«M. Proudhon ha escrito en sus Confesiones de un revolucionario estas notables palabras: "Es cosa que admira el ver de qué manera en todas nuestras cuestiones políticas tropezamos siempre con la teología". Nada hay aquí que pueda causar sorpresa, sino la sorpresa de M. Proudhon. La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas» (Donoso Cortés).

viernes, 15 de febrero de 2013

Centenario de Menéndez Pelayo

Madrid, 3 de diciembre de 2012. Instituto CEU de Estudios Históricos. Intervenciones de José Miguel Gambra ( Polémica sobre la filosofía y la cultura española), Ángel David Martín Rubio (Historia de los heterodoxos) y Juan Manuel de Prada (Historia de las Ideas estéticas).
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Editorial de TD: Ante la renuncia de Benedicto XVI


En Tradición Digital hemos acogido la renuncia al Sumo Pontificado de Benedicto XVI con un respeto que queremos sea coherente con la línea editorial que venimos marcando desde nuestros orígenes.

Nos abstenemos de juzgar las razones que han llevado al Papa a tomar esa decisión, pero no podemos permanecer al margen de la realidad ni negar su trascendencia. Por eso no compartimos las reacciones a medio camino entre el entusiasmo y el sentimentalismo. Y nos causa estupor la unánime aceptación elogiosa que el hecho ha provocado entre los enemigos de la Iglesia.

Otra cosa es el balance que ya podemos empezar a hacer de un papado que se inició con prometedoras perspectivas pero que ha quedado frustrado sin apenas decisiones positivas. Medidas ambiguas como el motu proprio Summorum Pontificum no compensan ni logran disipar las dudas que provocan la gestión de asuntos como las finanzas vaticanas, los escándalos del fundador de los Legionarios de Cristo y las filtraciones de documentos de la Curia romana. Ni siquiera el elevado nivel intelectual, unánimemente reconocido, del propio Ratzinger ha evitado malentendidos de tan pésimo efecto como el rectificado discurso de Ratisbona o la justificación del uso del preservativo. Por no hablar de la ausencia de cualquier medida efectiva en la dirección de la pregonada reforma de la reforma.

Especialmente triste para nosotros ha sido el absoluto silencio por parte de la Sede romana con ocasión de la ratificación por parte del Jefe del Estado de medidas legislativas como la ampliación de la despenalización del aborto. Dicho comportamiento incluso ha contado con el respaldo de los obispos españoles por boca del Secretario Portavoz de la Conferencia Episcopal. Tampoco hemos asistido a una renovación efectiva de un episcopado anclado en las peores prácticas posconciliares ni a una desautorización de las veleidades separatistas de buena parte de los obispos y el clero en determinadas regiones españolas.

En Tradición Digital nunca hemos pensado que Benedicto XVI estuviera dispuesto a un cambio de rumbo hacia lo tradicional. Los gestos aparentemente tomados en esa dirección, cabe interpretarlos desde diversas categorías pero todas ellas adquieren su verdadera dimensión a la luz de la nota manuscrita del Papa, entregada a Mons. Fellay en 2012 al poner fin a las conversaciones teológicas mantenidas entre representantes de la Hermandad San Pío X y la Congregación para la doctrina de la Fe. Allí se imponía la aceptación del Vaticano II y del magisterio posconciliar como única opción posible para integrar la obra de la Tradición en las instancias oficiales de la Iglesia.
No ignoramos que Joseph Ratzinger, entonces asesor teológico del cardenal Josef Frings, fue parte activa en la desviación del Concilio Vaticano II desde los planteamientos que habían sido delineados por la Curia Romana hacia las opciones fraguadas a orillas del Rhin por la Nueva Teología.

Por obra de hombres como Ratzinger, el Concilio dio paso a una auténtica revolución en la que fueron cuestionadas las verdades de fe, la práctica de la moral y la celebración litúrgica hasta extremos que han convertido a la Iglesia Católica en difícilmente reconocible para cualquiera que compare su situación actual con la anterior al evento conciliar.

No deja de ser sintomático que el cincuenta aniversario del Concilio Vaticano II haya coincidido con una renuncia papal en unas circunstancias que no cuentan con ningún verdadero precedente en dos mil años de cristianismo. En el horizonte quedan las ruinas del proyecto de Ratzinger, incapaz de imponer una síntesis equidistante de la Tradición Católica y de los excesos revolucionarios. Y desoído por el mundo en su intento de reconciliar a la Iglesia con la modernidad, cerrando en falso la ruptura introducida por la Ilustración y el Liberalismo.

La renuncia de Benedicto XVI no levanta en nosotros oleadas de admiración, ni podemos calificarla de testimonio valiente. Nos produce una inmensa tristeza y nos tememos que dará paso a tiempos, si cabe, todavía más duros.

Aguardamos el próximo Cónclave con preocupación y con escasas esperanzas humanas porque sabemos que el mundo y la Iglesia mundanizada han visto con alegría el paso atrás de Ratzinger. Y apenas nos queda otra opción que pedir al Altísimo un milagro: el milagro de un Papa católico y valiente, que al proponerse restaurar todas las cosas en Cristo, apresure el retorno glorioso del Señor al precio del martirio de los suyos.

martes, 12 de febrero de 2013

¿Quién fue Gregorio XII?

Gregorio XII
La decisión sin precedentes de Benedicto XVI ha puesto de actualidad a Gregorio XII, aunque solo sea porque hasta ahora había sido el último Papa en renunciar a su alta dignidad. Aunque muchos llegan a situarlo en los siglos XIV y XIV, no todos saben que su autoridad fue discutida y que, si bien es cierto, que renunció al papado lo hizo en medio de unas circunstancias que no guardan ninguna relación con las que estamos viviendo en estos albores del siglo XXI.

Recordemos, brevemente, el tiempo en que vivió Gregorio XII y las circunstancias que le hicieron dar paso a la sucesión en la persona de Martín V.


Aviñón: Palacio papal
El Papado en Aviñón
A principios del siglo XIVla Iglesia había alcanzado éxito en tres procesos de importancia decisiva y que el historiador Luis Suárez sintetiza así:
  • El dogma estaba definido, ordenado y explicado, absorbiendo la herencia del pensamiento greco-latino y poniendo a la filosofía al servicio de una teología que buscaba hacerse comprensible a la razón.
  • Se había extendido prácticamente a todas partes la liturgia romana, atrayendo al pueblo fiel hacia hábitos religiosos que componían una norma de vida.
  • El papado estaba alcanzando una formulación de tipo monárquico a la vez universal y espiritual.
La gran obra de los Papas establecidos en Aviñón será continuar trabajando en el mismo sentido. Pero esta gran unidad contempló en el siglo XIV numerosos signos de contradicción que desembocaron en una división profunda de posturas: el Cisma de Occidente. Al mismo tiempo, la Iglesia empezaba a despertar corrientes de oposición entre las monarquías, los filósofos del inmanentismo y la vía moderna del nominalismo, los exaltados espirituales y reformadores enemigos de la jerarquía, y ciertos sectores del humanismo naciente que aspiraban a un mayor secularismo.

El sucesor de Bonifacio VIII, Clemente V (1305-1314) nunca llegó a ir a Roma y en 1309 traslada la corte papal a Aviñón (Francia, Provenza) que era un señorío de la Casa de Anjou, vasalla de la Santa Sede por el reino de Nápoles. Es posible que su estancia allí fuese planeada en principio como un breve paréntesis, pero la rápida desintegración de los Estados Pontificios y la anarquía que se apoderó de Roma, retrasaron sine dia el retorno.

Su sucesor, Juan XXII (1316-1334) había sido hasta entonces obispo de Aviñón y fijó su residencia en el propio palacio episcopal que fue ampliado para poder establecer en él los cada vez más complicados servicios de la Curia. Aquí vivieron también sus sucesores: Nicolás V (1328-1333), Benedicto XII (1334-1342), Clemente VI (1342-1352), Inocencio VI y Urbano V (1362-1370) quien, apoyado por el emperador Carlos IV hizo un viaje a Roma, pero, a instancias de los cardenales en su mayoría franceses, regresó a Aviñón. Por último, Gregorio XI (1370-1378) animado en su decisión por Santa Catalina de Siena, volvió a Roma donde falleció antes de poder adaptar el gobierno pontificio a la vida de la ciudad.


Vasari: alegoría del retorno a Roma de Gregorio IX


La doble elección y el Cisma de Occidente
El Cisma de Occidente, no puede ser visto como una especie de accidente fortuito, provocado por el mal entendimiento entre un Papa y sus cardenales, sino como la condensación de males de fondo que agitaban a la Iglesia.

A tal situación se llegó a raíz de la elección como sucesor de Gregorio XI de Urbano VI (1378-1389), primer italiano tras siete papas franceses que no tardaría en chocar con la mayoría francesa del Sacro Colegio. Finalmente, parte de los cardenales abandonaron Roma y, amparándose en que aquella elección habría tenido lugar bajo presiones, llevaron a cabo una nueva elección en la persona de un francés que tomaría el nombre de Clemente VII (1378-1394) y estableció su sede en Aviñón.
Desde este momento, cada uno de ellos tenía sus puntos de vista justificativos, sus partidarios, sus razones y sus intereses y, durante décadas, la cristiandad occidental quedará dividida por el cisma en dos obediencias: Roma y Aviñón. Francia, España, Chipre, Escocia y Nápoles, se adhirieron a Clemente VII y el resto de los países a Urbano VI. Cada uno de los cuales tendría su respectiva sucesión. Entre los cardenales que prestaron obediencia al Papa de Aviñón se encontraba el aragonés Pedro Martínez de Luna (1328-1423), elegido, a su vez como Papa a la muerte de Clemente VII (1394) con el nombre de Benedicto XIII.

«Durante el tiempo que Pedro Martínez de Luna rigió (primero como legado en España y Francia, y después como Papa) la Iglesia, hizo una gran cantidad de cosas que han permanecido y que forman uno de los elementos esenciales de la modernidad», ha señalado Luis Suárez. En realidad más que de modernidad deberíamos decir que los papas de Aviñón permanecieron fieles a la Cristiandad medieval que ya empezaba a declinar. Los países que, tras la reforma protestante, van a permanecer católicos obedecieron a Clemente VII y después a Benedicto XIII (los Papas de Aviñón) mientras que los que están a favor de Urbano VI (el Papa romano) son Inglaterra y Alemania, que después serán protestantes. Benedicto XIII, doctrinalmente, defendió lo que hoy sigue siendo la doctrina dela Iglesia porque sostenía frente a los nominalistas y conciliaristas, quela Iglesia no puede estar sometida al arbitrio de los poderes políticos.

No faltaron sin duda influencias de signo terreno pero la realidad es que la Cristiandad se encontró frente al hecho de la simultánea existencia de dos papas, cada uno de los cuales pretendía ser el legítimo vicario de Cristo. Y no sólo los príncipes y las naciones se dividieron entre las varias obediencias por motivaciones de orden temporal y político sino que esta incertidumbre alcanzó también a muchos espíritus profundamente religiosos, que obraban con indudable rectitud y movidos por un sincero afán de fidelidad a la Iglesia. Elsimple dato de que santos como Catalina de Siena y Vicente Ferrer militasen en contrapuestas obediencias es un indicio de hasta qué punto el Cisma había sembrado la confusión en las conciencias de los fieles. Para Eubel, autor de la famosísima Hierarchia catholica y uno de los mejores historiadores dela Iglesia, es un error considerar a Clemente VII y Benedicto XIII como antipapas; el Cisma creó tal género de división que ambas obediencias aparecieron equiparadas.

Por otra parte, Benedicto XIII murió convencido de la legitimidad de su causa. De ahí la expresión castellana: “mantenerse en sus trece”. Es cierto que no era esta la primera ocasión en que aparecía un antipapa pero otras vecesla Iglesia universal no había tenido serias dudas acerca de quién fuera el Papa legitimo, aun cuando, por diversas razones, alguna facción eclesiástica o el emperador hubieran reconocido un seudopontífice. Ahora la situación era distinta pues la legitimidad de uno u otro Papa dependía de la validez o invalidez, tan difíciles de comprobar, de la discutida elección de Urbano VI.

El final del Cisma y la reunión de la Cristiandad bajo un solo pastor fue durante todo este tiempo una aspiración en la mente de muchos pero la división se prolongaba y las nuevas elecciones papales celebradas en Roma y Aviñón parecían augurar un mantenimiento indefinido de la escisión. No dieron fruto las incontables soluciones propuestas para poner término a la disputa, pues las dos partes se mostraban irreductibles y en la práctica rehusaban cualquier efectivo acercamiento que preparase de algún modo la solución. Poco a poco, a medida que pasaban los años, se abrió camino la idea de que solamente un Concilio sería capaz de terminar con el Cisma. Es lo que ocurriría, de una manera muy compleja, en Constanza
Benedicto XIII: estatua en Peñíscola
La Vía Conciliar
En Roma, habían sucedido a Urbano VI, Bonifacio IX (1389-1404); Inocencio VII (1404-1406) y Gregorio XII (1406-1415) mientras que en Aviñón se prolongaba el pontificado de Benedicto XIII desde 1394.

Para dar una solución al cisma, un grupo de cardenales de las dos curias pontificias se reunieron en el concilio de Pisa que decidió deponer a Gregorio XII y Benedicto XIII y nombrar en su lugar a otro papa, Alejandro V (1409-1410). La negativa de los anteriores a abandonar su cargo complicó aún más la situación pues la cristiandad se vio repartida ahora en tres obediencias: Roma, Aviñón y Pisa. El sucesor de Alejandro, Juan XXIII (1410-1415) fue expulsado de Roma por Ladislao de Nápoles y buscó la protección del emperador germánico Segismundo (1410-1437), quien, a cambio, le forzó a preparar un nuevo Concilio. En diciembre-1413 se promulgaba la bula de convocación del Concilio Ecuménico de Constanza y fue inaugurado oficialmente por el Papa de Pisa, Juan XXIII, que esperaba ver confirmada su legitimidad y que todos le reconocieran como único Pontífice (1-noviembre-1414).

Juan XXIII vio desvanecerse sus esperanzas de un rápido reconocimiento y huyó a los dominios de su partidario el duque Federico de Austria. Numerosos cardenales y prelados marcharon a reunirse con él y el concilio pareció entrar en una vía muerta que se resolvió por la actividad incansable del emperador Segismundo y por la postura de un grupo de cardenales y teólogos que dieron un paso trascendental al adoptar una doctrina eclesiológica fundada en los presupuestos de las teorías conciliaristas. Al declarar el Concilio su suprema autoridad sobrela Iglesia, incluso sobre el Papa, procedió a exigir la dimisión de los tres existentes.

Tras diversas vicisitudes, Juan XXIII fue depuesto y el anciano pontífice romano Gregorio XII llevó a cabo dos actos de gran trascendencia:
  • Promulgó la bula de convocación del Concilio de Constanza, con lo cual quedaba éste legítimamente constituido
  • Abdicó por su espontánea voluntad (1415) y fue nombrado obispo de Ponto hasta su muerte en 1417.
Quedaba la resistencia del aragonés Benedicto XIII, persuadido de su legitimidad hasta el punto que, aislado y abandonado por todos, condenado y depuesto en 1417, se refugió en Peñíscola, donde moriría sin reconocer al papa que el cónclave había elegido en Constanza (1423). El nuevo Pontífice, un cardenal romano de la familia Colonna, gobernaría con el nombre de Martín V (1417-1431).

Bibliografía
  • Álvarez Palenzuela, Vicente Angel, El Cisma de Occidente, Rialp, Madrid, 1982.
  • García Villoslada, Ricardo - Llorca, Bernardino, Historia de la Iglesia Católica. III. Edad Nueva, BAC, Madrid, 1987, 14-267.
  • Suárez Fernández, Luis, Historia Universal. VI. De la crisis del siglo XIV a la Reforma, EUNSA, Pamplona, 1990, pp.61-102.

lunes, 11 de febrero de 2013

Sede vacante: ¿Y ahora qué?


La renuncia presentada por Benedicto XVI, despertará necesariamente el interés por las cuestiones relacionadas con la sucesión y elección pontificia.

Se denomina como período de sede vacante el tiempo que transcurre entre el momento en que se produce la vacante en la Sede romana y la elección del siguiente Papa. En este caso la Sede quedará vacante el próximo 28 de febrero por renuncia que no necesita ser confirmada ni puede ser inducida por nadie: «Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie» (CIC, c. 332 § 2).

No debemos olvidar que la actual disciplina es resultado de una larga evolución histórica que, a lo largo de los siglos, ha buscado mantener la elección papal al margen de las disputas internas y presiones externas que tantas veces se han producido y, es previsible, que seguirán ocurriendo.

En realidad, no podemos olvidar que estamos ante la designación de un Obispo, en este caso el Obispo de Roma, el sucesor de Pedro, titular de una potestad de magisterio, ministerio y jurisdicción que se extiende sobre el conjunto de la Iglesia Universal. Por eso, si bien en los primeros siglos se seguía un procedimiento similar al del resto de las diócesis, con el paso del tiempo se llegará a la introducción de un sistema específico, propio en exclusiva de la elección papal.

La época romano-cristiana y medieval
Pensar que las presiones y las elecciones papales controvertidas son propias de una determinada época histórica y fruto de un excesivo compromiso temporal por parte de la Iglesia es una idea equivocada. En realidad, desde los primeros siglos, en plena época de las persecuciones encontramos episodios que dieron lugar a cismas y a la aparición de los primeros antipapas, como es el caso de Hipólito de Roma (170-235) y Novaciano (s.III).

Pero también es cierto que, en los siglos siguientes, la creciente importancia religiosa y temporal del Pontificado hizo que cada vez fuera mayor el interés de la autoridad civil en la elección pontificia. En esta época existía un complejo “cuerpo electoral” formado por presbíteros, diáconos, clero, nobles, pueblo... Además, el emperador ejercía el derecho de confirmación del papa electo.

Con el paso del tiempo se llegó a una situación en la que la elección pontificia oscilaba entre dos extremos: la directa intervención de la autoridad imperial o el abandono en manos de clanes familiares de la nobleza feudal. Por eso, al plantearse la reforma gregoriana como un movimiento de reforma, purificación y búsqueda de autenticidad en la Iglesia, necesariamente hubo que comenzar por obtener las indispensables garantías a la hora de designar al Romano Pontífice.

La importante intervención de los cardenales
Muchos lectores se preguntan qué son exactamente los cardenales y cuál es su papel en la vida de la Iglesia. Algunos piensan, equivocadamente, que pertenecen a la jerarquía de la Iglesia cuando, en realidad son cualificados consejeros y colaboradores del Romano Pontífice a quien, históricamente, han ayudado en el gobierno de la Iglesia romana y en el ejercicio de la solicitud por toda la Iglesia. El actual Código de Derecho Canónico los describe así:
«Los Cardenales de la santa Iglesia Romana constituyen un Colegio peculiar, al que compete proveer a la elección del Romano Pontífice, según la norma del derecho peculiar; asimismo, los Cardenales asisten al Romano Pontífice, tanto colegialmente, cuando son convocados para tratar juntos cuestiones de más importancia, como personalmente, mediante los distintos oficios que desempeñan, ayudando sobre todo al Papa en su gobierno cotidiano de la Iglesia universal» (c. 349).
Precisamente es en la Edad Media cuando el colegio cardenalicio se configura en una estructura muy parecida a la actual (aunque eran mucho menos numerosos) y se convierten de modo exclusivo en los responsables de la elección del Papa por un decreto de Nicolás II (1059). El concilio I de Letrán determina que la mayoría requerida sea de dos tercios de los cardenales integrantes del colegio electoral. Como muchas veces tardaba mucho en alcanzarse la mayoría requerida y se prolongaban los tiempos de sede vacante, Gregorio X en el concilio de Lyon de 1274 impuso el sistema del cónclave basado en el régimen de aislamiento absoluto y la progresiva limitación de la ración alimenticia.
 
La práctica actual
Las últimas reformas introducidas en la regulación de la elección pontificia fueron debidas a Pablo VI y Juan Pablo II. El primero, excluyó de la participación en el cónclave a los cardenales mayores de 80 años y precisó el número de electores en una cifra que no debía ser superior a 120. Juan Pablo II, en la constitución Universi Dominici Gregis (UDC) del 22 de febrero de 1996, aun conservando en lo sustancial la normativa anterior, realizó algunas importantes correcciones. En dicha constitución se precisan numerosas cuestiones relacionadas con el Cónclave, quiénes tienen derecho a elegir al nuevo Papa (arts. 33-40), el lugar de la elección y las personas admitidas en razón de su cargo (arts. 41-48) así como la manera de proceder a la elección (arts. 49-77).

Con fecha 11 de junio de 2007, Benedicto XVI estableció en una Carta Apostólica dada en forma de Motu proprio sobre algunos cambios en las normas sobre la elección del Romano Pontífice que, si después de 24 escrutinios los Cardenales no consiguen ponerse de acuerdo sobre el Cardenal elegido, deberán escoger entre los dos Cardenales que hayan obtenido más votos en la última votación, exigiéndose también en este caso la mayoría cualificada de dos tercios de los votantes. De esta manera se restablece la norma sancionada por la tradición, según la cual no se considera válidamente elegido el Romano Pontífice si no obtiene dos terceras partes de los votos de los Cardenales electores.

La legislación canónica no impone requisitos para ser elegido Papa: por lo tanto, se deben considerar los propios del derecho divino para ser Obispo, es decir, ser varón bautizado en la Iglesia Católica con pleno uso de razón. En la práctica, sin embargo, desde hace muchos siglos el elegido ha sido siempre Cardenal.

El documento citado de Juan Pablo II también es importante a la hora de fijar la situación de la Iglesia durante el período que dura la sede vacante y en el que rige el principio “nihil innovetur” (que no se innove nada). El gobierno de la Iglesia queda confiado al Colegio de los Cardenales solamente para el despacho de los asuntos ordinarios o de los inaplazables y para la preparación de todo lo necesario para la elección del nuevo Pontífice. El artículo 1 de UDC precisa:
«Mientras está vacante la Sede Apostólica, el Colegio de los Cardenales no tiene ninguna potestad o jurisdicción sobre las cuestiones que corresponden al Sumo Pontífice en vida o en el ejercicio de las funciones de su misión; todas estas cuestiones deben quedar reservadas exclusivamente al futuro Pontífice. Declaro, por lo tanto, inválido y nulo cualquier acto de potestad o de jurisdicción correspondiente al Romano Pontífice mientras vive o en el ejercicio de las funciones de su misión, que el Colegio mismo de los Cardenales decidiese ejercer, si no es en la medida expresamente consentida en esta Constitución».
El proceso de elección de un nuevo pontífice termina cuando se produce la aceptación, proclamación e inicio del ministerio del nuevo Pontífice (arts. 87-92). Unos días después de la elección, el nuevo Papa celebra una Misa de inauguración del pontificado. Hasta fechas no muy lejanas el nuevo Papa era coronado con la tiara pontificia en esta Misa. Desde Juan Pablo I (1978) el acto central ha sido la imposición del Palio arzobispal.



lunes, 28 de enero de 2013

Casi 2.000 firmas ya han pedido la derogación de la Ley de Memoria Historica‏


Plataforma 2003 se ha hecho eco del llamamiento iniciado por el Foro Historia en Libertad desde Hispaniainfo y Tradición Digital para conseguir la revocación de la llamada "Ley de Memoria Histórica".

Para ello ha creado una petición pública dirigida al Presidente de Gobierno, don Mariano Rajoy, para su derogación. Firma tu petición en la web:

http://www.change.org/es/peticiones/pide-la-derogacion-de-la-llamada-ley-de-memoria-historica

miércoles, 23 de enero de 2013

Las Biblias de Obama: tomar el nombre de Dios en vano


Todos los medios de comunicación se han hecho eco de las Biblias sobre las que puso ayer su mano el presidente de Estados Unidos al inaugurar oficialmente su segundo mandato.

Ya resulta chocante que se vinculen dos Biblias no a la Revelación ni a la Palabra de Dios sino a dos de los más conspicuos representantes de la mitología de los “derechos humanos”: Lincoln y Luther King. Ahora bien, sin con algo se confrontan con las Biblias utilizadas por Obama, es con su obra de Gobierno y con el programa político que el Presidente amenaza con seguir aplicando.

Las recetas económicas y los programas de ingeniería social de Obama no son indiferentes para nosotros ni afectan exclusivamente al pueblo que los padece sino que nos ayudan a comprender, por un lado, el cambio de discurso de la izquierda europea en general y española en particular y, por otro, ese magma común, síntesis del liberalismo y del socialismo que va más allá de la frágil y aparente división entre derechas e izquierdas. Con palabras más sencillas: conocer a Obama nos sirve para comprender a Rodríguez Zapatero (o a sus sucesores) y a Mariano Rajoy.

Para entender lo que decimos, conviene recordar cómo la izquierda europea llevaba desde 1917 mirando a otro lado ante los millones de víctimas que estaba costando a la humanidad la ideología comunista pero, cinismo aparte, hay que reconocer que el derrumbamiento de las viejas estructuras concebidas en el primer tercio del siglo XX por estatólatras del perfil de Lenin o Stalin vino muy bien a una izquierda europea que desde los años 60 parasitaba en un entorno de constante progreso material. Para entonces, las raíces de la izquierda europea no estaban ya en la Unión Soviética sino en los Estados Unidos.

Este entronque norteamericano ha sido expuesto con detalle por Paul Edgard Gottfried (La extraña muerte del marxismo, Ciudadela, Madrid, 2007). La estrategia de acción cultural indirecta delineada por el comunista italiano Gramsci (1891-1937) fue proyectada por la llamada Escuela de Frankfurt y regresa a Europa desde USA en las elaboraciones ideológicas que activaron y sustentaron el proceso subversivo de los años sesenta del siglo XX, particularmente efectivas entre los estudiantes. Dichos planteamientos son también la base del neosocialismo que busca perpetuarse en el poder asegurándose la reelección ininterrumpida mediante la transformación de la base cultural de las naciones que someten a su ingeniería social.

Volviendo a Obama, no es necesario aquí glosar sus promesas electorales ni su discurso, me remito a lo dicho por Eulogio López. Pero poner por testigo de ese programa a la Palabra de Dios, aunque sean las Biblias de Lincoln y de Luther King, se aproxima bastante a lo que todos entendemos por tomar el nombre de Dios en vano. Porque el segundo Mandamiento prohíbe jurar sin justicia, y tal cosa ocurre cuando se jura algo que no es justo o lícito.

Y es que el proyecto de Obama –incongruencias y demagogias aparte- está en pugna con la propia ley natural que establece también la base moral indispensable para la edificación de la comunidad política y proporciona la base necesaria a la ley civil que se adhiere a ella. Como enseña Pío XII en la Humani generis, en la situación actual, la gracia y la revelación son necesarias al hombre para que las verdades religiosas y morales puedan ser conocidas «de todos y sin dificultad, con una firme certeza y sin mezcla de error».

Al existir esta continuidad entre ley natural y ley revelada, poner el programa de Obama bajo el amparo de la Biblia, más allá de la pura incoherencia, solamente es posible cuando se ignora, como hacen las sectas protestantes y es propio del relativismo religioso useño, que «la doctrina de la fe que Dios ha revelado, no ha sido propuesta como un hallazgo filosófico que deba ser perfeccionado por los ingenios humanos, sino entregada a la Esposa de Cristo como un depósito divino, para ser fielmente guardada e infaliblemente declarada. De ahí que también hay que mantener perpetuamente aquel sentido de los sagrados dogmas que una vez declaró la santa madre Iglesia y jamás hay que apartarse de ese sentido so pretexto y nombre de una más alta inteligencia [Can. 3]. “Crezca, pues, y mucho y poderosamente se adelante en quilates, la inteligencia, ciencia y sabiduría de todos y de cada uno, ora de cada hombre particular, ora de toda la Iglesia universal, de las edades y de los siglos; pero solamente en su propio género, es decir, en el mismo dogma, en el mismo sentido, en la misma sentencia”» (Concilio Vaticano I, Constitución dogmática sobre la fe católica, 24 de abril de 1870).

No es casualidad que en USA se gestara una de las herejías precursoras del modernismo, el llamado americanismo, tendencia que hacía prevalecer las virtudes naturales y el bienestar material con una amplia tolerancia religiosa (cfr. carta Testem benevolentiae, de León XIII al cardenal Gibbons, 22 de enero de 1899). Y tampoco es casualidad que el modelo useño sea tan del agrado de algunos conspicuos representantes de la laicidad, la positiva y la que no lo es tanto.
 

sábado, 5 de enero de 2013

Sobre la unión de Cristo "con todo hombre”


"La gran tentación de nuestra época radica en confundir los dos Universos, esperando en las obras del tiempo, el cumplimiento de las promesas de la Eternidad." (Gustav Thibon)
En la reforma litúrgica de 1969, fueron alteradas sustancialmente las oraciones que acompañaban al antiguo Ofertorio de la Misa, reemplazado ahora por una “Presentación de ofrendas”.

Las plegarias, de clara referencia sacrificial, que acompañaban a la colocación del pan y el vino sobre el altar fueron brutalmente reemplazadas por otras, inspiradas en las judías de bendición de la mesa. Palabras, por cierto, que difícilmente se pueden poner en labios de Jesús pues, como es sabido, el judaísmo anticristiano, talmúdico y cabalístico deformó el culto familiar. El seder (ritual pascual) actual, tal como fue modificado por los rabinos, tiene un significado bien diferente de la celebración de Nuestro Señor en la Última Cena.

Se suprimió la invocación al Espíritu Santo (Veni, sanctificator…) y a la Santísima Trinidad (Suscipe, Sancta Trinitas…) y el salmo 25, que acompañaba al lavabo, fue reemplazado por una brevísima fórmula que incluso altera el significado del gesto que era manifestación de pureza ritual más que de naturaleza penitencial.

Solamente una de las oraciones del Ofertorio iba a pervivir en el Novus Ordo Missae de Pablo VI, y aún así, viéndose privada de su parte inicial en la que se hacía referencia a la distinción entre creación y redención al mismo tiempo que se subrayaba su estrecha unidad. Se trata de la fórmula que acompaña a la mezcla del agua con el vino en el cáliz y que, en su integridad, decía así:
Deus, + qui humanae substantiae Dignitatem mirabiliter condidisti, et mirabilius reformasti: da nobis per hujus aquae et vini mysterium, ejus divinitatis ese consortes, qui humanitatis nostrae fieri dignatus est particeps, Jesus Christus, Filius tuus, Dominus noster: […]
O Dios + que maravillosamente formaste la dignidad de la naturaleza humana, y más maravillosamente la restauraste, danos, por el misterio que representa la mezcla de esta agua y vino, participar de la Divinidad de Jesucristo, Hijo tuyo, y Señor nuestro, pues El se dignó participar de nuestra humanidad […]
La formula es mucho anterior a su codificación en el Misal de San Pío V (1570) pues deriva (con la adicción del «per huius aquae et vini mysterium»), de una oración cuya composición se atribuye al papa San León Magno (440 al 461) y que quedó vinculada a la Liturgia del día de Navidad en el Misal de Pablo VI (Cfr. Colecta de la Tercera Misa del día de Navidad).

De Lubac y el sobrenatural
Como afirma Lorenzo Bianchi, «Repetir cada día esta oración podía ayudar a obispos y sacerdotes a mantenerse en la simplicidad de la Tradición de la Iglesia, frente a la confusión teológica de estos decenios que tiene origen también en la confusión entre naturaleza y gracia» (30 Giorni, febrero-1999).

En efecto, la disolución de las fronteras entre el orden natural y el sobrenatural, es una de las tesis más queridas y de consecuencias más nefastas de la nouvelle théologie. No en vano, uno de sus más conspicuos representantes del modernismo moderado –Henri de Lubac, S.J.– es autor de un libro que lleva por título Le surnaturel [Lo sobrenatural] (1946) condenado implícitamente en la encíclica Humani Generis de Pío XII (1950). La obra del jesuita presenta serios errores doctrinales cuyas consecuencias dogmáticas y morales se han demostrado graves:

1. Imposibilidad de la natura pura (el único fin último posible para todo espíritu creado es la visión beatífica).

2. Deseo natural de lo sobrenatural (de hecho llega a decir que ese deseo expresa el fondo de la naturaleza del hombre)

3. Reducción de lo trascendente a lo sobrenatural (negando la posibilidad de la religión natural y olvidando que lo sobrenatural no sustituye a lo natural, sino que supone, sana, eleva y perfecciona a una naturaleza que permanece como tal naturaleza.

Frente al desprecio que algunos expresan hacia las formulaciones teológicas, recordemos que precisamente es el concepto de “naturaleza pura” (cuestionado por De Lubac) una de esas novedades terminológicas que han servido para expresar con más precisión técnica el contenido perenne de la fe, y en algunos casos excluir radicalmente la posibilidad de una interpretación errónea al afirmar, en este caso, la perfecta gratuidad del orden sobrenatural.

Encontramos aquí el corazón de la "nueva teología": el hombre, simplemente por el hecho de serlo, está en el camino de la salvación. En dicha idea se inserta la tesis de Karl Rahner acerca de "los cristianos anónimos", y en sus formulaciones más extremas se pasa por el ecumenismo (¿qué necesidad tenemos de la Iglesia católica para salvamos?) para desembocar en el indiferentismo (¿qué importa la religión que se profese?)

El Vaticano II en las fuentes de la liturgia reformada
La cuestión vendrá prolongada por el efecto de una expresión de largo recorrido utilizada en Gaudium et Spes, 22, donde -con la vaporosa fórmula “en cierto modo”- no se logran disipar las dificultades que plantea el texto:
«[…] El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado […]».
Al introducir el inciso "en cierto modo" los propios padres conciliares eran conscientes de que no podían afirmar lisa y llanamente que en la Encarnación Jesús "se ha unido a todo hombre". Y esto porque hay una unión propia de la gracia que nos hace partícipes de la naturaleza divina que no todos los hombres reciben pues no todos son incorporados de hecho al orden sobrenatural.
El problema es que la fórmula usada por el Concilio es tan poco explícita y se prescinde de ella con tanta facilidad, que en el fondo, sugiere que ambas uniones, la genérica (por el mero hecho de la Encarnación) y la real (por la gracia) son equivalentes. Por el contrario, el siguiente párrafo de Romano Amerio nos recuerda la novedad injertada en la esencia del alma al producirse el paso del “no-ser” al “ser” sobrenatural mediante la gracia:
«La Escritura adopta para la gracia el verbo crear en un sentido muy conveniente, porque el hombre no recibe por la gracia un poder o una cualidad nueva, sino una nueva existencia y algo que concierne a su esencia. Así como la creación es el paso del no-ser al ser natural, la gracia es el paso del no-ser al ser sobrenatural, discontinuo respecto al primero y completamente original, de tal manera que constituye una nueva criatura (II Car. 5, 17) y un hombre nuevo (Ef. 4, 24).
Esta novedad, injertada durante la vida terrena en la esencia del alma, informa toda la vida mental e informará también la vida corporal en la metamorfosis final del mundo. Pero fuera de esta novedad que confiere al hombre una nueva existencia no sólo moral, sino ontológica (por un algo divino real que se inserta en el Yo del hombre), la religión católica no conoce ni innovación, ni regeneración, ni adición de ser. Por tanto puede concluirse que los “novi homines” del Concilio no deben entenderse en el sentido fuerte de un cambio de esencia, sino en el sentido débil de una gran restauración de vida en el cuerpo de la Iglesia y de la sociedad humana. Sin embargo, dicha expresión ha sido a menudo entendida en ese estricto e inadmisible sentido, y ha alentado sobre el postconcilio un aura de anfibología y utopía» (Iota Unum, Cap. V).
Una de las mejores interpretaciones de cómo la teología posterior ha derivado las últimas consecuencias de lo que solo estaba implícito en el texto conciliar se encuentra en el estudio de Johannes Dörmann (El itinerario teológico de Juan Pablo II, Buenos Aires: Ediciones Fundación San Pío X, 1994, capítulo III). Allí se expone cómo el texto de Gaudium et spes podría entenderse en el sentido de los Padres que comparan la Encarnación del Hijo de Dios a una "unión" o "enlace" con todo el género humano. Pero en tal caso, no se trata más que de un "matrimonio virtual", según el cual el género humano queda orientado hacia Cristo, y no de de la aplicación de los frutos de la Redención o de la comunicación de la gracia sobrenatural.

Posteriormente, se entiende la unión del Hijo de Dios con cada hombre en el sentido de la "Redención Universal" que extiende la relación de la gracia tal como existe entre Cristo y su Iglesia, a todo hombre y, con ello, a toda la humanidad. Por el contrario, según la doctrina católica la aplicación de los frutos de la redención a cada hombre en la obra de la justificación está ligada a la fe y al bautismo. Estas realidades se convierten en superfluas a la luz de la nueva teología y por eso carece de sentido la necesidad de la salvación a través del bautismo, de la fe y de la Iglesia. Y a partir de ahí todas las fantasías son posibles.

La doctrina tomista
Recordemos, para terminar, la recta doctrina formulada por el doctor Angélico en esta materia y expresamente dejada al lado en la doctrina conciliar de Gaudium et spes, 22. En efecto, como puso de relieve el entonces teólogo Joseph Ratzinger en su comentario al texto (1968), al hablar de una similitudo que solamente está deformada se prescinde de la clásica distinción entre imagen natural y sobrenatural de Dios en el hombre o –en términos de San Ireneo– entre imago (deteriorada por el pecado original) y similitudo (perdida). Una vez más, al dejar de lado el lenguaje escolástico se abría paso a la inexactitud en la formulación de un dogma fundamental de la Iglesia, base de toda la doctrina católica sobre la Redención.

Santo Tomás escribe que:

1.- La persona del Verbo divino asumió una naturaleza humana individual: assumpta est in individuo quia assumpta es ut sit in individuo (la naturaleza humana fue asumida por el Verbo en condiciones de individualidad porque fue asumida para subsistir en una persona individual) cfr. Summa Theologiae III, q.4, a.4

2.- La persona divina del Verbo no se encarnó en todos los individuos de la naturaleza humana (es decir, no "se unió a todo hombre") Y ello por tres motivos.

a) Porque de haber sido tal el caso, al ser la persona divina el único sujeto de la naturaleza humana asumida por el Verbo encarnado, se habría eliminado la multiplicidad de los sujetos que es connatural a dicha naturaleza humana.

b) En segundo lugar, se habría aminorado la supremacía absoluta del Hijo de Dios encarnado sobre la humanidad entera, porque si hubieran sido asumidos por el Verbo todos los hombres, tendrían todos Su misma dignidad; pero Él por el contrario, es el primogénito entre muchos hermanos (Rom 8, 29) según la naturaleza humana, igual que fue engendrado antes que toda criatura (Col 1,15) según la naturaleza divina.

c) Por último, convenía que a la única persona divina encarnada le correspondiese una única naturaleza humana asumida: como se encarnó un único sujeto divino, de igual manera se asumiría una sola naturaleza humana para que de ambas partes se hiciese la unidad (S Th III q.4 a.5). (Cit. por Sí Sí No No (Edición española) 201 (abril-2009) 8).

sábado, 29 de diciembre de 2012

La matanza de los Inocentes: ¿historia o leyenda?

Han sido muchos los comentarios acerca del libro sobre la infancia de Nuestro Señor Jesucristo publicado en fechas pre-navideñas por JosephRatzingerBenedictoXVI. Pero probablemente una de las recensiones más lúcidas y clarificadoras ha sido la publicada en Libertad Digital por César Vidal.

A pesar de su relativa brevedad, propia del medio al que iba destinada, el teólogo evangélico prescinde agudamente de los comentarios más o menos jocosos acerca de la presencia o no de la mula y el buey entre las pajas del pesebre para centrar el asunto en una cuestión de mucho más calado.
Y es que el libro, a juicio de este autor se separa de la exégesis específicamente católica en cuestiones de tanto relieve como lo son las expresiones vinculadas con la Inmaculada Concepción (significado del “llena de gracia”) y la virginidad de María (existencia o no de un voto). El trabajo de Ratzinger vendría, pues, a ser la expresión –sin duda brillante por su reconocida competencia teológica– de un “cristianismo” que también podría ser suscrito por protestantes y ortodoxos al alejarse de aquellas interpretaciones tradicionalmente sustentadas por los autores católicos.

Siendo esto cierto, lo peor de todo es que el libro publicado por JosephRatzingerBenedictoXVI se sitúa en un contexto exegético más vinculado a los años 70 que al 2012. Y esto porque trata de salvar la historicidad fundamental de los Evangelios de la Infancia. Dichos relatos son, como él mismo dice «historia, historia real, acontecida, claro, historia interpretada y comprendida con base en la Palabra de Dios», matización esta última -se debería añadir- que no supone merma de la mentada historicidad sino que la refuerza. De esa manera, la propuesta de Joseph Ratzinger se sitúa a años luz de distancia de la que hoy se enseña en la inmensa mayoría de las Universidades “Católicas” de la Iglesia que gobierna Benedicto XVI.



Historia y evangelios: un ejemplo
Dicho cuestionamiento de la historicidad de los evangelios de la infancia, ha trascendido ya incluso a niveles alejados de la especulación teológica. Así, el 28 de diciembre resulta cada vez más frecuente leer o escuchar en los medios de comunicación alguna alusión a la matanza de los inocentes, decretada por el rey Herodes y conmemorada litúrgicamente en dicha fecha, desposeyéndola de carácter histórico y convirtiéndola en un episodio más o menos simbólico.

Solamente por citar algunos casos, Antonio Piñero, Catedrático de Filología del Nuevo Testamento de la Universidad Complutense y colaborador de Religión Digital decía en 2008, que «la matanza de los inocentes no existió, es una pura leyenda». Para la popular y sectaria Wikipedia: «Se cree que como Mateo no conocía mucho del nacimiento de Jesús de Nazareth, y como los judíos veneraban a Moisés como el más grande profeta del Pueblo, quien en su momento debió ser salvado de una matanza de niños, quizás extrapoló esta leyenda mosaica a la historia de Jesús». Y en las navidades del 2011, a uno de los participantes en la tertulia del programa Así son las mañanas de la COPE, las inocentadas le parecían una deriva un tanto macabra tomada por esta celebración a pesar de recordarse «una leyenda» teóricamente referida a la muerte de miles niños «que nunca ocurrió». Por último, para el ABC de hoy «Ningún documento histórico certifica este luctuoso hecho bíblico»; como si el Evangelio de San Mateo no fuera un “documento histórico”.

La cuestión viene de lejos y tiene más importancia de la que a primera instancia pudiera pensarse; en primer lugar porque en el trasfondo laten aspectos como la propia historicidad, no solo de los relatos de la infancia o del episodio de la adoración de los Magos —inseparable éste de la matanza de los inocentes— sino de todos los Evangelios.

Pero sobre todo, porque más que de dificultades de carácter científico que impidan ratificar la veracidad del suceso, nos encontramos, con la radical incomodidad que éste provoca. Y es que no deja de ser acusado el contraste entre la religiosidad moderna —eminentemente antropocéntrica— con el hecho de que el nacimiento del Hijo de Dios encarnado vaya acompañado de un derramamiento de sangre que convierte en testigos de Cristo a unos niños inocentes. El propio dramatismo de la escena ha inspirado innumerables representaciones gráficas de los pequeños arrancados de los brazos de sus madres, cayendo bajo los golpes de espada de los soldados de Herodes.
Púlpito de la Catedral de Pisa (Matanza de los Inocentes)

Objeciones rebatidas
Podemos dividir en dos grandes grupos las objeciones a la historicidad de la matanza: las más clásicas, de carácter “historicista” y las vinculadas a posiciones que niegan la historicidad de los evangelios de la infancia desde perspectivas que pudiéramos denominar “teológicas”.
 
Argumentos historicistas

Las razones históricas aducidas se sostienen en el silencio de los historiadores romanos y judíos y particularmente de Flavio Josefo, que tan extensamente relata el reinado de Herodes en sus Antigüedades judaicas.

Quienes dan tanta importancia al silencio de los historiadores antiguos, caen en el contrasentido de negar la validez histórica de una noticia transmitida solamente por San Mateo, precisamente a quien la tradición cristiana considera autor del primer Evangelio a partir de testimonios como los de Papías y San Jerónimo. Sin olvidar la propia credibilidad histórica común a todos los relatos evangélicos por su condición inspirada, podemos añadir que el Evangelio de San Mateo enlaza con las fuentes de la primera comunidad cristiana en Palestina y su autor fue discípulo desde los comienzos, de ahí su alto valor como testimonio histórico que no cabe menospreciar a priori.

Por otro lado, la verdadera magnitud del suceso nos ayuda a entender que prescindieran de él autores como Flavio, más atento a las vicisitudes que afectaban a los protagonistas históricos de mayor rango.
Ciertos comentaristas antiguos proporcionaron cifras simbólicas y carentes de cualquier fundamento histórico pero una atenta consideración de los hechos nos sitúa mucho más cerca de la realidad. Belén en tiempos de Jesucristo era una pequeña aldea que, más allá de su significado religioso como cuna de la estirpe de David, carecía de cualquier importancia económica y política. Si pensamos en unos mil habitantes (como parece deducirse de Miq 5, 2), cabe pensar en unos treinta nacidos por año, de los que habría que descontar las niñas por lo que hoy se coincide en pensar que los inocentes asesinados por orden de Herodes se pudieron situar en torno a catorce. Tal vez algunos más en proporción, si la población de Belén —como piensan otros— se situaba en torno a los dos o tres mil habitantes.

Escasa importancia podía tener la muerte de unos pocos niños para aquéllos que nos transmiten el carácter cruel y sanguinario del reyezuelo idumeo que no dudó en aniquilar a cuantos pretendieron interponerse en su camino o disputarle el trono, fueran éstos enemigos o parientes. Por ejemplo, cuando subió al trono de Jerusalén, hizo matar a cuarenta y cinco partidarios de su rival Antígono, así como a numerosos miembros del Sanedrín. Al final de su vida, ordenó que fueran ejecutados unos notables del reino para que las gentes de Judea, lo quisieran o no, lloraran su muerte.
 
Argumentos teológicos

A pesar del escaso peso de las objeciones historicistas, en realidad éstas han servido de apoyo a un cuestionamiento de mayor calado que viene a atribuir, de manera general los Evangelios y más en particular los relatos de la infancia, al resultado de una intensa y profunda elaboración teológica.

Al margen de cualquier referencia real, nos encontraríamos con proclamaciones de la fe en Jesús propias de comunidades cristianas tardías pues la única manera de justificar este proceso es retrasando arbitrariamente la composición del Evangelio de San Mateo hasta los años 75-80 cuando su redacción, de acuerdo con la sentencia más probable, puede situarse en torno al 50 (Cfr. PRADO, Ioh., Praelectionum biblicarum compendium, III, Madrid: Perpetuo Socorro, 1952, p. 23-24 y las Respuestas de la Comisión Bíblica sobre la cuestión).

Las objeciones pseudo-teológicas han sido propuestas de diversas maneras y con mayor o menor radicalidad, pero todas parten de un argumento común: subrayar la identidad entre el episodio que estamos comentando con un motivo legendario presuntamente común a las infancias de los héroes. Ahora bien, de acuerdo con los estudios de Salvador Muñoz Iglesias, de los paralelismos propuestos el único atendible es el que relaciona el relato de Mateo con el del Éxodo:
«El relato canónico del Éxodo refiere que Moisés, el futuro Libertador, fue librado del exterminio decretado por el Faraón, gracias a la estratagema de la exposición en un cestillo de mimbres sobre las aguas del Nilo. Posteriormente, siendo ya mayor, escapó por segunda vez de la muerte, huyendo a Madian. Las tradiciones recogidas en el Targúm de Jerusalén, en la Crónica de Moisés, en el Midras Rabbah y en las Antigüedades judaicas de Josefo relacionan el decreto del Faraón con un sueño o con la predicción de un escriba que anuncian el nacimiento de un Caudillo Libertador del pueblo hebreo» (cfr. “Los Evangelios de la Infancia y las infancias de los héroes”, Estudios Bíblicos 16 (1957) 5-36; “El género literario del Evangelio de la Infancia en San Mateo”, ib. 17 (1958) 243-273).
El primer Evangelio fue compuesto para una comunidad cristiana de origen judío y por ello se subraya el cumplimiento de las profecías así como la reprobación del viejo Israel. A largo de todo el Evangelio de la infancia, San Mateo demuestra que Cristo cumple las profecías mesiánicas: es el hijo de David, nacido de una Virgen en Belén, luz de las gentes y objeto de una gran hostilidad de la cual saldrá finalmente vencedor. A la hora de transmitir el episodio que estamos comentando, utiliza paralelismos que tienden a demostrar que Jesús es el auténtico y definitivo salvador mesiánico, cuyo tipo y figura fue el protagonista del Éxodo sin que los paralelismos obsten para la historicidad de fondo al tiempo que las diferencias con el modelo avalan dicha credibilidad.



De la historia a la Liturgia
Podemos concluir recordando cómo los relatos evangélicos de la infancia de Jesucristo contienen una narración de verdades fundamentales: su ascendencia davídica, su concepción virginal, el nacimiento en Belén..., y, en última instancia, su misma divinidad. Por tanto, la historicidad del conjunto, y la de cada uno de los episodios de que constan, es algo que afecta al núcleo de la fe misma; y ha sido constantemente afirmada por la Iglesia.

Por otra parte, esos relatos forman una unidad con los Evangelios respectivos, y su historicidad está apoyada, en el terreno de la crítica, por las mismas razones que la de dichos libros en su conjunto, lo que no impide precisar el género literario de esos capítulos, para obtener así una mayor comprensión de los mismos. Poco, sin embargo se puede avanzar por este camino más allá de recalcar determinadas dependencias literarias sin que ello vaya en detrimento de su carácter histórico.

Otra prueba de que la Iglesia lo ha considerado así, es la celebración de una fiesta dedicada a estas primicias de los mártires de Cristo. Su origen está en el norte de África, en el siglo V pasó a Roma, y desde allí se extendió al resto de la Cristiandad quedando fijada durante la Edad Media en el 28 de diciembre. Y con los versos inspiradísimos del Himno Salvéte flores Mártyrum, canta la liturgia a estos niños, sin nombre ni rostro, que parecen alegrar el Cielo con la eterna alegría de haberse acercado "ad Deum qui laetificat iuventutem meam" — "al Dios que es la alegría de mi juventud" (Sal 42).

Salve, flores de los Mártires,
que en el mismo umbral de la vida
fuisteis arrebatados por el perseguidor de Cristo,
cual rosas nacientes por el huracán.
Vosotros sois las primeras víctimas de Cristo,
los tiernos corderos inmolados
por Él, y jugáis, inocentes,
ante Su altar con la palma y la corona.

viernes, 21 de diciembre de 2012

La mula, el buey y los teólogos

Lo peor de todo no es el revuelo que, una vez más, ha provocado un libro publicado por JosephRatzingerBenedictoXVI.

Lo peor no son los comentarios volterianos y/o jocosos acerca de la presencia o no de la mula y el buey entre las pajas del pesebre.

Lo peor no es lo que ha dicho, con toda razón, César Vidal saliendo por los fueros del Pontífice:
Ratzinger ha realizado un trabajo muy riguroso que, de manera bien reveladora, podría ser suscrito por teólogos protestantes y ortodoxos; que rehúye claramente sustentar interpretaciones clásicas del catolicismo y que ha salido profundamente cristiano aunque sea –eso sí– muy poco católico en el sentido específico de esta confesión religiosa
Siendo esto cierto, lo peor de todo es que el último libro publicado por JosephRatzingerBenedictoXVI se sitúa en un contexto exegético más vinculado al año 1970 que al 2012. Y esto porque, aunque tímidamente, trata de salvar la historicidad fundamental de los Evangelios de la Infancia. De esa manera, la exégesis de Joseph Ratzinger se sitúa a años luz de distancia de la que hoy se enseña en la inmensa mayoría de las Universidades "Católicas" de la Iglesia que gobierna Benedicto XVI.

Vamos, que mi sacristan me cuenta que un avezado escriturista de la Pontificia Universidad de... ha colocado el libro de JosephRatzingerBenedictoXVI junto a la Vida de Jesús escrita por el padre Remigio Vilariño, de la Compañía de Jesús (la de antes, por supuesto).

martes, 27 de noviembre de 2012

Desastre en Cataluña



Una vez más, el resultado de las las elecciones celebradas en la región catalana, demuestra que la verdadera victoria ha sido de la abstención. Con un 30,40% se sitúa casi a la par del partido más votado. Y lo supera si contabilizamos votos nulos y abstenciones. El Gobierno que, finalmente se forme, apenas representará a algunas fracciones del resto del 69% de los electores.

Y no seré yo quien alabe a los que se quedaron en casa. La democracia liberal tiene, a mi juicio, muchas objeciones pero, si pone en nuestras manos la capacidad de abatir y designar gobiernos metiendo un papel en una urna de cristal, y no lo hacemos, la responsabilidad es nuestra, no del sistema. Por muy corrupto que sea. Que lo es. Basta recordar que de los partidos políticos que se presentaron a las elecciones (menos numerosos que en otras convocatorias), apenas sí se ha hablado de 4 ó 5. El resto no ha existido para los medios de comunicación a pesar de que el desafío separatista y la respuesta del 12 O diera protagonismo coyuntural a algunas organizaciones minoritarias.

Ahora bien, una segunda constatación no es menos demoledora: la opinión mayoritaria en Cataluña sigue optando por candidaturas que coinciden en su visión del hombre y de la política, aunque discrepen en cuanto al nombre de las personas que han de gestionar la cosa pública. Especialmente letal resulta el apoyo al nacionalismo parasitario que vive a costa del presupuesto del Estado, y a grupos radicales de izquierda. Al igual que ocurre en el resto de España, esta sociedad está podrida y el resultado electoral es la mejor radiografía.

El moderado crecimiento del PP, (que mejora levemente sus resultados incluso en medio de la crisis brutal que padecemos), demuestra las limitaciones de este partido incapaz de recoger votos en numerosas regiones de España; y en este caso, a pesar de las candidaturas de perfil bajo promovidas por Rajoy. Por otra parte, el electorado de izquierdas ha demostrado que sigue prefiriendo el mesianismo de republicanos, socialistas y comunistas a unas alternativa “dura”, españolistas en el discurso y radical en lo social como la propuesta por Ciudadanos o UPyD. Por otro lado, apenas se puede considerar una noticia positiva la falta de respaldo al plante secesionista promovido por el nacionalismo porque, desde el nuevo Gobierno, lo más probable es que éste pueda seguir gestionando su ofensiva en espera de una mejor coyuntura.

Pero, sobre todo, estas elecciones han demostrado una vez más (¿Cuántas van desde 1976?) que en España no existe nada ni remotamente parecido a lo que pudiéramos llamar un voto de identidad católica.

Los católicos españoles siguen optando mayoritariamente por el PP (en el caso de Cataluña, CiU) y el PSOE, fieles a las consignas oficiales que se les han hecho llegar sin viraje constatable durante los últimos años: “nada de partidos católicos, solamente debe haber católicos en los partidos”. La situación se agrava en Cataluña con el apoyo sin fisuras al independentismo catalán por importantes referentes de la Iglesia oficial. Las recientes intervenciones en ese sentido del obispo Novell, no pueden ser más pintorescas.

El resultado es la existencia de gobiernos sostenidos en las urnas por presuntos católicos que implantan desde el poder el laicismo más agresivo al tiempo que los obispos se convierten en los palmeros de un sistema cuyas consecuencias luego lamentan. Cada vez que hablan es para condenar los “avances sociales” a que nos conducen irremediablemente los políticos y aparecen siempre como los malos de la película, los que no se enteran de por dónde va el mundo. Otras veces, prefieren directamente ocuparse de asuntos de tanta trascendencia como la presencia de la mula y el buey en los Nacimientos, previamente cuestionada desde el Vaticano...

A mí me parece que el mejor análisis de estas elecciones, y de todas, ya se pronunció el 29 de octubre de 1933:
«En estas elecciones votad todos lo que os parezca menos malo. Pero no saldrá de ahí nuestra España, ni está ahí nuestro marco. Eso es una atmósfera turbia, ya cansada, como de taberna al final de una noche crapulosa. No está ahí nuestro sitio. Yo creo, sí, que soy candidato; pero lo soy sin fe y sin respeto. Y esto lo digo ahora, cuando ello puede hacer que se me retraigan todos los votos. No me importa nada. Nosotros no vamos a ir a disputar a los habituales los restos desabridos de un banquete sucio. Nuestro sitio está fuera, aunque tal vez transitemos de paso, por el otro. Nuestro sitio está al aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo, y en lo alto, las estrellas. Que sigan los demás con sus festines. Nosotros, fuera, en vigilia tensa, fervorosa y segura, ya sentimos el amanecer en la alegría de nuestras entrañas».
¿Y qué hacemos ante este panorama? Ya lo hemos dicho otras veces: los torpes intentos de reconciliar al liberalismo con el Catolicismo ponen de relieve la licitud y necesidad de una resistencia en el terreno cultural y político fundamentada religiosamente a pesar de la oposición de algunos eclesiásticos, por muy arriba que éstos se sitúen.
En la línea que ya apuntaba Vázquez de Mella:
«Cuando no se puede gobernar desde el Estado, con el deber, se gobierna desde fuera, desde la sociedad, con el derecho ¿Y cuando no se puede, porque el poder no lo reconoce? Se apela a la fuerza de mantener el derecho y para imponerlo. ¿Y cuando no existe la fuerza? ¿Transigir y ceder? No, no, entonces se va a las catacumbas y al circo, pero no se cae de rodillas, porqué estén los ídolos en el capitolio».
 

sábado, 10 de noviembre de 2012

Católicos tradicionales: el gueto y el palacio



Ahora resulta que un Cardenal celebra la Misa en el Vaticano para un grupo de peregrinos vinculados a la Comisión Ecclesia Dei, les leen un mensaje de la Secretaría de Estado en el que se recuerda el carácter inapelable del Concilio Vaticano Segundo y de las reformas emprendidas a su sombra, y la Tradición Católica empieza a salir del gueto…

El término se empleó, originalmente, para indicar los barrios en los cuales unos determinados grupos sociales eran obligados a vivir y a permanecer confinados durante la noche. En ese sentido figurado cabría aplicarlo, pues, a un catolicismo (el denominado tradicionalista) que habría adoptado –al parecer voluntariamente– un tono aislado y excluyente.

Análisis de este tipo permiten constatar, una vez más, que los observadores radicados en España se caracterizan por desconocer, en su conjunto, el combate por la Tradición sostenido desde el último Concilio por numerosas instancias del catolicismo mundial.

Dicho combate, en el que la aportación española ha sido muy digna pero escasa, se caracteriza por unas circunstancias históricas concretas que han permitido que la Liturgia Tradicional acabe obteniendo un tímido reconocimiento de su derecho a la existencia sin haber quedado convertida en puro recuerdo de Arqueología Sacra. ¿Es a eso a lo que se llama gueto?

1. Si la Tradición vive en un gueto es porque a esa situación viene reducida desde instancias oficiales que impiden a sacerdotes y fieles gozar de verdadera libertad para ejercer el derecho a celebrar y participar en la Liturgia de acuerdo con las prescripciones anteriores a la reforma litúrgica posconciliar.

Pero no parece ser este el sentido en que se habla de gueto. Probablemente el concepto y el término despectivo hay que ponerlo en relación con las dificultades canónicas que experimenta la Hermandad Sacerdotal de San Pío X y con un deseo, quizá bien intencionado pero desorientado, de marcar distancias para no incurrir en el desagrado de las instancias de las que depende la aplicación efectiva del Motu Proprio Summorum Pontificum.

Al actuar así, se pone de manifiesto un clamoroso fallo de estrategia porque se olvida que las recientes concesiones romanas son la respuesta a la resistencia protagonizada en el entorno de dicha Hermandad frente a la forma real en que se procedió a imponer la reforma litúrgica y a las consecuencias desastrosas que eso trajo para la vida de la Iglesia.

Conviene recordar que Pablo VI acudía a la propia fuerza de su autoridad para obligar al acatamiento de las novedades que se deseaba implantar: “La adopción del nuevo Ordo Missae no se deja para nada a la libre decisión de los sacerdotes o fieles […] El nuevo Ordo Missae ha sido promulgado para tomar el lugar del antiguo rito, después de una madura deliberación, para llevar a cabo las decisiones del Concilio” (24 de mayo de 1976). Y son sobradamente conocidas sus palabras a Jean Guitton al negarse a hacer cualquier tipo de concesión favorable a la Liturgia romana previa a la reforma: “¡Eso nunca! (…) Esa Misa, llamada de San Pío V, como se la ve en Écône, se está convirtiendo en el símbolo de la condena del Concilio. Ahora bien, bajo ningún pretexto permitiré que se condene al Concilio por medio de un símbolo. Si aceptáramos esa excepción, se tambalearía todo el Concilio y, por la vía de la consecuencia, la autoridad apostólica del Concilio” (Jean GUITTON, Paul VI secret, pp. 158-159).

En efecto, con anterioridad a 1988 siempre se negaron desde Roma a reconocer comunidades en las que se celebrara la Liturgia Tradicional. La propia historia de la Hermandadde San Pío X es el resultado de todas estas negativas pues, desde 1969, Roma nunca autorizó la celebración de la Misa Tradicional hasta el tristemente célebre indulto de 1984, y entonces en condiciones leoninas.

Prohibición, por cierto, contra todo derecho, por puro abuso de poder pues ahora en Summorum Pontificum el propio Benedicto XVI ha reconocido explícitamente “que no se ha abrogado nunca como forma extraordinaria” el Misal Romano promulgado por Juan XXIII en 1962.

Creo que no se ha reflexionado seriamente sobre la gravedad de la situación ahora reconocida por primera vez. Esto es, la existencia hasta 2007 de un vacío legal en una materia de importancia trascendental para la vida de la Iglesia como es la celebración de la SantaMisa. Cualquier valoración de la persona y obra de Monseñor Lefebvre no puede perder de vista que el nuevo Misal se impuso por métodos coactivos, sin regulación canónica y sin prestar ninguna atención a las voces de protesta que aquí y allá se alzaron.

El Motu Proprio Summorum Pontificum lleva a cabo por primera vez dicha regulación, casi a los cuarenta años de la implantación del nuevo Ordo Missae, aunque en unos términos difícilmente aceptables (forma ordinaria y extraordinaria de un mismo rito). Pero, una regulación que —en vista de la manera en que se han desarrollado los hechos— es razonable pensar que nunca se hubiera producido a no ser por la rectificación introducida en la atención prestada desde Roma a este asunto a partir de las ordenaciones episcopales de 1988.

No hacen falta muchas luces para reconocer que son unas circunstancias excepcionales las que explican la adopción de medidas no menos excepcionales como lo fue la “operación supervivencia” de la Tradición diseñada por Mons. Lefebvre.

2. Centrándonos, ahora sí, en ésta personalidad, no es de recibo que continuamente se estén recordando las sanciones canónicas de las que fue objeto, sin la más mínima referencia al contexto histórico en que aquéllas se produjeron. La Iglesia postconciliar se ha caracterizado por una lenidad a cuyo amparo han crecido tantas conductas deplorables y delictivas que ahora se lamentan histérica e inútilmente. Únicamente se ha aplicado “todo el peso de la ley” sobre los hombres de la Tradición y sus obras.

Y esto no solamente por la vía expeditiva de la declaración de excomunión latae sententiae, sin ninguna atención en comprobar si se había producido delito que la justificase o si eran aplicables a las ordenaciones de 1988 las razones que, en otros casos, llevan a no declarar la pena. Antes de llegar a esa situación, el arzobispo Lefebvre, los sacerdotes de la Hermandad y su obra fueron objeto de suspensiones y supresiones de las que él mismo dijo, con toda justicia como puede comprobar cualquiera que siga el iter de los acontecimientos: “fuimos condenados sin juicio, sin podernos defender, sin monición, sin escrito y sin apelación” (Carta abierta a los católicos perplejos, cap. II). Medidas similares a las tomadas con la Hermandad desde sus mismos orígenes, no se han adoptado con organizaciones seriamente cuestionadas por sus comportamientos sectarios, sus contactos con las élites político-financieras o la conducta de su fundador y responsables.

Muchos pueden deplorar las medidas extremas tomadas por Monseñor Lefebvre en lo que se denominó “Operación salvamento de la Tradición” pero no cabe silenciar que dichas soluciones se adoptaron en un proceso de crisis de la Iglesia difícilmente equiparable al de cualquier otro período de su historia.

En dicho contexto, el combate por la Misa Católica es inseparable del combate por la sana doctrina. Es la única respuesta posible ante la crisis sin precedentes que sigue sacudiendo a la Iglesia y que la ha postrado en la situación que a veces se ha deplorado desde las propias instancias oficiales: crisis en las vocaciones, en la práctica religiosa, en la doctrina, en la liturgia y los sacramentos… Basta recordar referencias sobradamente conocidas como, el humo de Satanás denunciado por Pablo VI o el estado de apostasía silenciosa que, para Juan Pablo II, caracterizaba al catolicismo en Europa.
* * *
A veces, para camuflar el fracaso de la Iglesia posconciliar se nos dice que tenemos que conformarnos con ser una minoría.

Si hoy es posible pensar en cierta libertad para la Misa de siempre, es porque durante muchos años ha habido pastores y fieles que nos han demostrado lo que significa ser no un gueto, sino una minoría inasequible al desaliento, anclada firmemente en la verdad, capaz de llamar a las cosas por su nombre, de no admitir lo que no es lícito, de juzgar las cosas por lo que son realmente y no por lo que parecen o por lo que dicen los demás, por mucha autoridad de que parezcan revestidos.
Por el contrario, a los tradicionalistas de salón que abandonan el gueto y son admitidos en el palacio no les espera otro papel que a aquellos cortesanos que no se atrevían a decirle al Rey que iba desnudo. Por eso les dejan salir del gueto, porque al negarse a ser minoritarios, se han convertido en irrelevantes.

Que son dos cosas muy distintas.




viernes, 2 de noviembre de 2012

Tres razones para no ir a Roma


Del 1 al 3 de noviembre tiene lugar en Roma una gran peregrinación internacional de católicos vinculados a la forma extraordinaria del rito romano. Somos conscientes, por propia experiencia, de que actos de esta naturaleza tienen una enorme repercusión y que de ellos se servirá la Providencia para extender el conocimiento y la devoción por la Misa tradicional. Personalmente agradezco a Dios haber asistido por primera vez a dicha Liturgia en una peregrinación a Roma que tuvo lugar en octubre de 1998, con motivo del décimo aniversario de la creación de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei.

A los organizadores y peregrinos de esta ocasión les deseo lo mejor, un verdadero éxito en el número y en los frutos espirituales. Sin embargo, no veo oportuna una celebración que se presenta como una acción de gracias a Benedicto XVI por el Motu Proprio Summorum Pontificum. Y ello por tres razones:

1.- Porque la Liturgia tradicional constituye, en forma evidente, el sostén de muchas familias, de obras católicas, de escuelas, de vocaciones religiosas y sacerdotales… Sin embargo, no encontramos un reconocimiento práctico de esta realidad y, en particular en España, sufrimos diariamente las interferencias que obispos y clérigos oponen a esta celebración.

Recluidos en lugares inverosímiles, sometidos a traslados y a cambios de horario, limitados en el número de sus celebraciones, silenciados en lo que a proyección pública se refiere… ni sacerdotes ni fieles gozamos de verdadera libertad para ejercer el derecho a celebrar y participar en la Liturgia de acuerdo con las normas del citado Motu Proprio.

La propia peregrinación que estamos comentando ha sido objeto de un trato desde las instancias oficiales romanas que podemos calificar de displicente: la iniciativa se ha anunciado con retraso, el horario definitivo ha fijado una Misa en la Basílica de San Pedro: ¡a las tres de la tarde! Y ni siquiera está determinado el lugar concreto de la celebración que dependerá de la cantidad de participantes… Parca es también la respuesta del destinatario del homenaje: ¿va a dirigir su palabra a los asistentes o se limitarán éstos a aplaudirle mantenidos a larga distancia?

2.- Porque la solución arbitrada en el Motu Proprio Summorum Pontificum y explicitada en la posterior Instrucción Universae Ecclesiae lejos de dar una respuesta satisfactoria a la problemática planteada por el Novus Ordo Missae surgido de la reforma litúrgica posconciliar (la llamada Misa de Pablo VI) se limita a obliterar el conflicto real que existe entre las dos formas rituales.

Más allá del valor jurídico del documento, resulta difícilmente verificable a la luz de la realidad de las cosas que ambas «son, de hecho, dos usos del único rito romano» (SP, art. 1) y no menos problemática resulta la distinción, introducida ahora por primera vez, entre forma ordinaria y extraordinaria de dicho rito. En realidad, el contraste entre el resultado de la reforma litúrgica y las formas previas es tan acusado que los Cardenales Ottaviani y Bacci llegaron a la conclusión de que «el nuevo “Ordo Missae” —si se consideran los elementos nuevos susceptibles de apreciaciones muy diversas, que aparecen en él sobreentendidas o implícitas— se aleja de modo impresionante, tanto en conjunto como en detalle, de la teología católica de la Santa Misa tal como fue formulada por la 20ª sesión del Concilio de Trento que, al fijar definitivamente los cánones del rito, levantó una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera atentar a la integridad del Misterio» (Carta a Pablo VI de los cardenales Ottaviani —prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe— y Bacci que sirve de presentación al Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae, 1969).

Si antes decíamos que no se observa una correspondencia entre la respuesta de Roma y la verdadera entidad del movimiento litúrgico tradicional, cabe ahora constatar la ausencia de medidas efectivas que conduzcan a superar el verdadero colapso en que se encuentra la Liturgia Católica.

Aunque a veces se ha hablado de documentos en gestación y se han desatado rumores, dudas, inquietudes, comentarios… los resultados obtenidos hasta ahora no pueden ser más magros. Por poner solamente un ejemplo, desde Roma todavía no se ha conseguido que la totalidad de las conferencias episcopales rectifiquen la mala traducción de las palabras de la Consagración de la Misa (“pro multis”). Y eso en un asunto que toca al corazón de la Liturgia. No se alegue, como argumento en contra de lo que decimos, los cambios escénicos introducidos en los actos programados por la Curia Romana y por sus imitadores puesto que no van acompañados de medidas efectivas y consecuencias prácticas.

Más preocupantes aún son los reiterados anuncios acerca del «mutuo enriquecimiento entre las dos formas del Rito romano» que hacen pensar en una consolidación de la reforma posconciliar, por la vía de una síntesis dialéctica equidistante del rito romano tradicional y de los que hoy son reconocidos como excesos. Dicho equilibrio nos devolvería a un Misal de Pablo VI químicamente puro, neutralizando al mismo tiempo tanto los abusos como la portentosa resistencia que ha permitido conservar en vigor el Misal Romano Tradicional.

3.- Por último, celebraciones como la peregrinación que nos ocupa, con asistencia de destacados representantes del establishment eclesiástico, caracterizados defensores de las más radicales posiciones conciliares, tienden a difuminar realidades tan inseparables como lo son la Liturgia tradicional y la necesaria fidelidad al patrimonio teológico y disciplinar de la Iglesia.

En efecto, la ley de la oración es la ley de la fe, la Iglesia cree como ora. Pero el adagio no funciona a la inversa y no basta con celebrar una Liturgia ortodoxa para conservar o recuperar la fe. Ahora bien, resulta difícil contradecir que detrás de la reforma litúrgica —fruto de lo que se ha denominado el movimiento litúrgico desviado— existen nuevas doctrinas teológicas que han dado origen a una nueva liturgia sustancialmente diferente de la Liturgia romana tradicional. Un detallado estudio publicado en 2001 llegaba a las siguientes conclusiones:
«El análisis del Novus Ordo Missae y de la Institutio generalis Missalis romani nos obligará a comprobar que la estructura del rito ya no se funda en el sacrificio sino en el banquete conmemorativo. Descubriremos igualmente que el rito ha puesto en primer plano la presencia de Cristo en su Palabra y en su pueblo, relegando a un segundo plano la presencia de Cristo como sacerdote y como víctima. Por una consecuencia inevitable, la dimensión eucarística se pondrá por delante de la finalidad satisfactoria. La conclusión de esta triple verificación se impondrá entonces: para designar las diferencias entre el misal tradicional y el nuevo, el término ruptura litúrgica es más apropiado que el de reforma litúrgica» (Fraternidad Sacerdotal San Pío X, El problema de la reforma litúrgica. La Misa de Vaticano II y de Pablo VI, Argentina, 2001, p.15-16).
Con más sencillez pero no menor acierto coincide en esta apreciación el conocido analista Vittorio Messori:
«Estoy contento [con la instrucción Universae Ecclesiae], ciertamente. Aunque también aquí habría algo que decir. La primera: de la nueva instrucción, que he leído atentamente, surge que el antiguo rito preconciliar y el nuevo surgido de la reforma postconciliar deben ser considerados con igual dignidad y puestos en el mismo plano. Pero si el rito antiguo era bello y bueno, como ahora se reconoce, ¿por qué ha sido sustituido? ¿Por qué, mejor dicho, ha sido trastornado? Si sólo se quería cambiar la lengua, ¿por qué no ha sido traducido del latín con algunos retoques, aquí y allí, como ha ocurrido otras veces en la historia dela Iglesia? Por otro lado, pienso que esta comprensión del Papa Ratzinger, esta mano tendida, este intento de reconciliación no disuadirá a los herederos de Lefebvre. De hecho, estoy convencido que el verdadero problema no es para ellos la liturgia,la Misa en latín. Hay dos perspectivas diversas dela Iglesia, dos lecturas diversas del Evangelio”.
Se toca aquí el fondo de una cuestión que no cabe resolver con respuestas autoritativas sin ningún tipo de argumentación racional ni teológica (al estilo de las proporcionadas en Summorum Pontificum). Porque a lo que se aspira es a que se nos devuelva un tesoro de fe y piedad que nos fue inicuamente arrebatado por aquellos arbitristas que implementaron una ruptura litúrgica radicalizando más aún los principios contenidos en la Constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II, al amparo de sus contradicciones y ambigüedades.

Y mientras no se den pasos decisivos en esa dirección, no veo ninguna razón para estar en Roma del 1 al 3 de noviembre.