANO, La Nueva España, Oviedo, 17-junio-1966, pág. 28).
 
La prensa publicada en España en vida de Franco calificaba a Vicente Rojo como «el jefe militar más brillante del ejército republicano durante la guerra civil». Setenta y cinco años después, hay personas y medios de comunicación empeñados en utilizar su nombre para seguir dividiendo a los españoles. Es lo que tiene ser un nostálgico de la ideología totalitaria que, irrevocablemente, fue derrotada el 1 de abril de 1939. Otros preferimos hacer nuestras las palabras de García Serrano en la ocasión antes citada: «Descanse en paz... este general cuyo nombre está vinculado perpetuamente a nuestra guerra. Digo nuestra guerra, la de unos y otros, la que se hizo pensando en una España mejor para todos los hombres de buena voluntad que en ella participaron».
 
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sábado, 15 de marzo de 2014

Llegado es ahora el día de la salvación

 
En este segundo domingo de Cuaresma leemos en el Evangelio el misterio de la vida de Cristo que conocemos con el nombre de la Transfiguración.
 
Después de anunciar a sus discípulos su pasión y resurrección, «tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (Mt 17, 1-2). Los discípulos vieron, por un breve tiempo, un esplendor aún más intenso que la luz del sol, el de la gloria divina de Jesús.
 
Junto a Jesús transfigurado, «aparecieron Moisés y Elías conversando con él» (Mt 17, 3); Moisés y Elías representaban a la Ley y a los Profetas. Moisés, que dio la Ley que había de educar al pueblo para Cristo, nos lo señala: ¡Este es el legislador esperado! Elías, como representante de los Profetas que explicaron la Ley al pueblo y anunciaron al Mesías, anuncia aquí solemnemente: ¡Este es el Salvador prometido! Cristo es «la Palabra de Dios, Palabra  de Dios en la Ley, Palabra de Dios en los Profetas» (San Agustín). De hecho, el Padre mismo proclama: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo» (Mt 17, 5).
«En el umbral de la vida pública se sitúa el Bautismo; en el de la Pascua, la Transfiguración. Por el bautismo de Jesús "fue manifestado el misterio de la primera regeneración": nuestro bautismo; la Transfiguración "es es sacramento de la segunda regeneración": nuestra propia resurrección (Santo Tomás, s.th. 3, 45, 4, ad 2). Desde ahora nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo» (CATIC, nº 556).
Como sabemos, Jesucristo murió por todos; pero no todos se salvan, porque o no le quieren reconocer o no guardan su ley, o no se valen de los medios de santificación que nos dejó. Para salvarnos no basta que Jesucristo haya muerto por nosotros, sino que es necesario aplicar a cada uno el fruto y los méritos de su pasión y muerte, lo que se hace principalmente por medio de los sacramentos instituidos a este fin por el mismo Jesucristo, y como muchos no reciben los sacramentos, o no los reciben bien, por esto hacen para sí mismos inútil la muerte de Jesucristo (Catecismo Mayor, 114-115.). Dios nos comunica la gracia principalmente por medio de los santos sacramentos.
 
Por Sacramento se entiende un signo sensible y eficaz de la gracia, instituido por Jesucristo para santificar nuestras almas. Llamamos a los sacramentos señales sensibles y eficaces de la gracia, porque todos los sacramentos significan, por medio de cosas sensibles, la gracia divina que producen en nuestras almas. Los sacramentos dan siempre la gracia con tal que se reciban con las necesarias disposiciones. (ibid., 527-539).
 
En este santo tiempo de Cuaresma conviene recordar que con las palabras del segundo mandamiento: Confesar los pecados mortales al menos una vez al año, la Iglesia obliga a todos los cristianos que han llegado al uso de razón, a acercarse por lo menos una vez al año al sacramento de la Penitencia para confesar los pecados mortales.
 
El tiempo más oportuno para satisfacer el precepto de la confesión anual es la Cuaresma, según el uso introducido y aprobado de toda la Iglesia. La Iglesia dice: al menos, para darnos a entender su deseo de que nos acerquemos más a menudo a los santos sacramentos. Es utilísimo confesarse a menudo, sobre todo porque es difícil que se confiese bien y esté alejado del pecado mortal quien rara vez se confiesa (ibid. 485-490).
 
Recordemos las palabras de San Pablo: «Hermanos, os exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios. Pues Él mismo dice: Al tiempo oportuno te oí, y en el día de la salvación te di auxilio. Llegado es ahora el tiempo favorable, llegado es ahora el día de la salvación». (II Cor 6, 2). Esta Cuaresma es un tiempo de gracia y una oportunidad de conversión que Dios nos ofrece y que no sabemos si volverá a repetirse. Vivamos este santo tiempo con la preocupación seria de esforzarnos para poner el alma en camino seguro de salvación. Y para ello, nada mejor que poner en práctica la invitación que hemos escuchado en el Evangelio: escuchar la Palabra del Hijo de Dios que nos llama al arrepentimiento y a la confesión de nuestros pecados.
 
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sábado, 8 de marzo de 2014

Mártires de la Tradición

 
 
Homilía en la Misa por los Mártires de la Tradición celebrada en El Pardo (Madrid) el 8 de marzo de 2014
 
I.- El 5 de noviembre de 1895, en su conocidísima Carta al Marqués de Cerralbo, Carlos VII se proponía «no olvidar lo mucho que debemos al pasado» y daba forma concreta a su propósito de instituir una fiesta para honrar «a los mártires que desde principio del siglo XIX han perecido a la sombra de la bandera de Dios, Patria y Rey, en los campos de batalla y en el destierro, en los calabozos y en los hospitales».
 
Desde entonces, cada 10 de marzo, aniversario de la muerte de Carlos V en 1855, o en los días inmediatos, los fieles a la Tradición se reúnen ante el Altar para asistir a la Santa Misa, a la renovación incruenta del Sacrificio de la Cruz en la que Jesucristo «ofreció su muerte en sacrificio y satisfizo a la justicia de Dios por los pecados de los hombres» (Catecismo Mayor, 104). Pedimos así, por el eterno descanso de sus almas y, en virtud de la Comunión de los Santos, esperamos ser enriquecidos por sus merecimientos y el fruto de todas sus buenas obras.
 
Todos hemos visto las imágenes de los Tercios de Requetés en la Cruzada avanzando o desfilando bajo la sombra del Crucifijo que llevaban  en el remate de un asta de madera de notables dimensiones «Aunque se veía menos que la bandera, su presencia era más importante, y son muchos los requetés que han muerto buscando su silueta, desde el suelo, para enviarle una despedida terrenal y un saludo de llegada a su reino celeste» (Redondo-Zavala, El Requeté, pág. 84).
 
Alguna de las fotografías más emotivas y reproducidas de nuestra guerra, los presenta así. Hermosa imagen gráfica de una realidad mucho más profunda Tras las huellas de Cristo Crucificado han sido miles los que en holocausto del ideal dieron su vida en las gestas heroicas de los campos de batalla o fueron fusilados y sometidos a los más diversos martirios… Miles, también, los que sacrificaron los intereses materiales; los que en tiempos pasados y en los presentes ofrecieron y ofrecen su renuncia generosa en favor de la misma causa de Dios, la Patria y el Rey legítimo. En todos ellos se cumple lo afirmado en la Ordenanza del Requeté: «Muere por Él, que morir así, es vivir eternamente. Ante Dios, nuca serás héroe anónimo». O, como dice, el Devocionario del Requeté: «Tu heroísmo, tu aceptación del martirio, junta en uno los ideales de Dios y la Patria».
 
II.- En su Pasión, Jesucristo habla para proclamar que es el Hijo de Dios «Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el  Cristo, el Hijo de Dios. Le dice Jesús: Sí, tú lo has dicho» (Mt. 26,63-64). Y esa respuesta supuso su condena a muerte por parte del Sanedrín. Ésta es la confesión más solemne que se hizo jamás de su divinidad: Jesucristo, Rey de los mártires, muere por confesar su divinidad, y todos los mártires darán su vida por la misma causa (Dom Columba Marmiom). Pero la confesión de la divinidad de Cristo es inseparable de la profesión de fe en su realeza: «Pilato le preguntó: Entonces ¿tú eres rey?" Jesús contestó: "Tú lo has dicho: Yo soy Rey. Para esto nací, para esto vine al mundo, para ser testigo de la Verdad» (cfr. Jn 18, 36-37)».
 
El mismo Jesucristo, que ahora se proclama rey ante el gobernador romano había enseñado a dar «al César lo que es del César»: es decir, lo que le corresponde pero nada más que lo que le corresponde, porque ni el Estado ni los poderes políticos tienen una potestad y un dominio absolutos: «dad a Dios lo que es de Dios».
 
Hay que dar a Dios lo que a Él le pertenece. También las autoridades están sometidas a graves obligaciones morales. Cuando se olvidan estas obligaciones morales del Estado se cae en el laicismo que consiste en hacerlo todo prescindiendo de Dios y de la religión, en ignorar las doctrinas del santo Evangelio, en una palabra, en hacerlo todo sin religión ni de piedad, como si el hombre no tuviese un fin superior que cumplir más allá de esta vida.
 
Por el contrario, las autoridades políticas están gravemente obligadas a servir al bien común, a legislar y gobernar con el más pleno respeto a la ley natural, amparando la vida desde el momento de su concepción; protegiendo a la familia, origen de toda sociedad; velando por el derecho de los padres a la educación religiosa de los hijos; promoviendo la justicia social ... «¡Ay de los que dan leyes inicuas, y de los escribas que escriben prescripciones tiránicas, para apartar del tribunal a los pobres, y conculcar el derecho de los desvalidos de mi pueblo, para despojar a las viudas y robar a los huérfanos» (Is 10, 1-2), clama el Señor por boca del Profeta Isaías.
 
Cuando los poderes políticos abusan de su poder imponiendo cosas contrarias a los derechos de Dios y de su Iglesia, los católicos deben responder con valentía como los Apóstoles: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5, 29); y hacer todo lo que esté de su mano, poniendo para ello todos los medios lícitos, para poner fin a esa situación llegando a sufrir la persecución y la muerte, si fuera necesario, como nos demuestran los mártires a lo largo de veinte siglos de historia de la Iglesia y de manera muy especial, los Mártires de la Tradición, a los que queremos no solamente honrar sino imitar en la medida de nuestras escasas fuerzas, sostenidos por la gracia de Dios.
 
III.- Por eso, podemos terminar con una frase del extremeño Donoso Cortés,
«Sólo en la eternidad, patria de los justos, puedes encontrar descanso; porque sólo allí no hay combate: no presumas, empero, que se abran para ti las puertas de la eternidad, si no muestras entonces las cicatrices que llevas; aquellas puertas no se abren sino para los que combatieron aquí los combates del Señor gloriosamente y para los que van, como el Señor, crucificados».
Donde hay un cristiano crucificado está junto a él nuestra Madre, la Santísima Virgen María. A ella la necesitamos para conservarnos en la fidelidad, especialmente en unos tiempos como los nuestros, cuando cuesta la perseverancia, cuando encontramos la dificultad en el ambiente o en nuestras pasiones; cuando es duro permanecer en pie junto a la Cruz de Jesús, como estaba Santa María.
 
A ella acudimos para pedirle la gracia de reunirnos un día en el Cielo con los Mártires que nos han precedido en la fidelidad a la Cruz y al Rey que murió en ella para alcanzarnos la salvación eterna.
 
Que la Inmaculada Madre de Dios, Reina de los ángeles y de los hombres, se digne elegirnos para militar con Cristo, en esa campaña del Reino de Dios contra las fuerzas del mal que es el eje de la historia del mundo. Sabiendo que nuestro Rey es invencible, que su Reino no tendrá fin, y que su recompensa supera cuanto la mente humana pudo soñar de hermoso y de glorioso.
 
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¿Y por qué está de moda?

 
Por la escasez y el tenor de sus intervenciones sobre el tema, se impone la evidencia de que la cuestión litúrgica ocupa un lugar mucho menos preponderante en el universo de Francisco que en el de su inmediato predecesor. Y lo mismo puede decirse en relación con un aspecto concreto: el de la Misa en el Rito Romano tradicional que Benedicto XVI caracterizó como “Forma extraordinaria” en su Motu Proprio Summorum Pontificum (2007)[1].
 
Aunque la liturgia no parece ocupar el centro de las atenciones de Bergoglio, sin embargo, resulta inevitable cierta incertidumbre acerca de la pervivencia en el tiempo de algunas de las iniciativas tomadas por Ratzinger en este terreno. Nos referimos, en especial, al estatuto de relativa tolerancia ofrecido a la Misa Tradicional y la tímida puesta en marcha de una apenas esbozada reforma de la reforma destinada a limar algunos de los excesos más estridentes de la reforma litúrgica posconciliar.
Quizá por eso, se miran con lupa los escasos pronunciamientos de Francisco al respecto. Tanto en acciones de gobierno (caso de las restricciones impuestas a los Franciscanos de la Inmaculada) como en palabras y comentarios a diversos interlocutores. Y da la impresión de que se dimensionan con exceso tanto los presuntos respaldos como las no tan sutiles reticencias.
 
Especial repercusión han tenido las declaraciones del Arzobispo checo Jan Graubner, de Olomouc en Radio Vaticano con motivo de unas palabras de Francisco en torno a los fieles adheridos a la Liturgia Tradicional que el propio Arzobispo caracteriza de “declaración bastante fuerte” y pone en contraste con un tono habitual de “gran afecto, atención y sensibilidad por todo, en orden a no herir a nadie”:
Cuando estábamos discutiendo acerca de quienes están interesados en [son aficionados a] la antigua liturgia y desean regresar a ella, era evidente que el Papa habla con gran afecto, atención y sensibilidad por todo, en orden a no herir a nadie.  Sin embargo, hizo una declaración bastante fuerte cuando dijo que él entiende que la vieja generación regrese a lo que experimentó, pero que no puede entender que las generaciones más jóvenes deseen regresar a ello. “Cuando busco más a fondo -dijo el Papa- me parece que es más bien una especie de moda ["fashion" en el original inglés de la noticia]. Y si se trata de una moda, por lo tanto, no es una cuestión que necesite mucha atención. Sólo es necesario mostrar un poco de paciencia y amabilidad con las personas que son adictas a una cierta moda. Pero considero de gran importancia profundizar en las cosas, porque si no profundizamos, ninguna forma litúrgica, ésta o aquélla, nos puede salvar”.
De entrada, hay que reconocer que la constatación de Francisco es irrebatible. La Liturgia Romana Tradicional no solamente goza de muy buena salud en lo que a respaldo de los fieles católicos se refiere sino que resulta especialmente relevante el número de los que desearíamos celebrarla o asistir a ella de manera exclusiva, dejando a un lado la liturgia reformada. Y muchos de nosotros pertenecemos a las generaciones más jóvenes y que, por tanto, no tuvimos posibilidad de haberla conocido antes de su práctica extinción en 1969.
 
Para entender el proceso por el que esta Liturgia ha llegado a convertirse en “una moda” conviene no olvidar que las medidas disciplinarias aplicadas con motivo de las ordenaciones sin mandato pontificio llevadas a cabo por monseñor Lefebvre el 30 de junio de 1988 no tuvieron el efecto deseado ni provocaron un desmoronamiento entre los sacerdotes y fieles adheridos a la gran obra de la Tradición.  No solamente la Hermandad de San Pío X continuó con toda normalidad su labor apostólica incrementando notablemente el número de sus miembros y fieles bajo su atención pastoral sino que, al amparo de las tímidas concesiones apuntadas en la Carta Apostólica Ecclesia Dei (1988), surgieron -en número relativamente elevado- grupos y congregaciones religiosas adheridos a la Liturgia Tradicional  que, promoviendo su estudio y celebración, la extendieron a muchos que hasta entonces la desconocíamos.
 
A partir de 1988 -y aunque las relaciones entre la Comisión Ecclesia Dei y los grupos adheridos a la Liturgia Tradicional no siempre eran fluidas- parecían haberse superado definitivamente situaciones como las promovidas por el tristemente célebre "indulto" otorgado por Juan Pablo II en 1984 (Quattuor abhinc annos). Allí se imponían condiciones leoninas que exigían entregar el nombre de los sacerdotes y fieles que deseaban celebrar y asistir a las Misas "indultadas" concediendo el permiso exclusivamente a ellos. Medida policíaca sin precedentes en el ámbito de la Liturgia católica.
 
Ya en el pontificado de Benedicto XVI, el Motu proprio de 2007, acompañado de una significativa Carta a los obispos y complementado con una posterior Instrucción Universae Ecclesiae (2011) ha abierto paso a una liberalización teórica, siempre obstaculizada en la práctica. Hoy el Rito Romano Tradicional es mucho más que una “moda” y constituye, en forma evidente, el sostén de muchas familias, de obras católicas, de escuelas, de vocaciones religiosas y sacerdotales…
 
Aún así resulta difícil de aceptar que este sea el clima más propicio para explicar la difusión de la moda que parece preocupar a Francisco, sobre todo cuando el uso de estas formas rituales no ha sido, generalmente, promovido o facilitado desde instancias oficiales. Recluidos en lugares inverosímiles, sometidos a traslados y a cambios de horario, limitados en el número de sus celebraciones, silenciados en lo que a proyección pública se refiere… Ni sacerdotes ni fieles gozamos –sobre todo en España– de verdadera libertad para ejercer el derecho a celebrar y participar en la Liturgia de acuerdo con las normas del citado Motu Proprio de Benedicto XVI. Las celebraciones de los católicos tradicionales se desarrollan, en muchos lugares, en condiciones que recuerdan a las del culto privado protestante que toleraban los católicos antes del Vaticano II: a algunos no les permiten ni tocar las campanas.
 
En este contexto, sería de desear que Francisco diera el paso de preguntarse por las razones más profundas de esta predilección, especialmente entre los más jóvenes, por la Liturgia tradicional. Sobre toda para saber si piensa neutralizarla con algo más que con una “paciencia y amabilidad” hacia sus adictos que, hasta ahora, ha brillado por su ausencia.

[1] En Summorum Pontificum se introdujo por primera vez la distinción entre forma ordinaria y extraordinaria para referirse, respectivamente, al Misal Romano promulgado por Pablo VI (1970) y al Misal Romano promulgado por San Pío V y nuevamente por el beato Juan XXIII (1962).
 
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22-febrero: Fiesta de la Cátedra de San Pedro

Cátedra de San Pedro Apóstol
 
La liturgia celebra hoy la fiesta de la Cátedra de San Pedro, con la que se da gracias a Dios por la misión encomendada al apóstol san Pedro y a sus sucesores. Se habla de la Cátedra que es la sede fija del obispo, puesta en la iglesia madre de una diócesis, que por eso se llama "catedral", como símbolo de la autoridad del obispo, y en particular de su Magisterio, es decir, de la enseñanza evangélica que, en cuanto sucesor de los Apóstoles, está llamado a conservar y transmitir.
“Por más que ya las sepáis y estéis incluso afianzados en la presente verdad -escribe San Pedro en su segunda Carta-, nunca cesaré de recordaros estas cosas, pues considero un deber estimularos con mis exhortaciones mientras habito en esta tienda de campaña, que pronto abandonaré, según me ha manifestado nuestro Señor Jesucristo. Pero me esforzaré para que en todo tiempo, después de mi partida, podáis tener presentes estas cosas” (2 Pdr 1, 12-15).
I.- Después de la resurrección de Jesucristo, San Pedro residió en Jerusalén y, más tarde, en Antioquía, la ciudad donde los discípulos empezaron a llamarse cristianos. Allí predicó el Evangelio, y volvió después a Jerusalén, donde se desató una sangrienta persecución. Liberado por el ministerio de un ángel, después del martirio de Santiago, abandonó Palestina y se retiró a otro lugar. San Jerónimo afirma que Pedro llegó a Roma en el año segundo del principado de Claudio, que corresponde al año 42 después de Cristo. Allí derramó su sangre por Cristo en la persecución de Nerón y su tumba, en la Basílica vaticana, da a entender, también de un modo material y visible, que Simón Pedro es, por expresa voluntad divina, la  roca fuerte, segura e inconmovible que soporta el edificio de la Iglesia entera a través de los siglos.
 
II.- El Evangelio de la Misa (Mt 16, 13-19) recoge la confesión de fe de San Pedro: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.
 
¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Había preguntado Jesucristo y sus discípulos respondieron haciéndose eco de las opiniones más diversas. Solamente San Pedro responde con una afirmación clara de su divinidad: Bienaventurado eres, Simón hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos.
“Es que era Pedro siempre el primero y el más diligente y fervoroso en el amor y servicio de Cristo; y como Dios nuestro Señor le vio tan bien dispuesto para recibir sus dones, le ilustró con una extraordinaria luz, para que conociese las grandezas de Cristo. Y así, arrebatado con la fuerza de esta luz, ganó por la mano a todos los demás discípulos y, en nombre de todos, respondió” (Saturnino Osés, Horas de Luz, Bilbao, Mensajero, 1955, p. 437)
También hay ahora opiniones discordantes y erróneas acerca de Jesús y una gran ignorancia sobre su Persona. Solo el don divino de la fe nos hace proclamar:
Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre;
La vida cristiana consiste en amar a Cristo, en imitarle, en servirle... Moisés, por mandato de Dios, levantó su mano y golpeó por dos veces la roca, y brotó agua tan abundante que bebió todo aquel pueblo sediento (Num 20, 1-13.). Esa roca era Cristo, dirá San Pablo (1Co 10, 4). Y aquel agua era figura de la Vida que sale a torrentes de Cristo y que saltará hasta la vida eterna (Cfr. Jn 4, 14; 7, 38). Y es nuestra Vida: porque nos mereció la gracia, vida sobrenatural del alma; porque esa vida brota de Él, de modo especial en los sacramentos; y porque nos la comunica a nosotros. Toda la gracia que poseemos, es gracia de Dios a través de Cristo. Esta gracia se nos comunica a nosotros de muchas maneras; pero el manantial es único: el mismo Cristo, su Humanidad Santísima unida a la Persona del Verbo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
 
Hagamos nuestra esta profesión de fe, especialmente cada vez que asistimos a la Santa Misa ¡Tú eres el Cristo! En el sacrificio del Calvario que se renueva en cada celebración, encontraremos a Santa María, que estuvo presente al pie de la Cruz y participó de un modo pleno y singular en la Redención. Que ella nos enseñé las disposiciones con que debemos vivir el sacrificio eucarístico, donde se ofrece su Hijo, para que la gracia de Cristo transforme toda nuestra vida.
 
Nota litúrgica: El Martirologio Romano celebró durante siglos el 22 de febrero la fiesta de la Cátedra de San Pedro en Antioquía y el 18 de enero la de su Cátedra en Roma. La reforma del calendario promovida por Juan XXIII unificó las dos conmemoraciones el 22 de febrero.
 
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