«M. Proudhon ha escrito en sus Confesiones de un revolucionario estas notables palabras: "Es cosa que admira el ver de qué manera en todas nuestras cuestiones políticas tropezamos siempre con la teología". Nada hay aquí que pueda causar sorpresa, sino la sorpresa de M. Proudhon. La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas» (Donoso Cortés).

sábado, 8 de marzo de 2014

Cáceres-1936: la larga noche del 19 al 20 de febrero


 
La inmensa mayoría de políticos izquierdistas que integraron el Frente Popular con vistas a las elecciones convocadas para el 16 de febrero de 1936, preconizaba la acción directa y enarbolaban la misma bandera de la revolución de Octubre de 1934. Nada tiene, por ello, de extraño que se concertaran para utilizar los cauces del sufragio universal como un medio más para el asalto al Poder, logrando con el fraude, la violencia y el amaño, la mayoría que, como era previsible, el cuerpo electoral había de negarles.
 
Debe tenerse en cuenta que, debido a la Ley Electoral vigente, la mecánica de adjudicación de las actas de diputados era complicada y necesitaba pasar por tres momentos sucesivos pero bastante separados en el tiempo:
 
- Escrutinio general.
- Celebración de una segunda vuelta en aquellas circunscripciones en que ninguna lista hubiera obtenido al menos el 40% de los votos.
- Discusión de las Actas en las Cortes.
 
Cualquier interferencia, por pequeña que fuera, en alguna de estas fases influye directamente sobre los escaños asignados, siendo especialmente delicado el escrutinio pues se distribuían los puestos previamente atribuidos a mayorías y minorías bastando una ligera modificación en el número de votos computados para provocar el vuelco del resultado electoral en toda una provincia. La ley electoral vigente reproducía y agravaba todos los defectos del decreto que reguló las elecciones a las Constituyentes y había sido aprobada por las izquierdas que confiaban en sus fuertes mayorías[1].
 
En realidad, la ausencia de garantías que se produjo tanto en el escrutinio como en la segunda vuelta y  el número de diputados que fueron privados de sus actas en las Cortes para atribuirlas a candidatos frentepopulistas, permite concluir que todo el mecanismo se condujo al margen de la ley. La vulneración del marco democrático resulta característica del proceso revolucionario iniciado el 16 de febrero.
 
En la noche del día citado, las primeras noticias acerca del resultado eran parciales: victoria del Frente Popular en Cataluña, Madrid y otras grandes ciudades y de las derechas en numerosas provincias. Hacia las diez, el presidente del gobierno, Manuel Portela Valladares, comunicaba el triunfo de la izquierda en Cataluña y la dimisión de Escalas, gobernador general de Cataluña y presidente de la Generalidad.
 
Inmediatamente, comienzan los desórdenes en la calle promovidos por los partidarios del Frente Popular. Es una situación que se mantendrá a lo largo de estos días, logrando influir en los cargos públicos de una manera parecida al 14 de abril de 1931, es decir, provocando la euforia por una victoria que todavía no existía y desmoralizando cualquier posibilidad de resistencia.
 
Aunque algunos periódicos afirmaban rotundamente que las izquierdas habían logrado la mayoría absoluta, el 18 de febrero todavía se tiene la impresión de que va a salir una Cámara en la que el Frente Popular se encontraría en equilibrio o con una ligera ventaja sobre la derecha y con la práctica desaparición del centro. En cualquier caso, era imposible decir cuál había de ser la composición definitiva de las Cortes: faltaba por conocer el resultado del escrutinio general del 20 de febrero; en algunas provincias habría que esperar a la celebración de la segunda vuelta y quedaba por desarrollar la labor de la Comisión de Actas para que tuviera lugar la constitución definitiva de la Cámara.
 
El nuevo Gobierno de Azaña y la manipulación de las actas electorales
En circunstancias normales —como había ocurrido en 1933— el Presidente del Gobierno hubiera dirigido la segunda vuelta y se habría presentado al Parlamento para dar cuenta de la misión recibida. En este caso, su dimisión el 19 de febrero va a permitir al Frente Popular la ocupación del Gobierno para, desde él, acabar de redondear los resultados y forzar la mayoría.
 
Portela Valladares había resistido a todas las invitaciones que se le habían hecho para restablecer el orden público, sobre todo por parte del general Franco, jefe del Estado Mayor Central, y de Gil Robles. Si esta cesión se debía al puro pánico o fue fruto de un pacto con los dirigentes del Frente Popular —como afirma Gil Robles en sus memorias— es cuestión difícil de discernir.
 
En las consultas, casi todos los políticos aconsejaron que se formara el Gobierno que pudiera deducirse de la composición de las nuevas Cortes, pero la imposibilidad de crear un Gobierno de acuerdo con la representación parlamentaria de unas Cortes cuya composición aún no se conocía, nos pone de relieve lo absurdo de la situación.
 
La dimisión de Portela arrastró el éxodo en masa de muchos gobernadores provinciales y otros funcionarios locales que dimitieron aterrados sin esperar la llegada de unos sustitutos adecuados. Apenas tomó posesión el Gobierno presidido por Manuel Azaña, y sin esperar a la transmisión normal de poderes, procedieron los dirigentes revolucionarios a apoderarse de los edificios y cargos públicos con la posibilidad de actuar así sobre la documentación electoral trasladando a las candidaturas de izquierda el triunfo logrado por las derechas. Así se hizo en provincias como Cáceres, La Coruña, Valencia, Pontevedra, Lugo y Orense.
 
Veamos con detalle lo ocurrido en la provincia extremeña
 
El fraude electoral en Cáceres
La Comisión sobre Ilegitimidad de Poderes Actuantes en 18 de julio de 1936, fue creada en 1938 y reunía a un prestigioso grupo de juristas y políticos, monárquicos y republicanos, bajo la presidencia de Ildefonso Bellón Gómez, Magistrado del Tribunal Supremo.
 
De acuerdo con su investigación, publicada en 1939[2], el de Cáceres fue un caso muy semejante al de la provincia de La Coruña de sustitución y falsificación de actas. El hecho quedó plenamente demostrado por las numerosas actas notariales de presencia presentadas por los candidatos de derechas y por el resultado que arroja la documentación obrante en la Junta Central del Censo.
Constituido el Gobierno Azaña antes de la celebración del escrutinio general y reemplazado el Gobernador Civil de Cáceres, el testimonio del Secretario de la Diputación y de la Junta Provincial del Censo Electoral, Luis Villegas Bermúdez de Castro, permite reconstruir las maniobras llevadas a cabo en Cáceres con el objetivo confesado de poner en práctica “la misión especial del Gobierno de la República de sacar triunfante la candidatura de izquierdas en el acto de escrutinio”:
“En Cáceres a 23 de diciembre de 1936, comparece el señor anotado al margen […] dijo llamarse como queda dicho, mayor de edad, viudo, natural de Valencia de Alcántara, vecino de esta ciudad y Secretario de la Diputación Provincial. Preguntado si en la noche del 19 al 20 de febrero último hubo alguna reunión en el Gobierno Civil, qué personas la formaban y que fines perseguían, dijo: Que la expresada noche fue llamado a eso de las tres horas para que acudiera al Gobierno Civil, por haber sido llamado por el Gobernador; que al llegar al edificio del Gobierno y cruzar los pasillos, vio en ellos a varias personas, entre las que recuerda a don Indalecio Valiente, Telesforo Díaz Muñoz, Luis Martínez Carbajal, Jacinto Herrero (?), y al entrar en el despacho del Gobernador le indicó éste que el objeto de la llamada era para que diera posesión al nuevo Presidente de la Diputación por haber sido destituido el anterior, don José Bulnes. Y al efecto le presentó a don Santiago Sánchez Moras, a quien el declarante no conocía, y al cual veía por primera vez; pasaron al despacho contiguo al del señor Gobernador y allí vio y le fue presentado don Faustino Valentín candidato a Diputado a Cortes […] Preguntado manifieste si sabe el objeto que llevaban dichos señores a estar esa noche en el Gobierno Civil, dijo que era la sustracción de la documentación electoral, dice que no puede asegurar que todas las personas que se encontraban allí, y que eran más que las citadas, pero cuyos nombres no recuerda, llevara la finalidad a que se refiere la pregunta, aunque supone que sí, por los indicios que pudo recoger durante el tiempo que permaneció en el Gobierno Civil; solamente puede hacer afirmaciones categóricas respecto a las personas que intervinieron en los hechos que a requerimiento del Juzgado va a referir. Después de dar posesión al nuevo presidente de la Diputación […] Al quedarse solo en el despacho con el señor Sánchez Moras, éste le requirió, invocando su carácter de presidente de la Diputación Provincial para que le entregara la documentación electoral, que debía obrar sus efectos al día siguiente en el acto de escrutinio general para las elecciones de diputados a Cortes. A lo cual se negó el declarante; insistió el presidente, diciendo que eso era un acto que no tenía importancia alguna, que nadie lo sabría y que no había de envolver responsabilidad alguna para el que dice. Éste insistió también terminantemente en su negación, y en vista de ellos, fue llamado al despacho el señor Valentín, el cual trató de convencer al que declara de que debía acceder a las pretensiones del señor Sánchez Mora, empleando para ello distintos argumentos, entre otros el que el declarante no tendría responsabilidad alguna porque obraba en virtud de obediencia debida, que, además el hecho no sería por nadie conocido, que él traía a Cáceres la misión especial del Gobierno de la República de sacar triunfante la candidatura de izquierdas en el acto de escrutinio, cualquiera que fuera el procedimiento que tuviera que emplear, pues la documentación que había llegado a la Junta Provincial del Censo había sido amañada por las derechas y había que destruir esta labor. Que el Gobernador Civil estaba detenido en el mismo Gobierno, que el señor Gil Robles había huido de Madrid; a pesar de todas estas manifestaciones el declarante insistió en su negativa, y dijo terminantemente que el cumpliría con su deber en todo momento y que no llevaba veinticuatro años de probidad profesional para perderla en una noche, pues bastaba para ello a impedirlo el concepto que tiene de su responsabilidad moral, aún cuando le asegurasen que estaba libre de cualquiera otra; entonces el señor Valentín le indicó su propósito o resolución de destituirle del cargo de Secretario de la Diputación diciendo el declarante que sólo así entregaría la documentación, puesto que cesaba en sus funciones. Acto seguido le entregaron unos oficios en que se le suspendía del cargo, manifestándole que el nuevo secretario era don José Herrera Quiroga, quien se presentó ipso facto, levantándose el acta correspondiente. Y haciendo entrega de la las llaves del arca de la Diputación en donde estaba guardada la documentación, manifestando antes que la otra llave del arca estaba en poder del señor Depositario de fondos, pues el que declara, temiendo el asalto de las izquierdas para sustraer la documentación había adoptado la precaución de cerrar ésta en la caja de caudales de la Diputación en la tarde anterior, pidiendo este favor al señor Depositario, en cuyo poder quedó la otra llave, lo cual tenía por objeto demostrar que durante el tiempo que la documentación estuvo bajo la custodia del secretario de la Diputación no había sufrido alteración alguna en previsión de que ésta se hubiera hecho antes de llegar a la Junta en algún otro lugar. Acto seguido abandonó el local del Gobierno Civil, debiendo advertir que la entrega de las llaves se la hizo al Depositario de la Diputación, que había sido llamado”[3].
A partir de este momento se improvisan las actas necesarias para alterar el resultado de las elecciones, que había sido favorable a las derechas. El hecho se llevó a cabo con tal impunidad y tuvo tan fácil comprobación que se informaba de él en la prensa, aunque, posteriormente la censura gubernamental puso sordina al asunto:
“En las elecciones de Cáceres los resultados oficiales que concuerdan con las certificaciones que tienen en su poder los candidatos de derecha, dan el triunfo a éstos por noventa mil votos contra setenta y tantos mil de los izquierdistas triunfantes, que son tres. En vista de ello, los candidatos de izquierda, capitaneados por el Sr. Díez Pastor, en el momento en que dejó el Gobierno civil el gobernador saliente y después de tomar posesión del cargo un conocido socialista, a las tres de la mañana abrieron la caja de la Diputación donde estaban encerradas las actas cuyo escrutinio empezaba hoy, y eligiendo los pueblos en que las derechas tienen mayoría, colocaron en lo sobres unas actas burdamente falsificadas con los resultados cambiados y en otros unos papeles en blanco para que esos votos no les fueran computados a la derecha”[4].
Prueba de todo lo que venimos diciendo, es la misma acta de escrutinio general de la Junta Provincial de Cáceres, firmada no solamente por los componentes de la misma, sino también por los Interventores de los diversos partidos, y en la que se consignan aparecieron abiertos en el acto del escrutinio los sobres correspondientes a las actas en que más claramente se advierte luego la falsificación referente a los pueblos de Alcuéscar, Alía, Ceclavín, Mohedas, Montehermoso, Aceituna, Santíbáñez el Bajo y Torre de Don Miguel.
 
En las actas correspondientes a estas Secciones aparecen en numerosos casos todos los candidatos de izquierdas con cifras iguales y elevadísimas de votaciones, y los de derechas con cifras iguales y mínimas o se omiten totalmente sus resultados. Faltan en muchas de esas actas las firmas de los interventores. Actas de diversas secciones de un mismo pueblo, y, a veces, de pueblos diferentes, aparecen escritas con idéntica letra y tinta, y, sin embargo, todas estas actas se escrutaron en la Junta Provincial sin tener en cuenta las certificaciones presentadas por los candidatos derechistas y expedidas por las mesas respectivas, en las que figuraban los votos realmente obtenidos. Así ocurre, por ejemplo, con varios distritos del pueblo de Torre de Don Miguel y del de Alía[5].
 
Bastaría el hecho de aparecer abiertos los sobres correspondientes a las actas de numerosas secciones para deducir que se abrieron con una intención de falsificación y a ello se agrega que las actas correspondientes a estos sobres son aquellas en que, en contra de los certificados de escrutinio autorizados por las mesas respectivas, se atribuye a las derechas votación insignificante o nula y a las izquierdas, por el contrario, votación que alcanza en algunos momentos el 98% de los votos emitidos.
 
En la documentación presentada al Congreso por algunos candidatos se acredita también que, ordenada por el Presidente de la Junta Central del Censo al de la Provincial de Cáceres mediante dos telegramas oficiales, la entrega al señor Rodríguez Jurado de los testimonios notariales o certificación de los documentos electorales que sirvieron de base para la proclamación de diputados, solicitados por aquel candidato, se negó el presidente de la Junta Provincial a enviarlos, pretextando no haber sido entregada aún la documentación por el secretario interino de la Junta al secretario propietario.
 
Pero como las secciones enviaron la documentación auténtica en cumplimiento de lo dispuesto por la Ley electoral no solamente a la Junta Provincial sino también a la Junta Central del Censo, es en ésta donde obran los documentos originales de cuyo cómputo únicamente puede deducirse el resultado exacto de las elecciones celebradas el 16 de febrero en aquella provincia. Hecho este cálculo se puede calibrar con toda certeza la entidad del fraude.
Fuente: "Apéndice I al dictamen de la Comisión sobre ilegitimidad de poderes actuantes el 18 de julio de 1936", Editora Nacional, Barcelona, 1939, p.32
Fuente: "Apéndice I al dictamen de la Comisión sobre ilegitimidad de poderes actuantes el 18 de julio de 1936", Editora Nacional, Barcelona, 1939, p.32
 
Debieron, por tanto, ser proclamados diputados todos los candidatos de la Coalición de Derechas, a excepción de Morata, por las mayorías, y por las minorías, Giral, Díez Pastor y Martínez Carvajal, o sea, seis contra tres, y como lo fueron dos por siete, respectivamente, se privó indebidamente de cuatro actas a la Coalición de Derechas, siguiendo el mismo procedimiento empleado en relación con las actas de la provincia de La Coruña, de sustitución de las verdaderas por las falsas con anterioridad a la celebración del escrutinio provincial.
 
Otros testimonios historiográficos
Fernando Ayala Vicente (actualmente, Secretario Para la Historia Socialista de la Ejecutiva Provincial del PSOE de Cáceres) publicó en 2001 un estudio acerca de las consultas electorales en la provincia de Cáceres durante la República[6] y, aunque trata de difuminar las responsabilidades del Frente Popular en el fraude cometido en el resto de España, reconoce que “aquí se produjo una modificación en los momentos del recuento que alteraría decididamente el resultado final. Como hicimos notar, en su momento, estas afirmaciones no suponían ninguna novedad aunque sí merece destacarse su reconocimiento por una historiografía que, fácilmente, acude al recurso de deformar la realidad.
 
Lo que no justificaba Ayala era el motivo último que condujo a los republicanos a la maniobra cacereña, más allá del objetivo común al fraude con otras provincias de incrementar el número de diputados frentepopulistas. Ha sido el historiador Antonio Manuel Barragán Lancharro, en un trabajo publicado por Historia en Libertad[7], el que ha añadido oportunas precisiones al respecto, al hilo de las memorias de Niceto Alcalá Zamora y de la documentación consultada.
 
Según el que fuera Presidente de la República Española, Portela Valladares le había confesado que tenía conocimiento de la maniobra del Frente Popular para que la candidatura izquierdista en Cáceres pasara de perdedora a victoriosa ilegalmente. La clave está en un cuadro explicativo del avance de resultados provisionales que envió a Madrid el Gobernador Civil, el último a las 14,10 del 19 de febrero de 1936. A falta de hacerse un recuento definitivo se corría el peligro de que perdiera su escaño el propio José Giral Pereira, íntimo amigo de Azaña y unos de los prebostes de Izquierda Republicana. Con la maniobra empleada, el que estaba llamado a ser presidente del Gobierno en la Guerra Civil y uno de los principales responsables del terror provocado por la entrega de armas a las milicias frentepopulistas, ocupaba en febrero de 1936 la candidatura a la que, fraudulentamente, se atribuyeron más votos en la provincia de Cáceres.
 
En conclusión, es insostenible la presentación de lo ocurrido en España desde el 16 de febrero de 1936 como la consecuencia de una victoria electoral de las izquierdas que se habría frustrado por una sublevación militar en julio.
 
En realidad hay que hablar de un proceso de ocupación del poder por parte del Frente Popular y del inicio de una ofensiva revolucionaria que conducirá, en los primeros momentos de la Guerra Civil, a la completa implosión política de un sistema.
 
78 años después, seguimos esperando a que la izquierda, española en general y cacereña en particular, que utiliza los trágicos episodios de la Guerra Civil para hacer política partidista a los gritos de “¡Viva el socialismo! ¡Viva la república!” y al ritmo de "La Internacional", empiece a reconocer sus propias responsabilidades y llegue a la conclusión de que no existía "la legalidad republicana".

[1] Cfr. Ley electoral, Gaceta de Madrid, 28-julio-1933
[2] Cfr. Apéndice I al dictamen de la Comisión sobre ilegitimidad de poderes actuantes el 18 de julio de 1936, Editora Nacional, Barcelona, 1939, págs.29-38.
[3] Ibid., p. 33-35.
[4] ABC (Madrid, 21 de febrero de 1936; edición de la tarde), p.29.
[5] Pueden verse los dictámenes periciales sobre dichas falsificaciones en Apéndice I al dictamen..., . ob. cit., págs. 36-38.
[6] Cfr. Fernando AYALA VICENTE, Las elecciones en la provincia de Cáceres durante la Segunda República; Mérida: Editora Regional de Extremadura, 2001.
[7] Antonio Manuel BARRAGÁN LANCHARRO, “Hace 75 años… José Giral y el pucherazo del Frente Popular en Cáceres (1936)”, en Ángel David MARTÍN RUBIO (coord.), Extremadura: de la República a la España de Franco (Una visión historiográfica); Madrid: Ediciones Barbarroja, 2012, págs. 29-38. [Pulse sobre este enlace para más información sobre el libro]
 
 
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La Iglesia y la Transición

 
En relación con el artículo publicado en Alfa y Omega: De la insuperable contribución de la Iglesia a la Transición. Impulsora de la democracia (n.804, 25-X-2012) pueden ser de interés algunas precisiones:
 
1. Sobre las presuntas fricciones de la Iglesia con el régimen de Franco, es cierto que algunos obispos pudieron moderar tendencias totalitarias existentes en personas o movimientos que participaban en un sistema tan heterogéneo. Dicha intervención no puede atribuirse a un elemento extrínseco, sino que fue consecuencia del sentido católico de un Estado en el que se había subrayado la proyección social que dimana de la inspiración de la Iglesia. Este principio fue formulado en las Leyes Fundamentales: «La nación española considera como timbre de honor el acatamiento a la Ley de Dios, según la doctrina de la santa Iglesia católica, apostólica y romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional, que inspirará su legislación»
 
2. Más allá de episodios anecdóticos, el Vaticano II no supuso ninguna crisis grave, como lo demuestra la rápida adopción de sus exigencias de libertad religiosa, hecho «tan opuesto a la significación originaria del alzamiento y régimen español, como a la tradicional doctrina de la propia Iglesia católica», en expresión de Rafael Gambra. Eso no significa que la agitación de los años 60 y 70, manifestación no sólo de una agitación político-partidista, sino de una verdadera crisis interna de la Iglesia, afectara trágicamente a la Iglesia española y a sus relaciones con el Estado.
 
3. Tanto Pablo VI como algunos eclesiásticos favorecieron la deriva de los acontecimientos en la llamada Transición. Pero dicha postura no fue unánime, como lo demuestran, por ejemplo, las precisiones críticas publicadas con ocasión del referéndum constitucional por el arzobispo don Marcelo González, a las que se adhirieron 8 obispos. El resultado del proceso fue el establecimiento de un sistema en el que no se ha enseñado cuál es la misión específica del poder en lo moral y religioso, y en el que no se han inculcado eficazmente las exigencias morales del orden constitucional, por lo cual, aunque se reconociera su insuperable contribución a la Transición, no por ello podría hacerse un balance positivo, en lo que al cumplimiento de la misión específica de la Iglesia se refiere.
 
Nota publicada en la revista Alfa y Omega
Para una más aplia exposición histórica del período, recomendamos escuchar las conferencias de D.José Guerra Campos sobre la Iglesia en España (1936-1975)
 
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domingo, 2 de marzo de 2014

Dios realiza su designio: la Divina Providencia

"El Sermón de la Montaña" Fresco. Capilla Sixtina. Autores: Piero di Lorenzo (Piero di Cosimo) y Cossimo Rosselli
Las palabras de Jesús que escuchamos en el Santo Evangelio de este Domingo (VIII del Tiempo Ordinario; Mt 6, 24-34), nos animan a aumentar nuestra fe y a fomentar la virtud de la esperanza cristiana, de tal manera que confiemos en Dios, Creador de todo cuanto existe y Padre nuestro, y a lo largo de nuestra vida pongamos el corazón en las cosas que son verdaderamente importantes: "Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todas esas cosas se os darán por añadidura".

Dios mantiene y conduce la creación

Por modo general, Dios es llamado Padre de todos los hombres, por ser su Creador y por la admirable Providencia que tiene de todos ellos. Realizada la creación, Dios no abandona su criatura a ella misma. No sólo le da el ser y el existir, sino que la mantiene a cada instante en el ser, le da el obrar y la lleva a su término.
Las cosas creadas por Dios no pueden subsistir, después de creadas, sin su virtud infinita. Por eso mismo, Dios está presente en todas las cosas creadas por su Providencia, conservándolas en el ser con el mismo poder con que las creó al principio, sin lo cual volverían a la nada.
"Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces pues, si algo odiases, no lo hubieras creado. Y ¿cómo podría subsistir cosa que no hubieses querido? ¿Cómo se conservaría si no la hubieses llamado? Mas tú todo lo perdonas porque todo es tuyo, Señor que amas la vida" (Sb 11, 24-26).

Dios realiza su designio: la Divina Providencia

La creación tiene su bondad y su perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada "en estado de vía" ("In statu viae") hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó.
Llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación hacia esta perfección:
La solicitud de la divina providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia. Por eso Jesús pide un abandono filial en la providencia del Padre celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos: "No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer? ¿qué vamos a beber?... Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura" (Mt 6, 31-33; cf 10, 29-31).

La providencia y el escándalo del mal

En esta providencia, Dios no impide la acción de las causas segundas, sino que, previniendo su acción, se sirve de ellas, ordenándolo todo con fuerza y con suavidad (Sab 8, 1)
Además, si Dios Padre Todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal? A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa no se puede dar una respuesta simple.
En su poder Infinito, Dios podría siempre crear algo mejor. Sin embargo, en su sabiduría y bondad Infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo “en estado de vía” hacia su perfección última.
  • Este devenir trae consigo en el designio de Dios, junto con la aparición de ciertos seres, la desaparición de otros; junto con lo más perfecto lo menos perfecto; junto con las construcciones de la naturaleza también las destrucciones. Por tanto, con el bien físico existe también el mal físico, mientras la creación no haya alcanzado su perfección.
  • Los ángeles y los hombres, criaturas inteligentes y libres, deben caminar hacia su destino último por elección libre y amor de preferencia. Por ello pueden desviarse. De hecho pecaron. Y fue así como el mal moral entró en el mundo, incomparablemente más grave que el mal físico. Dios lo permite, respetando la libertad de su criatura, y, misteriosamente, sabe sacar de él el bien.
"Por lo tanto, el que crea que en Dios se da providencia, espere de su mano el alimento, pero considere que lo mismo debe esperar lo bueno que lo malo de lo que, si no fuere solícito, ni se librará del mal, ni podrá alcanzar el bien. Por ello añade: "Buscad primero el reino de Dios y su justicia". El Reino de Dios es el premio de las buenas obras, y su justicia el camino de la piedad, por la que se va al reino. Si piensas en la gloria de los santos, es necesario que, o te separes del mal por temor de la pena, o te encamines al bien por el deseo de la gloria. Y si piensas en la justicia de Dios (a saber, qué es lo que Dios aborrece y lo que Dios ama), su misma justicia te manifiesta sus caminos, que siguen todos aquellos que lo aman" (Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 17).
Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios "cara a cara" (1 Co 13, 12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales Dios habrá conducido a la creación su hasta su perfección última, en vista de la cual creó el cielo y la tierra.

Fuente: Catecismo Romano y CATIC, 301-314

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viernes, 28 de febrero de 2014

El amor al prójimo y a los enemigos


Las palabras de Jesús en el Evangelio de la Misa de este Domingo (VII del Tiempo Ordinario: Mt 5, 38-48), nos invitan a vivir la caridad en relación con los demás y nos dan unos criterios para regular nuestras relaciones con ellos.

Sabéis que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen” (vv. 43-44). Estas palabras también nos recuerdan el mandato nuevo de Jesús en la noche del Jueves Santo: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Que como yo os he amado, así también os améis unos a otros. En esto reconocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros” (Jn 13, 34-35).

Para poner en práctica el precepto del amor al prójimo, podemos recordar que Cristo que, con su muerte en la Cruz, nos dio un ejemplo de amor por encima de toda medida humana. “Sic enim dilexit Deus mundum…” – “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único” (Jn 3, 16).

Todos los deberes para con el prójimo —individuales, familiares y sociales— giran en torno a dos virtudes fundamentales: caridad y justicia.

En cuanto a los deberes de caridad, existe un precepto especial de amar al prójimo con amor de caridad sobrenatural externo e interno.

1º. Hay un amor puramente natural por el que se ama al prójimo por sus dotes o cualidades naturales, ya sean de tipo material (belleza, fortuna, etc.), ya de tipo espiritual (ciencia, ingenio, arte, etc.). Y hay otro amor estrictamente sobrenatural por el que se le ama por Dios y para Dios, o sea, en cuanto hijo de Dios, hermano en Cristo, templo del Espíritu Santo, etc. El precepto se refiere exclusivamente a este amor sobrenatural.

2º. Por prójimo  entendemos todas las criaturas de Dios capaces de la gloria eterna; o sea, todos los hombres del mundo sin excepción

3º. Este amor sobrenatural al prójimo ha de albergarse siempre en el corazón (amor interno) y ha de manifestarse al exterior (amor externo) siempre que se presente la ocasión o lo requiera el caso: “Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad” (1 Jn 3,18).

No bastan, por consiguiente, los actos meramente externos de caridad, practicando, v.gr., las obras de misericordia o de beneficencia. Es menester que vayan acompañados de los actos internos, deseándole al prójimo sinceramente toda clase de bienes—sobre todo la salvación eterna de su alma—, alegrándonos de su prosperidad y compadeciéndonos de sus adversidades. No olvidemos que la religión cristiana no se reduce a una serie de actos y ceremonias externas, sino que ha de practicarse, ante todo, “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23).

Por la especial dificultad que puede haber, vamos a examinar con más detalle de qué manera obliga el precepto de la caridad con relación a los propios enemigos.

Es evidente que no se nos manda amar a los enemigos precisamente porque lo son, sino únicamente a pesar de ello. Tampoco se nos exige amar a los enemigos con afecto sensible como amamos al amigo; porque la caridad para con los enemigos es estrictamente sobrenatural y, por lo mismo, no es necesario sentirla en la parte sensitiva y pasional: basta que se anide de veras en el fondo del corazón y se manifieste exteriormente en una forma que podemos concretar así.

a)     El amor a los enemigos obliga a deponer todo odio de enemistad y todo deseo de venganza.

b)     El precepto de amar a los enemigos obliga a otorgarles ordinariamente los signos comunes de amistad y afecto, y, en determinadas circunstancias, incluso los signos especiales. Se entiende por signos comunes de amistad los que se ofrecen de ordinario entre vecinos, conocidos y personas de buena educación (el saludo, responder a sus preguntas, etc.). Signos especiales son los que no suelen ofrecerse a todos, sino únicamente a los familiares y amigos (conversar familiarmente, visitarse, escribirse, etc.).

c)      El precepto de amar a los enemigos obliga a procurar la reconciliación lo más pronto posible.

En el Corazón de Jesús se encuentra la plenitud de toda caridad. Es el horno ardiente de caridad (Letanías). De ahí sacamos nosotros la gracia necesaria para amar al prójimo, especialmente cuando las circunstancias nos lo hacen más difícil. Que Cristo nos haga conocer el amor de Dios por cada uno de nosotros para imitarle y servirle amando a los demás y practicando las obras a las que nos mueve la caridad: “Cáritas Christi urget nos” – “El amor de Cristo nos urge” (2Co 5,14).

Fuente: Antonio Royo Marín, Teología Moral para seglares, Tomo I, Libro III, Tratado I, Sección I, Capítulo I.
 
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sábado, 25 de enero de 2014

ÁNGEL DAVID MARTÍN RUBIO: Moral y leyes: Un “sambenito” al que la Iglesia no puede renunciar

Groshev: Moisés y las tablas de la ley
Una vez más, D.José María Soler se ha pronunciado en apoyo de las tesis del separatismo. Que el abad de Monserrat se cuente entre los enemigos de España no es noticia. Pero no vamos a dedicar una línea a algo que tendría fácil solución porque, para dársela, haría falta que contáramos con un Gobierno nacional. Y como no parece previsible que lo vayamos a tener en mucho tiempo, preferimos no perder más el tiempo con el asunto ni hacérselo perder a nuestros amables lectores. Pero hay otra parte de las declaraciones del benedictino que sí merecen comentario. Nos referimos al momento en que, pasando por la defensa de la laicidad positiva y del juego democrático (suponemos que de “juego” lo dijo sin segundas intenciones) acaba concluyendo:
«A veces, sin embargo, las convicciones de los cristianos pueden entrar en contradicción con las leyes de Estado; leyes que, en democracia, algunas veces sólo pueden establecer el mal menor. Evidentemente, en estos casos, los cristianos no podemos pretender imponer nuestra visión antropológica; en una sociedad plural, no podemos pretender que la moral cristiana se convierta en ley de Estado».
Hace apenas unas semanas, el portavoz de la Conferencia Episcopal Española se manifestaba en términos muy similares. Con ocasión de la proyectada reforma de la regulación jurídica del aborto, D.José María Gil Tamayo pedía que «se quite a la Iglesia el “sambenito” de que está influyendo con su moral propia en las leyes». Es sabido que, por metonimia (símbolo por cosa simbolizada) el sambenito se aplica al descrédito que queda de una acción.

Es de notar la coincidencia en dos representantes de posiciones extremas dentro del arco de las sensibilidades eclesiales. Y, como nota esperpéntica, podemos añadir el comunicado de unos auto-denominados cristianos de base en el que rechazaban «la actitud de la jerarquía de la Iglesia Católica, siempre dispuesta a influir en las orientaciones políticas y en la tarea legislativa de los gobiernos» Aunque el discurso, por desgracia, no suena extraño, las tesis del benedictino y del portavoz episcopal resultan difícilmente conciliables con la doctrina que la Iglesia ha aplicado durante siglos y sigue sosteniendo, al menos teóricamente, acerca de la relación entre las leyes y la moral católica. Bastaría confrontarlas con la aguda formulación de Lope de Vega:
«Todo lo que manda el Rey, que va contra lo que Dios manda, no tiene valor de Ley, ni es Rey quien así se desmanda» (cit. por Francisco de ICAZA DUFOUR, Plus Ultra. La monarquía católica en Indias 1492-1898, México: Porrúa, 2008, pág.257).
La cuestión de fondo que se plantea es si el Estado debe profesar la religión católica e inspirar en ella sus leyes y fines de acción o, por el contrario, tiene adoptar una posición que oscila entre la neutralidad o la positiva hostilidad ante las materias religiosas.

La respuesta a esta pregunta dada desde la teología católica y promovida desde la práctica por la Iglesia hasta fechas bien recientes sostiene que el Derecho y el Estado son sujeto capaz de una inspiración religiosa adecuada a su propia naturaleza. Por tanto, el Derecho positivo debe concretar un Derecho natural que se asienta en la suprema ley divina y el bien común que la autoridad civil reconoce como fin no es ajeno al destino sobrenatural del hombre sino que se debe ordenar a él. Como es sabido, todas las instituciones divinas o humanas tienen como fin último la gloria de Dios y la salvación de las almas. Así todas las instituciones sociales, todas las acciones y directivas políticas deben tener en cuenta esta verdad fundamental, de que el hombre no ha sido hecho para este mundo, sino para la Eternidad.

Las constituciones de los pueblos, su legislación, las disposiciones jurídicas, administrativas, etc. deben considerar primeramente y antes de cualquier otra cosa, el fin último de toda existencia humana. Toda política debe, en razón de este fin último, ser conforme a la Ley Eterna de Dios, al Credo y al Decálogo (cfr. la abundante argumentación al efecto y la refutación de los errores contrarios en A. Philippe, CSSR, Catecismo de los derechos divinos en el orden social ¡Jesucristo, Maestro y Rey!, México: 1986, pág. 13 y passim). Para el derecho natural de tradición cristiano-aristotélica lo bueno y lo justo se han de medir conforme a las exigencias ordenadas (en cuanto dirigidas a un fin) de la naturaleza humana, que siempre y en todos los casos ha de interpretarse según un criterio teleológico. El principio finalista, que tiene su raíz en la metafísica del ser, es, pues, el fundamento de la unidad esencial del ser y del deber, del ser y del bien. Y no cabe concebir el fin del hombre —esa es la aportación esencial del cristianismo— al margen de su vocación sobrenatural.

Por el contrario, el iuspositivismo racionalista arranca del giro epistemológico y metodológico característico de la Modernidad que conducirá más tarde hacia la implantación del paradigma formalista y declarará definitivamente la autonomía del derecho frente a la religión o la moral. Por esto último, la verdadera gravedad de las afirmaciones que estamos glosando radica en que, al perder las leyes su cimiento en un orden moral objetivo, únicamente se fundamentan en la expresión de la voluntad general conocida a través del resultado de las elecciones partitocráticas.

Ahora bien, numerosos representantes del pensamiento socio-político católico han demostrado las deficiencias de la democracia no solo desde el punto de vista de los principios, sino también como mecanismo de participación y control del poder. La ausencia en el Estado constitucional de una autoridad que se sustente en una sustancia prejurídica, lejos de ser una garantía de respeto a las libertades y a los derechos humanos, deja a éstos inermes ante los vaivenes de la opinión pública y de los sistemas de representación política. Más aún cuando, en la práctica, ni siquiera existen instancias técnicas de control como podría ser, por ejemplo, un tribunal constitucional independiente. En su apología del marco democrático, estos eclesiásticos olvidan interesadamente la verdadera cara de un marco político que aparenta la renuncia a cualquier idea previa o la neutralidad para luego servir de instrumento a la promoción de formas de ser y de pensar muy concretas. Pensemos, por ejemplo, en la difusión de mentalidades divorcistas, abortistas, laicistas… implantadas de manera sistemática desde el propio Estado. Por eso se ha hablado de «la ruina espiritual de un pueblo por efecto de una política», en expresión referida a una forma de gobernar que constituye la aplicación práctica de un sistema erróneo de conceptos sobre la vida y sobre la sociedad (cfr. Francisco Canals, “El ateísmo como soporte ideológico de la democracia”, Verbo 217-218 [1983]). Cerrar los ojos a la conexión entre los procesos políticos y la descristianización que se ha producido en los últimos siglos y se ha acelerado en los últimos decenios sería negar la realidad.

No. Influir con su moral propia en las leyes no es un sambenito que la Iglesia tiene que arrojar lejos de sí para encontrar aceptación en un mundo que sí tiene una falsa moral propia que imponer. La falsa moral inspirada en el error de que no puede haber, ni para los individuos ni para las sociedades, una verdad que tiene que ser conocida y aceptada. Influir con su moral propia en las leyes forma parte de la misión que Jesucristo confió a su Iglesia. Y, cuando deja de hacerlo, no solamente está renunciando a su esencia (el obrar sigue al ser) sino que está privando de su más auténtica definición al orden político como medio al servicio del bien común:
«Faltando la idea ética del hombre de bien, el Estado no puede reclamar sacrificios ni solidaridad a los ciudadanos, no puede coartar coactivamente ninguna de sus posibilidades de goce o provecho, no puede legítimamente reeducar a los penados en el ejercicio del “ius puniendi”... [...] El desarme moral es consecuencia del previo desmoronamiento religioso, por lo que sólo reconociendo como constitutivo interno de la sociedad civil su subordinación a la ley moral y su dimensión religiosa es posible hacer frente a las exigencias del bien común» (Miguel Ayuso, “La unidad católica en el constitucionalismo español del siglo XX”, Iglesia-Mundo 384 [1989]).
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Ángel David Martín Rubio

domingo, 5 de enero de 2014

Filiación divina


A lo largo de estos días de Navidad, la Sagrada Liturgia nos propone contemplar los diversos misterios del nacimiento y la infancia de Jesucristo: su venida al mundo, circuncisión, adoración de los magos, vida de hogar en Nazaret…

Este Domingo, sin fijarnos en ningún suceso en particular, se nos invita a considerar, en su conjunto, la Encarnación del Hijo de Dios en el seno de María Santísima. De ahí que leamos en el Santo Evangelio el prólogo de San Juan que esconde una profunda lectura teológica acerca de la Navidad.

Ya la primera lectura (Eclo 24, 1-2. 8-12) nos recuerda que ese Niño que vemos en el pesebre de Belén es la Sabiduría divina, la que estaba en la Asamblea del Altísimo y empezó a habitar entre los hombres, echó raíces en el pueblo escogido: “en la heredad del Señor fijé mi morada” (v.11).

El Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros y nosotros vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14). El Verbo que nace eternamente del Padre se dignó a nacer, como hombre, de la Virgen María, por voluntad del Padre y obra del Espíritu Santo. A su primera naturaleza divina, se añadió la segunda, humana, en la unión hipostática. Pero su Persona siguió siendo una sola: la divina y eterna persona del Verbo (Jn 1, 1).

El Verbo, que estaba desde el principio con Dios siendo Dios, preside la Creación como Palabra del Padre: "todas la cosas fueron hechas por Él y sin Él no se hizo cosa alguna” pues, Dios creó por su Verbo. En Él estaba la Vida eterna de Dios. Esta Vida es también Luz de los hombres, pues por la encarnación de la Palabra la Luz eterna se hace temporal.

Pero "la Luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron". Los hombres con sus pecados se cierran a la luz provocando el enfrentamiento frontal entre la riqueza infinita de Dios que no pone límites a su don, y la nada de la criatura que pretende valerse sin Él. Como dirá el mismo Jesucristo: “Este es el juicio: que la luz ha venido al mundo y los hombres han amado más las tinieblas, porque sus obras eran malas” (Jn 3, 19).

Sin embargo, a todos los que reciben al Verbo encarnado se les da el poder llegar a ser hijos de Dios: hijos en el Hijo; gracias a lo cual nos atrevemos a decir “Padre nuestro...”.
Mas el misericordiosísimo Dios de tal modo amó al mundo, que le dio su Hijo Unigénito, y el Verbo del Padre Eterno con aquel mismo único divino amor asumió de la descendencia de Adán la naturaleza humana, pero inocente y exenta de toda mancha, para que del nuevo y celestial Adán se derivase la gracia del Espíritu Santo a todos los hijos del primer padre; los cuales, habiendo sido por el pecado del primer hombre privados de la adoptiva filiación divina, hechos ya por el Verbo Encarnado hermanos, según la carne, del Hijo Unigénito de Dios, recibieran el poder de llegar a ser hijos de Dios (Mystici Corporis, 6).
Dios nos hace hijos suyos. Nunca acabaremos de comprender y de estimar suficientemente este don inefable. ¡Hijos de Dios! “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos realmente” (1 Jn 3, 1-2).
El cristiano nace de Dios, es hijo suyo en el sentido real, por lo cual debe parecerse a su Padre del Cielo; su condición de hijo consistirá precisamente en participar de la misma naturaleza que Él. Aquí se sitúan las palabras de San Pedro: participantes de la naturaleza divina, que significan algo más que una analogía, más que una semejanza o parentesco, pues implican una elevación y transformación de la naturaleza humana: la posesión de aquello que es propio del ser divino. El cristiano entra en un mundo superior (sobrenatural), que está por encima de la naturaleza original: el mundo de Dios” (C. Spicq, Teología moral del Nuevo Testamento, Pamplona 1970, vol. I, pp. 87-88).
Pidamos, al Señor que habite entre nosotros y que, por la Eucaristía, nos ilumine con su vida y su gracia. Que la Virgen María nos alcance corresponder a la altísima dignidad de hijos de Dios que hemos recibido y, como somos hijos y coherederos con Cristo, vivir de tal manera que lleguemos un día al lugar en el Cielo que nos ha preparado nuestro Padre Dios.

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sábado, 28 de diciembre de 2013

El dilema de Rouco Varela


Con motivo de la Fiesta de la Sagrada Familia se han convocado una serie de actos que tienen como escenario la madrileña Plaza de Colón. Es previsible que la intervención del Cardenal D. Antonio Rouco Varela mañana, domingo 29 de diciembre, esté marcada de alguna manera por el anteproyecto de regulación del aborto aprobado el pasado día 21 por el Consejo de Ministros que preside Mariano Rajoy.

La Ley del PP se define como una ley de supuestos que justifica el aborto en caso de riesgo para la salud psíquica o física de la madre o en caso de violación. Todo ello, a espera de un debate parlamentario en el que se pueden producir sorpresas pues son numerosas las voces que se están alzando en el seno del partido conservador reclamando cambios que se aproximen a las posiciones sostenidas desde el PSOE.

Atinadamente, se ha suprimido el tercer supuesto que contemplaba la ley del 85, el de malformaciones graves porque, en palabras del Ministro de Justicia Alberto Ruiz Gallardón: «no se puede decir que un no nacido, por tener alguna discapacidad, tiene menos derecho a la protección de su vida que la de un concebido sin discapacidad». En cambio, un no-nacido sí tiene menos derecho a la protección de su vida en caso de suponer un presunto riesgo para salud de su madre o haber sido concebido como consecuencia de una violación.

Hay que reconocer que, al amparo de la nueva ordenación, es posible que se salve alguna vida humana inocente.  Aunque esto solo podrá verificarse si se articulan las suficientes garantías para que no se repitan las circunstancias que, al amparo de la Ley del 85, permitieron la implantación en la práctica del aborto libre. Pero la restricción de la ley a algunos supuestos no modifica su calificación moral; pues, en ningún caso, es permisible el aborto voluntario. Máxime cuando la mayoría absoluta parlamentaria con la que cuenta el PP permitiría la erradicación de la cobertura legal del aborto. De ahí la especial gravedad de las declaraciones de Ruiz Gallardón al vincular las propuestas ahora adoptadas con el programa electoral y los principios ideológicos sostenidos por el partido en el Gobierno: «desde una postura humanista y con unos avances, a mi juicio, trascendentales en la concepción del Derecho como garantía de protección de derechos de los más débiles» (ibid.).
Ante este panorama, cabe interrogarse acerca de los términos en que se pronunciará mañana el Cardenal Rouco.

En realidad, los comunicados de los obispos españoles en relación con las sucesivas legislaciones abortistas, tanto aisladamente como de manera conjunta, se han limitado a una exposición de los principios doctrinales fundamentada generalmente de los principios personalistas y existencialistas característicos de la Nueva Teología. De ahí las reiteradas alusiones a un derecho a la vida puramente natural, como inherente a la pura existencia del hombre, cuando en realidad deriva de su fin moral. Y la radical incomodidad que provoca el genérico y ambiguo “Todos tienen derecho a la vida” frente a realidades más complejas como los son la pena de muerte, la legítima defensa o la guerra justa.
La exposición se hace a veces incluso en términos duros, como los empleados con frecuencia en los documentos eclesiásticos en relación con el aborto. Por ejemplo: «facultad, legitimada por la ley, de atentar contra la vida del ser humano más indefenso e inocente» (Episcopado Español, julio-1983): «Crimen abominable» (Concilio Vaticano II), «que nunca, en ningún caso, se puede legitimar» (Juan Pablo II)”. Pero en la práctica, se evita la polémica y se paraliza la movilización clara e inequívoca de los católicos.

De hecho, con la única excepción de los pronunciamientos del entonces Obispo de Cuenca D.José Guerra Campos -a los que hemos hecho alusión reiteradamente en numerosos artículos sobre esta misma cuestión-, nunca hemos oído denunciar las raíces de la legalización del crimen en una Constitución gravemente cuestionable desde el punto de vista moral ni se ha explicitado con claridad la posición en que quedan las autoridades y las instituciones de un Estado, todas ellas manchadas y cuestionadas por la ley vigente (2010), la derogada (1985) o la ahora proyectada.
El gran problema es que, si la Constitución, en su concreta aplicación jurídica, permite dar muerte a algunos, resulta evidente que, no sólo los gobernantes, sino la misma ley fundamental deja sin protección a los más débiles e inocentes. (Y a propósito: ¿tienen algo que decirnos los gobernantes, más o menos respaldados por clérigos, que en su día engañaron al pueblo, solicitando su voto con la seguridad de que la Constitución no permitía el aborto? Y digan lo que digan, ¿va a impedir eso la matanza que se ha legalizado?) (José Guerra Campos: Pastoral del 13-julio-1985).
Palabras éstas en acusado contraste con las pronunciadas recientemente por el propio Rouco Varela para quien “En particular, hemos de estar atentos a que no padezcan detrimento los bienes de la reconciliación, la unidad y la primacía del derecho, que se han podido tutelar en estos años de un modo suficiente, al amparo de las instituciones y mecanismos previstos en la Constitución de 1978, y con notable beneficio para el bien común”.

La afirmación no nos sorprende, por reiterada (cfr. la conferencia pronunciada por el Arzobispo de Madrid en el Club Siglo XXI , 15 de marzo de 2001: “La Iglesia en España ante el siglo XXI. Retos y tareas). Pero suena a verdadero sarcasmo que quienes no movieron un dedo en defensa del sólido edificio de las Leyes Fundamentales, atacado por los enemigos de España y de la civilización cristiana, se movilicen ahora en apoyo de un texto legislativo que permite al Estado actuar como el principal agente de una ofensiva para el cambio de las mentalidades.

Al concebir un bien común tutelado eficazmente por una Constitución que no garantiza, por poner solo un ejemplo, el derecho a la vida de los no nacidos, Rouco Varela no solamente lleva a cabo una deformación inadmisible sino que silencia interesadamente la verdadera cara de un marco político que aparenta la renuncia a cualquier idea previa o la neutralidad para luego servir de instrumento a la promoción de mentalidades y políticas muy concretas. Pensemos, por ejemplo, en la difusión de mentalidades divorcistas, abortistas, laicistas… promovidas de manera sistemática desde el propio Estado.

Con razón se ha hablado de “la ruina espiritual de un pueblo por efecto de una política”, en expresión de Francisco Canals, referida a una política que constituye la aplicación práctica de un sistema erróneo de conceptos sobre la vida y sobre la sociedad. Cerrar los ojos a la conexión entre los procesos políticos y la descristianización que se ha producido en los últimos siglos y se ha acelerado en los últimos decenios sería negar la realidad (Cfr. Francisco Canals, "Reflexión y súplica ante nuestros pastores y maestros", Cristiandad 670-672 (1987) 37ss y "El ateísmo como soporte ideológico de la democracia", Verbo 217-218 (1982), 893ss).

Por eso, a Rouco no le queda mañana otra alternativa que denunciar, junto con el proyecto Gallardón, un sistema que lleva jurídicamente a efectos moralmente inadmisibles y en el que no resulta posible en conciencia instalarse tranquilamente, sin hacer lo necesario por enderezarlo y por modificar una Constitución que permite dar muerte injusta a los no-nacidos.

Y todo ello, porque según la doctrina católica, la soberanía en la comunidad política debe estar sometida jurídicamente al orden moral (a la soberanía de Dios). Es algo más que una exhortación para que ciudadanos y gobernantes en sus decisiones y actos electivos estén atentos a la norma moral. Se requiere que sea moral el sistema mismo, es decir, que esté constituido de tal forma que no sea legítimo dentro de él atentar contra la citada ley moral.

Afirmaciones del género “la Ley Gallardón es menos mala…” son, en realidad, perversas porque contribuyen a consolidar la aceptación social del aborto legalizado y a difundir una idea hoy dominante entre los electores del PP y respaldada por medios de comunicación afines. Es decir, que hay una ley del aborto “buena” (la que puso en marcha el Gobierno de Felipe González en 1985, no modificó el de Aznar y ahora va a restaurar Rajoy en sus líneas generales) y otra “mala”: la implantada por Rodríguez Zapatero. Y en el colmo de la distorsión, el abortismo de los populares, se ve transmutado así en defensa de la vida privando así, una vez más, de apoyo a las opciones políticas que sostienen la defensa incondicional de los no-nacidos.

Este es el dilema al que se enfrenta Rouco Varela: o rectificar radicalmente sus reiteradas declaraciones elogiosas de la Constitución de 1978 atreviéndose a ser profeta y a decir a los poderosos, como Juan Bautista, “No te es lícito”. O despedirse de su cargo en Madrid ejerciendo de complaciente cortesano, gestor de un catolicismo enfeudado en el sistema, dependiente económicamente del Estado y alegremente enfrascado en su propia auto-demolición.

Ese es el dilema. La respuesta, mañana en la Plaza de Colón.

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sábado, 21 de diciembre de 2013

Aborto: El PP se ríe de sus votantes, pero no les engaña


El ministro de Justicia, D.Alberto Ruiz Gallardón acaba de anunciar en rueda de prensa las modificaciones que va sufrir la regulación del aborto de acuerdo con el anteproyecto aprobado el 21 de diciembre por el Consejo de Ministros. El voto y la opinión católica en España se han mostrado sistemáticamente cautivos del partido ahora en el Gobierno y, por eso, puede decirse con toda propiedad que el PP se ríe de sus votantes pero no que les engañe. Aunque con escasa celeridad, Rajoy comienza ahora a cumplir uno de los compromisos asumidos en su programa electoral.

Programa que fue democráticamente respaldado en las urnas por una mayoría absoluta de los españoles el pasado 20 de noviembre. Con independencia de la valoración que merezca este último dato, no debería ser silenciado, como se hace sistemáticamente, en las opiniones que la izquierda totalitaria está vertiendo en relación con el propósito de derogar algunos de los criterios implantados por el Partido Socialista en su Ley Orgánica 2/2010, de 3 de marzo, de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo.

La Ley del PP se denominará (paradójica o burlescamente) de protección de la vida del concebido y de derechos de la embarazada y se define como una ley de supuestos que justifica el aborto en caso de riesgo para la salud psíquica o física de la madre o en caso de violación. Es sabido que dichas previsiones sirvieron al amparo de la Ley del 85 para una implantación en la práctica del “aborto libre” por lo que, está por demostrar, que los nuevos preceptos vayan acompañados de las suficientes garantías para que no se repita la misma situación. Máxime, cuando el puzle autonómico impide cualquier adopción de directrices comunes a la hora de aplicar la Ley en todo el territorio nacional.

Hay que reconocer que el proyecto-Gallardón está destinado a sustituir a una normativa aún más negativa y es cierto que, al amparo de la nueva ordenación, es posible que se salve alguna vida humana inocente pero la aprobación de semejante ley -disponiendo de una mayoría absoluta que permitiría la erradicación de la tolerancia legal hacia el aborto- merece un juicio mucho más riguroso. Además, algunas pinceladas positivas como la regulación de la mal llamada objeción de conciencia apenas modifican el juicio moral sobre un plan que puede calificarse con términos muy similares a los que aplicó el entonces Obispo de Cuenca, D.José Guerra Campos, a la Ley socialista de 1985:
  • Se ha consumado la legitimación de unas agresiones «contra la vida del ser humano más indefenso e inocente» (Episcopado Español): «Crimen abominable» (Concilio Vaticano II), «que nunca, en ningún caso, se puede legitimar» (Papa Juan Pablo II)
  • La restricción de la ley a algunos supuestos no modifica su calificación moral; pues, en ningún caso, es permisible el aborto voluntario”.
  • Los católicos que en cargo público, con leyes o actos de gobierno, promueven o facilitan —y, en todo caso, protegen jurídicamente— la comisión del crimen del aborto, no podrán escapar a la calificación moral de pecadores públicos”.
La imposición de la Ley propuesta por Rajoy-Gallardón va a resultar posible porque, con absoluta indiferencia, miles de católicos acuden a las urnas una y otra vez para respaldar a los partidos que vienen protagonizando una radical ofensiva contra la vida. Agresión que adquiere caracteres dantescos en relación con el aborto pero que se manifiesta también en el fomento de la anticoncepción o en las prácticas de reproducción asistida ajenas a un criterio moral.
Este panorama es, en buena medida, el resultado de cómo se viene haciendo en España la orientación del voto católico. Durante años se nos viene diciendo: considerad los elementos negativos y los positivos y decidid en conciencia. Pero la mayoría de los ciudadanos no están capacitados para distinguir si la expresión en conciencia hace referencia a una norma superior o a la mera autonomía subjetiva. Y aunque entendieran lo primero, en la práctica se les ha sugerido de mil modos que -como no hay nada sin defectos- podían en conciencia apoyar con sus votos -por razón de los aspectos positivos- a fuerzas promotoras de cosas tan negativas como el aborto, la disolución familiar, la descristianización, etc. El hecho es que con los votos de los fieles católicos se han implantado los mismos males que luego se critican. Y voces autorizadas, en el acto mismo de condenar esos males, se apresuran a advertir que se trata de puntos aislados y reiteran su aval al marco jurídico-político del que brotan (cfr. José Guerra Campos, “La Iglesia y la comunidad política. Las incoherencias de la predicación actual descubren la necesidad de reedificar la doctrina de la Iglesia”).

A pesar de su apoyo al aborto legalizado, Gallardón es objeto de durísimos ataques por parte de la izquierda que lo presenta como fiel seguidor de las consignas eclesiásticas en esta materia. Ahora bien, no solamente la postura de Gallardón está alejada de la Doctrina de la Iglesia al respecto sino que, al igual que ocurría en los gobiernos de Aznar, la actuación de ministros vinculados a poderosas organizaciones religiosas viene acompañada de una específica referencia moral en ninguna de las cuestiones abordadas desde Moncloa.

Tampoco cabe esperar mucho de los pronunciamientos del episcopado, tanto aisladamente como en los comunicados conjuntos de la Conferencia Episcopal. Parece previsible que, como en ocasiones anteriores, los prelados españoles se limiten a recordar, tímidamente, la doctrina sobre la defensa de la vida partiendo generalmente de los principios personalistas y existencialistas que sirven de fundamento a la Nueva Teología.

De ahí las reiteradas alusiones al “derecho a la vida” natural sin que haya paralela insistencia en recordar que el aborto trunca el derecho del hombre a la vida sobrenatural a la que es llamado (y de la cual resulta excluido si, como ocurre por norma, el feto abortado no es bautizado). Al mismo tiempo, se considera el derecho a la vida como inherente a la pura existencia del hombre, cuando en realidad deriva de su fin moral. Por consiguiente, se silencia que no existe un derecho incondicionado a los bienes de la vida temporal; el único derecho verdaderamente inviolable es al fin último: a la verdad, la virtud y la felicidad, y a los medios necesarios para conseguirlas (cfr. Romano Amerio, Iota Unum, Salamanca: 1994, pp. 297-307).

Por eso, aunque poca o ninguna esperanza tenemos de encontrar respuesta, terminamos estas notas reiterando una petición hecha en ocasión semejante. Que la Conferencia Episcopal Española o, al menos, algún Obispo digno de este nombre tenga a bien hacer pública una orientación a los católicos en lo que a estas cuestiones se refiere:
  1. Los católicos que con leyes o actos de gobierno, promueven, facilitan y protegen jurídicamente la práctica del aborto merecen la calificación moral de pecadores públicos ¿Cómo se ha concretado el trato que se les dispensa en la administración de los Sacramentos mientras no reparen según su potestad el gravísimo daño y escándalo producidos? ¿Se les está aplicando el canon 915, que excluye de la Comunión eucarística a los que “obstinadamente persisten en un manifiesto pecado grave”?
  2. ¿En qué situación moral quedan los católicos que dan su voto a los partidos que están promoviendo la nueva ley y aplicando la vigente hasta ahora? ¿Y los católicos que apoyan con sus votos o forman parte del Gobierno que, pudiendo hacerlo, no piensa promover la inmediata ilegalización del aborto? ¿Y el Jefe del Estado que promulgue la Ley?
  3. ¿No es cierto que resulta contradictorio dar por bueno un sistema que lleva jurídicamente a efectos moralmente inadmisibles y que no es posible en conciencia instalarse tranquilamente en él, sin hacer lo necesario por enderezarlo y por desligarse de responsabilidades que no se pueden compartir?
  4. Si la Constitución, en su concreta aplicación jurídica, permite dar muerte injusta a algunos, resulta evidente que la misma ley fundamental deja sin protección a los más débiles e inocentes, hecho que hay que añadir a la nefasta gestión de los gobernantes ¿Qué consecuencias concretas se derivan a la hora de valorar moralmente el sistema político implantado en España en 1978?
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“En estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo”

El cuarto Domingo de Adviento está centrado en la cercana solemnidad de Navidad. Por eso en la oración colecta pedimos a Dios que derrame su gracia sobre nosotros, que hemos conocido por el anuncio del Ángel la encarnación de su Hijo, para que lleguemos por su pasión y su cruz a la gloria de la resurrección.

«Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre Emmanuel, que significa: Dios con nosotros» (Is 7, 14). Esta profecía de Isaías asegura que Dios mismo dará un descendiente al rey David como signo de su fidelidad. Como leemos en el Evangelio, esta promesa y todas las que Dios había hecho por medio de los profetas a lo largo de los siglos, se cumplieron con el nacimiento de Jesús. El Hijo de Dios se hace hombre en el seno de la Virgen María, y ese misterio manifiesta el amor de Dios para redimir a la humanidad herida por el pecado.

En la segunda lectura (Rom 1, 1-7), San Pablo se presenta como «elegido para anunciar la Buena Noticia de Dios, que Él había prometido por medio de sus Profetas en las Sagradas Escrituras, acerca de su Hijo, Jesucristo, nuestro Señor».

La inteligencia del hombre, aunque puede conocer la existencia de  Dios y algunas de sus perfecciones a partir de la creación (Rom. 1 20.), no puede conocer la mayor parte de aquellas cosas por las que se consigue la salvación eterna, a no ser que Dios le revele por la fe esos misterios. Esta fe se recibe por la audición. Por eso, Dios no dejó nunca de hablar a los hombres por medio de los profetas, para revelarles, según la condición de los tiempos, el camino recto y seguro que conduce a la eterna felicidad. Es más, Dios quiso hablarnos por medio de su Hijo, mandando que todos le escuchasen. «De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo» (Hb 1,1-2).

Y, después de habernos enseñado la fe, el Hijo constituyó apóstoles en su Iglesia para que ellos y sus sucesores anunciaran la doctrina de vida a todas las gentes (cfr. Catecismo Romano, prólogo).
No solamente los profetas anunciaron a Cristo sino que Él mismo se presenta como Profeta: «Aquí hay uno que es más que Jonás» (Lc 11, 32); Él es «el profeta, el que ha de venir al mundo» (Jn 6, 14).
Jesucristo fue sumo Profeta y Maestro que nos enseñó la voluntad de Dios, y por cuya doctrina recibió el mundo el conocimiento del Padre celestial. Y tanto más propia y debidamente le conviene este nombre, cuánto todos los demás que fueron honrados con el mismo nombre, habían sido sus discípulos, y enviados principalmente a anunciar este Profeta que había de venir para salvar a todos. También Cristo fue sacerdote […] Asimismo, reconocemos también por Rey a Jesucristo […] El cual reino de Cristo es espiritual y eterno que empieza en la tierra y se perfecciona en el cielo. Y en verdad hace los oficios de Rey para con su Iglesia con maravillosa providencia. Pues Él la gobierna, Él la defiende del furor y asechanzas de sus enemigos, Él ordena sus leyes, y Él comunica con abundancia no solamente santidad y justicia, sino también virtud y fuerza para perseverar en ella […] Dios le dio, en cuánto hombre, toda aquella potestad, grandeza y dignidad de que es capaz la naturaleza humana. Y así le entregó el reino de todo el mundo, y efectivamente en el día del juicio se le rendirán todas las cosas entera y perfectamente, lo cual ha empezado ya a realizarse (Catecismo Romano, cap. III, 2º art. del Credo).
Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey «por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre». Este misterio que profesamos cuando rezamos el Credo es además una verdad de fe que se hace de nuevo presente ante nuestros ojos para adorarle, para acogerle, para recibirle.

La contemplación del misterio de la Encarnación nos otorgará renovadas fuerzas para santificarnos en el combate diario que se deriva de las obligaciones de nuestro propio estado, y también del combate exterior de la fe, del ejercicio de las buenas obras y de las virtudes que vemos en Cristo, ya desde su nacimiento.

Acompañemos a Nuestra Señora con estas disposiciones en estos pocos días que quedan para la Navidad, pidiéndole que, así como preparó la humilde cuna de Belén prepare nuestra alma para acoger en ella a Cristo cada vez que se hace presente en nuestra vida con la gracia o viene a nosotros en la Eucaristía.

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sábado, 14 de diciembre de 2013

“Ya está el Reino de Dios en medio de vosotros”

Gaudete in Domino semper”, “Estad siempre alegres en el Señor” (Flp 4, 4). Con estas palabras de san Pablo se inicia la Santa Misa del III domingo de Adviento (Domingo de Gaudete). El Apóstol exhorta a los cristianos a alegrarse porque la venida del Señor es segura y no tardará. San Pablo está hablando de su segunda venida gloriosa pero la iglesia acoge esta invitación mientras se prepara para celebrar la Navidad (Or. Colecta).

Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios [...] Viene a salvaros” (Is 35, 4). La primera lectura es una profecía mesiánica que, si infundía confianza en sus primeros destinatarios, más aún en nosotros que hemos conocido su cumplimento en la verdadera y definitiva salvación, realizada por Jesucristo.

En el Evangelio (Mt 11, 2-11), Jesús, respondiendo a la pregunta de los discípulos de Juan Bautista, se aplica a sí mismo lo que había afirmado Isaías: Él es el Mesías esperado: “los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la buena nueva” (vv. 4-5).

La razón profunda de la alegría de que hoy nos habla la Liturgia es que en Cristo se cumplió el tiempo de la espera y Dios realizó finalmente la salvación que había anunciado a nuestros primeros padres después del pecado original, cuando les prometió un Salvador (el Mesías), que había de venir a librar al género humano de la servidumbre del demonio y del pecado y a merecerles la gloria. Esta promesa la fue Dios repitiendo en lo sucesivo otras muchas veces a los Patriarcas y, por medio de los Profetas, al pueblo hebreo” (Catecismo de San Pío X).

Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel, este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones: “en vuestro poder está el alcanzarlo; porque todo hombre que sea justificado por la fe y la gracia de Jesucristo y que esté adornado con las virtudes, puede alcanzar el reino de los cielos” (San Cirilo, in Cat graec. Patr.). Por el reino de Dios “comienza y acaba toda la predicación del Evangelio. Porque por él empezó San Juan Bautista a exhortar a penitencia, diciendo: "Haced penitencia, porque se acerca el Reino de los cielos", Y el Salvador del linaje humano por ahí también dio  principio a su predicación… Después mandó a sus Apóstoles predicar este mismo Reino” (Catecismo Romano).

Ya está el Reino de Dios en medio de vosotros” (Lc, 17, 21) Por reino de Dios entendemos un triple reino espiritual: el reino de Dios en nosotros, que es la gracia; el reino de Dios en la tierra, que es la Iglesia Católica, y el reino de Dios en el cielo, que es la bienaventuranza.

Con las palabras venga a nosotros tu reino pedimos en el Padre nuestro, en orden a la gloria, ser un día admitidos en la bienaventuranza, para la que hemos sido creados y donde seremos cumplidamente felices.
Para entrar en este Reino [de la Gloria] es preciso fundar antes el Reino de la gracia, porque no es posible que reine en uno la gloria de Dios si antes no reinó en él su gracia, que es un manantial de agua que mana hasta la vida eterna (Jn. 4 14; 3 5.). En ese Reino nos mantendremos firmes e inmutables, sin poder pecar ni perder a Dios, mientras que en esta vida el Reino de la gracia puede ser perdido; allí toda nuestra flaqueza se convertirá en fortaleza; Dios mismo reinará en nuestra alma y en nuestro cuerpo para siempre (Catecismo Romano).
Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor” (2ª Lectura, St 5, 7). El Adviento nos invita a la alegría, pero, al mismo tiempo, a  esperar  con  paciencia  la  venida. Nos invita a no desalentarnos, superando las adversidades con la certeza de que el Señor no tardará en venir.

Por tanto, avancemos con alegría y generosidad hacia la Navidad. Y, para ello, hagamos nuestro el ejemplo de la Virgen María, que pronunció su fiat a la Encarnación, esperó en oración y en silencio al Redentor y preparó con cuidado su nacimiento.

Publicado en Tradición Digital

viernes, 6 de diciembre de 2013

Un diálogo sobre Fascismo, Modernidad y Tradición

"Fasci di Combattimento", antecedente del Partido Fascista
DOMINGO GONZÁLEZ: Hay dos libros muy importantes para entender la común ascendencia moderna de las ideologías totalitarias revolucionarias (fascistas y comunistas). Su natural inclinación a las prácticas terroristas y genocidas, como forma suprema de higiene social, no fue un accidente sobrevenido ni puede justificarse por la contingencia histórica de una época violenta. Antes al contrario, dichas ideologías revolucionarias encarnan, cada una a su modo, la misma aspiración prometeica, típicamente moderna, dirigida a la construcción (racionalista o mitológica) de un Orden Nuevo y de un Hombre Nuevo.

Se trata de Modernismo y Fascismo (La sensación de comienzo bajo Mussolini y Hitler) , de Roger Griffin (Madrid: Ediciones Akal, 2010). El otro libro es de Zygmunt Bauman, Modernidad y Holocausto (Madrid: Ediciones Sequitur, 1997).

JAIME MORA: Habría que determinar en qué consistieron las prácticas terroristas y genocidas del fascismo italiano, el único fascismo en realidad.

HISTORICUS: La tesis de los libros es muy sugerente y seguramente acertada. Como siempre, late la cuestión que apunta Jaime: determinar qué se entiende por fascismo y si puede considerarse un concepto universal. Así como si hay "fascismos" nacidos en contextos anti-modernos y contrarrevolucionarios o estos elementos son simples adherencias.

DOMINGO GONZÁLEZ: Sin duda la acusación es injusta con algunas expresiones de lo que se han venido considerando "movimientos fascistas", empezando por su matriz italiana, y especialmente con las manifestaciones en un marco católico (la Falange, especialmente). Los fundadores y pensadores de esas variantes del "fascismo" emitieron reservas serias y profundas frente al modernismo fascista (panteísmo estatal, nacionalismo, colectivismo socio-cultural, antipersonalismo, etc). Creo, en este sentido, que el pensamiento de José Antonio es fiel reflejo de esta tensión, seguramente nunca resuelta del todo. Fuera de este marco católico, los "fascismos" (con todas las cautelas con que debamos emplear esta expresión, sin duda forzada por el interés teórico de la generalización abusiva) cada vez se me aparecen más como una reacción mimética frente al comunismo, que trocaría el internacionalismo economicista por el particularismo nacionalista mitológico, pero arrastrando necesariamente la deuda con una modernidad fuerte y revolucionaria (eso sí, sometida a revisión). Esto incluye, por supuesto, el uso de los mismos métodos y formas de organización políticas.

Creo que esta es la tesis de Nolte, que tal vez sería necesario afinar (por ejemplo con las teorías de René Girard, que permitirían enriquecerla notablemente). Atención a estas palabras de Hitler: "Mucho es lo que he aprendido del marxismo, lo confieso abiertamente. No, quizá, esa aburrida enseñanza social y de la concepción histórica materialista, de esas cosas absurdas...Pero sí he aprendido de sus métodos. Sólo que yo he tomado en serio lo que esos espíritus de tenderos y secretarios habían iniciado tímidamente. Todo el nacionalsocialismo está aquí inmerso. Fíjense exactamente...Esos nuevos medios de lucha política hacen referencia, en los fundamental, a los marxistas. Yo sólo necesité hacerme cargo de ellos y desarrollarlos (...) El nacionalsocialismo es lo que el marxismo hubiese podido ser si se hubiese desligado de la unión absurda, artificial, con una ordenación democrática". ¿Cuántos dirigentes fascistas se educaron ideológica y políticamente en las filas del socialismo o el comunismo? Creo que eso dice mucho.

JAIME MORA: Ya, Domingo, pero el fascismo italiano no fue ni terrorista ni genocida, y eso hay que recordarlo. Podemos discutir por qué motivos no lo fue, pero no podemos hablar de prácticas genocidas en sistemas políticos que no lo fueron. Y la tesis de Nolte está limitada, estrictamente, al nacionalsocialismo.

HISTORICUS: Por algo, Ramiro Ledesma Ramos solamente daba acreditación de fascistas a los que habían nacido de la matriz revolucionaria y se mantenían en ella. Los demás eran simplemente "fascistizados". Creo que la tensión a la que alude Domingo está más presente en la Falange como organización (sobre todo al integrar al jonsismo del citado Ledesma) que en el propio José Antonio. Éste entra en la corriente del pensamiento tradicional español.

DOMINGO GONZÁLEZ: No pretendo atribuir ningún sentido polémico a la idea del terrorismo. Por ejemplo, está fuera de duda que la represión en la Italia fascista fue muy inferior a la de la España franquista (claro que ésta se explica en gran medida por las consecuencias de una guerra civil y por la respuesta a otras ideologías terroristas, como el comunismo). No, prefiero hablar en un sentido más crítico sobre el terrorismo.

El Terror comienza con la revolución francesa. Y todas las ideologías revolucionarias son, potencialmente al menos, terroristas. Ésos son sus métodos. Métodos modernos de hacer política. Y por no hablar del tema sensible de la violencia, podemos fijarnos también en la cuestión de la propaganda, entendida como la mentira sistemática, con ambición cratológica. Esto es maquiavelismo, y todas estas ideologías rivalizaron miméticamente en el cinismo propagandístico. Todo esto es moderno y revolucionario. Por supuesto, la ética cristiana de José Antonio está radicalmente fuera de este marco. De ahí en gran parte su desengaño hacia el fascismo, que lo hubiera sido en mayor medida de haber conocido mejor, con mayor perspectiva histórica, la naturaleza de estas nuevas ideologías.

JAIME MORA: ¿Terrorismo sin violencia, sin exterminio físico del adversario (ideológico, de clase, de raza)? No le des más vueltas, el fascismo italiano será una ideología, en parte, moderna, pero no fue terrorista en la práctica (no tengo ni idea de si lo era en potencia) y mucho menos fue genocida.

DOMINGO GONZÁLEZ: ¿Fascismo sin violencia, dices? ¿No lo estarás confundiendo con el franciscanismo? Ahora va a resultar que Mussolini era un pacifista vergonzante… Creo que ese fascismo pacifista sólo lo practicó Gandhi…

HISTORICUS: Creo que Jaime no dice "sin violencia". Con el manganello y el ricino puede haber violencia pero no genocidio…

DOMINGO GONZALEZ: Es obvio que el fascismo italiano no fue genocida. Y también es obvio que no se puede reducir el fascismo a la violencia, Pero no creo que tampoco se pueda dudar del hecho de que el fascismo no sólo utilizó los métodos violentos que imitó de la izquierda, sino que desarrolló toda una ética de la violencia, de la voluntad y del sentimiento".

La tesis del libro de Griffin, que yo acepto de antemano, es que el fascismo fue moderno y revolucionario. Para mí es una prueba de su naturaleza, si no perversa sí, al menos, pervertida. Pero entiendo que para los que se sienten modernos, la modernidad del fascismo sea un título glorioso de su legitimidad.

Corneliu Zelea Codreanu
HISTORICUS: O sea que el problema es doble. No se trata únicamente de determinar qué es el fascismo sino qué no lo es. Y puestos a admitir la existencia de los diversos "fascismos" ¿solamente son fascismo auténtico los elementos modernos y revolucionarios? Es decir, los fascistizados (en terminología de Ledesma Ramos): Acción Española, Calvo Sotelo, Pradera, Maeztu... o el propio José Antonio ¿eran reaccionarios con un barniz fascista? O todos ellos basculaban hacia un punto de convergencia común. Y, fuera de España, ¿Era Codreanu "moderno y revolucionario"? Otra pista para profundizar en la cuestión sería el intento católico, en la línea de Il Frontespizio, de contrarrestar al neo-idealismo gentiliano como filosofía inspiradora del régimen.

DOMINGO GONZÁLEZ: Creo que hay que situarse en un prudente término medio: ni aceptar la teoría monolítica de un fascismo universal ni negar las mutuas conexiones y deudas entre los distintos fascismos. Es decir, una teoría del fascismo moderadamente pluralista y prudentemente unitaria.

HISTORICUS: “Término medio” que supone una respuesta positiva a la pregunta acerca del fascismo como un universal…

DOMINGO GONZÁLEZ: Pero los fascistizados no son fascistas. Son la expresión de una simpatía hacia un régimen exitoso que restableció la autoridad y el orden. Pero creo que no entendían bien el fascismo. No me extraña la reacción de Ramiro Ledesma frente a ellos.

HISTORICUS: Probablemente porque él hacía esa lectura unívoca del fascismo que excluye de él cualquier elemento anti-moderno o contra-revolucionario. En realidad, en la medida que los fascistizados convergen hacia el pensamiento tradicional hispano son cada vez menos fascistas. De todas formas creo que el proceso es peculiar de España porque el peso que aquí tenía el pensamiento tradicional (anti-moderno y contrarrevolucionario) era mucho mayor que en cualquier otra nación de la Europa (al menos) Occidental. De ahí el ¿Bandera que se alza? de Víctor Pradera o los hombres de Acción Española que interpretan el fascismo como un neo-tradicionalismo: “Depurada la doctrina tradicionalista en el crisol de la adversidad, e invadido hoy el mundo por un ambiente “fascista”, que en sus principales bases guarda gran analogía con los postulados del tradicionalismo, no es aventurado esperar, para un mañana próximo, el triunfo de los principios fundamentales que representaba la bandera que, ahora hace un siglo, comenzó a cobijar a tantos mártires de la Religión y de España” (Eugenio Vegas Latapié, “Un centenario”, Acción Española, nº 37, 16 de septiembre de 1933, p.15).

DOMINGO GONZÁLEZ: Había un cartel del MSI, creo que de los años 60, en el que aparecía una de las fórmulas simbólicas preferidas de Giorgio Almirante para expresar la esencia del ideal fascista: "Nostalgia del futuro". Me parece una bella imagen poética de gran fuerza evocadora y que explica el gran poder de seducción del fascismo genuino en el marco de una civilización decadente. Pero dicha imagen expresa también las contradicciones internas de la ideología fascista, en particular entre su presunto tradicionalismo y su equívoca modernidad revolucionaria.

Augusto del Noce explicaba el fascismo como un movimiento espiritual de segunda generación, es decir, un movimiento surgido en una época de disolución religiosa y de crisis cultural pero en la que todavía se podían proyectar políticamente metas semi-trascendentes. Me parece que esa es una de las claves para entender el fascismo y su "nostalgia". Creo que esa nostalgia es la nostalgia de la comunidad, y más concretamente, de la Iglesia. Esto es lo que explica la modernidad del fascismo, porque de hecho la fórmula "nostalgia del futuro" no es exclusiva del fascismo. Ese mismo retro-futurismo aparece en algunas distopías de ciencia ficción y es una imagen que incluso se utiliza a menudo para justificar las peores versiones del transhumanismo, hoy especialmente en boga (véase por ejemplo Houellebecq, cuya referencia seguramente aprobará Jaime, y me parece que no por casualidad).

Creo que esta aspiración transhumanista, que expresa esa aspiración prometeica y moderna (un Nuevo Orden para un Hombre Nuevo) refleja el carácter irremediablemente ideológico del fascismo, y lo digo en el peor sentido de la palabra. Por esa razón, creo que el fascismo es inequívocamente moderno, como sugiere Griffin, y que su polo tradicionalista es un mero envoltorio, un simple barniz. Al final, como en toda nostalgia, no podemos revivir el pasado. Pero si, como los niños huérfanos que acaban de perder a sus padres, creemos que todo tiempo pasado fue mejor (como creyeron y sufrieron los fascistas), podemos proyectar nuestras esperanzas (y nuestros miedos) en una reconstrucción postiza del Hogar paterno que nos recuerde al Hogar de nuestros verdaderos padres. Aun a riesgo de parecer demasiado psicoanalítico, creo que esa es la "nostalgia fascista del futuro"."

Entiéndase, para concluir, que mi crítica al fascismo es reaccionaria, ni liberal ni marxista, ni conservadora ni democrática, ni tampoco fascista (que también existe). Por mi experiencia, la crítica reaccionaria al fascismo es la que más descoloca a los fascistas. A veces me dan la impresión, al escucharla, de sentirse repentinamente más plebeyos de lo que creían.

HISTORICUS: Creo que, al final, apuntas muy acertadamente a la pregunta por la imposibilidad de revivir el pasado y la demanda cuestiona también a los diversos tradicionalismos. ¿Restauración o Apocalipsis? Pero, ésta sería materia para otro debate.

http://tradiciondigital.es/2013/12/06/un-dialogo-sobre-fascismo-modernidad-y-tradicion/

El libro regalado a Francisco por Netanyahu: una manipulación historiográfica

Ayer 2 de diciembre, al término de 25 minutos de encuentro en privado en el Vaticano, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu regaló a Francisco un libro escrito en español por su padre, Ben Zion Netanyahu, y cuyo título es «Los orígenes de la Inquisición en la España del siglo XV». Netanyahu explicó que «mi español es prácticamente nulo, pero mi padre, fallecido el año pasado, era historiador y conocía ese idioma».

Hubiera sido preferible que los servicios de protocolo de la Santa Sede hubieran evitado esta promoción interesada de una obra que, por su sectarismo y defectuosa interpretación, ha sido acertadamente rebatido por prestigiosos historiadores que se han ocupado del tema. Cuando la obra de Netanyahu no era noticia nos hicimos eco de esa crítica al publicar en Historia en Libertad la recesión de un libro que ahora recomendamos a nuestros lectores para contrarrestar la propaganda sionista que Netanyahu ha aprovechado para difundir con motivo de su audiencia romana. Se trata de Las razones de la Inquisición española (Una respuesta a la Leyenda Negra) , editado por Almuzara en 2009.

Su autor, Miguel Ángel García Olmo (Murcia, 1963) es doctor en Antropología y licenciado en Derecho y Filología Clásica. Como ensayista suele abordar cuestiones humanísticas de actualidad (historia, educación, artes, hecho religioso…) desde perspectivas multidisciplinares. Como traductor está especializado en latín eclesiástico, habiendo publicado en español toda la colección de visitas ad limina de los obispos cartaginenses que, desde el siglo XVI, se custodia en el Archivo Secreto Vaticano.

En la década de los noventa del pasado siglo, Benzion Netanyahu (historiador y ex político sionista, padre del actual primer ministro de Israel) publicó un alegato en el que señala el racismo antisemita como origen y motivación fundamental de la Inquisición española. Esta peregrina hipótesis retrotrae el debate historiográfico sobre el Santo Oficio a un estadio anterior al que se había logrado gracias a las más relevantes aportaciones de autores como Domínguez Ortiz, Suárez Fernández o Eliott y lo devuelve a un terreno de interpretación basado en prejuicios ideológicos no tanto en una lectura desapasionada de las fuentes para buscar en ellas la explicación de los hechos del pasado.

Quizá por eso mismo, la sugerencia tuvo una inmensa y acrítica repercusión internacional en un mundo que rehúye los análisis complejos de la realidad y prefiere concebir la historia como una proyección hacia atrás de nuestras peculiares fobias, siendo una de las más características de ellas, la cristianofobia. De ahí el éxito que tiene todo aquello que se utiliza para denigrar al cristianismo de ayer pensando en combatir al cristianismo del presente. Otros, desde las filas de la misma Iglesia prefieren romper con cualquier fidelidad o vínculo emocional hacia el pasado para subrayar que la Iglesia de nuestros días sería el resultado de la metamorfosis que convierte a una institución antaño oscurantista e intolerante en vanguardia de una nueva civilización sincretista y ecuménica.
Entre las muy autorizadas voces, que se han distanciado de la tesis sostenida por Netanyahu, se encuentra el autor de Las razones de la Inquisición española (Una respuesta a la Leyenda Negra).  Comienza el autor preguntándose, lúcidamente:
¿Realmente necesitan de reivindicación sentida o dolida aquellos desdichados que sufrieron injustamente hace siglos, pero que llevan otros tantos siendo rehabilitados por filósofos, historiadores, novelistas y ahora hasta por la misma Iglesia? Y esto en un mundo como el contemporáneo plagado de horrores, en el que hay miles de damnificados por sistemas, injusticias y conflictos tremendamente crueles y a veces olvidados; o en la España democrática en la que las víctimas de nuestro terrorismo o de nuestra intolerancia han de señalarse y hacerse visibles a diario para no quedar arrumbados y preteridos (p.15).
En este contexto irrumpe el profesor Netanyahu con Los orígenes de la Inquisición (Nueva York, 1995):
Prácticamente no hay historia de la Inquisición ni obra que verse sobre algún aspecto del judaísmo español que no recoja la obligada referencia a sus planteamientos. Por lo que respecta al ámbito de la cultura española no puede dejar de señalarse que las posturas de Netanyahu han saltado a los medios de comunicación social, llegando éstos a servir de soporte mediático a tensos debates más propios de congresos especializados o de revistas científicas (p.17).
En contraste con tanto entusiasta acrítico, el gran académico español Antonio Domínguez Ortiz califica de aberrantes unas conclusiones como las de Netanyahu que vinculan la Inquisición a una maquinaria política justificada por razones religiosas, producto de unos odios sociales y racistas que los reyes utilizaron en su provecho.

Para desentrañar el problema comienza García Olmo explicando la trayectoria seguida por los judíos españoles en los reinos cristianos medievales para llegar al debate fundamental: el del criptojudaísmo.
En efecto, dilucidar hasta qué punto es cierta la convicción de que los conversos españoles de los siglos XV y XVI judaizaban —argumento sostenido no sólo por los promotores de la Inquisición y buena parte del pueblo, sino también por diversas escuelas de historiadores contemporáneos, con mayor rotundidad si son judíos—, se ha convertido en piedra de toque del avance de toda investigación posterior (p.35).
Los autores (incluso judíos) que afirman la realidad judaizante otorgan amplio crédito a la razón religiosa que desde el principio dio el sistema inquisitorial de su propia existencia, por el contrario, quienes —desconfiando de las fuentes— niegan o minimizan la sustantividad del criptojudaísmo no ven en la Inquisición otra cosa que designios lucrativos o racistas.

A lo largo de una serie de páginas de densa argumentación y convincente soporte documental, procede Miguel Ángel García Olmo a analizar cuestiones como el propio origen del Santo Oficio entendido a la luz de las fuentes y la limpieza de sangre para llegar a una serie de ponderadas conclusiones en las que queda establecida la existencia de un criptojudaísmo minoritario pero preocupante y la actitud ambigua de los judíos hacia los que habían abandonado su religión: La Inquisición es caracterizada como un tribunal de la fe moderado en su represión y la América hispana como el lugar de aplicación de unos principios basados en los derechos humanos y donde se estrellaron las pretensiones estrechas ligadas a la defensa de la pureza de sangre:
Lejos de instaurar una sociedad guiada por directrices de segregación racial y de exaltación del modelo etnocéntrico, los españoles ‘inventaron’ la sociedad del Nuevo Mundo y en ella pusieron en práctica con considerable éxito la teoría de los derechos humanos que fueron alumbrando entre paso hacia adelante y hacia atrás (p.279)
El autor de esta obra, cuya lectura aprovechamos para recomendar de nuevo, sostiene que el único camino posible de hallar coherencia a la historia de la Inquisición española consiste en olvidar las cíclicas y multiformes teorías conspirativas que se han ido formulando desde el siglo XIX hasta hoy, y volver a leer los textos, testimonios y documentos históricos sin suspicacias ni imágenes preconcebidas (p.277). Un criterio con el que coincidimos plenamente y que, aplicado también a otros campos del estudio de nuestro pasado, hará que los españoles dejemos de colaborar a nuestro propio descrédito colectivo e individual.



Título: Las razones de la Inquisición española (Una respuesta a la Leyenda Negra)
Autor: Miguel Ángel García Olmo Marcial Pons
Editorial: Almuzara, 2009
Páginas: 346
Precio: 23 euros

http://tradiciondigital.es/?p=34147