«M. Proudhon ha escrito en sus Confesiones de un revolucionario estas notables palabras: "Es cosa que admira el ver de qué manera en todas nuestras cuestiones políticas tropezamos siempre con la teología". Nada hay aquí que pueda causar sorpresa, sino la sorpresa de M. Proudhon. La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas» (Donoso Cortés).

jueves, 14 de abril de 2011

¿Vuelve la persecución contra la Iglesia?


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80 Aniversario de la Segunda República: Entrevista en "Alfa y Omega", nº 733



80 aniversario de la proclamación de la Segunda República La República no fue suficiente...


Hoy hace exactamente 80 años que se proclamó la Segunda República española. Desde el principio, para muchos, el nuevo régimen no fue suficiente y quisieron ir más allá; su descontento acabó degenerando en un derrotero de violencia y desorden que desembocó en la Guerra Civil. Más allá de la idealización romántica a la que ha sido sometida, durante las últimas décadas, por la propaganda de izquierdas, una mirada objetiva arroja más sombras que luces sobre este agitado período de nuestra historia

Ni fue el paradigma de la democracia, ni el modelo ejemplar de libertad política y social que algunos quieren ver. La Segunda República española, proclamada el 14 de abril de 1931, hace exactamente 80 años, trajo consigo una inestabilidad política y una agitación social crecientes, muy lejos de representar la esencia de una democracia consolidada y sólida. En la Segunda República salieron al frente las dos Españas, la que proclamaba la revolución social y la que no se resigna a morir. Fue un experimento que salió mal, que derivó en una guerra entre hermanos y que ha hipotecado la unidad y la conciencia histórica de nuestro país durante décadas enteras.

Lo que mal empieza... Don Miguel Ángel García Olmo, profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Católica San Antonio, de Murcia, considera que «el 80 aniversario de la proclamación de la Segunda República española debe conmemorarse, mas no celebrarse», y utiliza la palabra insólito para explicar cómo una elecciones municipales, de resultado mayoritariamente monárquico, acabaron por dar un vuelco a la propia configuración del Estado. En concreto, en los comicios municipales del 12 de abril de 1931, salieron elegidos casi 6.000 ediles republicanos frente a más de 22.000 monárquicos; sin embargo, el 14 de abril, un comité revolucionario proclamaba la República. Ese mismo día, el rey Alfonso XIII abandonaba el país.


Sin duda, lo que siguió no fueron unos días sosegados. El 11 y el 12 de mayo, sin haber cumplido siquiera un mes, el nuevo régimen alumbró la destrucción de decenas de iglesias y conventos por toda España, asaltos de colegios e instituciones eclesiales, pasquines anticlericales por las calles e incluso la explosión de artefactos explosivos en varias parroquias. En el plano político, el profesor García Olmo establece una intención precisa: «Desde el primer día, la facción jacobina de los republicanos, aliada sucesivamente con los socialistas revolucionarios, los comunistas y hasta los ácratas violentos y utópicos, fueron imponiendo, por vías de hecho, la nunca extinta hiperlegitimidad moral de la izquierda, dejando primero arrumbado y luego violentamente acorralado al amplio resto de sectores de derecha». Como señala el historiador don José Luis González Gullón, en El clero en la Segunda República (ver reseña en página 23 de este número), la proclamación de la República no fue suficiente para buena parte de la izquierda: «Los dirigentes socialistas preparaban la anunciada revolución social, con la idea de que tuviese lugar para octubre. Era un objetivo deseado desde el inicio de la República»; y cita en este sentido el Manifiesto del Partido Socialista Obrero Español de junio de 1931.

1934: comienza la Guerra Civil Dicen que la Historia la escriben los que la ganan. También la escriben los que han tenido acceso a documentos que hoy están vedados a los historiadores. García Olmo señala que «Pío Moa ha tenido acceso personal a los papeles internos despachados por el PSOE en los preliminares de semejante alzamiento bélico (hoy custodiados en la Fundación Pablo Iglesias), y ha publicado en toda su crudeza las continuas e inequívocas llamadas de los dirigentes socialistas a la guerra civil que en ellos se contienen». Por ello, sostiene que «la guerra -minuciosamente proyectada, preparada y declarada por el Partido Socialista con la inestimable colaboración de Esquerra Republicana en Cataluña y, después, de los comunistas- empezó en octubre del 34». Y da cifras de una revolución que sólo tuvo cierto éxito en Asturias, pero que se produjo en toda España: 1.400 muertos en 26 provincias, 34 de ellos sacerdotes y religiosos, un descomunal rastro de ruinas y 58 templos hechos trizas. Por eso no deja de ser chocante la idealización de la Segunda República como paradigma de la democracia y la libertad que se ha dado en los últimos años. El profesor García Olmo habla de la falsa ilusión y trampantojo que se desvanecen «cuando influyentes lobbies actuales intentan convencernos, a través de sus poderosos medios de comunicación, de que la República marcó un hito insuperable en sus campañas culturales». Para este autor, la intención es, «una vez más, la imposición forzosa de su ideología mesiánica sobre el conjunto de la sociedad».

Una persecución desconocida Uno de los aspectos más desconocidos de este período, incluso entre católicos, es que la persecución religiosa de los años 30 en España no comenzó el 18 de julio de 1936, sino mucho antes, durante la Segunda República. El historiador don Ángel David Martín Rubio destaca que «determinados grupos tenían en su mente un proyecto, arrastrado durante años, de desterrar a la Iglesia de toda presencia social y de instaurar un laicismo que no era simple neutralidad, sino que fue militantemente antirreligioso. La conocida frase de Azaña -España ha dejado de ser católica- era la expresión de un deseo, más que una constatación sociológica». Por ello, la Constitución de 1931 disolvió la Compañía de Jesús, eliminó la asignatura de Religión, suprimió el presupuesto de culto y clero y prohibió a las Congregaciones religiosas el ejercicio de la enseñanza; la legislación posterior dificultaba los enterramientos religiosos, retiraba los crucifijos de las escuelas, eliminaba las capellanías castrenses, permitía al Estado vetar los nombramientos eclesiásticos, nacionalizaba parte del patrimonio de la Iglesia y hasta prohibía tocar las campanas de las iglesias.


La persecución desde arriba se vio acompañada de una persecución violenta desde abajo, especialmente en la quema de iglesias, de mayo de 1931, y en la revolución de 1934, que alcanzó su mayor virulencia en Asturias. Ángel David Martín Rubio señala «dos formas de laicismo que se dieron la mano: el elitista y burgués de los partidos liberales, y el populista de los partidos revolucionarios». Al triste balance del patrimonio eclesiástico destruido, las profanaciones e incendios, hay que sumar las cifras de sacerdotes y religiosos asesinados: 34 mártires de Asturias en 1934, y otros 17 mártires que durante la Segunda República fueron asesinados por odio a la fe católica en el resto del territorio nacional.

La violencia de nuestros días Martín Rubio denuncia que «la quema de conventos, la persecución religiosa legislativa y la eliminación masiva de eclesiásticos y seglares en la revolución de octubre de 1934 y en la guerra de 1936-1939 son pasos sucesivos de una misma secuencia lógica». Una cadena que no se ha interrumpido y que, de alguna manera, llega hasta nuestros días; establece así un «paralelismo en lo que se refiere a las ideologías que trabajan en la descristianización de la sociedad y que ahora vuelven a recurrir a la violencia». No de otro modo se explican las profanaciones, quema de iglesias, robo de sagrarios e insultos a la fe en la España de nuestros días.En este contexto, celebrar el aniversario de la Segunda República y encumbrarla como modelo ejemplar de libertad, además de faltar a la verdad histórica, supone un ejercicio temerario de irresponsabilidad. Hace poco, uno los padres de nuestra Constitución decía de los católicos que «sólo entienden del palo». Eso, la Iglesia en España comenzó a entenderlo en la Segunda República.

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo

lunes, 21 de marzo de 2011

En recuerdo de Félix Morales


Hago mías estas palabras escritas en recuerdo de D.Félix Morales, al tiempo que aprovecho la ocasión para agradecer públicamente su amistad y disponibilidad hacia mí y hacia mis trabajos de investigación histórica desde la Fundación Nacional Francisco Franco a cuyo Patronato me honro de pertencer por sugerencia suya. Encomiendo el eterno descaso de su alma y hago llegar mi más sentido pésame a sus familiares.
Desde los años cuarenta en los que dio comienzo su brillante trayectoria profesional, Felix ha sido director de numerosos periódicos españoles como el Diario Español, de Tarragona; Proa, de León; El Pueblo Gallego, de Vigo; Información, de Alicante; Arriba, de Madrid; La Voz de España, de San Sebastián y el diario de Sevilla, entre otros.
También ha dirigido la Hoja del Lunes, de Alicante, editada por la Asociación de la Prensa alicantina, entidad de la que fue presidente de 1964 a 1969. Actualmente era vicepresidente ejecutivo de la Fundación Francisco Franco.

A FÉLIX MORALES: JUBEAS EAM A SANCTIS ANGELIS SUSCIPI

Gracias
a mi amigo, admirado compañero y camarada en el corazón Luis Felipe
Utrera-Molina recibo en Bruselas la noticia de la muerte de Félix Morales,
maestro de periodistas y Vicepresidente de la Fundación Nacional Francisco
Franco.

No soy profesional de los medios, ni historiador,
sino sólo un pobre católico de a pie, por lo que no puedo recordar la
trayectoria de su vida, que a alguno de sus aprendices corresponde, sino sólo
una sencilla semblanza suya de dos almas unidas por la Fe y por unos pocos años
de amistad y colaboración que Dios me ha regalado.

Anteayer, en la
Fiesta de San José, participando activamente con el silencio en la Liturgia
tradicional de la Iglesia, escuchaba las palabras que el sacerdote pronunciaba
del capítulo 45 del Libro de la Sabiduría: la memoria del justo se
conserva en bendición, por su fe y mansedumbre le escogió entre todos los
hombres. Yo no pensaba entonces en Félix, sino en Franco, pero la noticia
me ha devuelto hoy a la meditación de ese pasaje.

He conocido al
Félix octogenario pero, siéndolo, era más joven que yo, quizás por la
beneficiosa influencia de su ideario falangista. Después de muchos
servicios a España desde las linotipias, la Divina Providencia le había exigido
una última etapa de entrega, no corta, para lo que le había concedido
renovadas fuerzas y dinamismo, que desplegaba entregando todos los días, a la
misma hora, su jornada de trabajo no remunerado a una gran institución, pequeña
en medios materiales pero gigantesca en su dimensión
histórica.

Muchos son los testimonios que Félix nos transmitió, a
mí y a tantos otros. El más importante, me parece, el haber transformado,
en estos tiempos de manipulación, la imagen que del Régimen de Franco muchas
personas de buena voluntad tuvieran creada, opuesta a la realidad. Conocer
a Félix era darse cuenta de que aquellos tiempos no fueron ni exagerados, ni
antiguos ni tristes, sino razonables, prósperos y armoniosos.

De toda la memoria que verbalmente comunicó, refutando de forma vivencial la
impuesta desde las instancias oficiales, recuerdo en primer lugar su relato de
la época de la II República. Siendo niño en Zamora, fueron prohibidos por
el Gobierno los crucifijos en las Escuelas Nacionales. Al día siguiente,
el pequeño Félix, como todos sus compañeros, fue al colegio con una cruz al
pecho, que su madre amorosamente le colgó encima de su uniforme. Era
aquella España. Dios juzgará si nosotros nos hemos comportado
igual.

La beneficiosa etapa del franquismo también la recordaba
desde el punto de vista de la dedicación del Régimen por los
desfavorecidos. Me contaba cómo, desde su infancia, había todos los días,
a la puerta de su casa como de la de otros en el pueblo, un pobre viejo a la
hora de comer y a la de cenar, revestido con una gruesa capa, su única posesión,
que ya no tenía para vivir sino de la caridad de las familias, que por otra
parte se la ofrecían de buena gana. Esa imagen española desapareció, para
siempre, con la Seguridad Social de Francisco Franco, que ahora unos y otros van
a recortar.

También me informó de cómo el Generalísimo, al viajar
por las regiones de España, se fijaba siempre en las condiciones de vida de los
obreros e insistía una y otra vez a sus colaboradores que solucionar esa
situación, como en gran medida logró, era el primer deber de un gobernante
católico y el mejor antídoto contra el marxismo. En mi Alcalá de adopción,
he conocido a un antiguo militante socialista que me dijo, con un tono de
una cierta grandeza, que “el único comunista de verdad que ha habido en
España fue el Caudillo”.

No relataré aquí algunos datos que Félix
me dio de su visita a la Academia Militar de Zaragoza a finales de los años 50
ni tampoco entrañables y continuas relaciones con las autoridades eclesiásticas,
más clarividentes entonces que las que vendrían después. Con asiduidad y
confianza trató, de la generación del Régimen, a Fernández Miranda y a Juan Luis
Cebrián y estuvo al pie de las redacciones, sin exaltaciones pero también sin
miramientos, cuando la ETA empezaba a aguijonear y la UCD empezaba a desactivar
todo lo que se había hecho, incluido lo mucho bueno.

Le acompañé
varias veces al Valle de los Caídos, que ahora ha sufrido el ataque de la
anti-España y una esperanzadora respuesta de los monjes y de las familias.
En una ocasión, entregó a la Comunidad benedictina un cáliz que custodiaba la
Duquesa de Franco, como regalo que le habían hecho a su padre las monjitas a las
que destinaba una limosna mensual que detraía el Caudillo de su propio
sueldo. La entrega causó a los frailes una “alegría existencial” y supongo
que, sin saberlo, muchos fieles que se hayan acercado a la gran Cruz del Valle
habrán comulgado ya de esa copa gloriosa.

A través de Félix, he
conocido a personas excepcionales, algunos de ellos ojalá ya en la Gloria del
Señor, cuya labor la Historia antes o después reconocerá. En la Fundación,
al Coronel Eduardo Fuentes Gómez de Salazar y a los Gerentes Ramón Moya y Emilio
de Miguel, al frente de un equipo de personas ejemplares. Con su
falangismo abierto y tradicional, impulsó que el Patronato de esa casa se
enriqueciera con militares como el General Alcázar, el Teniente General
Esquivias y el Comandante Pardo Zancada; con intelectuales de la talla del
Notario Javier Nagore Yarnoz y los Profesores Togores y Martínez-Sicluna; con
españoles, en fin, de una pieza como José Utrera-Molina, Pedro González Bueno,
Gonzalo Fernández de la Mora, Alfredo Sánchez Bella y Joaquín
Gutiérrez-Cano.

Hace poco un sacerdote francés nos decía que,
cuando Franco nos dejó, los ángeles habían construido una gran autopista para
que entrase en el Paraíso como merecía. Yo pienso que ahora, cuando Félix
haya comparecido a las puertas del Cielo arrodillado, junto a San Miguel, San
Fernando y San Francisco de Sales, el Generalísimo le habrá dicho “¡Arriba,
querido Félix!”. Y el viejo periodista habrá contestado, mirando a toda la
Corte de Cristo: “A sus órdenes, mi General”.

Miguel Toledano
Lanza
ABOGADO Y ECONOMISTA

jueves, 10 de febrero de 2011

10 DE FEBRERO: Italia y Europa recuerdan



Los italianos recuerdan hoy 10 de febrero a las decenas de miles de compatriotas que desde 1943 fueron asesinados y arrojados en "foibas" (simas) por los partisanos comunistas en las regiones de Trieste, Fiume y Dalmacia. Se trata de las tristes matanzas de las "foibe", un proceso de depuración y limpieza étnica y política llevado a cabo por el Partido Comunista de Yugoslavia y que culminó con la entrega por parte de los aliados en 1947 de las tres regiones italianas a la Yugoslavia de Tito y el éxodo de 300.000 personas. Un crimen que ha sido deliberadamente mantenido en silencio durante cuatro décadas, solo recordado por las organizaciones nacionalistas italianas. El caso de las "foibe", además de señalar uno de los grandes crímenes de la Segunda Guerra Mundial, nos da una lección sobre la manipulación que de la historia del siglo XX se ha venido realizando por los vencedores de dicha contienda. Durante los últimos días, y en especial hoy, las calles italianas están siendo escenario de concentraciones, manifestaciones y todo tipo de actividades por el recuerdo de la injusticia y la masacre cometidas por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Iniciativas apoyadas desde las instituciones del gobierno, uno de cuyos miembros, el ministro de Defensa, Ignazio La Russa, declaró estos días a la cadena Rai 1:“Mañana es 10 de febrero, Día de la Memoria, que conmemora a las víctimas de "las foibe" , los italianos que fueron arrojados en abismos kársticos, a menudo vivos, por los soldados de Tito, por el mero hecho de ser italianos. Durante muchos años – agregó – Italia ha eliminado esta realidad, ha olvidado. Pero una ley que hemos apoyado ha querido establecer este día como jornada de recuerdo. Todavía es muy poco, pero en las escuelas, actividades públicas, manifestaciones, empieza a recordarse a los asesinados.”Y es que, la verdad y el recuerdo no pueden ser enterrados.